Este fic participa en el I Fest de la Noble y Ancestral casa de los Black

PROMPT#51 —En el que Luna es la mujer más buscada de Inglaterra y Adrian está harto de no luchar


Capítulo II: Despedidas


Después de una semana, se despertó al sentir un olor extraño que venía de la cocina. Enarcó una ceja mientras se ponía alto para cubrirse el torso y se dirigía hasta su cocina. Casi nunca la usaba para cosas que no fueran té. No sabía cocinar muchas cosas y no pasaba demasiado tiempo en casa. Pero aquel día había un olor terrible, como si hubieran intentado cocinar ojos de rana con tarántulas. Se encontró a Luna en la cocina.

―Luna…

―Ah. Eres tú ―dijo ella, con su voz tranquila, medio soñadora―. Estaba haciendo el desayuno pero… ―Miró la olla que estaba usando―. Creo que…

―No importa ―Adrian se acercó―. ¿Qué estabas intentando hacer?

―Es una vieja receta de mi padre. Ancas de rana en…

―No importa ―la interrumpió Adrian, preguntándose en que estaba pensando Luna―. Conseguiré algo mejor en las Tres Escobas.

―Hace mucho que no voy allí ―musitó Luna―. Desde…

―¿Desde qué empezó la guerra? ―preguntó Adrian―. Madame Rosmerta se esfuerza por mantenerlo vivo pero... ya sabes… no la dejan en paz.

Luna sonrió un poco, al menos ante la noticia involuntaria de que Madame Rosmerta seguía viva. Apagó el fuego y quitó la olla. No había manera de que lo que había hecho se volviera algo comestible.

―¿Puedes ir hoy a Cabeza de Puerco? ―preguntó.

Adrian volvió a enarcar una ceja.

―Por favor ―insistió Luna.

―La comida no se parece nada a la de las Tres Escobas, no creo que sea el mejor desayuno del…

―Adrian, no es para eso. Necesito que le digas algo al tabernero. Por favor.

Había esperado casi dos semanas para pedir ese favor. Adrian podía verlo. No le gustaba la idea de arriesgarse en vano, pero tampoco la de estar allí sentado sin hacer nada. No le gustaba nada. Pero arriesgarse… aunque, era sólo un mensaje. ¿Qué era sólo un mensaje?

―Está bien ―accedió finalmente.

―Dile al tabernero que estoy viva ―pidió Luna―. Alguien tiene que saberlo. No quedan muchos…

Por supuesto que no quedaban muchos. Todos los héroes de la guerra estaban muertos. Sólo quedaba Luna. Potter había muerto el tres de mayo. Sus amigos habían ido después. Quedaba una resistencia penosa, pero la gente seguía creyendo en ellos, escondiéndolos, ayudándolos.

―Está bien ―dijo Adrian―. Traeré algo de desayuno.

―Pídele sus croquetas especiales ―aconsejó Luna―; si tiene, son lo mejor de su menú.

Adrian sonrió. La dejó en la cocina con su sopa fallida mientras se ponía una capa para salir. Más tarde tendría que ir a trabajar y fingir que todo estaba bien. Pero nunca lo estaba. Estaba cansado de no hacer nada.

Aunque esconder a Luna ya era «algo».


Ella nunca le había preguntado qué hacía o a qué se dedicaba. Había visto la túnica del ministerio y su cara cansada y no había dicho absolutamente nada acerca de eso. Pero aquel día, mientras cenaban, estaba más escondida dentro de sí misma que de costumbre. Apenas si lo miraba.

―Adrian… ―dijo, finalmente, alzando un poco la cabeza―. Tú sabes donde la enterraron, ¿no?

Adrian suspiró. Temía esa pregunta.

―Ginny Weasley ―fue lo que dijo, esperando que ella confirmara si estaba en lo correcto. Luna asintió―. Una fosa común.

―Pero sabes en donde, ¿no? ―insistió ella. Así que quería un lugar en específico y probablemente esa era una de las cosas que se sentía con el deber de responder.

―Hay un lugar ―respondió, finalmente. No añadió nada más, esperando que ella o dejara el tema o siguiera insistiendo. Y preferiría mil veces que acabara con el tema.

―¿Un lugar?

―Sí. La gente ha estado dejando flores todo el tiempo ―dijo Adrian―. Están furiosos, pero no pueden hacer nada. ¿Encarcelar a la gente por poner flores? Primero tendrían que admitir que la enterraron allí.

En algún punto de lo que estaba diciendo, Luna había dejado de prestarle atención. Tenía la mirada fija en el plato y sus ojos estaban húmedos.

―Ey, Luna, lo siento.

Extendió su mano hasta tocarla.

―No importa… ―Ella levantó la otra mano, la que no había agarrado Adrian y se limpió las lágrimas con el dorso.

―No te conozco mucho…

―Dos semanas ―dijo Luna―. Son suficientes para conocer a alguien. Aun no me has traicionado. No creo que lo hagas

―¿Te han traicionado? ―preguntó Adrian.

―Una vez, hace mucho ―Luna seguía con la mirada fija en su plato. No dijo nada más―. Adrian, ¿puedes llevarme? Quiero ver su tumba.

―No es… ―«una tumba», iba a completar. Pero no dijo nada más―. Es peligroso. No me gustaría que nada te pasara. No creo que nadie se recupere si te pierden también a…

―Adrian ―interrumpió ella. Por primera vez su voz sonó firme―. Tengo que despedirme.

Adrian asintió.

―Sólo odiaría perderte. Apareciste cuando estaba buscando una excusa para dejar de ser sólo un conformista ―respondió él―. Y la encontré.

―Así que soy eso, tu excusa.

Ella le apretó la mano que le había agarrado. Se sentía cálida.