Disclaimer: Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer, la trama es una mezcla.

Capítulo II

"Frustración"

El alboroto fuera de la habitación de la prisionera, diluyó el estado de profunda concentración que había construido hacía horas. Había pasado todo el día tratando de idear un plan para escapar sin armar un gran escándalo. Con el tiempo prudente para pensar las cosas, comprendía que había deshonrado a su padre con su comportamiento, pero la fragilidad del honor de Charlie no iba a detenerla. Entendía las leyes que regían su vida, mas, aquello no significaba que las aceptara y compartiera. No concebía la resignación como una de sus posibilidades. Si querían que se casara, tendrían que forzarla a ello.

Consciente de las repercusiones que su decisión tendría sobre su relación familiar, revisó la bolsa que contenía unas cuantas cosas imprescindibles acercándose a la puerta, cuya abertura en la parte superior permitía el paso de luz proveniente de las antorchas del pasillo. Había mantenido la habitación en penumbra, como parte del plan.

— ¡Oh, señorita! ¿Por qué no ha encendido la chimenea o las velas? Ya comienza a helar… aunque no tengo tiempo ni de sentir frío, con toda esta gente—musitó más bajo la mujer encargada de llevarle alimentos. Isabella la conocía bien, la quería y por ello lamentaba lo que haría a continuación. La vio entrar con dificultad debido a su complexión rolliza y cuando estuvo en el ángulo preciso, alzó el brazo y al mismo tiempo que susurraba unas disculpas, dejó caer el leño sobre la cabeza de Sue, cuyas piernas se rindieron de inmediato mandándola directo al suelo.

—Lo siento mucho—volvió a decir con pesar, pero sin dudar cogió una capa vieja y sus pertenencias. Antes de salir procuró verificar que no estuvieran ni Billy ni Seth, los centinelas, aunque los escuchó marcharse cuando la algarabía en la sala principal se desató. Desde hacía horas que abajo se escuchaban las gaitas, carcajadas y vítores. La reunión de los clanes era siempre una fiesta, pues para sobrevivir el invierno en las Tierras Altas, se requería de una poderosa alianza que asegurara la colaboración comunitaria. Era por eso que los clanes que la componían crecían fuertes, y las disputas con los enemigos siempre resultaban en una victoria indudable.

Con sigilo, la joven se movió entre las escaleras y recovecos de su hogar. No requería de luz para ello, sus pies conocían el camino.

Se sobresaltó al llegar al comedor y oír la resonante voz de su padre, que relataba una historia con fervor. Vacilante, y procurando ceñir la capa a su rostro, volteó para echarle un último vistazo, ya que una vez que partiera, jamás podría regresar. Porque si Charlie la recibiera, caería en la vergüenza y sería tomado como un líder débil, poniendo en riesgo su posición.

Su resolución flaqueó, pero al bajar más la mirada y mirar a Gigandet, el probable ganador, manosear a la pobre Didyme, sin pudor alguno, su convicción se volvió de hierro. Prefería el exilio antes de ser tocada de esa manera por alguien como James Gigandet o por cualquier otro que ella no escogiera.

El frío viento le golpeó el rostro, pero no la amainó, muy por el contrario, la hizo caminar con firmeza directo a los establos. Esquivó a unos cuantos borrachos y respiró aliviada cuando los relinchidos de los caballos le dieron la bienvenida. No se quitó la capa por mera precaución y mirando por sobre su hombro, se apresuró hacia el espacio de su querido Tyr.

—Ssht, hermoso. Soy yo—lo calmó cuando relinchó con fuerza. Lentamente la joven lo acarició, mientras susurraba, hasta que se relajó bajo su toque. A continuación abrió la puertecilla y lo sacó. El animal la siguió obediente hacia la salida—Eso es. Tranquilo—se quedó quieta, escuchando los ruidos.

Era una bendición que en el castillo estuvieran de fiesta, pues todo el mundo estaba celebrando con una buena jarra de cerveza y música animada. Aquello le facilitaba el escape, siempre y cuando no se topara con algún guerrero apostado en lugares estratégicos para evitar un ataque sorpresa, para este fin todos los clanes contribuían con varios centinelas. Isabella conocía los suyos, pero no los otros. Y ese era el punto débil en su plan.

Observó con atención el movimiento lento de personas en la feria, cuyos vendedores se encontraban dentro de las carpas o en el comedor. La feria se ubicaba justo afuera de las puertas del castillo, construyendo un camino directo al lugar donde los guerreros probaban su valía en honor de la doncella de Swan. Pero aquel año no había nada que ver, al parecer la tradición había sido tomada en cuenta como un mero trámite y ninguno de los participantes tenía una preparación adecuada ni se lo tomaba muy en serio. Apretó los dientes con enfado ante tal ofensa, su destino no le importaba a nadie y no valía mucho por ser una mujer. A veces Isabella realmente detestaba serlo.

Con mucho cuidado de no ser vista, la joven ensilló con maestría al caballo y lo cubrió con una gran manta, para evitar que lo reconocieran. El color de Tyr era bastante particular, casi como el color de cabello de Isabella. No era rojo propiamente tal, pero sí de un color castaño con tintes rojizos.

Finalmente, con el corazón latiéndole errático en el pecho, anduvo hacia las puertas procurando mantener su cara oculta. Caminó decidida, consciente de que en cualquier momento notarían la ausencia de la pobre Sue y el tiempo sería una variable en contra.

Cuando dejó atrás la ciudadela, respiró profundo y montó.

Ahora sólo debía recuperar su daga y el arco, dudaba que se mantuvieran en el mismo lugar, pero de todas formas probaría suerte.

Al pasar junto a los tres asientos donde recibió el golpe de Charlie, se bajó de un salto y corrió a ver si encontraba algo. Para su sorpresa, el arco descansaba en el trono tallado de su padre, en la gruesa madera de los apoyabrazos.

Lo cogió con prontitud y descubrió que también se encontraba la daga que no tardó en esconder en su bota, como llevaba haciendo desde que Charlie se la regaló. Tomó algunas flechas y cuando pretendía subirse al caballo y marcharse, oyó el ruido inconfundible de una flecha al ensartarse en un blanco.

En alerta, contempló el rededor y descubrió que el cuerpo del arma aún se movía luego de fijarse en el centro de la diana más compleja, la misma a la que ella había disparado sin fallar horas antes. Buscó al responsable, peinando la oscuridad que la circundaba. La única luz provenía de la luna en lo alto del cielo estrellado. Pero ella escuchó al arquero antes de que la suave luz revelara su forma.

Tomó una flecha y la ubicó en el arco de manera automática. Tensó la cuerda y apuntó directamente al pecho del extraño.

—No busco pelea—afirmó la voz ronca del hombre, cuyo rostro permanecía oculto por la oscuridad.

— ¿Quién eres? —preguntó fríamente. Sin dejar de apuntar.

—Siento si la asusté. Sólo estaba entreteniéndome un rato—aseguró el desconocido, saliendo por fin y dejando que la luz bañara su silueta. Era un hombre fuerte, de gran altura y complexión robusta. Eso analizó la joven, sabiendo que si se descuidaba y se producía un enfrentamiento, tenía pocas por no decir nulas, posibilidades de ganar. Aún tenía el arco, pero no veía flechas—.De verdad, no tengo intenciones de pelear— dejó el arma a un lado y alzó las manos.

Isabella relajó lentamente su postura defensiva, y calculó que le queda muy poco tiempo antes de que fueran por ella. Y aún tenía que esquivar a los centinelas. En silencio, Bella se acomodó el arco y anduvo hacia Tyr. Desafortunadamente, el caballo se encontraba más cerca del desconocido que de ella.

— ¿Está sola? —preguntó con aquella voz profunda. La joven ignoró su pregunta, pero se mantuvo atenta a sus movimientos. Llamó al animal con un ruido de la boca, y dócilmente se acercó a su ama. En el momento que procedería a montarlo, el hombre la tomó por el codo y la detuvo. Isabella comprobó que no se equivocaba, aquel varón era fuerte.

El corazón le latió salvajemente, pero controló sus reacciones.

— ¿Está bien? ¿Se encuentra en peligro? —Interrogó, sin dejar de sostenerla. La altura de él la abrumó, se sentía bastante pequeña en comparación. Mentalmente repasó cuáles serían los puntos de ataque más vulnerables. Absorta en ello, olvidó responderle y él perdió un poco la paciencia y la sujetó por ambos brazos, volteándola para verle la cara.

La resistencia vino antes que la lógica, el cuerpo de Bella se retorció para zafarse. Pero el desconocido no la dejó ir.

—Suéltame—exigió, dejando la cautela y alzando el rostro para mirarle fijamente. Ella descubrió que tenía el pelo despeinado y los ojos parecían brillar y fundirse con el verde de la hierba que pisaba, tenía facciones muy masculinas y unas cejas que en ese instante se elevaban en un gesto de sorpresa.

—Eres la hija de los Swan—la frase le cayó como un balde de agua fría, congelando sus músculos— ¿Qué haces aquí? —La pregunta flotó pesadamente entre ambos, hasta que la joven vio cómo él entendía todo su plan—.Quieres huir—le pareció ver un atisbo de sorpresa en su tono, pero no se quedó para averiguarlo. Pasó sus codos por sobre los de él y jaló con el peso de su cuerpo hacia abajo, logrando que la articulación cediera y fuera liberada.

Corrió de prisa y de un salto montó, y se precipitó al galope. Isabella creía que tenía una oportunidad, pero sus esperanzas sufrieron un revés cuando una flecha pasó rosándole la cabeza.

—Maldito idiota—maldijo, pegándose más al cuello de su caballo.

—¡Fue una advertencia!¡La próxima será para el animal! —oyó que gritaba el hijo del infierno. En apenas unos segundos, la chica analizó la situación y quiso dar alaridos por la rabia. Él tenía una buena puntería, incluso en la oscuridad y ella no se había alejado lo suficiente como para evitar que su montura saliera lastimada.

—Demonios—soltó entre dientes, recuperando su posición erguida y calmado al caballo para que se detuviera. Dirigió una lastimera mirada al bosque que se extendía a menos de cinco kilómetros, antes de dar media vuelta y regresar. Mantuvo los hombros firmes, la barbilla alzada y se tragó el nudo en la garganta. Sentía el orgullo al rojo vivo, pero no lamentaba la decisión. Amaba a ese caballo y jamás se perdonaría que saliera lastimado por su egoísmo, incluso si eso significaba un castigo para toda su vida. Probablemente, nadie comprendiera por qué renunciaba tan fácil, pero el lazo con Tyr era demasiado poderoso.

El desconocido relajó el brazo y dejó de tensar la cuerda del arco, mientras contemplaba a la dama fugitiva regresar altiva sobre su montura. Debía reconocer que se encontraba sorprendido por el proceder de la mujer, imaginaba que seguiría adelante, aun si eso significaba que el caballo saliera lastimado.

Cuando llegó frente a él, se acercó para ayudarla a bajar.

—No me toques—siseó. Esa fue la primera vez que vio que la ira podía potenciar la belleza. Y por ende, no quiso resistirse a provocarla más. Colocó las manos en su estrecha cintura y la bajó suavemente hasta posarla sobre sus pies.

Apenas tocó tierra, lo empujó y le sorprendió la fuerza proveniente de aquella delicada fémina.

—Discúlpeme, sólo trataba de ayudarla—para fastidiarla aún más, sonrió burlón.

—No necesito ayuda… Glaikit (idiota) —espetó con frialdad. Por fuera, ella lucía bastante tranquila, pero sus ojos brillaban con todo el carácter femenino.

—Lo tendré presente en adelante. Ahora, creo que deberíamos volver al castillo.

Ella le dio la espalda, y luego de tomar las riendas del caballo, comenzó a desandar el camino que creyó le daría la libertad que tanto ansiaba. Había estado tan cerca… si no hubiera sido por ese hombre tan despreciable.

—Escuché que hizo todo un escándalo hoy—comentó alegremente la compañía indeseada. Cada paso que daba, resultaba humillante. Al desconocido no le había costado nada detener su huida, ¿cómo creyó que lograría burlar a los centinelas? No cabía duda que el peor rasgo de su personalidad era actuar impulsivamente. Su plan estaba destinado al fracaso desde el comienzo— ¿Es cierto que desafió a todos lanzando una daga y una flecha? —El obstinado silencio de la dama, no parecía amedrentarlo, pues continuó—Me hubiera gustado verlo—sonrió, aunque ella no lo veía.

Pasaron algunos minutos en silencio, en los que Bella contempló cómo el castillo parecía acercarse cada vez más, como una innegable sentencia.

— ¿Es incapaz de hablar porque la asusté demasiado con aquella flecha, lass (muchacha/chica)? —Bella apretó los dientes y se movió al otro lado del caballo, dejándolo entre ambos caminantes. El hombre soltó una carcajada—.Es un buen caballo—le acarició el cuello, pero Tyr se sacudió hasta que dejó de tocarlo. El orgullo por su compañero le hinchó el pecho—.Veo que no le agrado. A ninguno de ustedes. Pero la verdad me he divertido, así que no tengo de qué quejarme.

Cuanto más cerca se hallaban del hogar de la joven, más fuerte latía su corazón. Trataba de imaginar cuál sería el castigo que sufriría ahora. No había manera de ocultar el evidente hecho de que trató de escapar. Ninguno de los lairds de los clanes de la alianza creería que fuera algo destacable que luchara por sus ideales, no. Ellos querrían un castigo ejemplar, porque una mujer no puede desobedecer las órdenes de los hombres.

Apretó tan fuerte su puño libre, que sintió cómo las uñas se le clavaban en la palma. El dolor sirvió para despejar la bruma de rabia, y comprender que toda acción, tenía su consecuencia. Y ella había desobedecido al más poderoso.

Cuando finalmente se encontró dentro del patio de la fortaleza, tuvo deseos de correr y sus piernas se paralizaron por el miedo. Su acompañante notó la vacilación.

— ¿Ocurre algo? —él contempló con curiosidad la expresión o más bien, la falta de expresión en el rostro de la joven. Y la rigidez de sus hombros. Se preguntó qué dirían sus ojos.

Ella no respondió, sino que se dirigió al establo en silencio y dejó al caballo en su lugar, le besó el espacio entre los ojos y se marchó andando con valentía hacia el castillo. En cuanto entró se produjo un silencio sepulcral, a excepción de los murmullos que corrían de un lado al otro en la estancia.

Isabella alzó la cara y miró hacia la figura grande y poderosa de su padre, que se acercaba con una expresión de severidad. A su lado, venía Renée con los labios apretados.

—¿Qué significa esto, Isabella? —tronó la voz de Charlie. El silencio reinó en la habitación y por el rabillo del ojo, observó la desaprobación en el rostro de los jefes. Apretó los puños.

—Desobedecí tus órdenes, y traté de escapar—confesó. Ella notó el enojo en su padre, comprendió por qué le temían. Pero ella no iba a dar marcha atrás, afrontaría las consecuencias con la frente en alto.

—Dame el arco—exigió. Temiendo lo que pasaría, se lo quitó y observó lo delicados diseños tallados a mano. Aquel había sido un regalo muy querido que él le había dado. Charlie le arrancó el artefacto de las manos y sin dejar de mirarla a la cara, lo destruyó. Una parte del corazón de Isabella se rompió junto a la madera, y reconoció que tenía ganas de echarse a llorar, pero presionó más las uñas contra su palma y resistió—.No volverás a recibir algo así en tu vida. Debes entender cuál es tu lugar—sentenció y le dio la espalda. Aquello hirió a la joven, pues sus acciones expresaban un desdén indiscutible—.Llévensela de aquí, a la torre Sur, quiero a dos guardias apostados en su puerta. Ella no saldrá hasta que terminen las competencias y sólo recibirá pan y agua hasta que eso suceda.

La chica conocía el camino, así que anduvo determinada, con dos hombres que no conocía siguiéndole los pasos.

No miró ni una sola vez hacia atrás, de manera que no vio al desconocido observarla con una curiosa intensidad.

-o-

El encierro definitivamente no había sido creado para alguien como Isabella Swan. A lo largo del primer día, se había paseado por cada rincón de su habitación, había mirado por la ventana, pasando por una amplia gama de emociones. Cualquiera diría que la joven estaba volviéndose loca, pues podía estar muy tranquila un segundo y al siguiente lanzando leña contra la pared.

A veces odiaba a su padre y otras lo entendía, sin embargo, ese pensamiento la llevaba hacia el desconocido de ojos verdes que la forzó—de cierta manera—a regresar y le estallaba la mente, sentía tanta ira que ni siquiera lanzar leños contribuía a librarse de ella.

El ruido de vítores masculinos acercándose al castillo, la hizo desconcentrarse de sus cavilaciones. Ahora que volvía a ser consciente de sí misma, notó las piernas entumecidas por la posición.

Así que en medio de quejidos sordos, se levantó para observar a través de los barrotes. Notaba el sol ocultándose rápidamente, y una interminable fila de guerreros entrado en tropel a su hogar, aquel del cual se iría en tan solo dos días. La idea la ponía casi tan enferma, como recordar la escena en la entrada principal la noche anterior. La libertad que había experimentado parecía burlarse de sus esperanzas ridículas de escapar. Su destino había sido escogido desde el día de su nacimiento, y muy pocas cosas podían hacerse para evitar que el caudal del río tormentoso siguiera su curso natural.

Por la noche, cuando el ruido había cesado al fin en el castillo Swan, la joven doncella seguía despierta, pues una vez que el fuego de su rabia se convirtió en brasas, la melancolía y preocupación por su futuro eran tan abrumadoras que dormir se volvía una labor imposible.

La tristeza por tener que dejar su hogar tan pronto, de una manera tan fría le partía el corazón. No concebía una vida lejos de su padre y aunque le costara admitirlo, también de su madre. Los sentimientos de la mujer de cabellos castaños inundaban la habitación, volviéndola más fría y lúgubre. El cuadro del pequeño bulto bajo las mantas, la chimenea apagada y la comida sin tocar, resultaba desalentador para cualquiera que pudiera verlo, aunque por supuesto no era el caso. Isabella no permitiría que la vieran de aquella forma jamás… sólo se lo concedía porque después de que las competencias terminaran y tuviera que enlazar su vida a la de alguien más, tendría que fortalecer su espíritu, pues eso era alguien que nadie podría arrebatarle ni mucho menos domar. No obstante, los últimos días de su castigo los pasaría a su manera y sin preocupaciones por el decoro.


Hola!

Sé que ha pasado mucho, mucho tiempo desde que publiqué por última vez y bastante más desde que publiqué esta historia. Pero, siempre trato de cumplir mis promesas y ahora que tengo más tiempo, decidí retomar mis historias inconclusas y terminarlas. No sé qué pasará después de eso, pero por el momento esta es mi meta.

Espero que si alguien sigue leyéndome, o sigue esta historia, me acompañe en el proceso de escribirla, si bien tengo unos cinco capítulos, aún me queda bastante, por lo que agradecería las opiniones jaja. Además que debo reconocer estaba algo temerosa de regresar, sobre todo con este fanfic, pues me gustan tanto las historias en Escocia, que quiero hacerlo lo mejor posible y disfrutar escribiendo tanto como disfruto leyendo relatos del género. Por ello, cualquier salvedad que tengan respecto a la historia o similar, agradeceré si me lo dicen para corregir.

Y pues nada, cariños, subiré de nuevo la semana que viene, entre el miércoles y jueves.

Ojalá las/los pueda leer, un abrazote enorme!

Pd: lamento cualquier error ortográfico y/o de gramática que haya pasado por alto.

Pd2: hice un pequeño ajuste en el primer capítulo, el clan Cullen es ahora Clan "McCullen" y eso, creo.