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Capítulo Dos
Seis semanas después
Bella ocupó su lugar habitual ante una amplia mesa de cristal ahumado, uniéndose a las dos mujeres con las que había formado una rápida amistad en el transcurso de las seis semanas que llevaba trabajando en Cullen.
Siempre se reunían para comer a la misma hora y en el mismo lugar gracias a , quien había sido lo bastante generoso como para ofrecerles el uso de una pequeña sala de conferencias conectada a su despacho.
En cuanto estuvieron sentadas, Tania se pavoneó y exhibió un deslumbrante par de pendientes de diamantes.
—Miradlos. Son exclusivos de Cullen. ¿No son maravillosos?
—¿Quién te los ha dado y cómo conoces a alguien así? —quiso saber Angie.
—Yo misma los compré —confesó Tania con un leve deje de ostentación—. Llegué a la conclusión de que sería la única manera de que alguna vez llegara a tenerlos.
—¿Con el sueldo de quién? —cuando Tania sólo hizo una mueca, Angie lo dejó estar y las miró con entusiasmo apenas contenido—. Bueno, yo tengo una noticia. No os vais a creer lo que ha llegado a mis oídos —miró brevemente hacia la puerta que daba a la planta ejecutiva para confirmar que la habían cerrado antes de girar la cabeza con cierta incomodidad hacia el umbral que conducía al despacho de Anthony, apenas a unos pasos de la mesa—. Quizá no debería comentar nada aquí.
—Anthony se ha ido a comer con su hermano Jasper, si eso es lo que te preocupa. Yo misma hice la reserva —la tranquilizó Tania—. Nadie puede oímos.
—De acuerdo —aun así, bajó la voz—. Escuché algo interesante en Cullens Exclusive.
Bella sabía que se refería a la selecta sala de exposición a la que únicamente se podía acceder por invitación, que servía a la élite particular. Dos décadas atrás Angie había empezado allí como vendedora, antes de ir ascendiendo de forma constante en la rama de venta al por menor de la empresa.
—¿Quién apareció en esa ocasión? —preguntó Bella. Había olvidado dejar sus gafas de lectura en la oficina y se las subió para sujetarse el cabello—. ¿Alguien del negocio del espectáculo, de las finanzas o de la realeza?
Tania ofreció una sonrisa felina.
—Apuesto a que yo lo sé.
Angie rió.
—Como tú eres su asistente personal, yo también lo apuesto.
Bella parpadeó sorprendida.
—¿Habláis de Anthony? —cuando Angie lo confirmó con un gesto de la cabeza, frunció el ceño desconcertada—. ¿Y por qué es tan raro que aparezca por allí?
Angie calló antes de lanzar su próxima bomba.
—Quizá porque buscaba anillos de compromiso.
Las dos miraron a Bella con amplias sonrisas mientras ella permanecía en un silencio aturdido, frotándose la palma de la mano.
—No. No podéis pensar que...
—No sólo lo pienso, sino que apuesto una cena en Le Premier.
—Pues para mí es perfectamente lógico —aportó Tania—. Los dos habéis congeniado desde el principio. Además, os parecéis mucho. Ambos sois pragmáticos, lógicos. Por no mencionar que sois unos genios de las finanzas. Yo tengo que esforzarme al máximo para poder seguirlo. Pero vosotros dos... Siempre que estáis juntos, es como si hablarais de forma taquigráfica. Es como si ya fuerais una pareja casada.
Angie hizo una mueca.
—Haces que suene tan aburrido... No es así, ¿verdad, Bella ? —frunció el ceño—. Quiero decir, hay romance, ¿no? Entusiasmo. Dale esperanza a una mujer mayor. Dime que hay romance y entusiasmo, aunque sea mentira.
Bella sintió que se ruborizaba.
—Claro que hay romance y entusiasmo —musitó. En alguna parte.
—Si se tratara de Edward —dijo Tania—, os garantizo que no habría ni un solo momento de aburrimiento. ¿Te has cruzado ya con él? —antes de que Bella pudiera responder, chasqueó la lengua—. No, claro que no. Hoy mismo ha llegado del extranjero. Creo que únicamente ha estado en casa otras dos veces. Una fue el mes pasado, cuando Emmet dio una fiesta en honor de Rosalie para publicitar la Colección Corazón Cullens.
—Por ese entonces yo me encontraba en Nueva York —le recordó Bella.
—Ah, cierto. Y luego Edward apareció en la boda de Emmet.
Bella volvió a mover la cabeza.
—Otra vez estaba en Nueva York. Aunque la semana pasada conocí a Emmet —indicó. Pero por algún motivo, Anthony había mostrado una considerable renuencia a presentarle a los diversos miembros del clan Cullen, algo que le produjo una vaga incomodidad—. Descartando a Anthony, hasta ahora es al único Cullen de la familia que conozco.
Tania ladeó la cabeza.
—Mmm. Me da la impresión de que Anthony quiere reservarte para él solo. Probablemente teme que, si te presenta a sus hermanos, decidirás que alguno de ellos te gusta más, en especial su hermano ge...
—No seas ridícula —la interrumpió Bella—. Me sentí atraída por Anthony en el instante en que nos estrechamos las manos. En cuanto a sus hermanos, espero conocerlos en la fiesta de aniversario que celebran sus abuelos esta noche.
—No tengo nada contra Anthony, pero... —Tania se reclinó en el sillón con expresión soñadora—. ¿No anheláis que, al menos una vez, aparezca el Zorro y os lleve lejos de aquí?
—¿Y que se aproveche bien de ti? —añadió Angie.
—¿En vez de planear cada movimiento hasta el último nanosegundo? —Tania miró a Bella con abierta curiosidad—. ¿Es así como hace el amor? —tras un momento de silencio aturdido, añadió con sonrisa malvada—: Oh, vamos, Angie. Apóyame en esto. No me creo que tú no te hayas preguntado lo mismo. Sólo quiero saber si Anthony hace el amor de la misma manera en que trabaja. ¿Sigue el libro al pie de la letra o es algo más creativo?
—¡Tania Denali!
Esta debió de darse cuenta de que había ido demasiado lejos, porque le ofreció una rápida disculpa y cambió de tema.
Bella estudió a sus amigas con incomodidad mientras charlaban sobre el rápido matrimonio del mayor de los cuatro hermanos Cullen. La verdad era que, aunque lo hubiera querido, no habría podido contestar a la pregunta impertinente de Tania. No tenía idea de cómo hacía el amor Anthony, ya que las cosas no habían avanzado tanto. Aunque puestos a pensarlo, ¿por qué no habían tenido sexo?
Porque se hallaban ocupados encajando todas las piezas. Bueno, era evidente que no todas. Antes de dar el siguiente paso, quería cerciorarse de que el suelo que pisaban era sólido. Y aunque eso sonaba bien en teoría, seguía sin responder la pregunta a su entera satisfacción.
Fingió centrarse en el almuerzo mientras consideraba la cuestión. Daba la impresión de que, después de la electricidad de su primer encuentro con Anthony, la tensión sexual entre ambos había descendido a una calidez agradable y confortable. Desde aquel primer y asombroso apretón de manos, jamás había vuelto a experimentar la chispa y el fuego, sin importar las veces que se tocaran o besaran, ni lo a menudo que añoraba que se repitiera, al menos para cerciorarse de que no se lo había imaginado.
Había pasión, claro. Anthony no había dejado ninguna duda acerca de lo que sentía por ella, cuánto la deseaba y expresaba su impaciencia por llevar la relación a la siguiente fase. De hecho, era ella quien había aminorado el ritmo, algo que él había permitido a regañadientes. Se preguntó por qué lo había hecho.
Suspiró. Porque había estado esperando sentir otra vez ese asombroso torrente de emoción. Pero cada día que pasaba estaba más claro que Anthony y ella eran como dos guisantes en una vaina, demasiado pragmáticos para su propio bien.
Era como si todas las piezas para unos cimientos adecuados se encontraran presentes, tal como le había enseñado su abuela, pero a medida que Anthony y ella trabajaban para encajarlas, comprendía que faltaban algunas partes vitales. Y era una pena que la chispa que los había encendido al principio en unas pocas semanas había disminuido hasta transformarse en un simple destello.
Era el momento de enfrentarse a la verdad. Quería algo más que un destello cálido. Quería lo que había sentido cuando se conocieron. Esa noche pensaba encarar a Anthony, llevar la relación al siguiente nivel y descubrir de una vez por todas si la chispa aún existía, a la espera de ser avivada, o si se había extinguido antes de disponer de la oportunidad de convertirse en fuego.
—¿Bella?
Alzó la cabeza y se dio cuenta de que sus amigas estaban junto a la puerta que conducía al pasillo, mirándola preocupadas.
—¿Estás bien? —inquirió Tania—. ¿Qué esperas?
Bella sabía qué esperaba, lo que quería y pretendía tener.
—Al Zorro —murmuró—. Espero al Zorro.

—No, Edward —la orden susurrada de su abuela lo frenó en seco, impidiéndole salir del despacho de Anthony para ir a la sala de conferencias donde acababan de escuchar a las mujeres—. No puedes entrar ahí. Las abochornarías.
El impulso que lo empujaba era tan fuerte que tembló por el esfuerzo de controlarlo.
—No intentes detenerme, Esme. Voy a ponerle fin a esto. He esperado tanto para volver a casa y disponer de la oportunidad de acercarme por fin a Bella... Casi me he vuelto loco estas últimas semanas. Y ahora... —movió la cabeza—. No puedo dejar que Anthony le pida matrimonio. Ella no es suya.
Su abuela se acercó y apoyó una mano cálida en los músculos tensos de su brazo.
—Él afirma otra cosa, nipote. Llevas ausente casi todo este último mes y medio. En ese corto espacio de tiempo han pasado muchas cosas. Anthony y Bella Swan han experimentado el Infierno.
—Eso no es posible —soltó con los dientes apretados.
—Claro que sí. Por el hecho de que tú te sientas atraído por esa mujer...
—No. No lo entiendes —giró y miró a su abuela—. Fuimos Bella y yo quienes sentimos el Infierno, no Anthony. Y él lo sabía. Por eso me envió lejos, Esme. A propósito. No paraba de encontrar una crisis tras otra en las sedes extranjeras que requerían mi atención personal. Las pocas veces que he estado en casa, Bella convenientemente se hallaba de viaje por temas de la empresa. Y todo para mantenerme alejado de ella con el fin de poder tomarla para sí mismo. Algo que Tania, su secretaria, me dijo el otro día por teléfono me dio la pista de lo que ha estado tramando.
Esme lo miró conmocionada.
—¿Te das cuenta de lo que estás sugiriendo?
Él extendió la mano derecha, con la palma hacia arriba, y clavó el dedo pulgar en el centro, donde el vínculo se había formado la primera vez. Suavizó la voz para que nadie los oyera.
—Sentí la quemazón el día que Bella llegó a Cullens. Lo sospeché nada más verla. Pero cuando la toqué, lo supe. Fue su primer día de trabajo, sus primeros minutos bajo nuestro techo. Nos conocimos en el vestíbulo, nos estrechamos las manos y desde aquel instante no ha dejado de crecer en mí la necesidad de ella. Hasta límites insoportables. Ahora comprendo que Bella me tomó por Anthony —su expresión se ensombreció—. Y que cuando mi querido hermano descubrió eso, se esforzó en no aclararle el error.
—¿Ella no sabe que sois gemelos?
—Al parecer, no.
Esme se dejó caer en el sillón que había delante del escritorio de Anthony y se persignó.
—Has venido a enfrentarte a él, a exigirle que la entregue, ¿no?
—Aterricé hace una hora y vine a buscarlo —confirmó—. Quiero averiguar por qué intenta quitarme a mi mujer.
—Por lo que dijo Anthony, todos creímos... —calló con expresión confusa—. Dimos por hecho que había sentido el Infierno por Bella.
—Os equivocasteis —de pronto algo se le pasó por la cabeza—. ¿O no? ¿Es posible que los gemelos puedan sentir el Infierno por la misma mujer?
Para su alivio, la abuela no titubeó.
—No, Edward. Eso sí lo sé —hizo un gesto impotente—. Lo que no entiendo es por qué la reclama si no es suya. ¿Cómo pudo cometer semejante error?
—No he cometido ningún error —anunció Anthony desde la puerta. Entró y fue hacia su abuela para inclinarse y darle unos besos en ambas mejillas—. ¿Has traído el anillo?
Ella asintió con expresión desdichada.
—Anthony... ¿estás seguro? Edward afirma...
—Me has quitado a Bella Swan —interrumpió éste, furioso ante la absoluta calma de Anthony—. Tenías que saber que algo había pasado entre nosotros o nunca te habrías tomado tantas molestias.
Su hermano se encogió de hombros con indiferencia.
—Tienes razón. Por el modo en que Bella me saludó, de inmediato supe que habías obrado tus habituales trucos. Por suerte para mí, no tiene ni idea de que somos gemelos o de que no era yo quien la recibió aquella mañana en el vestíbulo.
Edward dio un paso hacia su hermano con las manos cerradas.
—Quizá debería redistribuirte la cara para facilitarle que nos reconozca a partir de ahora.
La fachada impasible de Anthony dejó entrever algo más que un destello de irritación.
—La última vez que nos peleamos por una mujer, terminé con una cicatriz. Una es más que suficiente, gracias.
—¿La ha visto ella? —habría dado cualquier cosa por retirar las palabras en cuanto salieron de su boca, en especial cuando Anthony le ofreció una sonrisa de confirmación—. Hijo de...
—¡Edward! —interrumpió Esme con celeridad.
La voz de Anthony atravesó la reprimenda.
—Deja que te explique una cosa. Tienes la descabellada idea de que te he arrebatado a Bella. Para tu información, ella no es mía, lo que me imposibilita quitártela. Es una mujer independiente y tomará sus propias decisiones acerca de con quién quiere o no salir —hizo una pausa deliberada—. O con quién quiere casarse.
Edward luchó para mantener el control. Mientras él prefería la acción, Anthony elegía la razón. La experiencia le había enseñado que cuando se trataba de una guerra de lógica, la única oportunidad que tenía de ganar era manteniendo el control. Y cuando eso fallaba, darle una paliza a su hermano. En ese momento, lo segundo le parecía la opción más satisfactoria. Pero mientras la abuela estuviera en el despacho, sólo disponía de palabras.
—Le dijiste a la familia que habías experimentado el Infierno con ella —lo acusó Edward—. Los dos sabemos que eso es mentira.
—Igual que lo es el Infierno.
—¡Anthony! —Esme se llevó una mano trémula a la garganta—. ¿Cómo puedes decir algo así?
Se inclinó junto al sillón.
—Lamento herirte, Esme, pero yo no creo en el Infierno. Creo que se trata de un cuento de hadas muy dulce y romántico con el fin de racionalizar una naturaleza apasionada que sobrepasa el sentido común. Emmet lo usó para justificar el chantaje a una extraordinaria diseñadora para que dejara a nuestro principal competidor. Edward quiere usarlo para llevarse a una empleada de Cullens a la cama. Y Carlisle lo empleó como una excusa para robarle la prometida a su mejor amigo. El Infierno no exis...
Para perplejidad de Edward, Esme hizo algo que nunca antes le había visto hacer. Abofeteó a Anthony. Las lágrimas anegaron sus ojos.
—Ni una palabra más —ordenó en italiano antes de respirar hondo—. Edward tiene razón. Esa mujer no es tu alma gemela. Si hubieras sentido el Infierno por ella, no podrías haber dicho las cosas que acabas de decir. Te burlas y desprecias lo que jamás has vivido. ¿Cómo te atreves a asumir que sabes más sobre lo que pasó con tus abuelos y tus hermanos que aquéllos que lo han sentido? ¿Cómo te atreves a acusarnos de mentir?
Anthony apretó la mandíbula.
—No miento. Sólo intento racionalizar una emoción irracional.
—¿Lo que sientes por Bella es racional? —demandó Edward
Anthony se incorporó despacio. La bofetada de Esme había dejado una marca roja en la curva de su mandíbula.
—Por supuesto que lo es. La atracción emocional es muy racional. Bella me atrae tanto física e intelectualmente como emocionalmente. Pero no pienso fingir que lo que siento por ella se debe a una maldición familiar.
—Bendición —lo corrigieron al unísono Edward y Esme.
Anthony agitó la mano.
—Lo que siento son las sensaciones normales que los hombres y las mujeres han experimentado entre sí desde que Adán y Eva se encontraron en el Paraíso.
—¿Estás enamorado de Bella Swan? —preguntó Edward con voz tensa.
—¿Lo estás tú? —replicó Anthony—. La viste una vez. Sólo hablaste con ella cinco minutos. Y ahora intentas decirme que es tu... ¿qué? ¿Novia del Infierno?
La furia se reavivó.
—No lo intento. Te lo digo. Adrede nos has mantenido separados. No tenías derecho a hacer eso.
—Oh, vamos. Dejas a las mujeres en un abrir y cerrar de ojos y sin mirar jamás atrás. Lo único que hice fue salvarla de una decepción.
—Mientras te la quedabas para ti.
Para crispación de Edward, su hermano sonrió.
—Ahora que la abuela me ha traído el anillo que le pedí, pretendo declararme esta noche. Depende de ella aceptar o no. Teniendo en cuenta lo parecidos que somos, creo que encajaremos muy bien. Oh, lo más probable es que no acepte de inmediato. Es algo demasiado rápido y súbito. Pero en cualquier caso, ayudará a cimentar nuestra relación hasta que acepte mi proposición.
—Por favor, Anthony —interrumpió Esme—. Si insistes en seguir este camino, lo lamentarás el resto de tu vida.
—Y yo me aseguraré de que así sea —agregó Edward.
Anthony enarcó una ceja.
—¿Qué piensas hacer? ¿Decirle a Bella que tengo un gemelo? Estoy seguro de que eso le resultará muy interesante, pero no creo que altere su vida. ¿Le contaras que te vio a ti aquel primer día en el trabajo? Llevamos saliendo seis semanas. ¿De verdad crees que le importará después de todo este tiempo? —movió la cabeza—. Es demasiado tarde. Está unida a mí. Ve a encontrar a otra mujer a la que seducir.
—Bella está destinada a mí y tú lo sabes. Si no, ¿por qué te has esforzado tanto en mantenernos separados?
Por primera vez algo de vehemencia se asomó a los ojos de Anthony
—Edward, tú crees que todas las mujeres están destinadas a ti. Siempre lo has creído, lo que explica la cicatriz que tengo. ¿Es que no lo recuerdas? Es por lo sucedido aquel día que creamos la regla de «terreno vedado».
—No lo he olvidado, aunque tú sí.
—No había nada entre Bella y tú; por lo tanto, no puedo sentirme culpable por entrar en escena —cruzó los brazos—. Acepta los hechos, Edward. Esta es la mujer que no puedes tener, razón por la que probablemente la deseas. Bueno, pues has llegado demasiado tarde. Vas a tener que encontrar un modo de aceptar la derrota. Bella y yo nos compenetramos y tienes una notificación oficial de no entrometerte. Además, teniendo en cuenta lo vengativa que se ha mostrado The Snitch en estas últimas seis semanas, es muy probable que, si continúas por esta senda, terminen por descubrir esta historia y la publiquen. No creo que a los Vulturis les encante la idea de leer otro escándalo de los Cullen, ¿no te parece?
Estaba decidido a ocuparse de cualquiera o de cualquier cosa que amenazara el vínculo que se había formado aquella mañana en el vestíbulo de Cullens. No importaba que sólo hubiera hablado cinco minutos con Bella. Podrían haber sido cinco segundos. En el instante en que se tocaron, sus destinos habían quedado sellados. No podía explicarlo, pero la conexión que se produjo aquel día lo había impulsado a encontrar a Bella. A hacerla suya de todas las maneras posibles. Y lo lograría.
Se plantó ante su hermano.
—Deja que yo me preocupe de los Volturis y The Snitch. En cuanto a Bella... ¿te atreverías a someter tu fe en su afecto a un pequeño test? ¿Por qué no me das vía libre esta noche y comprobamos quién de los dos termina yéndose a casa con ella?
Si Esme no se hubiera interpuesto entre los dos, Edward no dudó de que Anthony le habría dado un puñetazo.
—No juegues con ella, Edward. Ultima advertencia. Retírate.
—Y yo te lo advierto a ti, Anthony. El Infierno es real. Y no dejaré que ningún hombre me quite a mi mujer —se inclinó por encima de su abuela para recalcar las palabras—. Ni siquiera mi propio hermano.

—¡Tarde, tarde, tarde!
Bella voló al espejo para un último vistazo al tiempo que miraba con desesperación el reloj. El coche llegaría en cinco minutos. ¿Por qué Anthony había tenido que elegir justo esa noche para cambiar la hora de su encuentro?
Se puso las gafas de leer y comprobó por última vez la nota que le había enviado. Debía de tener prisa al escribirla, porque apenas reconocía su caligrafía. Parecía más audaz y menos precisa, más... apasionada. Le pedía que quedaran en la terraza del hotel Le Premier, para compartir unas copas a la luz de la luna. Se subió las gafas y sonrió. Que romántico.
Se examinó ante el espejo una última vez. Se había vestido con sumo cuidado para la fiesta de aniversario de Cullens, eligiendo un vestido largo de noche de un tono lila muy suave y aplicándose un toque más de maquillaje que el habitual. Nunca podía dejar de sorprenderse al ver lo diferente que estaba cuando se vestía de forma distinta al estilo cotidiano de negocios. El maquillaje añadía un destello de glamour y sofisticación, mientras el corpiño sin tirantes atraía la atención sobre los hombros y el escote. Hasta la falda amplia ofrecía la ilusión de magia y romance, flotando a su alrededor como lenguas de niebla. Sonrió.
Se quitó las gafas del cabello y las arrojó sobre la cama, junto al bolso. Debía recordar recogerlas antes de irse o dependería de Anthony para que esa noche le leyera cualquier cosa escrita que tuviera delante de ella.
Pensar en él hizo que su sonrisa vacilara de forma casi imperceptible. Sabía que Tania y Angie creían que en algún momento de la velada él planeaba declararse, pero no podían estar más equivocadas. Sus amigas no eran conscientes de que las cosas entre Anthony y ella no habían progresado hasta ese punto. Hasta ese momento.
Gracias a la conversación del mediodía, tenía decidido que había llegado el momento para un cambio. Quería sexo con Anthony, algo que la había hecho titubear hasta ese instante. Pero tras una larga reflexión, había llegado a la conclusión de que necesitaba saber si la conexión era más profunda que el romance despreocupado que habían llevado hasta entonces.
Necesitaba saber si Anthony tenía algo del Zorro en su alma.
Le dio la espalda al espejo y miró de nuevo la hora, cediendo una vez más al pánico.
Recogió el bolso y corrió hacia el coche que él le había enviado y a una noche que esperaba que cambiara todo su futuro.
En cuanto entró en el vestíbulo del hotel, se le acercó un empleado uniformado. Después de confirmar su identidad, la escoltó por un corredor paralelo al salón y le indicó un arco que daba a la oscuridad estrellada de una gran terraza que miraba hacia la parte baja de San Francisco. Se detuvo un instante para que sus ojos pudieran adaptarse y de inmediato comprendió que no necesitaba la visión. Se activó otro sentido, una aguda percepción de la presencia de alguien justo a su izquierda. Una extraña fiebre comenzó a crepitar en sus venas, cobrando vida de un modo que la anonadó. No había experimentado nada parecido desde...
Respiró hondo. Desde la mañana que había entrado en Cullens y conocido por primera vez a Anthony.
Esbozó una sonrisa.
—Puedo sentirte —susurró en la oscuridad—. No puedo verte, pero puedo sentirte —giró lentamente hasta quedar de cara a él o donde imaginaba que estaba—. ¿Y bien? ¿No vas a decir nada?
—Te he estado esperando —fue la sencilla respuesta.

comenten mis amores...