A la mañana siguiente, un oficial de la guardia suiza me entregó un paquete de tres libros donde estaban los datos de los visitantes. Tendría que investigarlos uno por uno. Eso me llevaría una eternidad. Era muy joven, tenía 20 años y me tomó hasta medio día darme cuenta de lo ridículo de mi tarea, por no decir imposible. Nunca podría investigar a todas esas personas. Pero tal vez podría sacar algún patrón. Sólo había cinco personas que habían visitado más de una vez las tumbas. De esas cinco personas dos lo habían hecho dos días posteriores al primer saqueo y en otra ocasión después del segundo. Las otras tres personas entraron bajo distintos nombres, solo que la letra era la misma, con mínimas variaciones. Y sospechaba que los nombres eran falsos. Investigaría en la tarde si las direcciones eran al menos reales. Para esto pedí ayuda en la recepción del hotel con un mapa de Roma y me puse manos a la obra. A la hora del té me dirigí a la primera, que era un hotel muy elegante y uno de los más caros. Pregunté por la persona en cuestión pero no estaba registrado tal nombre. Probé nuevamente con el apellido Adler, luego el de Huxleigh, finalmente el de Norton y atiné. Bueno una visitante era Irene, eso le daría el pretexto a Sherlock para visitarla. No fue tan difícil porque en el libro Irene había firmado como Holmes y Nell como Stanhope. Dos personas menos, y faltaban tres más. Las tres restantes fue imposible localizarlas porque las direcciones aunque existían, una era una repostería donde ninguno había visitado el Vaticano recientemente, otra era una casa abandonada, según me dijeron los vecinos y la tercera dirección era de un hospital. Donde pregunté y me dijeron que el nombre correspondía a un doctor que trabajaba ahí. Pedí hablar con el doctor pero se me dijo que volvería hasta el día siguiente. Regresé tarde al hotel y Holmes aún no regresaba. No lo vi hasta el día siguiente.

- Tus informes Ana.

- Hoy vamos a hablar con un doctor. Hay dos direcciones falsas y una cierta de visitantes asiduos a las catacumbas. Y no era necesario revisar los libros de tres meses atrás. Con los últimos quince días bastaron.

- Muy bien. Encontraste patrones. Superas mis expectativas.

- Eso no es difícil, considerando el nivel que deben tener esas expectativas. Sus datos Holmes.

- Yo no te reporto a ti. Solo estoy contribuyendo a tu formación. Te voy a dar hechos y harás deducciones.

- ¿Ahora?

- En un reporte por escrito.

- ¿Se está burlando de mi?

- Tómalo como quieras, ese reporte para mañana. Los hechos están aquí. Y me entregó una libreta con notas. Más trabajo para quedarme encerrada.

- ¿Qué hay acerca del doctor? Quiero conocerlo y practicar un poco.

- Está bien. Acompáñame.

Caminamos hacia el hospital y preguntamos por el doctor Montessori. Una enfermera abrió la puerta de un consultorio donde me lleve una de las sorpresas más gratas de mi vida. Ahí estaba sentada una mujer no muy alta, delgada, de 30 o 31 años, que no le pedía nada a Irene Adler, en cuanto a elegancia, blanca pero con ciertos tonos bronceados que dan la vida al aire libre, de un rostro despejado que irradiaba inteligencia y dulzura (muy rara mezcla), ojos azules y cabello rubio. Yo fui la primera que hablé.

-¿Usted es la doctora Montessori?

- María Montessori, a sus órdenes. Ayer me informó la enfermera que vinieron a buscarme. Estoy algo ocupada, así que les voy a pedir que tomen asiento y sean breves.

- Soy arqueólogo, vengo de estudiar en París, historia romana. Vine por encargo de su santidad a estudiar tumbas en el vaticano.

- Oh ya veo. A usted también le hablaron de este asunto del robo de tumbas. Me quedé un poco asombrada de que hablara con tanta franqueza ante un extraño y que supiera algo que era considerado confidencial. Holmes dudó un poco.

- Así es. Venía a pedir su ayuda en este asunto. Aquí está mi asistente, la Dra. Williams. Era la primera vez que me presentaba como lo que soy en verdad. Aunque en esa época sólo era estudiante.

- Es muy joven para ser doctora. ¿En qué Universidad la aceptaron?

- En… bueno eso es otra cosa. Pero en realidad apenas soy estudiante de medicina.

- ¿Qué hace una estudiante de medicina con un arqueólogo?

- Ya sabe doctora que a las mujeres se nos dificulta un poco el estudio en los campos de la ciencia, por cuestiones ajenas a nuestros deseos, así que parte de lo que quiero hacer es estudiar la evolución de la anatomía y el ha sido muy generoso al ser mi maestro en estas cuestiones.

- Entonces le interesa la patología.

- Así es.

- Volviendo al punto que me parece muy importante…- intervino Holmes.

- Si, señor… ¿cuál es su nombre?

- Sherrinford. Casi me rio al escuchar semejante nombre, pero me contuve.

- Bueno. Yo soy neuróloga. Me interesa el desarrollo de la mente y la psiquiatría, por lo que también estoy haciendo estudios en ese campo. Sobre todo lo criminal. Por eso me llamaron, pensaron que yo podía a partir de las pistas que tiene la policía hacer un perfil del ladrón. De hecho estoy terminando mis reportes en este momento, los iba a llevar al vaticano en una hora.

- ¿Puedo ver esos reportes señorita? Quiso saber Holmes.

- No. No los conozco, pero pueden acompañarme a entregarlos, si allí me autorizan, le daré más información. María Montessori se movía como quien es dueña de una gran energía e irradiaba una seguridad masculina que asombraba a todos. Debía ser resultado de todas las penurias que debió pasar para convertirse en doctora. Se retiró la bata blanca que cubría un vestido sobrio verde claro de algodón y lino con detalles en blanco en las mangas y lazos azules en el cuello y la cintura. Se puso el sombrero y los guantes de encaje y sin sombrilla o algún otro accesorio salimos del hospital. Holmes iba a llamar un coche pero María lo detuvo.

- Iremos en el mío. Es más seguro. ¿Quieren visitar las tumbas conmigo? Podría darles más detalles, una vez confirmada su identidad. Holmes asintió y se quedo muy callado mientras María y yo platicábamos. Una mujer deliciosa y la más interesante que he conocido.