Disclaimer: Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer, la trama es original mía.
Capítulo II
"Un apretón de manos"
Desde el día en que Edward tomó su decisión iba cada tarde y mañana a coquetear con Bella. Ella le respondía siempre con una sonrisa de anfitriona pero nada más y a Edward se le acababa el tiempo. Sus padres ya le habían dejado bien en claro, de forma sutil, que para la próxima cena, que tendría lugar el sábado, tuviera noticias sobre su inminente matrimonio.
— Renesmee, debo ir a comprar algunas cosas, ¿puedo? Se me hará más tarde y entonces…
— Sólo vete Bella— sonrió la rubia amablemente— Jacob y yo nos encargamos— el aludido la abrazó por detrás y le dio un tierno beso.
— Gracias, son los mejores jefes del mundo— les dio el delantal y tomó su bufanda de color turquesa de la silla con una sonrisa, sin duda, no podía concebir a dos personas mejores que ellos.
— Ve con cuidado, Bella— advirtió Jake antes que la castaña dejara la cafetería.
Edward la observaba desde su habitual esquina y aprovechó la oportunidad que se le ofrecía.
Pagó rápidamente y de la misma forma se apresuró a la calle para buscarla. No fue difícil localizar la prenda tan llamativa en su cuello.
— Hola— saludó cortésmente, sonriendo de lado, consciente de lo que eso causaba en las mujeres.
La chica dio un ligero respingo y después de reconocerlo lo miró con ojos entrecerrados.
— Hola. — Respondió finalmente.
No lograba entender qué hacía él ahí, caminando a su lado.
— ¿Necesita algo? — Preguntó, incómoda por la mirada penetrante del cobrizo.
— La verdad, sí. — Respondió encogiéndose de hombros— ¿a dónde vas? — cambió el tema. Edward estaba confundido por la reacción indiferente de la castaña.
— Con todo respeto, ¿qué le importa? — replicó un poco molesta por la intromisión del hombre. Tenía cosas que hacer y que él la siguiera no era algo agradable.
— Está bien. Necesito hablar contigo. — Edward no sabía cómo tratar con ella, generalmente las mujeres se ofrecían antes de que él pudiera decirles algo. El hecho de que Bella se mostrara reacia a mantener una conversación, era una cosa bastante desagradable y nueva, que ponía en riesgo sus planes.
— ¿Disculpe? No nos conocemos como para tutearnos. Si me disculpa, tengo cosas que hacer— acomodó el bolso en su hombro, e irritada siguió su camino, ignorando del todo que Edward había seguido sus pasos.
— Me llamo Edward— lo intentó de nuevo. Ella rodó los ojos.
— Sé cómo se llama. — Miró brevemente el rostro que comenzaba a mostrar signos de enfado.
— ¿Por qué no quieres hablarme? Sé que te llamas Bella y que trabajas en esa cafetería desde hace algún tiempo, también sé que vives con Jacob y su esposa. Sin embargo, tú no sabes nada de mí. ¿No te causa siquiera curiosidad que yo sepa cosas sobre tu vida? — Espetó conteniendo las ganas de tomar su brazo y obligarla a detenerse. Bella controló la ansiedad.
— Eso lo sabe cualquiera que frecuente la cafetería— se encogió de hombros y Edward se desesperó, molesto. Sin embargo, se mantuvo impasible manteniéndole el paso.
— Quizá quieras tomarte una Coca Cola conmigo y hablar. Esa bebida es importante para ti ¿no? — Agregó y sonrió triunfante cuando Bella se detuvo. Volteó y lo observó de forma desconcertada y desconfiada.
— ¿Qué quiere de mí? — Preguntó con una sensación de mal augurio en sus entrañas.
— Matrimonio. — Respondió como si nada, sin alterar un sólo músculo del rostro, las sutilezas con ella no servían.
Él observó cómo la sorpresa e inquietud se dibujaban en las facciones delicadas de la mujer.
— ¿Qué? — Inquirió de nuevo.
— Quiero que te cases conmigo. — Repitió y la castaña palideció.
— Deje de bromear y déjeme en paz. — Espetó molesta, pasando por su lado.
Bella no sabía por qué razón la inquietud no la abandonaba y por su parte Edward sonrió.
— La Push tomó mucho tiempo ¿verdad? Sería una lástima que fuera derrumbada y convertida en una lujosa casa, ¿cierto, señorita Swan? — Bella se detuvo por segunda vez, y dirigió sus ojos a los fríos y malvados rasgos del hombre que había encontrado el punto ciego de su fortaleza. No podía soportar que algo así le sucediera a esas personas que la habían ayudado y acogido con tanto cariño y desinterés; él parecía regodearse con esa debilidad.
— No sería capaz…— otro punto que la agitaba, era que él conocía su apellido. Eso jamás lo había comentado con ningún cliente.
— Insisto, tomemos un refresco y conversemos sobre el asunto. — Continuaba sonriendo y Bella supo desde ese momento que lo detestaba. No era necesario conocerlo más, lo detestaba con todas sus fuerzas.
Apretando los labios asintió con la cabeza, pero le dedicó una fiera mirada antes de meterse en el coche que estacionó justo a su lado.
Edward evitó cualquier reproche de su conciencia, esto lo hacía por el propio bien de la empresa familiar y Bella debía comprender eso.
La observó mientras iban de camino a un restaurante, la calle congestionada de gente no era el lugar adecuado para hacer la propuesta.
Sin duda, era una mujer hermosa, podía imaginar la suavidad de su piel y las formas firmes de sus caderas. Su cuerpo era precioso y a él le tentaba de forma descontrolada. El simple hecho de mirar sus senos llenos y consistentes, le disparaba la libido, más si pensaba en su desnudez. En lo dulce que debía ser.
Ella no notó su mirada lujuriosa porque no miraba al cobrizo. Se sentía mal y chantajeada. No podía dejar de pensar en cómo había llegado a ese punto. Diablos, ¿por qué? ¿Por qué justo ahora que todo por fin marchaba bien para ella, tenía que llegar este hombre a arruinar sus esperanzas? Suspiró derrotada.
El auto se detuvo frente a una lujosa edificación.
— Demasiado para una simple Coca Cola. — Masculló ella entre dientes y mirándolo con resentimiento.
Edward ignoró este hecho y disfrutó brevemente el contacto de su palma abierta contra su espalda, sin embargo, bruscamente ella rechazó su toque.
Después de entrar y ubicarse en una de las mesas más apartadas, Edward pidió dos bebidas y se centró en el rostro molesto y desolado de la muchacha que no lo miraba a él, sino que a cualquier otro objeto.
Lo hizo sentir enfadado. Tampoco era una condena casarse con Edward Cullen, el gran arquitecto y empresario. Muchas mujeres andaban tras su fortuna y sus sábanas, por ello le costaba mantenerse impasible respecto a Bella, quien más que encontrarlo agradable, parecía odiarlo.
— ¿Y bien? — Preguntó él, rompiendo el tenso silencio con voz fría.
— Y bien, ¿qué? — replicó en tono mordaz. Edward rió mentalmente por la forma en que los ojos chocolate brillaban empapados en furia.
— ¿Aceptarás? — La miró con atención y ella cerró su pequeña boca con disgusto. Realmente todo acerca de la mesera le tentaba de forma anormal. Algo tan simple como unos labios, lo estaban torturando justo ahora. Deseaba tomar fuertemente su nuca y besarla. Sabía que se resistiría y él iba a disfrutar luchando contra ella.
— Aceptar parece un término demasiado democrático, ¿no cree? — Inquirió con tono irónico.
— Puedes elegir y te dije que me tutearas. — Espetó él a su vez.
— Y yo que no lo conocía para hacerlo. No me está dejando derecho a elegir, y usted lo sabe. — lo observó de forma profunda, transmitiéndole el sentimiento de desagrado. Sin embargo, Edward se distrajo en cómo sus mejillas tomaron un débil color rojo por la discusión que estaban manteniendo, ajeno a la ira controlada de ella.
— Entonces eso sólo nos lleva a un resultado. Serás mi esposa. — Afirmó con simpleza y Bella tuvo deseos de abofetearlo, de modo que escondió ambas manos bajo la mesa para evitar posibles tentaciones.
— No he dicho que sí. — Apretó los dientes, controlando su cólera.
— Tampoco que no. — Ratificó él con una sonrisa de suficiencia.
— Usted es detestable. Me está chantajeando para obtener lo que quiere y eso habla muy mal de su persona. Por el amor de Dios, apenas lo conozco y me sale con esta descabellada idea. Creo que por lo menos necesito conocer las razones de su urgencia por casarse. — A Bella la simple idea le revolvía el estómago. No podía hacerlo, ella no quería porque era demasiado joven para ello y quería vivir. Sin embargo, sentía que no tenía opción. No podría ver el trabajo de Renesmee y Jacob convertirse en nada, no después de todo lo que habían hecho por ella.
Edward la miró con atención tratando de descifrar sus pensamientos, pero se detuvo. Él no necesitaba saberlo, simplemente quería una esposa y ya, y para eso no era requisito comprenderla; a él eso no le interesaba en lo más mínimo.
— Mi familia cree que debo sentar cabeza y casarme. Esa es la razón de mi urgencia. — No tenía por qué decirle la verdad a esta mujer. Al fin y al cabo no era de su incumbencia, pensó fríamente.
Se mantuvieron en silencio mientras las bebidas eran puestas sobre la mesa.
Bella se fijó en cómo el envase del refresco contrastaba con la elegancia del lugar.
— No soy la indicada— dijo sin mirarlo— mírese. Usted y yo no pertenecemos a la misma clase social y no encajaré de ningún modo en su vida, ni usted en la mía. Sólo piénselo, ¿qué les dirá cuando le pregunten cómo me conoció? A mí no me avergüenza en lo absoluto, pero de seguro a su familia no le parecerá bien. — Bella observó con expectación la reacción de Edward.
Él ya había pensando en aquello, obviamente, por lo que quiso reírse de la expresión esperanzada de la chica. No la iba a dejar salir de esto y no aceptaría un no, no en esta situación por lo menos.
Si fingía lo suficiente, sus padres no pondrían ningún pero, siempre y cuando él fuera feliz.
— Eso es muy sencillo, cariño. — El tono de voz fue de satisfacción y triunfo. A la pequeña castaña no le quedaba más que decir que sí.
— No me llame así. — Le gruñó ella con una expresión encolerizada en el rostro. Esto a Edward le pareció divertido y hasta adorable, pero contuvo la carcajada.
Se quedaron en silencio, nuevamente.
Ella, perdida en sus pensamientos, tratando de encontrar una solución y él imaginando lo placentero que sería besarla.
Finalmente, cuando las burbujas del refresco se extinguían casi por completo, ella suspiró.
— Lo pensaré. — El tono de su voz sonó realmente cabizbajo y por un momento, sólo por un momento, Edward sintió algo parecido a la culpa. Sin embargo, al pensar que la empresa estaría en sus manos y continuaría su éxito, y que además contaría con el placer de descubrir el cuerpo de la joven, toda emoción remotamente similar a la culpa, desapareció.
Después de todo, él tendría una recompensa por dejar su libertad.
— Hablaremos mañana. — Aseguró el cobrizo como fecha de plazo. Y ella lo comprendió.
Bella se puso de pie y pasó por el lado de Edward, caminando rápidamente para dejar el lugar. Se sentía tan desolada, porque en el fondo, sabía que no le quedaba más que aceptar. Pero aún así, necesitaba tiempo para asimilar que todos sus sueños de viajar y de tener al fin el control de su vida, morirían a manos de ese calculador hombre. La desdicha de su alma no era conmensurable.
No le interesaba el por qué ni el cómo, sino, que la consecuencia de esa pregunta que debió traerle felicidad, en vez de amargura.
— Te llevo. — Escuchó la voz de aquel ser tan despreciable y contuvo las ganas de golpearlo.
— No. Voy a tomar un taxi. — No esperó la respuesta, simplemente salió y caminó lejos del restaurante.
Por primera vez desde que había llegado a Nueva York y había encontrado al joven matrimonio, Bella sintió que jamás debió dejar Forks. Las reglas de su abuela la hubieran mantenido alejada de ese hombre y sus destinos jamás de hubieran cruzado.
-o-
Todo el trayecto en el coche se la pasó mirando por la ventana y triste por las cosas que no vivió ni viviría.
Cuando llegó a la casa de Jacob y Renesmee escuchó las suaves risas felices provenientes del segundo piso y ella supo que jamás tendría un matrimonio así. Edward era frío, calculador y no le importaban los sentimientos de las personas, eso se lo había demostrado en menos de una hora.
Caminó directamente a su habitación y se metió a la ducha de inmediato después de desnudarse.
El agua caliente ayudó un poco, pero sólo un poco. Sus músculos seguían tensos y la presión en sus ojos era angustiosa. Por lo que al terminar de vestirse se echó sobre el estómago en la cama. Y sintió cómo las lágrimas se acumulaban en sus ojos, pero se negó a llorarlas. Él no iba a lograr que ella llorara.
Se acurró en posición fetal y simplemente miró a través de la oscuridad, imaginando cosas. Para finalmente rendirse ante el sueño. Sin duda, le esperaban cosas difíciles.
-o-
Al día siguiente había logrado estabilizar su ánimo y asimilar todo lo que debía, pero aún esperaba que Edward razonara y desistiera.
Disfrutó el tiempo placentero junto a Renesmee y Jacob, riendo y gastándose bromas, hasta que se dispusieron a desempeñar sus labores y pronto abrieron la cafetería. El primero en llegar, como siempre, fue Jenks.
— Corazoncito— sonrió el anciano, viendo con dulzura a la castaña.
— Hola Jenks— respondió ella con mucha ternura.
— ¿Qué sucede? — Preguntó preocupado.
— ¿A mí? Nada. — Fingió una sonrisa.
— No me engañas, te conozco. A ti algo te sucede, tus ojitos no brillan como siempre— la miró a través de los suyos grises.
Su expresión decayó un poco, pero se recuperó al instante.
— Ay por Dios, Jenks, quizá se deba a que no pasé una buena noche— fingió un bostezo y el viejo la contempló con sospecha— ¿Lo de siempre? — Preguntó y Jenks comprendió que no iba a dejar de aparentar su habitual ánimo.
— Sí, corazoncito. Lo de siempre. — Bella respiró aliviada al saber que él ya no insistiría más. Estaba segura de que iba a quebrarse si continuaba.
— Enseguida— Edward observaba desde fuera cómo Bella interactuaba con los clientes y les sonreía como siempre. ¿Sólo con él tenía esa aversión?, se preguntó Edward y la respuesta le vino sólo unos segundos después. Obviamente sí. Ella lo odiaba ¿pero qué importaba eso?
Después de mirarla un tiempo más, el cobrizo se decidió a entrar y sin preámbulos buscarla. Ella lo miró un momento triste y luego, furiosa. Sus ojos brillando con el sentimiento.
— Tenemos que hablar— le dijo él cerca del oído y aprovechó de captar su fragancia, disfrutando al máximo el cosquilleo que le produjo el suave aroma a canela y miel proveniente de su piel. El calor que ella irradiaba logró que perdiera el control por unos segundos, inclinándose un poco más cerca.
Bella al darse cuenta de lo que pretendía, se alejó como un bólido hacia la mesa donde Renesmee miraba con extrañeza la escena. El hombre cobrizo no le parecía bueno.
— Debo… debo salir un instante. Discúlpame— ella dejó el delantal sobre la mesa y fue a reunirse con Edward, aunque era lo que menos deseaba hacer.
Caminaron hacia afuera un par de calles y Bella se detuvo.
— ¿Ya lo pensaste? — Interrogó irónico Edward. La castaña no tenía más opciones, era obvio.
— Creo que ya adivina la respuesta, ¿no? — Ella miró hacia al piso y luego el rostro de Edward. Esperando que le dijera que había cambiado de opinión, rogando por eso.
— Bien. — Bella apretó firmemente los labios, luchando contra el sentimiento de miedo y desencanto, mientras Edward sólo podía pensar que ya estaba hecho y disfrutar del alivio de ello.
— Tengo… condiciones— lo sorprendió y Bella supo que era ahora o nunca, porque una cosa era casarse y otra diferente era vivir el matrimonio.
— ¿Condiciones? — Preguntó confuso el cobrizo, jamás se le había ocurrido esto.
— Sí. — Los ojos de Bella brillaban con determinación.
— ¿Y cuáles serían esas condiciones? — Edward se cruzó de brazos valorando la situación. La pequeña mesera lo miraba con rudeza desde su posición y destilaba seguridad.
— La primera es que no vamos a compartir lecho, ni intimidad. Seré su esposa pero no su mujer. — Edward abrió los ojos, incrédulo.
— ¿Y piensas que voy a mantener el celibato? — Inquirió con ironía.
— Aún no he terminado— Bella acomodó los cabellos tras sus orejas y relamió su labio inferior, cautivando así la atención de Edward. ¿Acaso ella estaba loca? Se preguntó. — La otra es que si va a tener relaciones con otras mujeres, por favor, hágalo de forma discreta, pero así como usted tiene ese derecho yo tengo el mismo. — Bella no había siquiera pensado en tener sexo con algún hombre y tampoco pensaba hacerlo, se había criado con otros principios y ser infiel no era uno de ellos, sin embargo, él no tenía por qué saber eso. El rostro de Edward se descompuso por un instante antes de que apretara los dientes.
— De eso ni hablar, serás mi esposa y me vas a respetar como tal— aseguró por primera vez furioso por la estúpida idea de su prometida. Las aletas de su nariz se ensancharon y Bella observó con asombro esta reacción.
— Y usted será mi esposo pero no le estoy exigiendo fidelidad— contraatacó y Edward sintió la imperiosa necesidad de callar esa boca y domar sus pensamientos. Necesitaba sentir que ella iba a obedecerle y no que le contestaría a cada cosa que dijera de forma inteligente.
— Pero si no me cumples como mujer debo buscar en otro lado— le respondió él conteniendo lo que mejor que pudo su rabia.
— Lo mismo digo. — Ella se encogió de hombros como si nada y a Edward le hirvió la sangre por su indiferencia.
— Yo no te he dicho que no voy a cumplirte en la cama— atacó Edward y creyó que con eso la boca de la chica iba a cerrarse. Pero Bella tenía otros planes.
— Y yo no quiero compartir ni cama ni intimidad con usted, así que como no le voy a cumplir busque en otros lados; yo buscaré por los míos también. — Bella se sintió feliz y orgullosa de su ataque, porque sabía que Edward no le iba a replicar nada.
— Estás…— gruñó y respiró profundo. Edward sabía que tenía que pensar antes de decirle algo.
Bella esperaba con una sonrisa de satisfacción bailando en sus labios.
Edward pensaba en la forma de derrumbar sus ataques, ella no le podía ganar. Si tan sólo supiera cómo hacer que cambiara de opinión o que confiara en… Entonces se le ocurrió.
Si Bella creía que tenía el control de la situación, bajaría la guardia y él podría obtener lo que quisiera de ella, valiéndose de la seducción que tan bien se le daba. Sin embargo, cegado por el enfado, llevó sus planes más allá. Podía utilizar su segunda condición en su contra. Es decir, se acostaría con su futura esposa, tomaría lo que se le diera en gana y mientras gozaba de aquello, le dejaría en claro quién llevaba las riendas de las circunstancias. Y entonces, cuando le demostrara lo bueno que podía ser, buscaría otra mujer. El plan de Edward era brillante.
— Está bien, cariño. — Extendió la mano ante la asombrada mirada de Bella y pronto ésta lo disfrazó con fingida indiferencia. — La boda será dentro de dos semanas y conocerás a mis padres este sábado así que… cómprate algo lindo— le guiñó el ojo con suficiencia y a Bella se le cayó el mundo a los pies. Había guardado la leve esperanza de que él rompiera el compromiso por lo ridículo de sus condiciones, pero ya se había dado cuenta que fue un plan infructuoso.
Así que resignada, tomó la mano de Edward y la estrechó, sabiendo que de esa forma sellaría su pacto de desdicha, y sin embargo, lo hacía conforme, puesto que de aquel modo aseguraba la permanencia del negocio de Renesmee y Jacob.
Sí, valía la pena.
¡Hola!
¿Qué tal? Ya estamos en el segundo cap y posiblemente piensen que las cosas van de prisa, pero tengo pensado hacer de esta historia algo corto, así que lo entiendo. Ahora, por otra parte, gracias por la espera y ojalá sea capaz de llenar sus expectativas, he de decir que al último momento decidí hacer cambios en la historia, de modo que iré subiendo un cap por semana, hasta que ordene las ideas y las ponga en Word, espero no tardar mucho… pero ya saben que a veces la inspiración es bastante esquiva. Creo que también es pertinente decir que en más de algún momento podrían sentir un ligero rencorcito por Edward, sin embargo, ya me conocen (si es que han leído otra de mis historias) y generalmente mis fanfic's terminan bien, lo admito, soy una blanda, necesito mis finales felices :c
Bueno, no pretendo aburrir, así que ya me despido hasta la otra semana, esperando que les haya gustado el cap.
Un abrazote enorme y muchas bendiciones.
Pd: lamento cualquier error ortográfico y/o de gramática que pude haber pasado por alto.
