Capítulo 2: Dos compañeros de piso y una propuesta
Carlos esperaba sentado en uno de los sillones de su casa aquella tarde. Iban a dar las dos, y su posible nueva compañera de piso estaba a punto de llegar.
La casa no era nada del otro mundo. La puerta principal daba lugar a un muy corto pasillo, que daba a la sala de estar. Dos sillones que apuntaban hacia una televisión, formando un triángulo casi perfecto, y en medio, una mesa. En la pared, varias sillas plegables, por si las visitas, y al fondo, un ventanal que daba al patio. Al lado derecho, una cocina y la habitación vacía. Al lado izquierdo, el otro dormitorio (el suyo) y el cuarto de baño, que no era lo bastante grande para tener bañera pero sí un plato de ducha.
El timbre sonó y Carlos se apresuró a abrir. Una chica rubia, con melenita, ojos azules, y su vestuario mezclaba chaqueta fucsia con camiseta, falda y leggins negros. Detectó un pendiente y un piercing debajo de su labio. Estaba muy buena para el gusto del chico.
—¿Carlos León? —preguntó ella—. Soy Eva Skinner, hablamos esta mañana.
—Eh... sí, encantado. Adelante.
Se hizo a un lado para dejarla entrar, y luego la siguió a la salita. Carlos le hizo un breve tour por la casa (dado que tampoco podía extenderse mucho, pues no era precisamente un palacio) y la chica pareció interesada. Se sentaron en los sofás.
—¿Algo de beber? ¿Agua, refrescos... vino? —ofreció.
Eva declinó la oferta.
—Pues bueno, ya has visto la casa. Y el precio del alquiler es de XXX euros, de forma que pagando a medias se quedaría en YYY euros.
—Es más barato que lo que pagaba antes. Sí, de acuerdo —aceptó Eva.
—Bueno... —dijo Carlos—. Me alegra que hayas aceptado, aunque antes... ¿no deberíamos hablar un poco?
—Sí, tienes razón. O puedes llevarte una decepción —respondió la chica, con un deje de amargura en la voz.
—Pues... La verdad, no se me ocurre muy bien qué preguntarte...
—Empezamos bien —rió ella.
Carlos sacó el móvil y tras una pequeña búsqueda, vio unas cuestiones que le parecieron interesantes.
—¿Qué estudias? —le preguntó.
—Animación —respondió la chica.
—De acuerdo... para que esto sea más justo responderé también —añadió Carlos—, y estoy en Derecho... y preparando oposiciones de policía. Lo que mejor me salga.
Eva asintió, dando a entender que ese punto no tenía inconveniencias.
—¿Por cuánto tiempo tienes intención de quedarte?
—Pues... si no hay problemas entre nosotros, hasta que termine todos los estudios.
—Perfecto, yo tenía la misma idea —dijo él—. ¿Invitados?
—¿A qué te refieres?
—Bueno, saber si tienes pareja, si recibes muchas visitas... que luego a la hora de hablar de los gastos son todo problemas.
—Pues no, ahora mismo no tengo pareja... y lo máximo, que por las tardes pueda venir mi alguna compañera para estudiar. O mi madre. Te recomiendo que si no estoy no le dejes entrar.
Eva rió, aunque Carlos no sabía si tomárselo a broma.
—Bueno, yo sí tengo pareja. Y visitas... según. Quizá en una semana no viene nadie, y un viernes dice toda la pandilla de juntarse en un sitio. Intentaría avisarte con tiempo, aunque si te quieres quedar... o el ruido se hace excesivo, siempre puedes decirlo —añadió.
—Me parece justo —dijo ella sin inmutarse. Parecía que le estaba examinando.
—¿Y bus...? —Carlos volvió a leer, y no supo cual era la forma más sutil de hacer la pregunta—. ¿Y buscas amistad, compañerismo... que cada uno vaya por su lado...?
—Quizá amistad es ahora prematuro —dijo Eva—, pero sobre todo que haya buen ambiente... Y si se puede conversar un poco al llegar a casa o en el desayuno, pues creo que mejor, ¿no?
—Sí, pero hay gente que le gusta ir a su bola —respondió Carlos—. Vamos bien. Por la parte que me toca al menos. Veamos... los gastos. Iba a contratar teléfono, ADSL y televisión por cable con mi anterior compañero, pero... bueno, se fue.
—Entiendo que iríamos a medias en eso.
—Exacto. Treinta euros que se sumarían al alquiler.
—Sí, claro. ¿Sin televisión y sin Internet? ¡Qué aburrido sería eso!
Eva empezaba a caerle bien. Carlos llegó a otro punto que no sabía cómo lo organizarían.
—Con respecto a la comida... ¿qué sería más fácil para ti? ¿Que cada uno se ocupase de lo suyo, dividiendo la nevera, o hacer cooperación con la compra y la cocina?
—Eso depende —dijo la chica—. ¿Tú cocinas?
—Algo —dijo Carlos.
—Bueno, pues... creo que podemos dividirnos en eso, turnarnos para comprar o cocinar... sobre todo si vienen invitados.
—Perfecto —dijo el chico—. Está resultando más fácil de lo que pensaba. Con la limpieza, salvo nuestras habitaciones, podremos hacer lo mismo, si te parece bien.
—Me lo parece.
—¿Mascotas?
—Ni tengo, ni quiero.
—Bueno, un perro o un gato te lo hubiera aceptado —dijo él—, pero tampoco tengo.
—¿Puedo hacerte yo unas preguntas? —quiso saber ella. Carlos asintió—. ¿Bebes, fumas... algún tipo de drogas...?
—No seré la persona más sana del mundo, pero no tengo malos vicios de esos —dijo él.
—¿Y el ocio en general?
—Salir a dar una vuelta, o ver alguna serie.
—Tendremos que ir viendo cuáles tenemos en común —dijo Eva.
—Pues... creo que ya está todo. El tema de los muebles... bueno, ya has visto el dormitorio, pero si quieres poner algo más, tendrás que hablar con el dueño del piso. Y tranquila, que tengo el alquiler blindado, no podrá echarnos.
—Muy bien. Pero hay algo que no sabemos del otro.
—Pregúntame entonces.
—¿Alguna manía destacable?
—Pues... que a veces puede que me hables y yo estaré en mi planeta, de forma que no te haré caso —tuvo que admitir.
—Bueno, no es algo muy molesto. Por lo menos al principio —dijo ella—. Lo que sí... algo que quede claro.
—Dime.
—A veces... bueno, sin rodeos. Me gusta vestir de una forma muy laxa por las noches. En ropa interior, vamos —dijo en tono serio. Carlos asintió—. Pero eso no quiere decir ni que me interese excitarte, ni que nos acostemos, ni nada por el estilo.
—Sí, eso me lo podía imaginar —dijo él—. Como no entrar en tu dormitorio, o en el baño cuando lo estés usando.
—Eso es diferente. Si tienes que ir al baño y me pillas duchándome... bueno, mientras no intentes algo raro no pasará nada.
—Eso fue lo que te pasó con tu anterior compañero, ¿verdad? —se aventuró a decir Carlos.
—Sí. Y no querría repetirlo.
—No te preocupes, que aquí estás a salvo. Prepararé un contrato añadiendo lo que hemos hablado... y que mi profesor de Derecho me lo revise para saber si es legal legal —bromeó—. ¿Firmamos mañana?
La chica asintió y se estrecharon la mano. Se verían al día siguiente para firmar, y ella empezaría a mudarse. Todo había salido bien para el chico. Y ahora debía hablar con alguien.
Sam y Odd estaban en casa de ella, en la cama, totalmente desnudos. No era lo más habitual para ellos, pero de vez en cuando se dedicaban a disfrutar cambiando de roles: Sam se colocaba un arnés y dominaba a Odd. Este se dejaba maniobrar por la chica.
Así estaban, con el rubio tendido bocarriba y con las piernas separadas y Sam deslizaba lentamente un falo de plástico que tenía con un arnés, al tiempo que acariciaba su miembro despacio. A él ee encantaba poder tener una relación como la que tenía con Sam. Se miraron sonrientes, parecía que ambos pensaban lo mismo. Sam lubricó el miembro de Odd, dejando caer un poco de su saliva sobre su erección y masturbándole. Luego le iba a tocar a ella que Odd la dominara, y quería un deslizamiento rápido. Apremió un poco su movimiento de caderas. Odd dejó escapar un pequeño quejido de dolor. Aún le resultaba algo doloroso, pero le daba igual, era soportable.
Sam continuó hasta que se dio cuenta de la expresión de Odd. No, no iba a correrse por ser penetrado. Se impacientaba. Por algún motivo, el chico deseaba ser más dominante cuánto más le dominaban. Su pene estaba realmente rígido. Sam sonrió con malicia y decidió esperar un par de minutos más.
Apenas se detuvo y sacó la prótesis fálica de Odd, este se incorporó y la empujó hacia atrás para quedar encima de ella. Le quitó el arnés con gran habilidad, e introdujo su miembro en el húmedo sexo de Sam, que se había excitado con la escena. Ella dejó escapar un suspiro. Odd empezó a penetrarla velozmente, mientras lamía sus tetas. Aumentó su placer entreteniéndose en sus pezones. La chica cerró las piernas alrededor de la cintura de Odd, atrayéndole hacia ella cuando su miembro se deslizaba hacia dentro.
Odd culminó dentro de ella y se detuvo un minuto después, cuando ella alcanzó el orgasmo. Sacó su miembro del sexo de Sam y se dejó caer hacia atrás. Sam gateó hacia él, y se tumbó encima. Odd le puso las manos en el culo y lo masajeó.
—¿Te apetece otro asalto "por la puerta de atrás"? —bromeó Sam.
—Podría hacerlo para vengarme de tu ataque —rió él.
—¡Pero bueno! Si sabemos que te gusta —dijo ella, sacando la lengua.
—Sí. Bueno, y a ti... y a todos nuestros compañeros en mayor o menor grado —respondió él.
—Tienes razón —admitió ella—. Y dentro de poco... el tercer aniversario de nuestro acuerdo.
—Tres años ya... —suspiró Odd—. Parece mentira. Todavía hay días que me pregunto por qué aceptásteis.
—¡Porque nos va la marcha! —rió Sam—. Así que habrá que celebrarlo. Pero de una forma algo especial...
—¿Especial? —Odd no pudo contener una carcajada—. Nuestro acuerdo va de follar. ¿Qué cosa especial quieres preparar?
—Algo se me ocurrirá —aseguró Sam—. ¡Ah, y se me ha olvidado contarte! ¿Te acuerdas de Bastien Roux y Maïtena Lecuyer?
Claro que Odd se acordaba. Sobre todo de Bastien, que había pertenecido a su misma clase. Era un chico afro-francés. Maïtena Lecuyer era la novia del chico, una rubia que, si no erraba, había ido a la misma clase de Yumi y William.
—Sí, me acuerdo. ¿Les has visto?
—En mi misma clase. Parece que ella suspendió una asignatura y coincide en ella con su novio y conmigo. También sociólogos.
—Pero ¿ha pasado algo con ellos? —preguntó Odd. No creía que se lo hubiera dicho para darle recuerdos.
—Pues estábamos hoy en clase debatiendo. Ha llegado cierto momento en que ha salido el tema del sexo, y se me ha ocurrido preguntar por el tema del swinging. Muchos se han posicionado en contra, alegando... rollos que no vienen a cuento —rió Sam—. Pero sorprendentemente, ellos dos han estado de acuerdo conmigo en que es algo que debería ser más natural. Hablamos de instintos, claro.
»El caso es que cuando terminó la clase, e iba a salir con mis libros, Bastien me retuvo y cuando llegó su novia, me saludaron.
—Sam, una pregunta, espero que no muy indiscreta —me dijo Maïtena.
»Yo le dije que adelante, que me preguntara.
—Tú y Odd... ¿eráis swingers, verdad?
»Podrás imaginarte lo que me sorprendió. Preferí no preguntarle por qué se lo imaginaba, y respondí que sí. Me dijo:
—Es que... Bastien y yo también lo somos.
—Y queríamos saber... bueno, si os parece bien... que lo hagamos un día entre los cuatro —añadió su novio.
—Oh... —sopesé un poco la respuesta—. Pues... sí, claro. Bueno, tengo que hablar con Odd, pero no creo que haya ningún problema.
»Me dieron sus números de teléfono para que les diera una respuesta cuando hablara contigo. Y ya he hablado, así que ahora te toca decidir. ¿Te apetece que nos acostemos con ellos? Tengo unas fotos en el móvil para que recuerdes cómo están, por si quieres sopesarlo...
—Mmmmm... ¿crees que deberíamos? —preguntó Odd—. Es decir... en realidad no somos novios.
—Odd, esa gente nos ha visto de la mano. Besándonos en los bancos del parque. Cuando hemos tenido problemas estaba el otro para apoyarnos mutuamente. Y en la cama funcionamos de maravilla —respondió Sam—. Hay mucha gente que miente pero... no es el mismo caso que nosotros. Somos diferentes en ese aspecto.
Odd creyó ciertas las palabras de Sam. Sí, claro que podían hacerlo. Y al fin y al cabo... ¿quien decía que esos dos no eran los nuevos integrantes de la pandilla? Desde aquel mítico verano (que no había sido el último) no habían encontrado más gente afín a sus gustos. Aunque eso ya lo hablarían con los demás y tantearía con la pareja swinger.
Sam empezó a bajar por el cuerpo de Odd, besando su torso hasta alcanzar el pene de Odd para devorarlo. Sintió que se volvía rígido mientras le felaba. Odd dejó escapar un quejido. Chica mala. Muy mala.
Pero de pronto sonó el teléfono de la chica. Sam optó por ignorarlo, pero cuando Odd estiró la mano y le dijo de quién se trataba, la chica se detuvo y le quitó el teléfono de la mano. Dijo un "lo siento" antes de responder.
—¡Emily! ¡Hola! —saludó, mientras se sentaba en la cama. Odd optó por moverse hasta quedar enfrente de Sam. Separó sus piernas—. Sí, por aquí todo bi¡IH! —gimió cuando Odd empezó a emplear su lengua en su vagina—. Perdona... es que me pillas con Odd y está juguetón... Sí, algo haré con él ahora —dijo con malicia—. ¿A finales de noviembre? ¡Maravilloso!... Por supuesto, tienes que presentarnos a tu novio... Ah, que sabe lo del acuerdo y le parece bien... —sonrió lasciva. Llevó la mano que tenía libre a la cabeza de Odd y le obligó a hacerlo con más pasión—. Hablaré con los demás... Yo también tengo ganas de que nos veamos... Muy bien, hablamos con más calma. ¡Hasta luego!
Colgó y dejó el teléfono sobre la mesa. Emily... en aquellos años el contacto se había dificultado, pero lo mantenían, incluso habían logrado verse en contadas ocasiones. Una de ellas, el segundo verano grupal, en que habían terminado cerca de donde Emily vivía.
Una ola de placer interrumpió sus pensamientos. Odd quería sexo, y ella también, de forma que no iba a pensar ahora en la visita, y se dedicaría al momento presente.
—¿Quién nos iba a decir que tu novio era celoso? —dijo Aelita.
Ella y Yumi habían visitado a Alicia.
—¡Baja la voz! —respondió la chica. Jean, su compañero, estaba dándose una ducha, pero no quería arriesgarse a que lo supiera.
—A mi no me sorprende —dijo Yumi—. Es decir... conoce al grupo se fía, y no pasa nada porque haya sexo... pero te vas a vivir con Mister Kadic 20XX, que encima le gustabas... es normal que se ponga celoso, es porque te quiere. Digo yo.
—Sí, lo se... —respondió Alicia—. Pero no es eso. Lo que me fastidia... no, lo que me jode —recalcó la palabra. No le gustaban las palabrotas, pero no podía evitarlo— es que se haya buscado una compañera de piso para ponerme celosa a mi.
Ahí la pelirrosa y Yumi apoyaban a la chica. Eso no había estado bien por parte de Carlos.
En ese momento, Jean salió del cuarto de baño, sólo tapado con la toalla. Al ver que Alicia tenía visita, se disculpó con un "lo siento" y cruzó la sala rápidamente para meterse en su dormitorio.
—Chicas, cuando volváis al mundo real... —dijo Alicia. Yumi y Aelita se le habían quedado mirando, y ahora observaban la puerta que se había cerrado.
—Vale, ahora entiendo su preocupación —afirmó Aelita.
—¡Yo quiero a Carlos! —insistió Alicia—. Vale, en otras... —bajó el tono de voz antes de seguir hablando—, en otras circunstancias, seguramente me colaría en el dormitorio de Jean alguna noche. O incluso ahora mismo. Pero no.
—Haces bien en resistir la tentación —afirmó Yumi—. Pero ¿cómo crees que va a afectaros esto?
—Espero que sea cosa de unos días solamente... —respondió con voz lúgrube.
En ese momento llamaron al timbre. Yumi se ofreció a ir a abrir.
—Alicia, mira quién ha llegado —dijo.
Alicia miró. Era Carlos. Se levantó para acercarse a él, pero él sacó el teléfono y le mostró una foto antes de que dijera una palabra.
—... Es ella, ¿no? —preguntó—. Tu compañera de piso.
—Sí —dijo él—. La he entrevistado y parece una compañera de piso que se ajusta a lo que busco.
—Ya... una que te caliente la polla cuando te apetezca —dijo ella. Estaba tan enfadada que ni se había dado cuenta de aquella segunda palabrota.
—No —respondió él con calma—, una persona normal que acepta repartirse las tareas de la casa.
—Bueno, me alegro por...
Antes de terminar la frase, él la abrazó.
—Lo siento... lo siento, he sido un idiota. Los celos me devoraron... hasta ahora no me pasaba, pero...
—Entonces es que ya no confías en mi —dijo ella fríamente.
—Sí. Es en él en quien no confío. Y... —la soltó y se revolvió el pelo con una mano—, joder, yo... entré en el acuerdo por debilidad, sé que existen... Y que no quiero perderte. Eres lo más importante para mi.
Alicia no podía mantener sus escudos activos. Tuvo que besarle. Sí, tenía razón. La primera vez que había visto a su compañero salir así de la ducha había tenido un húmedo sueño aquella noche. Pero Jean no parecía dispuesto a hacer nada. Sabía que Alicia tenía novio, y quizá por ello no quería hacer nada con ella.
—¿Estás dispuesto a que cerremos este mal bache? —preguntó ella—. Y jurándonos que no ocurrirá nada...
—Lo estoy.
Se besaron. Y se llevaron un susto al oír aplausos. Tan ensimismados estaban en su conversación que se habían olvidado de que Yumi y Aelita seguían allí. Pero sonrieron y se besaron de nuevo.
Cuando Jean salió de su cuarto, ya vestido, y vio a Carlos, se estrecharon la mano.
—Iba a salir a tomar algo... ¿os apetece venir? —propuso.
—Sí, claro —afirmó Aelita.
—Carlos... —dijo Alicia—. ¿Por qué no invitas a tu compañera de piso?
El chico asintió. Salieron los cinco mientras él enviaba a Eva un mensaje con la dirección del bar al que irían. Entendía la idea de Alicia. Si Eva y Jean se conocían... ¿quién sabe lo que podría pasar entre ellos dos?
