Disclaimer: Algunos de los personajes no me pertenecen, Stephenie Meyer los creo en su preciosa cabecita, yo solo juego un poquito con ellos. La historia es mía.
Capítulo beteado por Yanina Barboza, beta de Élite Fanfiction (www facebook com/ groups/ elite . fanfiction)
Alice despertó con la luz del sol pegándole en los ojos. Su cabeza la mataba y el ardor de los ojos la hacía querer arrancárselos, síntomas claros de una fuertísima resaca.
«¿Resaca? ¡Oh, Jesús! ¿Qué hice anoche?»
—Buenos días —saludó Jasper entrando a la habitación. Alice gruñó y se cubrió la cabeza con las almohadas—. Vaya, estás peor de lo que creí.
—Cariño, te amo, pero cierra la boca.
—Oye, linda, toma esto —le dijo quitándole las almohadas de la cabeza y dándole dos pastillitas color ámbar.
Alice se sentó en la cama y recibió las pastillas junto a un vaso de jugo de naranja. Se tomó el medicamento junto al jugo, las molestias no comenzaron a disminuir hasta varios minutos después, momento que Jasper aprovechó para ofrecerle el sustancioso desayuno que Karla había preparado para ella.
—¿Qué hice anoche?
—Más bien qué no hiciste anoche.
—Demonios.
—Bebiste demasiado y bailaste con las chicas sobre la barra de bar que Isabella mandó a instalar, le dijiste vieja bruja a mi abuela y vomitaste sobre ella y Bells. Algo que disfruté bastante... Elise e Isabella no tanto.
—Oh, diablos —murmuró Alice—. ¿Están enojadas?
—Mi abuela está eternamente enojada. Bells... ella está furiosa.
—¿Dónde está? Tengo que hablar con ella.
—Antes termina de desayunar. Bells ahora está cabalgando, no le gusta que la interrumpan.
Alice suspiró y asintió.
Después de desayunar, tomó una muy merecida y necesitada ducha, se colocó unos pants rosas con tenis blancos, se recogió el cabello en un moño descuidado y bajó a las caballerizas de la residencia.
Isabella estaba ahí, montando una yegua de color blanco, Edward cabalgaba detrás de ella en un semental negro.
Alice se detuvo al ver a su cuñada. Isabella montaba con una destreza casi olímpica, su cabello, solo sujeto a la mitad con un gran moño color caqui, volaba con cada salto que daba; parecía lista para una competencia por sus leggings beige, las botas de montar café y el saco que combinaba con el moño del cabello. Pero no fue eso lo que la petrificó. Era como estar frente a una princesa por ese porte y esa elegancia que tenía, y supo que ese momento se quedaría por siempre grabado en su memoria como el día que descubrió a la verdadera Isabella Swan. Y no podía creer que tuvieron que hacer ese viaje a Seattle para que la Princesa por fin se destapara.
—¿Señorita? ¿Le ensillo un caballo?
—No sé montar —dijo encogiéndose de hombros—. Necesito hablar con Isabella.
—A la niña Isabella le molestan las interrupciones cuando está cabalgando. Tendrá que esperarla.
Alice bufó pero no hizo caso. Corrió hacia donde estaban Isabella y Edward cabalgando a una velocidad más decente.
—¡Bells! —gritó agitando los brazos por encima de su cabeza—. ¡BELLA!
Isabella giró a la yegua y miró fulminante a Alice.
Si las miradas mataran...
—¿Qué demonios quieres? ¡Lárgate! Estoy ocupada.
—Necesito hablar contigo.
—Anoche escuché lo suficiente de ti, Alice.
—Por favor, déjame explicarte.
Isabella miró a Edward, quien la convenció de detenerse con una mirada, ella rodó los ojos y miró a Alice señalando con la cabeza hacia los cobertizos.
—Sígueme —le dijo. Volvió a girar a la yegua y cabalgó hacia las cabañas de los caballos. Un entrenador se acercó a ella y la ayudó a bajarse de la yegua al tiempo que Alice llegaba—. El cepillo de mi Estrella —ordenó extendiendo una mano. El entrenador se acercó con un gran cepillo de mango morado y se lo dio. Isabella comenzó a cepillar el largo y sedoso cabello de su yegua—. ¿Qué quieres decirme? —le preguntó a Alice.
—Quiero disculparme por lo de anoche, Jasper me dijo y yo... estoy muy avergonzada.
—Deberías. Lo que hiciste no tiene justificación, entiendo que estuvieras nerviosa al punto del pánico pero anoche era muy importante para la familia y arruinaste todo lo que me llevó un mes preparar.
—Bella, entiéndeme un poco. No estoy ni un poquito preparada para esta vida, yo no crecí bañándome en champagne...
—¡Lo sé! Y por eso mismo esperaba que fueras más prudente. Mi madre tampoco creció de esta manera, Alice, y ella no le vomitó a mi bisabuela ni la llamó vieja bruja —le dijo—. ¿Sabes qué es lo peor? Mi molestia por lo que hiciste no es ni la mitad de lo enojada que estoy con tus padres. Tu familia entera te defendió cuando mi abuela estaba matándote con palabras, todos te justificaron y créeme que se cansaron de hacerlo; pero tus padres simplemente se quedaron callados y prefirieron salir huyendo. Elise tomó una decisión contundente, Alice. Mandó a su mucama esta mañana a pedirles, tan amablemente como su enojo se lo permitió, que se fueran de la casa; deberías hacer lo mismo.
—¿Qué?
—Alice, mi abuela pensó muy seriamente en vetarte de la casa. Tienes suerte de que Jasper y yo seamos sus consentidos y que prácticamente no nos puede negar nada. Pero tus padres... Ellos ni siquiera tienen permitido estar en su presencia —suspiró—. Amm... Nosotros nos vamos en dos días, mi abuela pidió que tú y tu familia se fueran hoy; Jasper ya reservó los boletos de todos. Cynthia y tú volverán a Los Ángeles y tu familia a Jackson. Mi papá hablará con la abuela para convencerla de asistir a las bodas y las cenas, y es todo lo que podemos hacer por ustedes. Perdón, Alice, pero tú provocaste esto —terminó volviendo a subir a la yegua—. El vuelo de tu familia sale en tres horas, el tuyo y de Cynthia en cuatro —informó, después jaló las riendas y la yegua volvió a correr.
Alice entró de nuevo a la casa y subió hacia la habitación de sus padres. Los encontró empacando con gestos de molestia; no había una sola mucama para ayudarlos.
—¿Necesitan ayuda? —preguntó.
—¿Va a enviarnos a alguna mucama, señorita Alice? —preguntó Clarissa con sarcasmo.
—Mamá, por favor.
—Estarás feliz, ¿no? ¡Te dije que te comportaras! ¡Que imitaras a tu maldita cuñada! Pero como siempre tenías que hacer lo que querías, y te emborrachaste frente a más de ochenta personas junto a las estúpidas de tus amigas, al menos ellas no vomitaron sobre esa vieja que tiene el suficiente poder como para sacarte de su casa y su familia.
—Alice, tienes que comportarte como una señorita decente. Tu madre tuvo razón al decirte que hicieras lo mismo que Isabella. Ella creció en este ambiente, sabe qué es lo que debe hacer y qué no; desgraciadamente nosotros no pudimos darte esa educación porque jamás nos imaginamos que ibas a terminar casándote con una familia como los Swan. Y tal vez esas chicas no sean las amigas indicadas para ti y la nueva vida que tendrás.
—¿De qué hablas? Ellas son tan señoritas de sociedad como Isabella.
—Pero Isabella se comporta mejor que ellas, y la prueba es lo que pasó anoche. Eso jamás hubiera sucedido si te hubieras quedado con Jasper o con Isabella.
«Isabella, Isabella. Siempre Isabella. Si supieran que estuvo a casi nada de quedar embarazada en su primer colegio, no la tendrían en un pedestal».
—Vete a cambiar, no subirás a un avión vestida de esa manera. Y dile a la inútil de tu hermana que haga lo mismo.
Alice bufó y salió de la habitación, chocó con una mucama que llevaba sábanas para cambiar en las habitaciones.
—Disculpe, señorita Alice —le dijo.
—Fue mi culpa. ¿Has visto a mis amigas?
La mucama la miró confundida.
—Ellas se fueron esta mañana después de desayunar, señorita —respondió—. La niña Isabella y el joven Jasper ya tenían sus vuelos reservados.
—¿Hablas en serio?
La chica no tuvo oportunidad de responder porque Alice vio a Jasper salir de la habitación con Tyler en brazos, zapateó hacia él y lo golpeó en el hombro.
—¿Qué sucede contigo? —reclamó.
—¿¡Se atrevieron a correr a las chicas de aquí!? —gritó. Jasper suspiró.
—Alice, tienes que entender que lo que tú y las chicas hicieron anoche estuvo mal. Mi abuela está convencida que ellas son una mala influencia para Isabella, y para ti; no pudimos hacer mucho por ellas cuando les pidió que se fueran de la casa... Realmente se trató de una carnicería, Alice, espero que la próxima vez consideres las consecuencias de tus actos y pienses antes de hacer cosas como esa. El chofer los llevará en veinte minutos al aeropuerto, cámbiate y baja.
Alice gruñó y se giró para entrar a la habitación.
—Por cierto, tu hermana ya no es una niña —soltó y entró a la habitación. Dos mucamas hacían su equipaje, algo que demostraba que Elise tenía un poco más de consideración con ella de la que tenía con sus padres, o tal vez fue cosa de Jasper e Isabella; no se imaginaba a la vieja bruja ordenando algo para la chica que la humilló y la insultó frente a más de ochenta personas.
Las mucamas habían dejado una muda de ropa sobre la cama, algo que parecía ser más para "la niña Isabella" que para "la señorita Alice": skinny jeans negros, tanktop blanco, cárdigan rojo y pequeños tacones del mismo color.
«¿Tacones en el aeropuerto?»
Decidió ignorar todo el conjunto. Sacó unos shorts de su maleta, una blusa rosa y sandalias cafés. Las mucamas la miraron sorprendidas cuando terminó de vestirse, y comenzaron a murmurar entre ellas. A Alice no pudo importarle menos. Isabella se vestía así en casa, ¿acaso aquí no lo hacía? Y entonces recordó los jeans y las blusas casi sin escote que había estado usando desde que salieron de Los Ángeles.
Imitar a Isabella sería difícil si cambiaba de personalidad con cada situación. ¿Qué tenía que ver la recatada señorita de sociedad con la alocada chica que saltaba y brincaba por todos lados? Total, absoluta y tajantemente nada. Ella la imitó anoche... No la Isabella que todos esperaban, pero sí la que se divertía sin llevar una copa de champagne todo el tiempo con ella, sin bailar aburridos y simples jazz, sin detenerse a charlar e impresionar a distintas personas, pero sobre todo la que podía andar por la vida sin ser una sumisa.
Isabella daba órdenes, no las seguía. Esa no era ella.
La puerta de la habitación se abrió con un azote y Elise Swan dio un paso al interior, tan pulcra como siempre. De pronto, Alice se sintió pequeña. La figura de Elise era tan aristocrática, siempre con los pies bien plantados en el suelo, la espalda recta y cabeza arriba. Isabella había heredado eso de su abuela.
Jasper le había dicho incontables veces que en su familia él era Higginbotham e Isabella era absolutamente Swan. Nadie podía soportar cinco segundos en presencia de Elise e Isabella juntas sin una reverencia o simplemente mirar al suelo, porque ambas tenían esa aura noble que hundía y sometía. Alice no quería ser así... Al menos por el momento.
—Doña Elise —musitaron las mucamas al unísono hundiéndose en una reverencia como si frente a ellas estuviera la mismísima reina de Inglaterra.
—Fuera —ordenó con voz firme mirando fijamente a Alice. Las mucamas se pusieron de pie y salieron de la habitación sin darle la espalda a la patrona. ¿Cómo? Dios sabrá—. Jasper e Isabella son los nietos más especiales y queridos que tengo. Mi Albert y mi Elizabeth, que en Gloria estén, adoraban a esos niños. El resto de mis hijos, mis yernos y nueras, demás nietos, los aman, y la verdad, ¿quién no puede amar a ese caballero y a esa princesa?
—Yo los amo, seño...
—¿Acaso te di permiso de hablar? —la interrumpió. ¿Qué?—. No, niña, tú no amas a mis nietos, lo puedo ver en tus ojos. Ni siquiera amas a mi bisnieto. ¿Dónde está él ahora? ¿No deberías estarlo cuidando?
—Está con su padre...
—Con Jasper, querrás decir.
—Tyler es hijo de Jasper, es un Swan.
—Pues eso está por verse —dijo. Extendió la mano hacia su mucama, quien le dio dos bolsas de plástico con cierre hermético, dentro había mechones de cabello; uno rubio y otro castaño.
—¿Cómo puede ser capaz de...?
—Yo cuido a mi familia, niña. Después de lo que vi anoche, puedo estar convencida de que tú no eres una persona confiable. Quisiste arrastrar a mi nieta a tu espectáculo, a una señorita... Con eso en cuenta, ¿cómo puedo estar segura de que el niño que trajiste al mundo es hijo de mi nieto?
—Se llevará una gran sorpresa cuando vea que lo es, señora. Y mi nombre es Alice.
—Me importa un demonio tu nombre. No desgasto mi tiempo en cosas que no valen la pena, porque tú no estarás demasiado tiempo en mi familia. Algún día, mi Jasper y mi Isabella se darán cuenta de la clase de alimaña que eres y ellos mismos se encargarán de que recibas lo que te mereces —soltó, y la miró de la cabeza a los pies—. Cómo me hubiera gustado que mi nieto se fijara en una señorita que valiera la pena —musitó.
—Alice, ya llamé al taxi —avisó Jasper—. ¡Oh! Abuela, ¿qué haces aquí?
—Despidiéndome de esta niña, cielo.
—¡Abu! —gritó Isabella—. ¿Jaime nos puede llevar a Edward y a mí a la...? Amm... Alice, ¿qué estás usando? —le preguntó con una sonrisa que disimulaba su molestia—. Pedí que te dejaran un conjunto en la cama. Obvio no te iba a dejar subir al avión con ese asqueroso pants que llevabas.
—Creí que estaría más cómoda al llegar a Los Ángeles con esto —se excusó.
—¿No podrías ponerte un pantalón, por favor?
—Ya no hay tiempo, querida. El taxi llegará pronto. Y por supuesto que Jaime los puede llevar a ti y a Edward... A donde sea que vayan a ir.
—Genial. Iré a cambiarme.
—¿Un taxi? —preguntó Alice.
—Ya oíste. Mi chofer llevará a mi nieta y a su amigo.
—Pero creí que...
—El chofer es solo para la familia, Alice —dijo Jasper.
—Así es. Y tú todavía no eres una Swan, niña.
La frase "y nunca lo serás oficialmente" salía a empujones de ese comentario. «¡Dios! Y todo por una pequeña borrachera».
—Ya no tardes, Alice. Abuela, papá necesita tu firma en el contrato de la nueva licitación.
—Iré enseguida, cariño —respondió Elise. Jasper sonrió y se alejó—. Por si te lo preguntabas, el niño se irá con Jasper. No puedo permitir que, si es mi bisnieto, le contagies tus malas costumbres —dijo y se fue. La mucama le dirigió una mirada burlona a Alice y siguió a su patrona.
—Nido de víboras —murmuró a la nada. Tomó su maleta y salió de la habitación, no sin antes cambiarse los infames shorts por unos jeans. «Las cosas que hago por impresionar a la vieja bruja».
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Alice y Cynthia salieron a la sala de embarque con sus maletas y se encontraron con Julian, quien había sido mandado por Charlie para recoger a las hermanas.
—Señoritas, bienvenidas de vuelta. Permítanme ayudarlas.
Volver a Los Ángeles era tan reconfortante que Alice no pudo evitar sacar media cabeza por la ventana del auto con tal de disfrutar del seco aire de la ciudad, mirar los árboles y el cielo azul. Había vuelto a casa después de dos días en ese infierno que resultó ser la residencia Swan. Definitivamente no volvería a ver a sus suegros, su cuñada y su novio de la misma manera; ellos se... transformaron allá. Se convirtieron en robots de sociedad que solo buscaban alegrar a la computadora central, nada en absoluto que ver con la cálida y amable familia que ella conocía.
—¿Podrías dejarme en Beverly Hills, Julian? —pidió—. Veré a los chicos.
—Por supuesto, señorita Alice.
Antes de abordar en Seattle, Alice llamó a Heidi y le pidió que le avisara al resto que quería verlos en su cafetería favorita, que estaba a solo unas cuadras del colegio. Ellos acababan de aterrizar en Los Ángeles, así que prometieron ir a sus casas a darse una ducha y vestirse. Estaban igual o peor que Alice hablando de resaca.
Julian se detuvo frente a la cafetería y después de pedirle a Alice que llamara cuando quisiera que la recogiera, se fue con Cynthia. Alice entró a la cafetería e inmediatamente fue llevada por la anfitriona hacia la mesa que siempre usaban; no le sorprendió encontrar dos asientos vacíos, seguramente los chicos esperaban ver a Alice y Bella.
«Oh, genial. Debí decirles que solo regresamos Cynthia y yo».
—Hola —los saludó. Oh sí, debió hacerlo. Sus amigos la miraron confundidos cuando Isabella no apareció a su lado.
—Hola —respondió Angela saliendo de su confusión. Todos se pusieron de pie y saludaron a Alice, una mesera se acercó a pedir su orden.
—Un espresso —pidió sentándose. La mesera asintió y se fue.
—Amm... —tartamudeó Garrett—. ¿Dónde está Bells?
—En Seattle —respondió Alice. Las chicas abrieron los ojos como platos.
—¿Por qué no te quedaste con ellos? —le preguntó Leah.
—Porque la vieja bruja de Elise me corrió de su casa, y a toda mi familia.
—¿Qué? ¿Hablas en serio? —le preguntó Heidi. Alice asintió—. Pero Isabella y Jasper...
—Ellos estuvieron "atados de manos" —musitó Alice haciendo las comillas en el aire—. Volverán en dos días, después de que hayan terminado de lamer las botas de Elise.
—Nunca había visto a Bells como anoche —reflexionó Liam, el admirador secreto de Isabella—. Era como... una persona absolutamente diferente.
—Esa es la verdadera Isabella —soltó Heidi, la única que no estaba dispuesta a formar parte del club de fans de Isabella.
—¿Vieron al chico con el que estuvo toda la fiesta? —inquirió Emily—. ¡Era como un sueño! ¡Alice! Estuvo en la mesa con ustedes. ¿Quién es?
Alice suspiró y agradeció a la mesera cuando dejó el café frente a ella.
—Se llama Edward Cullen, es el mejor amigo de Jasper. Británico, por cierto, y empresario. Liam, sin ofender, pero es perfecto para Bella.
Liam no respondió, se llevó una mano a la frente y se la sobó.
—Fue una noche... interesante —dijo Sam—. Claro, debimos darnos cuenta que hacer eso estaba mal desde el momento en el que Bells dijo no y se fue con este tal Edward. ¿Cuándo ha rechazado algo así?
Nunca.
—Como sea. Su familia no me agradó, son tan esnobs —se quejó Heidi—. Yo creía que mis padres lo eran, pero los Swan les ganan. Si hay que convivir con ellos durante toda tu boda, Alice, será demasiado para una vida —soltó haciendo reír a todos.
Los padres de Heidi eran los integrantes inferiores de la Familia Real Griega, de aquellos que no tienen un solo lugar en la Línea de Sucesión, pero eso no les impedía ser unos estirados y creídos. A Heidi le costó muchos días de ruego que sus padres aceptaran a sus amigos, a Alice no la querían en su casa y para descontento de Heidi, adoraban a Isabella. Para la chica era un martirio vivir con ellos y después de la graduación se había mudado con Leah.
—Por lo que entendí, la vieja bruja ya no quería ir a la boda. Charlie estaba hablando con ella para convencerla.
—Alice, va a ir —le dijo Emily—. Es su nieto favorito el que se casa.
—Sí, pero conmigo. Y no le agradé.
Sus amigos le dedicaron sonrisas reconfortantes y la animaron a no cambiar quien era. Si Isabella ya había mostrado su verdadera personalidad, Alice no tendría por qué hacerlo; los Swan ya tenían a su princesa, no necesitaban otra.
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—Hola —saludó Jasper, dos días después, entrando a la habitación de Alice con Tyler en brazos.
—¿Qué tal el vuelo?
—Bien, gracias. Vine a dejarte al niño porque necesito una ducha. No tardaré. Mi hermana quiere que vayan de compras.
—Acaban de llegar de Seattle.
—Ya tenemos fecha, Alice, y quiere comenzar a planear todo ayer.
—¿Ella eligió la fecha de nuestra boda? ¿En serio? Tiene que ser una plática entre nosotros dos, Jasper, ella ni siquiera puede opinar.
Jasper suspiró.
—Alice, te vas a casar con mi familia, y aquí son mi abuela, mi padre y mi hermana quienes eligen las fechas de nuestros eventos. Bells propuso el dieciséis de enero, me gustó esa fecha, y mi abuela y mi padre la aprobaron. Fin.
—Nos vamos a casar el dieciséis de enero y yo no pude opinar.
—Así son las cosas aquí, Alice.
—No sé por qué sospecho que lo que quieren es asustarme y que salga corriendo de aquí.
—No queremos eso, Alice. Nunca. Solo quiero que sepas cómo nos manejamos en la familia. Mi hermana ya entendió que con tus tradiciones no puede hacer nada, ella espera que hagas lo mismo con las nuestras.
Alice suspiró y asintió.
—Está bien. Escogeré los avisos y las invitaciones.
—Bells ya sabe cuáles me gustaron a mí, para que las tengas en consideración.
—De acuerdo, me gusta esa idea. Amm... ¿Cómo le fue a tu hermana con Edward?
Jasper lanzó unas risitas.
—Repito: no sé qué están esperando. Comeré con Edward más tarde y hablaremos de eso. No le digas nada a Isabella, probablemente me matará si se entera.
Alice rio.
—Sí, seguramente.
—Bells se está duchando. Viene en un rato por ti.
—De acuerdo.
Jasper se fue después de darle a Alice un beso en la mejilla, dejándola con sentimientos encontrados y sin saber qué pensar con eso de que ella no tuvo ni voz ni voto en la elección de fecha para la boda. Pero si Isabella ya no había dicho nada de sus tradiciones; ella tenía que respetar las tradiciones tan jerárquicas que tenían los Swan. Se iba a casar con ellos, y tenía que aprender a vivir con ellos.
Dos horas después, Bella apareció en la puerta de la habitación de Alice, de alguna manera que no logró entender, a Alice no le sorprendió ver a su cuñada en un vestido verde a la rodilla y tacones cafés, un clutch de piel sintética del mismo color con apliques metálicos dorados, y el cabello atado en una media coleta. El efecto Seattle aún estaba en ella y Alice sospechaba que nunca se iría.
—Hola, Allie —la saludó—. ¿Lista?
—Claro. ¿Qué vamos a comprar?
—Los avisos, las invitaciones, la platería probablemente, vajilla... Muchas cosas, Alice, así que vámonos.
Alice rodó los ojos sonriendo y siguió a su cuñada.
—Niña Isabella, su auto ya está esperando —dijo Julian cuando lo encontraron en el vestíbulo.
—Muy bien, Julian, gracias. Volveremos a la hora de la cena.
—Por supuesto, niña Isabella —dijo. Le dedicó una reverencia y se retiró. La camioneta de Isabella estaba estacionada frente a la fuente de la entrada, con el motor encendido y la llave en la ignición. Isabella se subió colocándose los lentes oscuros, Alice hizo lo suyo del lado del copiloto dejando su pequeño bolso en su regazo, mientras Isabella apoyaba su clutch entre los asientos, arrancó y presionó el botón del control que estaba en el visor y las rejas se abrieron.
—Y... ¿me vas a hablar de Edward?
Isabella la miró de refilón provocando que Alice rápidamente se avergonzara de su pregunta.
—¿Qué quieres saber?
—Todo —respondió con curiosidad casi morbosa.
Isabella suspiró.
—Nos conocemos desde hace tres años. Curiosamente, yo estaba en la sala con mamá y papá cuando Jasper llegó con él. Jasper ya le había hablado de mí, y a mí me habló de él. Edward estaba de vacaciones de la universidad y su padre lo envió a monitorear la construcción de la empresa; nosotros la estábamos haciendo, de hecho, así que Jasper lo invitó a cenar a la casa.
—¿Y...?
—Alice, estaba en medio de una depresión, en lo menos que pensaba era en chicos. Él solo era el amigo de mi hermano, nada más.
—Pero ahora ya no.
—No, Alice, ahora ya no —resopló—. No quiero hablar de eso, ¿de acuerdo? Todavía estoy un poco abrumada por pasar dos días completos con él.
—Está bien.
—Gracias.
Llegaron a Beverly Hills y se detuvieron frente a una imprenta con diseños elegantes exhibidos en las ventanas.
—Oh, Cristo. Bells, no creo que tenga el presupuesto para esto.
—Lo tienes —le dijo con una sonrisa.
—Bella, no...
—Alice, fue en lo único en lo que tus padres me permitieron usar mi dinero, por favor, cúmpleme este capricho.
Alice se rindió. Rara vez Isabella admitía que estaba teniendo un capricho y además, estaba rogando. Eso no se veía todos los días.
Entraron a la imprenta y de inmediato se llenaron con un suave olor a hoja vieja y tinta, casi como si se tratara de una biblioteca antigua.
El local era amplio y elegante. Había gran variedad de diseños de invitaciones en repisas colgadas en las paredes, algunos estaban enmarcados y otros solo se veían en fotografía. Una pequeña y regordeta recepcionista las recibió detrás de un mostrador con más diseños dentro.
—Hola, bienvenidas. ¿En qué puedo ayudarlas?
—Hola —respondió Isabella—. Tenemos una cita con Julieta Donaldson, mi nombre es Isabella Swan.
La mujer buscó en un enorme cuaderno que tenía en el escritorio y asintió cuando encontró la cita.
—Sí, aquí está. Búsqueda de avisos e invitaciones, ¿cierto?
—Así es. Para la boda de mi hermano. Ella es la novia, Alice Brandon.
—Mucho gusto. Por favor, tomen asiento, Julieta las recibirá en unos momentos. Si gustan, pueden revisar nuestros libros.
—De hecho, miramos algunos diseños por internet y marcamos los que más nos gustaron.
—En ese caso, haré una rápida búsqueda. ¿Puedo ofrecerles algo de tomar? ¿Agua, vino?
—Oh, un vino suena tentadoramente bien, sin embargo, aceptaremos solamente agua, muchas gracias.
La recepcionista asintió y entró a otra habitación.
—Hablé con los chicos —dijo Alice mientras se sentaban en los sillones que estaban en la recepción.
—¿Cómo están?
—Algo heridos.
Isabella suspiró.
—Lo sé, Alice, sabes que no fue cosa mía.
—Pero están esperando una disculpa tuya. No hiciste nada por impedirlo.
—Lo dicen porque no me vieron a las doce de la noche, en la habitación de mi abuela rogándole para que no los corriera —casi gritó con una sonrisa molesta—. Y eso te incluye a ti y a los inútiles de tus padres.
—Bella...
—Cállate que este no es el lugar —masculló entre dientes, casi al mismo tiempo que la misma puerta por la que desapareció la recepcionista se abría. Una mujer diferente salió.
—¿Isabella Swan? —preguntó dirigiéndose a ambas.
—Soy yo —respondió Isabella poniéndose de pie y extendiendo la mano derecha. Alice puso los ojos en blanco ante los repentinos cambios de humor de su cuñada y mejor amiga.
—Mucho gusto —saludó la mujer estrechando su mano—. Soy Julieta Donaldson.
—¿Qué tal? Ella es mi cuñada Alice. La novia.
—Un placer. Por favor, síganme. Tengo entendido que han elegido algunos diseños...
—Así es. Mi hermano y yo estuvimos revisando su sitio hace unos días y elegimos unos que realmente nos gustaron. Aunque, mi cuñada tiene la última palabra.
—Claro. Por favor, tomen asiento. Por lo que vi en sus elecciones, será una boda en el sur...
—No. Ambientada como el sur —corrigió Isabella.
—Nos casaremos en el rancho de mis abuelos aquí en Los Ángeles.
—Pero sí hay que enviar invitaciones al sur.
—De acuerdo, entonces. Además de sus elecciones, les mostraré otros diseños que aún no tenemos disponibles en internet —dijo Julieta y sacó una enorme carpeta blanca que tenía escrito "ESTILO SUR" en la tapa—. Amy está buscando las muestras de sus elecciones, mientras tanto pueden ver estas.
—Jasper me va a matar —cantó Isabella abriendo la carpeta—. Fue muy específico acerca de no ver más y quedarnos con las que escogimos.
—Debió haber sabido que no le harías caso —rio Alice mirando los diseños de invitaciones.
—Gracias, Amy —dijo Julieta—. Sus muestras —anunció entregándoselas a Isabella.
—Oh, Dios. Sus modelos en internet no les hacen justicia —dijo Isabella—. Esta es la favorita de Jasper —le informó a Alice dándole una invitación preciosa. Aunque le sorprendió ver que era rosa. Los hermanos tenían muchas cosas en común, y una de ellas era el disgusto que le tenían al color rosa. No lo usaban, a veces ni siquiera soportaban verlo, y eso era un problema.
—Es rosa —rio Alice mirando a su cuñada.
—Es el color de la boda, ¿no?
—Sí, pero...
—Le gustó el diseño, y está dispuesto a aceptar el color. Claro, no tuvo otra opción porque lo amenacé con obligarlo a usar una camisa rosa en la boda...
Alice rio.
—Eres mala —le dijo.
—Lo sé —aceptó con orgullo—. Entonces, ¿qué opinas?
—Es hermosa —dijo Alice. La invitación estaba conformada por un sobre rosa con detalles interiores en dorado que simulaban al encaje, la tarjeta era blanca con orillas doradas y rosas, y caligrafía cursiva en dorado, los avisos eran rosas y estaban sobre una tarjeta blanca; las tres tarjetas estaban juntas gracias a un listón rosa en moño.
—Podemos agregar un pequeño detalle que vaya más con ustedes, como un sello o un monograma —dijo Julieta.
—Eso sería excelente porque Jasper y yo tenemos la idea de enviar a hacer un sello con el monograma que Edward mandó a hacer para ustedes.
—¿Un monograma?
—Tradición familiar. ¿Quieres ésta, entonces?
—Sí —respondió inmediatamente haciendo reír a Isabella y Julieta.
—Nos la llevamos —confirmó Isabella.
—Bien. Necesito los nombres de los padres, los novios, la dama de honor y el padrino, así como la lista de invitados y las direcciones que quieren en las invitaciones.
—¿Direcciones? —preguntó Alice.
—De la boda religiosa, civil, cena de ensayo...
—La cena de ensayo todavía estamos pensando en dónde hacerla, pero de las bodas ya las tenemos —dijo Isabella sacando cuatro hojas de su clutch y dejándolas sobre el escritorio—. En la primera hoja están los invitados organizados por familias, en la segunda son los individuales, en la tercera las direcciones: la primera es de la boda religiosa y la segunda de la civil, y la última hoja tiene los nombres que necesitas.
—Perfecto —exclamó Julieta—. Entonces en el destinatario se pondrá el apellido de la familia.
—Así es.
—Una dama de honor organizada, pocas veces se ve eso. Hiciste bien en elegirla para ese puesto —le dijo Julieta a Alice.
—Bueno, una de las dos tiene que serlo, y está claro que esa no soy yo.
—Tienes suerte de que sea perfeccionista.
—No. Tú eres obsesiva compulsiva.
—Eso también —rio Isabella.
—Bueno, si no tienen más dudas, ¿me acompañan?
—Claro —respondió Isabella. Las tres mujeres se pusieron de pie y salieron de la oficina, Julieta las dejó con Amy para dar el anticipo de las invitaciones.
—Los avisos estarán listos en dos semanas —dijo Amy—, llegarán a su domicilio ya empaquetados para el envío. Las invitaciones llegarán en tres meses.
—Perfecto —exclamó Isabella dándole su tarjeta de platino.
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De alguna manera, Isabella se enteró de la comida que Jasper tuvo con Edward, y de todo lo que hablaron ahí. Estaba de más decir que la Princesa explotó y le gritó de todo a su hermano mayor, algo que Alice nunca había visto y que la impactó; tan fuerte fue el regaño que Jasper aceptó que había hecho mal y se disculpó con su hermanita como por dos horas seguidas hasta que ella le dijo que se callara.
Pero sin duda, Jasper hizo algo bien, porque al día siguiente Edward e Isabella se convirtieron en pareja.
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UNA PRINCESA Y UN PRÍNCIPE
Edward e Isabella eran la pareja más hermosa que se hubiera visto, ambos estaban muy enamorados el uno del otro y eso se podía ver con una simple mirada. Isabella estaba más feliz que nunca y rara vez se separaba de Edward, aunque algunos días no tenían opción por el trabajo de Edward y los deberes de Isabella como dama de honor de Alice.
Ese día, Bella y Alice tuvieron que ir al rancho para concretar los espacios de la ceremonia, los cocteles, las sesiones de fotos y la recepción.
—Alice, no sabía cómo decirte esto y ya pasaron dos semanas, pero...
—¿Qué sucede?
—Solo prométeme que lo tomarás con calma, conmigo al menos, cuando lleguemos a casa puedes gritarle a Jasper todo lo que quieras.
—Bells, estás asustándome.
—En los días que nos quedamos en Seattle después de que tú y Cynthia regresaran —comenzó. Alice la miró mal—. De nuevo, no fue mi culpa, fue tuya, acéptalo y vive con eso —soltó, Alice rodó los ojos—. Bueno, el chiste es que Jasper cenó con algunos de sus amigos de la escuela y hablaron sobre la boda y todo eso, el asunto es que Jasper quería a más amigos aparte de Edward en el cortejo y bueno, o sea, solo eran dos más, digo, por tus... amigas, esas, zorras —balbuceó haciendo reír a Alice—, más bien tres...
—No tengo a más chicas en el cortejo —dijo Alice. Bella la miró torciendo el gesto y Alice se imaginó por dónde iba la cosa. El único nombre que se le ocurría era...—. ¡Oh no! ¡No, no, no!
—¡Es su mejor amiga! —lo excusó Isabella.
—Aunque le haya salvado la vida, no voy a tener a esa como mi dama de honor.
—Alice, por favor, solo estaremos Edward, sus tres amigos y yo de su parte en el cortejo, y yo soy tu mejor amiga. Por favor.
—¿Por qué nunca piden mi opinión? Tú, Charlie y tu abuela eligieron la fecha de mi boda y Jasper mete a otra dama de honor y yo me entero dos semanas después. Eso no es justo.
—En sí todavía no es dama de honor. La invitamos junto a sus padres a cenar hoy a la casa —soltó y le sonrió abiertamente.
—Así que por eso me lo dijiste hoy...
—Antes de que te vuelvas a portar con ella igual que hace dos semanas.
—Estaba ebria, no sabía lo que hacía.
—Pero la recuerdas bastante bien...
—¿Cómo voy a olvidar a esa "amiga" de Jasper?
—Alice, solo pídeselo, ¿de acuerdo? Hazlo por Jasper, por favor.
—Está bien. Lo haré.
—Gracias. Ahora... —dijo, antes de ser interrumpida por una canción muy cursi. No había que ser genio para adivinar quién era. Isabella respondió—. Hola, guapo —saludó. Alice rodó los ojos.
Natasha Douglas era la "mejor amiga" de Jasper, la clase de chica que Elise Swan hubiera escogido para él, que no se habría embarazado antes de siquiera comprometerse, que jamás habría tomado de más y vomitado sobre Elise e Isabella... Simplemente la chica perfecta para Jasper.
Pero si algo había aprendido de su madre era lo siguiente: Mantén a tus amigos cerca, pero a tus enemigos más cerca. Si para asegurarse de que Natasha no intentara nada con Jasper debía tenerla en el cortejo, entonces eso haría. Mantendría a esa zorrita de clase alta en su lugar.
Después de escoger los espacios de la boda, regresaron a Hollywood donde ya casi estaba todo listo para la cena con los Douglas.
—¿Cómo les fue? —preguntó Jasper cuando entraron a la sala.
—Bien —respondió Alice.
—Ogro, alguien tiene muchas cosas que gritarte —dijo Bella tecleando en su teléfono y tirándose al sillón.
—Le dijiste —acusó Jasper mirando a su hermanita.
—Por supuesto que le dije, de otra forma hubiéramos tenido otro episodio de Zorra, apártate de mi hombre —soltó Bella sin quitar la vista de su celular.
—Cariño, ¿Edward va a venir? —preguntó Renée saliendo de la cocina.
—Sipi —respondió Isabella—. Ya viene para acá.
—Deberían subir a cambiarse —dijo Renée quitándole el celular a su hija.
—Eso es mío —renegó la chica.
—Te lo daré cuando te cambies esos shorts.
—Pero... —comenzó a reclamar. Renée le dirigió una mirada que no dejaba lugar a discusiones—. Está bien. Allie, vamos —ordenó poniéndose de pie. Alice la siguió hacia las escaleras—. Si necesitas ayuda, me avisas —le dijo Bella abriendo la puerta de su habitación.
—Claro —respondió Alice entrando a la suya. Estuvo de pie frente a su clóset bastante tiempo y llegó rápidamente a la conclusión de que no tenía una remota idea de cómo vestirse sin que Isabella irrumpiera y arrojara prendas a su cama.
Se decidió por algo que sabía le iba a gustar a su cuñada: un top rosa strapless, jeans blancos ajustados y tacones bajos beige. «Nada mal», pensó antes de salir de su habitación para ir a la de Bella y mostrarle su atuendo. Golpeó la puerta suavemente.
—Pasa —dijo. Alice abrió la puerta y encontró a su cuñada frente al tocador arreglándose el cabello. Llevaba un vestido corto color verde menta de cuello alto con encaje en la cintura y sandalias altas nude, el cabello suelto y una pulsera de diamantes. Simple, bello y adorable.
—¿Qué opinas? ¿Es apropiado? —preguntó dando una vuelta.
—Síp —respondió Bella sonriéndole—. Me gusta esa combinación. Ven, te arreglaré el cabello —le dijo. Alice caminó al tocador y se sentó frente a éste—. Alice, otra vez te agradezco que hagas esto por mi hermano. Ya sabes cómo es, le molesta sentirse excluido.
—¿Se estaba sintiendo así?
—Un poco. Vio que en el cortejo solo nos tenía a Edward y a mí de su parte, y bueno, yo a medias porque soy tu mejor amiga.
—No había pensado eso. Él no me decía nada y yo pensé que no tenía problema. La verdad, no creí que tuviera amigos.
—Bueno, eso es grosero, Alice. En serio.
—Perdón.
—¿Se puede? —preguntó Edward asomándose por la puerta. El rostro de Isabella se iluminó cuando vio a su novio, dejó el cabello de Alice y se acercó a él para abrazarlo y darle un beso—. Guau —exclamó mirándola de la cabeza a los pies—. Estás hermosa.
—Yo siempre, amor —respondió ella arreglándole el cuello de la camisa.
—Y modesta —rio él dándole un piquito en los labios.
—Ya me conoces. De acuerdo, dame un segundo mientras termino de peinar a Alice, ¿sí?
—Por supuesto, princesa.
Minutos después, Isabella soltó el cabello de su cuñada el cual caía lacio enmarcando su rostro de una manera suave y delicada. De alguna manera pasó de ser una chica del sur a una dama, que era justo lo que necesitaba para enfrentarse a Natasha Douglas y demostrar que ella podía ser la chica que se esperaba que fuera.
Edward, Isabella y Alice bajaron a la sala, donde ya estaban los Douglas saludando a los Swan. Los recuerdos de la fiesta de compromiso se agolparon en la mente de Alice, borrosos e inconclusos, pero ahí estaban. Recordaba haber visto a Jasper hablar animadamente con Natasha y cómo vomitó sobre Elise e Isabella, sabía que eso era real, sin embargo, había algo que no tenía la certeza de si había sucedido o fue producto de su paranoica y borracha mente: cuando Garrett se la llevó, de reojo vio cómo Natasha abrazaba a Jasper, no reconoció consuelo en ese abrazo y no alcanzó a ver si Jasper la rechazaba. Había olvidado ese abrazo, pero al ver a Jasper saludar a la rubia abrazándola, éste volvió haciéndolo ver como algo que sí sucedió.
«Voy a morir al tenerla tan cerca de Jasper», pensó mientras la saludaba. Y no pudo evitar darle un vistazo a lo que llevaba, comparándolo con su atuendo. «¿Había un código de vestimenta y no me enteré?»
Natasha, al igual que Isabella, Renée y la misma Cynthia, llevaba un vestido veraniego en color blanco y azul marino, con sandalias altas blancas y un brazalete de oro. Alice sintió el impulso de subir a cambiarse, porque se sintió menos apropiada que cuando se mostró ante Isabella.
—Señora, la cena está servida en el jardín —dijo Karla. «Por supuesto. A eso se deben los vestidos».
—Enseguida vamos, Karla —respondió Renée. La ama de llaves le dedicó una reverencia y se fue—. Bueno, vayamos —dijo.
Jasper se acercó a Alice.
—Voy a morir de calor, ¿verdad? —le preguntó ella.
—Está refrescando un poco, creo que estás bien. ¿Qué te dijo Bells?
—Que es apropiado.
—Entonces no tienes nada de qué preocuparte. Vamos.
—¿Dónde está Tyler? —le preguntó mientras seguían al resto hacia el jardín.
—Dormido. Karla estará con él.
—¿Ya comió?
—Por supuesto —respondió Jasper sonando casi ofendido.
Durante la cena, nadie habló de la boda, se esperaba que fueran Jasper o Alice quienes sacaran el tema, pero Alice no estaba lista para hacerlo y Jasper estaba esperando a que ella lo hiciera.
La costumbre de siempre estar detrás de Isabella y su chispeante personalidad lo había hecho casi inmune a la atención, algo que desde el compromiso había estado recibiendo a montones, y no era que le disgustara, simplemente no estaba acostumbrado. Eso era todo.
Cuando las mucamas sirvieron el café, Isabella le dio un puntapié a Alice en la espinilla que hizo que ésta mirara a su cuñada con el ceño fruncido, Bella le indicó con los ojos que ya era hora, y por la manera en la que lo hizo, no dejaba lugar a la negativa. Alice suspiró.
—Natasha —llamó a la rubia, todos la miraron—, supongo que tú y tus padres ya saben el motivo de esta cena —le dijo.
—La verdad es que no —respondió Natasha con amabilidad—. Renée solamente nos pidió que viniéramos, y Jasper no me dijo nada cuando hablamos hace dos días.
«¿A quién de los dos ahorco?»
—¿Hablaron hace dos días? —preguntó Alice con tono acusatorio. Isabella volvió a patearle la espinilla. Alice la miró y articuló "gol" a lo que Isabella respondió con una amplia sonrisa.
—Ese no es el tema, Alice —presionó Jasper con incomodidad.
«¿Por qué simplemente no nos fugamos? Prefiero eso antes de tener a esa mosquita muerta en mi cortejo».
—Natasha, como eres la mejor amiga de mi prometido, me preguntaba si quisieras formar parte del cortejo —casi escupió metiéndose un pedazo de tarta a la boca.
«Las cosas que hago por ti, Jasper Theodore Swan».
—¿De verdad? —preguntó Natasha con emoción. Alice asintió con una falsa sonrisa. Isabella y Cynthia se golpearon las frentes con las manos—. Me encantaría, claro que sí —dijo la rubia. Se puso de pie y se acercó a Alice, Isabella hizo que se levantara. De la nada, Alice recibió un abrazo de Natasha—. Gracias, Alice. No te arrepentirás.
«Ya lo estoy haciendo».
—Gracias a ti por aceptar —dijo Alice separándose de ella.
—Genial —exclamó Isabella—. Entonces tenemos al cortejo completo, ¿no es emocionante?
«Habla por ti».
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—¿¡Hablas en serio!? —gritaron las chicas. Alice asintió.
—Ese es el golpe más bajo en la historia de las bodas —dijo Heidi—. ¿Cómo pudieron hacerte eso?
—No lo sé. Debieron haber visto las caras que tenían. Se iluminaron como un maldito árbol de navidad.
—Cállense que aquí vienen —dijo Garrett mirando hacia la entrada del restaurante.
—Espera un segundo. ¿Por qué Bella está de la mano del tal Edward? —preguntó Lauren.
—¿No sabían? Ya son novios —dijo Alice.
—¿Qué? —preguntaron todos.
—Hola, chicos —saludó Isabella.
—¿Qué hay? —respondió Garrett.
—De acuerdo, ellos son George y Jared, amigos de Jasper, y ella Natasha, su mejor amiga. ¡Oh! Y él es mi novio, Edward Cullen. Estos mastodontes que ven aquí son Garrett, Liam, Sam y Alec, y las chicas son Angela, Emily, Leah y, bueno, ellas dos —dijo señalando a Lauren y Heidi.
—Princesa... —la regañó Edward.
—¡Está bien! La de la cara de pocos amigos es Lauren, y la que parece que le explotó algo en la cara por las greñas que trae es Heidi. ¿Contento?
—Sí —respondió Edward entre risas y le dio un beso en la mejilla.
—No cambias, hermanita —dijo Jasper riendo.
—Has vivido con esa boca con patas diecinueve años, Jasper, supéralo —le dijo George.
—Gracias por lo de "boca con patas" es nuevo, ¿sabes?
—Sabes que te quiero, preciosa —soltó George aventándole un beso.
—Detén tu carro, hermano. Que así como la ves de atrabancada y bocona, mi hermanita ya tiene novio.
—Y estoy justo aquí —dijo Edward. Natasha y Jared se rieron de George.
—Ya lo sabía —dijo George.
—Sí, claro —ironizó Natasha.
Alice y sus amigos se miraron con sonrisas que contenían risas burlonas. Jasper con sus amigos era un idiota, y no de buena manera.
—Muy bien —comenzó Isabella—, paremos con esto y hablemos de lo importante, ¿de acuerdo? Los colores de la boda serán marfil, rosa y dorado, ¿estamos de acuerdo? —preguntó mirando a Alice y Jasper.
—Siempre y cuando no me hagas usar una camisa rosa, Princesa, estaré bien —respondió Jasper.
—¡Ohh! El pequeño niño le teme al rosa —cantó Jared.
—Nat —dijo Isabella. Natasha le dio un sape en la nuca a Jared—. Gracias. Chicas, iremos a buscar el vestido en estos días, Natasha tiene que regresar a Seattle...
—Bells, de hecho, Alice tiene algo que decirles acerca de los vestidos —interrumpió Jasper.
Isabella miró a su cuñada.
—¿Ya lo elegiste? —le preguntó.
—Eehhmm... No —respondió Alice.
—¿Entonces?
—Tengo otros planes, quiero decir, hay personalidades muy diferentes aquí y no quiero obligarlas a usar el mismo vestido.
—¿Eso qué significa? —inquirió. Alice miró a Jasper en busca de apoyo—. Alice, no tengo todo tu tiempo. Di lo que tengas que decir ya.
—Que... Ustedes... Ustedes elegirán sus propios vestidos.
—Oh. Oh —exclamó Jasper mirando a la cara de shock de su hermanita. Todos se quedaron en silencio durante bastante tiempo, hasta que las risas histéricas de Isabella lo rompieron.
—Que buena broma, Alice. Me encantó. De acuerdo, ¿mañana está bien para...?
—Isabella, estoy hablando muy en serio —interrumpió Alice. Isabella la miró con molestia.
—No —declaró Bella.
—Es mi boda —dijo Alice.
—Es la boda de mi hermano. Y no voy a permitir que sea un desastre, ¿entendiste?
—Bells, en realidad es una buena idea. Incluso hasta puedes usar morado, ¿verdad, Alice?
—Sí, por supuesto. Eres mi dama de honor, tienes que destacar.
—Bells destaca, use un color diferente o no —declaró Jared.
Bella sonrió ligeramente, después suspiró y miró a Alice con dureza.
—De acuerdo, Alice, este es el trato: permito que usemos vestidos diferentes, pero los zapatos, peinado y accesorios serán iguales para todas. ¿Estamos de acuerdo?
—Pregúntales a ellas —dijo Alice, con la esperanza de que sus amigas se rebelaran ante Isabella.
—Te lo estoy preguntando a ti porque tú eres la novia y tenemos que respetar lo que tú quieras. De nuevo, ¿estamos de acuerdo?
—Sí —respondió la novia.
—¿Las condiciones? —preguntó Natasha.
—Largo y rosa —respondió Alice.
—¿Es todo? —inquirió Angela.
—Si doy más condiciones, terminarán todas con el mismo vestido, y no quiero eso —dijo Alice mirando a su cuñada. Isabella rodó los ojos.
Hola otra vez. ¿Como ven a este par? Por lo que han leído, ¿quien resulto más perra, Alice o la Princesa?
Espero que hayan disfrutado el capítulo. Gracias a Beastyle, Yoliki, Tecupi y Pili por sus reviews en el primer capítulo. Nos vemos en el siguiente. Un beso y un abrazo a todas.
