¡Gracias por vuestros alentadores reviews!

Espero que os guste éste capítulo :))

02: Recuerdos translúcidos.

A Eren no le gustaba el gerundio "creciendo". Implicaba dos cosas que detestaba enormemente. La primera de ellas; aún era un enano mocoso. La segunda; debería dejar de lado un montón de cosas, gente que se transformarían en simples recuerdos. Como había sucedido con el profesor Rivaille.

Eren aún soñaba a veces con esa noche de fin de año, cuando pronunció esas palabras en un francés casi perfecto, y en la expresión de sorpresa que se dibujó en su rostro. Recordaba claramente como iba vestido; tan elegante y atractivo. Tan atrayente y misterioso. Como su casa. Recordaba su casa impersonal y carente de calidez. Había especulado varias veces sobre ese asunto, relacionándolo con la soledad que abrasaba el rostro de Rivaille. Y le dolía el alma al imaginar que ya nadie era consciente de su situación, y que nadie veía más allá de la máscara de profesor gruñón y amargado.

A lo mejor era mejor así. Pero no le gustaba el resultado.

—¿Me va a borrar el porno?

Aquella simple pregunta lo devolvió a la realidad. Lo alejó de sus recuerdos y vio delante al hombre rechoncho, con la camiseta de Guns'n'roses de cinco años, gastada, sudada, y su rostro aparentemente preocupado y algo —sólo algo— avergonzado por la pregunta realizada.

—No.

Estudiar una carrera de informática para terminar en una tienda realizando las actualizaciones y borrando programas de ordenadores de gente extraña. Al menos, se decía, cobraba bien. Claro que no había terminado como se imaginó al comenzar la carrera; no había diseñado videojuegos ni un software que lo volviera millonario, pero tenía un buen sueldo. Y a lo mejor, si lo hacía bien, su jefa vería en él potencial y lo involucraría en sus proyectos.

Despidió al señor rechoncho y dejó su ordenador en el escritorio de al lado, mientras volvía con la reparación de la torre de un despacho de alguien muy vago y poco aficionado a hacer las cosas correctamente.

—Eren, puedes irte por hoy— dijo su jefa desde su despacho completamente cerrado y sin luz. Era una mujer extraña; creaba y desarrollaba poderosos sofwares y estaba trabajando en un proyecto para crear lo que comúnmente se denomina "robots". Para mantener los costes había abierto una tienda de informática y tenía a Eren trabajando en ella.

—Está bien.

—Por cierto, Eren, me han dicho que tienes una reunión de antiguos alumnos— inquirió.— Mañana puedes llegar tarde, no te preocupes.

—Oh, no es una reunión de antiguos alumnos... exactamente.

Se trataba, nada más ni nada menos, que una cena infernal con alumnos y profesores de su último año en el instituto. Mina y Christa lo habían organizado todo con gran ilusión y, aunque hacía años que no hablaba con ellas, aún le sabía mal no colaborar con sus planes angelicales. Sin embargo, el adjetivo que había escogido para la cena, "infernal", no encajaba del todo con el de las chicas. Fuera como fuere, estaba terriblemente nervioso. Pensaba que el profesor Rivaille estaría allí. De ser así, sería un reencuentro interesante.

Eren Jaeger, de 23 años, estaba trabajando en una tienda de informática con una lunática. Hasta allí, nada fuera de lo común. Sin embargo era totalmente consciente de lo cuidado que tenía su cuerpo, y de lo atractivo que se había vuelto. Tenía la esperanza de terminar con su profesor aquella noche.

Una esperanza infantil, estúpida e incoherente, valga decirlo. Él lo sabía, pero soñaba despierto a todas horas.

—¿Entonces qué es?

—Bueno... es una cena con alumnos y profesores. No creo que haya nada más.

—Ah~ sigue siendo una reunión de antiguos alumnos— desde su despacho, su jefa empezó a reír abiertamente.— Sólo intenta no terminar demasiado mal.

Eren soltó una risa incómoda y recogió sus cosas. Se despidió con amabilidad de su jefa y le deseó que pasara una buena noche. Ella hizo énfasis en que era él quien debía pasarla. Y lo deseaba con muchas fuerzas. Especialmente si esa noche tenía que ver con su tan adorado profesor.

Cogió el teléfono móbil y marcó el número de Armin. Le pidió que estuviera listo cuanto antes, y que se lo dijera también a Mikasa. Los tres compartían un piso en el centro desde hacía cinco años, cuando empezaron la carrera. Y los tres asistirían a la cena con sus antiguos compañeros.

—Últimamente te veo ansioso— comentó Mikasa cuando apareció por la puerta del piso. Ya se había arreglado; vestía como un día cualquiera en su trabajo de oficina. No hacía falta que se arreglara mucho, puesto que era ya toda una belleza de por sí.

—¿Es por ese alguien de quien estuviste enamorado en el instituto y que no nos quieres decir?— inquirió Armin, vestido con una camiseta, unos pantalones y unos tirantes. De los tres, él era el que más había cambiado. Había pegado el estirón, había cuidado su cuerpo y ahora parecía un modelo de una revista en versión simpática.

—Por supuesto que no. No existe tal persona.

—Lo que tú digas. ¿Lo verás ésta noche?

Eren les sacó la lengua.

—No puedo ver a alguien que no existe.— Y se fue a arreglar. Tampoco quería vestirse demasiado formal, porque se delataría a sí mismo, por lo que optó por unos tejanos y una camiseta de vestir de color negro, que se remangaría. Sabía que si lo hacía luciría más atractivo.

Cuando salió, se dio cuenta de que no llevaba chaqueta y volvió a entrar para coger una. No le quedaba demasiado bien, pero eso jugaba a su favor. Cuando se la quitara en la cena, resaltaría aún más.

Entraron en el restaurante acordado. Tuvieron que conducir durante media hora para llegar a su ciudad natal, Shiganshina, y, una vez allí, encontrar aparcamiento. Eren rezó para que Mikasa no estampara el coche en el proceso. Los dioses le escucharon.

—¿Mikasa?— preguntó una voz.

Cuando se giraron se encontraron de frente con Sasha Braus y Connie Springer, quienes habían venido juntos según parecía. Y cogidos de la mano. Eren miró a Connie y le dedicó una sonrisa pícara. Él se sonrojó y asintió con evidente felicidad.

—¡Wow! ¡Te has vuelto aún más guapa! ¡Y yo que pensaba que eso no sería posible...! ¿De qué trabajas? Alguien tan talentosa como tú seguro que está teniendo un éxito increíble ahora mismo.

—Estoy en una oficina. Me ascenderán la semana que viene.

Sasha estalló en asombro.

—¡Ya sabía yo!

—¿Y tú, Sasha?— devolvió Armin la pregunta, mientras instaba al grupo de recién llegados a caminar en dirección al restaurante. Entretanto, Sasha les contó la divertida historia de sus estudios, de su reencuentro misterioso con Connie dos años atrás y de cómo empezaron a salir y ella encontró un trabajo después de estudiar magisterio y estaba en una guardería y los niños eran infernales... ejemplificó ésto último con un par de escabrosos relatos.

—Has crecido mucho, Armin— dijo una voz cuando entraron en la recepción. Todos dejaron su charla animada para encontrarse con la portadora de esa voz. Seguía igual que siempre: mismo peinado, mismo rostro —aunque ligeramente más adulto que antes—, y casi misma estatura. No había crecido demasiado.

A Armin se le iluminó la mirada nada más verla.

—Y tú no has cambiado nada, Annie. Me alegro de verte, ¿acabas de llegar?

Annie Leonhardt no se había complicado mucho al escoger vestimenta, pero parecía que a Armin le perdía la visión de ese recuerdo antiguo que en su momento significó algo muy importante. Mientras ambos rubios se perdían en una charla unilateral y sin sentido, el resto del grupo entraron en el restaurante. Una gran mesa en forma de U los recibió. Dentro ya había bastante gente.

—¿Eren?— pronunció una voz.— Como has crecido, en mi mente seguías siendo el mismo enano peleón de siempre.

Eren se giró y esbozó una sonrisa. Alzó el brazo, y Reiner pronto comprendió que buscaba el saludo olvidado de tiempo atrás. Realizaron unos gestos y ambos sonrieron con satisfacción.

—Ha pasado mucho tiempo— dijo el rubio.— Menudo tío te has vuelto. ¿Te has visto en el espejo? Nah, pues claro que lo has hecho.

Entre broma y broma, ambos chicos desaparecieron. Reiner quería que Eren saludara a Berhtolt y a los demás, y Mikasa se quedó sola con Sasha y Connie. A lo lejos, sin embargo, distinguía la figura angelical de Christa, y se disculpó con la pareja para ir a hablar con ella.

Eren saludó a Bertholt con mucha energía, y a Jean más amigablemente de lo que imaginó. Parecía que ese intento de relación de hacía cinco años no había influido en su amistad presente. También estaba Marco, por el que siempre sintió simpatía.

—Eren, no te des la vuelta, pase lo que pase— dijo, con extremada seriedad, Reiner. Los demás sonrieron incómodos y saludaron con la mano. Él quería saber lo que sucedía.

—¿Por qué?

—No te asustes pero... el profesor Rivaille está aquí, y ha estado mirándote durante un buen rato.

Eren no escuchó nada más. Él estaba allí, y se había fijado en él. De repente, comenzó a tener calor y a transpirar. No sabía qué debía hacer. Miró a Reiner, buscando en sus ojos la solución, pero en ellos había aún la incomodidad de quien ve a alguien con cierta cortesía.

No pudo más. Se giró.

Eren no se giró muy deprisa. No quería parecer un loco ni nada por el estilo.

Y allí estaba.

Vestido con unos tejanos negros, una camiseta verde y una corbata no demasiado ajustada. Cómo aquella vez en año nuevo, el profesor Rivaille lo miraba con indiferencia. Pero Eren notó que allí no había indiferencia, había algo más en su mirada. Inconscientemente, sonrió y levantó la mano en un saludo.

—¿Qué haces gilipollas?

Reiner la bajó al instante y le sonrió incómodo al profesor, alejándose de su campo de visión. Jean, Bertholt y Marco les siguieron. Eren no entendía qué había hecho mal.

—No lo saludes con esa cara de idiota. ¿No lo entiendes? Él quería matarte... seguro que aún se acuerda de las broncas suyas que te ahorraste en el último año de instituto y quiere venganza al respecto... ¡da miedo!

—No da miedo. Venga, que ya hemos pasado esa edad...— trató de calmarlos Eren. Jean esbozó una sonrisa maliciosa.

—En ese caso— comenzó— seguro que no te importará sentarte a su lado. Ya sabes; a todo el mundo le aterra hacerlo.

Eren sintió entonces una punzada de dolor. ¿Rivaille estaba tan solo? No podía permitir algo como aquello. Evidentemente, se sentiría terriblemente incómodo, y la atracción inexplicable que sentía hacia el profesor de francés le jugaría una mala pasada, pero era una buena oportunidad para hablar con él.

—De acuerdo— le tendió la mano a Jean para sellar una especie de pacto— que así sea.

Continuará...