Disclamer: Los personajes pertenecen a la mente genial de Naoko Takeuchi, yo solo los utilizo para adaptar esta obra que se llama Trampa para solteros de la autora Kristin Gabriel
•·.·´¯`·.·•Ƹ̴Ӂ̴Ʒ Atrapando Solteros Ƹ̴Ӂ̴Ʒ•·.·´¯`·.·•
Serena Tsukino no solía acompañar a la bolsa en el camión de la basura, pero aquella noche era una excepción. En cuanto vio entrar al camión en el aparcamiento del edificio, se lanzó sobre él como si fuera una saltadora de vallas.
Sin soltar la bolsa de basura, agachó la cabeza, intentando no pensar en el cargamento que la acompañaba. Especialmente en los roedores que podrían considerarla "el postre". Unos segundos después, el camión giró para salir del aparcamiento y Serena asomó la cabeza. La matrícula del coche negro aparcado frente a su casa confirmó sus peores miedos.
Era él.
Serena respiró profundamente, intentando tranquilizarse. Un error. El olor a carne podrida, pañales sucios y leche agria inundó sus pulmones hasta producirle arcadas. Cuando intentó moverse, pisó algo blando y caliente.
Sólo pensar en el hombre que estaba tras el volante del coche negro la impedía saltar del camión. Rubeus «Rompehuesos» Blackmoon quería matarla. Un antiguo campeón de lucha libre convertido en chef, Rompehuesos no estaba muy contento con el artículo que había escrito en su columna semanal, Los mordiscos de Serena. Pero, ¿qué culpa tenía ella si la pasta sabía a cartón?
Algunas personas no pueden soportar las críticas. Pero la mayoría solían responder con una desagradable llamada telefónica o una carta al editor del periódico. Sin embargo, Rompehuesos no. Él fue a su despacho en el Saint Louis Post y rompió una pata de jamón con las manos.
—Tú eres la próxima —dijo, tirando los restos de la pata sobre su mesa.
Había sido su primera y única confrontación hasta esa noche. Pero Melisa Alfa, una colaboradora del periódico y fanática de la lucha libre, escribió una serie de artículos sobre el tema. Incluso le había puesto un apodo a Serena: Mordisquitos. No precisamente un apodo para inducir miedo; más bien risa.
Gracias al estilo inflamado de esos artículos, la pelea Mordisquitos versus Rompehuesos llevaba un mes siendo el tema de moda en las cartas al director. Y, sin duda, el último artículo de Melisa echaría más leña al fuego. Según ella, se estaban preparando para el segundo asalto en el concurso de chefs de Chicago, donde Serena debía ser uno de los jueces... y Rompehuesos uno de los concursantes.
Al pensarlo se le encogía el estómago.
Además, le dolía la espalda de ir agachada y los pulmones de contener el aliento. Los vapores tóxicos que desprendía la basura la obligaron a cerrar los ojos y cuando los abrió, llenos de lágrimas, se vio deslumbrada por unos faros.
La había descubierto.
Se le paró el corazón cuando se abrió la puerta del coche negro y vio doscientos kilos de sólido músculo.
Iba a morir en un camión de la basura.
Una humillación más para sumar a otras tantas humillaciones. Su vida, entera e insignificante, pasó ante sus ojos. Había sido la única Tsukino que no se graduó primera de clase en el instituto. La única Tsukino que no estudió en una universidad privada. Sus padres pensaban que seguía intentando encontrarse a sí misma. Sus hermanos, que era adoptada.
Serena tragó saliva, pensando que quizá nunca volvería a verlos. A pesar de todo, los quería.
El sonido de unos pasos hizo que contuviese el aliento. Entonces oyó un golpe en el guardabarros del camión y... él, su enemigo, asomó la cabeza.
—Buenas noches, señorita Tsukino
Esa voz ronca la hizo sentir un escalofrío. Era muy fácil recordar el hueso roto de la pata de jamón. Y demasiado fácil imaginar que esa pata fuera la suya.
—¿Qué hace una chica como usted en un sitio como este?
Ella tragó saliva, mirando alrededor para buscar un arma. Encontró una lata de tomate y la sujetó, esperando que él diera el primer paso.
—Si es usted inteligente, se quedará ahí... por lo menos tres semanas. Los dos sabemos que este es su sitio, con la basura.
Entonces Serena recibió un baño; pero no era agua, sino grasientos huesos de pollo y patatas fritas que le cayeron en el pelo y dentro de la blusa.
Antes de que pudiera hacer nada, lo vio saltar del camión, entrar en su coche y salir disparado. Serena mantuvo la mirada fija en la matrícula de Missouri hasta que ya no podía leer el nombre de su némesis: Rompehuesos.
Temblando, soltó la oxidada lata. No la había aniquilado, sólo la puso perdida de basura. Era una advertencia, una campaña de terror.
Y estaba funcionando.
Serena se incorporó, sin creer que hubiera salido viva del encuentro. Pero cuando intentó asomar la cabeza para respirar aire puro, se le enganchó el pelo en algo; un chicle.
—Estupendo. Como no tengo suficientes problemas...
Al menos estaba viva. Tenía chicle en el pelo, grasientos huesos de pollo hasta en las pestañas... pero estaba viva.
El problema era hasta cuándo.
Dos días y siete horas más tarde. Serena tenía un plan. No era el mejor del mundo, pero ella no era una mujer de ciencia como su hermano, ni cirujana como su madre. Sin embargo, a Mina Aino, su vecina, le pareció bien y había aceptado echarle una mano.
—¿Dónde están los hombres desnudos? —preguntó Mina cuando entraban en el gimnasio.
—No hemos venido aquí para ver hombres desnudos —replicó Serena, respirando el olor agrio del sudor masculino.
Estaban en un antiguo almacén convertido en gimnasio, con un cuadrilátero en el centro. Los clientes eran casi todos expertos en lucha libre o lucha callejera, con músculos de escándalo. Y, en aquel momento, estaban mirando a Serena y Mina con una expresión muy poco amistosa.
—Dijiste que habría hombres desnudos.
—Porque sólo así podía convencerte para que vinieras conmigo.
Mina, que era chef de profesión, coleccionaba novios como otras mujeres coleccionan recetas. Conocedora del sexo opuesto, le daría opiniones expertas, pensó Serena. Su amiga estaba especializada en altos, fuertes, morenos y temporales.
—El plan es el siguiente...
—Mira ese —la interrumpió Mina, señalando con la mano—. Está casi desnudo.
En la sauna había un tipo cubierto apenas por una toallita. Serena intentó que no se le cayera la baba, pero le resultó difícil porque había pasado mucho tiempo desde la última vez que vio a un hombre semidesnudo. Más tiempo del que le gustaría admitir.
—No está mal.
Mina levantó los ojos al cielo.
—¿Que no está mal? ¿Ahora vas a ponerte selectiva?
—No me estoy poniendo selectiva. Es que me gustan los hombres con ciertas... cualificaciones. Su amiga se abanicó con la mano.
—Pues yo le diría que sí a sus "cualificaciones" ahora mismo.
Serena debía admitir que la toallita dejaba poco a la imaginación. Y ella tenía mucha imaginación.
—Me estoy mareando —dijo Mina.
—Es por la testosterona. Deberían poner un cartel de advertencia en la puerta.
—¿Como el de "Prohibido el paso a las mujeres"?
—No hemos venido aquí para hacer ejercicio —replicó Serena, momentáneamente distraída por los bíceps de un tipo que levantaba pesas.
—Entonces, ¿para qué estamos aquí?
—Ya te lo he dicho. Porque necesito un hombre.
—Pues entonces tienes suerte. Hay uno justo detrás de ti.
Serena se volvió... y se dio de bruces contra un enorme torso sin vello. Al dar un paso atrás, com probó que el resto del hombre también carecía de pelo, excepto en el bigote. Pero cuando bajó la mirada y vio unos diminutos calzoncillos rojos levantó la vista de inmediato.
—Voy a tener que pedirles que se vayan, señoritas —dijo el gigante. Tenía una voz ronca, como de ultratumba, y unos ojos penetrantes, malignos.
Serena tragó saliva. Aquel hombre era justo lo que buscaba.
—Me llamo Serena Tsukino y escribo una columna semanal en el Saint Louis Post. Se llama Los mordiscos de Serena. ¿Le gustaría que hablase de su comedor en mi periódico?
—Aquí no tenemos comedor, señorita.
—Perdone, no me ha dicho su nombre —insistió ella, armándose de valor.
Tenía que llamarse Rocky o Rock o algo así. Ella conoció a un Rock cuando era pequeña: le decapitó a su Barbie.
—Tiff —contestó él.
—¿Perdón?
—Me llamo Tiff Atherton y soy el director de este gimnasio.
¿Tiff? Bueno, si no podía tener un Rock tendría un Tiff. No se puede tener todo.
—Encantada de conocerlo, señor Atherton.
—La reunión ha terminado, señoritas. Si no están fuera de aquí cuando haya contado hasta tres, las echaré yo mismo.
—Vámonos de aquí —dijo Mina, tomándola del brazo.
Pero Serena no se movió. No podía dejar pasar esa oportunidad porque tenía delante al hombre de sus sueños. Y estaba desesperada.
—Si deja que le explique... - Pero en lugar de hacerlo, Tiff se la colocó al hombro como si fuera un fardo.
—¡Suélteme!
Oyó un grito a su lado y giró la cabeza. Mina había corrido la misma suerte. Aparentemente, otro de los tipos del gimnasio decidió tomar parte en la diversión... aunque Mina seguramente no estaría pataleando. No, ella le daría su número de teléfono.
Quizá había usado la estrategia equivocada, pensó Serena. Debería haberse puesto a tontear con Tiff. Aparecer en bikini o algo así. Cualquier cosa para llamar su atención.
—Tiff, espera un momento. Tengo que hacerte una proposición.
—Estoy casado.
—No es ese tipo de proposición.
—¿Estamos hablando de dinero?
—No, pero...
—Entonces no tenemos nada que hablar —la interrumpió él, soltándola de golpe en la acera. Un segundo después, Mina apareció a su lado.
—¡Espera! —gritó Serena, agarrando el ancho tobillo de Tiff.
El hombre intentó quitársela de encima, pero Serena se aferraba al tobillo como si le fuera la vida en ello.
—Sólo quiero que me escuches. Ven conmigo a Chicago un fin de semana. Incluso podrías llevar a tu mujer. Lo pasaremos bien y...
— ¡A mí no me gustan esas cochinadas!
—No me refería a eso. Sólo será un relajante fin de semana en el hotel Ambassador. Con todos los gastos pagados.
—¿Y cuál es la trampa?
—La trampa es que... necesito un guardaespaldas. Soy una de las jueces en el concurso gastronómico de Chicago, pero uno de los chefs quiere usarme para afilar el cuchillo.
Tiff soltó un bufido.
—Tú no necesitas un guardaespaldas, lo que necesitas es un psicólogo.
Después, se soltó de un tirón y entró con su compañero en el gimnasio.
—¿Y ahora qué? —suspiró Mina, levantándose.
—No lo sé. Tiff era perfecto.
—Deberías haberle ofrecido dinero. O haberle mentido.
—Ya sabes que no puedo mentir —suspiró Serena.
—Es verdad. Te he visto intentarlo y es patético.
Serena no era capaz de mentir. Un defecto trágico cuando uno crece en una familia de cerebritos. Nunca pudo ocultar sus fallos con una buena mentira porque se ponía colorada como un tomate y rompía a sudar. Al menos, a ella no le crecía la nariz.Y, a pesar de todo, de niña la llamaban Pinocho.
Asombrosamente, ese fallo acabó siendo una bendición. Su deseo de contar la verdad la había convertido en la crítica gastronómica más popular de Saint Louis. Los lectores admiraban sus artículos porque eran divertidos y, sobre todo, honestos. La mayoría de los lectores, claro, no todos.
—Menudo plan —suspiró Mina—. Ha sido una estupidez.
—No ha sido una estupidez. Lo que pasa es que debería haber traído un collar y una correa.
—¿Qué quieres, un guardaespaldas o un perro guardián?
—Quiero protección. Desgraciadamente, tanto un guardaespaldas como un perro guardián cuestan dinero, así que necesito una solución creativa para mi problema.
—Podemos ir a otros gimnasios mañana por la noche. Supongo que podrás convencer a algún tipo para que se vaya contigo de juerga a Chicago.
—Voy a trabajar, Mina. No a pasarlo bien. Además, mañana tengo que visitar un café en la calle 57
—¿El Romeo?
—No recuerdo cómo se llama. Su amiga se puso a dar palmas.
—¡Ya está, ya está! Puedes encontrar un hombre en el Café Romeo.
—¿Tienen un tipo en la puerta?
—No, tienen una casamentera.
—¿Qué?
—Una casamentera. Por lo visto, hay una señora que lee los posos del café para buscar al hombre perfecto. No puedo creer que no hayas oído hablar del sitio.
Serena se encogió de hombros.
—Visito tantos restaurantes que no puedo acordarme de todos. Pero mi editor mencionó que hacían un pastel de chocolate muy bueno.
—¿A quién le importan los pasteles cuando puedes conseguir un buen culo? Mejor que el de Tiff y ese otro tipo. Sólo tienes que cumplimentar una solicitud, dando los datos de tu hombre perfecto.
Serena se lo pensó un momento. Podría ser la solución.
—Ahora mismo mi hombre perfecto debe medir un metro noventa, pesar doscientos kilos y levantar bloques de cemento.Y, sobre todo, debe ser temporal. Únicamente lo necesito para un fin de semana.
—¿Y si él quiere algo más?
—Me preocuparé por los detalles más tarde — contestó Serena, limpiándose los vaqueros—. Venga, vamos al Café Romeo.
—Espera un momento. Madame Luna tiene que leer los posos del café para encontrar al hombre adecuado y a ti no te gusta el café.
—Tomaré agua de fregar si es necesario. Además, yo no estoy buscando amor. Sólo quiero un guardaespaldas.
Serena pronto descubrió que no iba a ser tan fácil. Sentada en un taburete frente a la barra del Café Romeo, miraba angustiada su taza. Era tan fuerte que no podía tomárselo.
Pero como Mina estaba coqueteando con el chico de la caja y Madame Luna hablando con un hombre al final de la barra, tiró el café en un tiesto y volvió a dejar la taza sobre el plato.
—¿Ya ha terminado? —preguntó Madame Luna.
—Sí, ya he terminado —intentó sonreír ella, poniéndose colorada.
La propietaria del Café Romeo se sentó en un taburete a su lado y tomó la taza.
—Vamos a ver si podemos encontrar aquí a tu hombre perfecto.
—Yo esperaba algo más grande —bromeó Serena.
Madame Luna no contestó, ni sonrió siquiera mientras observaba los posos.
—Hum... Interesante.
—¿De verdad?
Por supuesto, ella no se creía nada.
—La lectura es un poco complicada, pero creo ver... sí, estoy casi segura.
—¿Un hombre? —aventuró Serena.
— Definitivamente.
—¿Es grande, enorme?
Madame Luna sonrió de forma etérea.
—Es el hombre de tu vida.
Serena sonrió también, pero seguía sin creer nada. No podía creerla después de haber dejado que los hombres hicieran descarrilar su carrera. Era como si el sentido común se fuera por la ventana cada vez que un hombre aparecía en su vida.
A los dieciocho años conoció a Steve y renunció a una beca en la Universidad de Brown para estar con él. Se matriculó en la universidad local, pero Steve se alistó en el ejército dos semanas después y acabó destinado en Turquía.
Luego se enamoró de Diamante, en el último año de carrera. Estaba loca por él, pero Diamante la dejó por una chica de diecisiete años. Serena suspendió tres de los cinco exámenes finales y tuvo que pasarse todo el verano estudiando para conseguir el título.
Perdió su trabajo en el Canal 4 de la televisión cuando Jedite la convenció para "viajar por todo el mundo" con él. Su romance duró hasta Pensacola, donde Jedite encontró otra compañera de viaje.
La lista era más larga. Por muy guapos, encantadores o listos que fueran, los hombres habían destrozado siempre su vida. Por eso Serena había declarado una moratoria seis meses antes, cuando consiguió el trabajo en el Saint Louis Post. Había perdido demasiadas oportunidades como para arriesgarse otra vez.
Quizá cuando consiguiera el éxito que siempre había buscado, reconsideraría su posición con respecto a los hombres. Pero, por el momento, la moratoria seguía en pie.
—¿Cuándo puedo conocerlo, Madame Luna?
—¿Qué tal mañana por la noche? Aquí, en el Café Romeo.
—Perfecto.
Todo parecía muy sencillo. Quizá era una señal, se dijo. Quizá aquella vez lograría encontrar lo que estaba buscando.
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Hola chicas; disculpen la tardanza pero se me fue el viernes y el fin de semana rapidísimo, pero bueno, aquí estoy con este capítulo 1 de esta historia, jajaja, pobre Serena que terminó en el camión de la basura, pobre.
Muchas gracias por sus rw y que bueno que les haya gustado, espero que les siga gustando.
Besitos
Ángel Negro
