La vida es un Circo
Part:II
Comenzaba a entrar en furia. La estúpida chiquilla no había dicho nada después de haber discutido en el hospital, ni siquiera le hablaba a la ama de llaves y le molestaba que ese hecho le irritase tanto.
Podía sentir su mirada clavársele en la espalda, podía verla inflar los mofletes molesta por cosas que no se molestaba en decir (sobre decir que él no se rebajaría a preguntarlas tampoco). Le irritaba que se la viviera encerrada en su habitación, simplemente tirada boca arriba en su cama, estirando los brazos hacia el techo. Incluso, si se topaban de frente en algún paso del lugar, podía sentir su respiración. No era el respirar normal, era más forzado, casi bufidos entrecortados y silenciosos. La miraba frunciendo el ceño con la mirada más fría que tenía. Pero ella, lejos de doblegarse cómo lo hacía recién llegada a su vida, se la sostenía con los ojos chocolate refulgiendo retadores.
Le irritó más sentir el acostumbrado nudo en el vientre bajo. Algo duro contra su ropa interior. A pesar de que ella vestía puros pantalones y blusas manga larga, él, cómo millones de personas, conocía las curvas de su cuerpo. La blanca extensión de sus piernas.
Sintió asco de sí mismo, comparándose en los incómodos silencios de su despacho con el imbécil de su hermano, sólo que él no la vio así cuando era una niñita de catorce.
También no dejaba de preguntarse cómo es que esa patosa chiquilla tenía tal gracia, tanta sensualidad, al moverse. Ese ímpetu que la volvía salvaje, delicada, seductora en un escenario repleto de miles de espectadores. Esa arrogancia que la hacía sonreír, mover las caderas con más cadencia, al saberse deseada.
¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué?
Al final, pedazos de subconsciente que intentaba reprimir, decía que siete años no era mucho. Joder. No era mucho, era demasiado poco para que fuera su padre, pero aún así era lo suficiente como para ser su hermano mayor. Igual, no podía sentirse menos que asqueado imaginándosela recibirlo repitiendo Bienvenido a casa, hermanito. Ah, cierto, además, para acabarla con sus malditos instintos morales de clase alta, estaba casado.
–¿Hoy tampoco quiso comer? –Preguntó a la mujer mayor que entró en su despacho, con una bandeja de comida.
Pudo apreciar el desgarbo de sus hombros caídos, así como la tristeza impresa en la mujer. –No, tampoco dijo nada.
–Está bien, déjala que haga su berrinche, ya cederá. Puedes irte. –Apenas se quedó solo, apretó con demasiada fuerza el lápiz en su mano, haciéndolo añicos.
La pregunta, rectificando, no era ¿por qué? Si no, ¿por qué demonios no la dejó vivir en paz en ese circo de locos? Entonces, escuchando la respuesta de sus pensamientos (Porque no la diría en voz alta jamás, nunca), uno comprendía que la cosa era peor que lo planteado.
Hirvió de celos al ver cómo se deslizó finalmente la máscara sobre su rostro, descubriéndolo, al oír al público masculino soltar comentarios de placer y lujuria. A pesar de la distancia, él estaba en un palco alto privilegiado y conocía sus facciones a fuerzas de haberlas visto diario durante años. Sintió, algo increíble, miedo al verla caer de tan alto y sin malla alguna para retener. Más aún se sintió irritado cuando el chico, que no había distinguido en ese instante era Okami, se dejó caer a su lado, tapándola y besándole en la boca con brusquedad. Por eso no la dejó vivir su idílica vida emancipada. No soportó saber que mientras él la buscaba, ella se pavoneaba frente a millones de hombres.
Ni siquiera tenía a su esposa a un lado. Molesta por su empeño en buscar a la muchacha, le amenazó con que si regresaba de su viaje a Europa y seguía con aquello, le dejaba. A él le importaba un bledo lo que hiciera, de hecho tampoco le importaba si le dejaba. Mejor. La guapa morena era bastante pesada, demasiado intensa y plástica en sus intentos de seducción.
Miró la comida a su lado, un recordatorio burlón de otra faceta de berrinches que había adoptado la chica Higurashi. Llevaba dos días sin comer nada, casi cuatro sin hablar. Y, aunque quería convencerse de lo contrario, estaba preocupado. Notaba ya la palidez en su semblante y las enormes ojeras. No le gustó, claro que no.
Se levantó de su reconfortante sillón de cuero negro, aflojándose la corbata y sacando un par de botones, antes de salir. Recorrió el pequeño paseo por el vestíbulo hacia la habitación de su tutelada. No tocó, pues era demás puesto que nadie le contestaría. Y allí estaba: Tumbada boca arriba, las manos en el estómago y los ojos fijos en el techo.
–¿Seguirás con tus berrinches?
Silencio. Apretó un puño, sintiendo la ira comenzando a bullir lentamente en su sangre.
–Si no comes, la única perjudicada serás tú.
Sólo se escuchaba el sonido de sus respiraciones. Estuvo a punto de tener un tic en el ojo.
–¡Maldita niña infernal, mírame cuando te hablo! –Explotó.
Al fin, hubo una reacción. Ella se sentó velozmente, volteando hacía él con el brillo más intenso de la enojo que le había visto.
–¿Por qué le molesta tanto lo que haga o deje de hacer, señor Taisho? –La voz le salió ronca, algo oxidada por el desuso. Relajó un poco la postura rígida, sólo un poco, aliviado en parte por haber sacado alguna reacción. –Es un estúpido ególatra que cree puede hacer lo que le venga en gana, sólo porque sabe, disfrutando el saberlo, que tiene el dinero para hacerlo. –Se levantó hecha una furia, acercándose a él. –¿Y sabe otra cosa? Sólo me ha estado arruinando la vida, una y otra vez. Usted y su estúpida noviecita que sólo gozan en burlarse de mí.
¿Perdón?
–Mira, niñata, no tengo idea de lo que estás hablando.
Ella ahogó un grito de ira. –¡Ni siquiera es capaz de llamarme por mi nombre! ¡Tengo nombre, joder! ¡KAGOME! –Reprimió una sonrisa de suficiencia, habiéndola sacado ya de quicio. –Estúpido intento de hombre. –Le tembló la voz. –Yo sólo pido que se disculpe por haber dicho esas cosas horribles, no más.
Suspiró cansado.
–¿De qué cosas me estás hablando? No tengo la menor idea. –Ella se cruzó de brazos, temblorosa de llanto y enojo.
–Bien, juegue al ignorante. Pero sé que usted y su señora de dudosa moral estaban hablando de… de… –A pesar de haberse contenido, el gesto se le descompuso y soltó a llorar cubriéndose el rostro. Sesshomaru se quitó la corbata, demasiado incómodo pero sinceramente ignorante.
–Puedes creerme o no, pero te aseguro que no sé de lo que hablas. –Bufó, esperó a que se calmara un poco. Pensó, un fugaz instante, en abrazarla para consolarla pero desechó la idea apenas la tuvo.
–Ustedes dijeron cosas muy feas. –Musitó con la voz en un hilo. –Hablaron de cómo murieron mis padres y… que era una carga para su felicidad.
Un brillo de entendimiento llenó los ojos dorados.
–¿Así que por eso te fuiste? –Frunció el ceño tratando de recordar la dichosa plática. –Responde, ¿acaso escuchaste mi voz?
Ella estaba cada vez más pálida, mirando el suelo limpiándose las lágrimas de vez en vez.
–No, pero su esposa lo llamó por su nombre. Era una llamada. –Hipó. Luego alzó la mirada, dolida, triste. Sintió clavarse esa mirada dentro, muy hondo. Se desmayó de pronto, con la mirada perdida. Agradeció tener buenos reflejos porque la pudo sostener antes de tocar el piso.
Su mujer tendría ciertas cosas que aclarar.
La colocó en su cama, antes de llamar con el móvil a un médico. Miró el rostro de la muchacha, pasando los dedos por él, sintiéndole fría. Se sentó a su lado, preocupado, pero más aliviado al saber los motivos reales de que se fuera. Al menos tendría la certeza que no fue por una relación con el chico Okami. Respiró hondo.
Maldita mocosa, lograba sacar lo peor de él.
El médico llegó pronto, le tranquilizó diciendo que sólo era anemia por no haber comido bien, ni dormido. Posiblemente recibió fuertes emociones que la noquearon, pero nada de peligro. Descanso, buena comida y sin estrés es cómo se recuperaría. Inspiró aliviado.
–Es buen padre, a pesar de ser tan joven. –Le había dicho el médico antes de salir, con una sonrisa. El maldito comentario lo afectó de una manera que no debía. Golpeó con furia la pared, respirando dificultosamente.
Salió de la habitación antes de hacer más ruido y levantar a la joven.
Estaba observando la ventana desde su posición. Todo en penumbras salvo por la luz platinada que se colaba por las cortinas. Estaba calmada, fuertemente contrariada sí, pero calmada. Sus tontos sentimientos le hicieron creer a sus palabras. Quizás, realmente él no sabía de la llamada porque simplemente no hubo tal llamada. Kagura Nara era tan fría cómo un demonio, sin corazón, no dudaba de que lo hubiese hecho por despecho, por agriarle la vida.
Se levantó sintiendo el cuerpo engarrotado. Llevaba rato así, al menos ya tenía un buen plato de sopa caliente en el estómago, del que la señora Kaede se encargó de hacerle tomar.
Extrañó cómo nunca el circo. Suspirando, se metió al baño.
Recordó bajo el frío chorro de agua, la única noche que casi pasaba algo entre ella y Koga. Cuando llevaba por el rencor, la ira, la frustración y el miedo, lo provocó. Se sonrojó furiosamente pensando en qué habría pasado si no hubiera llegado nadie. Probablemente se estaría arrepintiendo en ese momento.
Salió al balcón, con apenas un pijama de short y blusa de tirantes para dormir. Sintiendo el aire frío nocturno sobre la piel todavía húmeda. Se recargó en el barandal, mirando la ciudad debajo, el mentón en la unión de sus manos. Tal vez, podría aprovechar para pedir ver a Sota. Hacía tanto que no lo veía, debía ser un muchachito apuesto.
Ah. Tenía muchas ganas de hablar con Koga, extrañaba dormir abrazada a su torso, adormilada por el sube y baja de su pecho por la respiración, el sonido algo acelerado de su corazón bajo su cabeza. Cerró los ojos, escuchando el rumor de los coches en las calles.
Recordó que aún tenía algunas cosas que hablar con su tutor. No sabía la hora pero no podía ser más tarde que las once. Salió a hurtadillas de su cuarto, atravesando el trecho que había hacía la oficina de él (le avergonzaba el hecho, pero no recordaba donde estaba su habitación). Era una fortuna que sus ojos estuvieran acostumbrados a la oscuridad, porque no quería que la luz despertase a la anciana mujer.
Tocó dos veces. Otra más. Y a la cuarta se estaba por dar la vuelta cuando se abrió la puerta de cedro oscuro, apareciendo Sesshomaru. Como siempre que lo veía, la boca se le secó, el corazón se le disparó y, imperceptiblemente, comenzaba a temblar.
–¿Qué quieres? –No le pasó por alto el rugido gutural, salvaje. Tampoco las ojeras que comenzaban a adornar la pálida piel.
–No terminamos de hablar. –Él gruñó, más una risa amortiguada por el agotamiento. A ella, por el contrario, le sorprendió su tono calmado.
–Escucha, mocosa, no tengo tiempo. Vete a dormir y déjate de caprichos. –A punto de cerrarle la puerta en las narices, metió su pie descalzo antes de que ocurriera. Ahogando un grito de dolor. Parecía a punto de perder la poca paciencia que tenía, ya fastidiado.
–¡No! –Chilló, adolorida y sin quitar el pie. –Sólo son unas preguntas, me lo debes.
–¿Qué? ¿Y por qué? Yo no te debo nada, tú en cambio a mí sí.
Ignoró lo que dijo y forzó su cuerpo a entrar en la oficina. El aire acondicionado estaba fuerte, bastante. Sentía los dedos del pie entumecidos, el cuerpo erizado. Se frotó los brazos, y se acomodó el flequillo, sentándose en el escritorio para mirarle. Sesshomaru cerró la puerta, quitándose los lentes antes de dirigirse a la silla frente a ella.
–Bueno, se ve que sigues siendo tan hospitalario como siempre. –Sonrió un poco, retándolo. Él se sujetó el puente de la nariz con fuerza.
–No juegues con mi paciencia, chiquilla insolente. Te repito, no tengo tiempo para tus jueguitos y mucho menos estoy de humor. –Kagome bufó sonoramente, soplándose de paso el fleco.
–Cómo si siempre estuvieras de buen humor. –Chasqueó la lengua moviendo negativamente la cabeza. –¿Puedes bajarle un poco al aire acondicionado? Me congelo.
–No, ve al grano.
–Eres como un perro, si le quitamos lo adorable y cariñoso y le dejamos sólo la rabia. –Frunció el ceño sin dejar de abrazarse a sí misma. Sesshomaru se levantó y la tomó del brazo parándola para dirigirla a la salida.
–¿Terminaste? Bien, vete.
–¿Dónde está Kagura? –Preguntó aferrándose a la puerta para evitar ser sacada. Sintió las manos que la oprimían tensarse.
–Eso a ti no te importa. –Rumió adusto, apretando el agarre.
–Me importa, mucho. –Gimió adolorida. Le dirigió una mirada molesta pero siguió aferrada al marco de la puerta.
–Está de vacaciones, ¿contenta? Lárgate.
–Que no, que no hemos acabado. Hazme el humilde favor de soltarme. Me dejarás marcas. –Obedeció a regañadientes y ella se frotó el brazo dolorido. –¿Le has dicho a alguien de que regresé?
–No.
Relajó el semblante, aliviada. –¿Qué sabe Sota, en todo caso, de estos cuatro años?
–No iba a decir que escapaste. Hay una orden de aprehensión desde el primer día que te fuiste en contra de Okami, por secuestro. –Kagome hizo una mueca. –No la he retirado, porque no quedaré como un imbécil. Pero creo que sabe a lo que se atiene.
–¡¿No te bastó con quitarme lo que quería?! Quita la orden, por favor.
–¿Qué te quité lo que querías? Ah claro, a ti lo que te gusta es pavonearte en poca ropa frente a un millón de hombres. –Se colocó los lentes, separándose de la muchacha que se había quedado muda de asombro, con el rostro enrojecido.
–¿Disculpa? ¡Tengo miles de cartas tuyas hacia Butterfly! La alababas, te desviviste en cursilerías hacia ella, en ningún momento insinuaste que fuera una puta. –Sonrió para sí, recargándose en la puerta. Olvidando el frío inicial. –Ella te gustaba, ¿qué me diferencia de ella? Recuerda que era yo, siempre era yo. Con máscara, peluca y lentillas, o sin ellas, Butterfly era Kagome. –Su corazón palpitó con fuerza a la par que maquilaba una idea. Se lamió los labios sintiendo un nudo de excitación en el bajo vientre. Se acercó a él, que ya había tomado lugar hasta su escritorio apoyando la cadera en su filo, moviendo el cuerpo tal y como lo hacía cuando estaba en las carnes de Butterfly.
Lo vio tensarse en su lugar, el estómago le dio un vuelco. Eso sólo marcaba más sus músculos bajo la ropa formal. Ahora que le ponía más atención, no llevaba el pelo relamido por el gel sino que despeinado cayéndole sobre la frente.
Lo atrapó entre el escritorio y su cuerpo, dejando sólo un palmo de distancia. La malicia, junto el deseo mezclado con el amor reprimido por años, le brilló en los ojos marrones. El calor corporal masculino parecía intentar traspasar su propia ropa. Empezó a hacer calor. Mucho.
No parecía afectado por su cercanía pero ella era bastante observadora. Podía ver como sus aletas nasales estaban más abiertas y las pupilas tan dilatadas que comenzaba a parecerle que sus ojos eran dos pozos negros. Todo el cuarto olía a él, eso le gustaba. Acercó las manos al pecho masculino tocando sin tocar, apenas rozando con la palma la tela. Un escalofrío la recorrió, observando al rostro del mayor bajó lentamente las manos trazando el recorrido.
–Ya es suficiente.
–Ah, no, eso sí que no. Ya me estoy cansando de que siempre me digan lo mismo. –Se abalanzó a su boca, tomándolo desprevenido.
Desde que había conocido a Taisho Sesshomaru, ese día que sus papás la llevaron a la cena formal en casa de Inu no Taisho cuando tenía diez, se preguntó cómo sería un beso de ese chico tan serio. Tan sólo tenía diecisiete pero ya se veía imponente en su smoking blanco con la camisa azul. Luego, con la muerte de sus padres, que Sesshomaru la adoptara sólo creó mundos nuevos en su cabeza, por eso buscaba su cercanía, dejando de lado las fantasías con besarlo. Y ahora, justo en ese instante, lo estaba haciendo.
No escuchó campanas de boda, no se le levantó el pie haciendo 'pop'. No. Era beber fuego mezclado con electricidad estática. Apenas rozó la boca masculina una corriente eléctrica arrasó su cuerpo desde la unión de labios, un fuego extendiéndose e instalándose en su centro. Enredar los dedos en el pelo plata era la cosa más increíble, pero era mejor sentir las manos aferrándose en la espalda baja. Quemando, ardiendo, apretando contra sí.
Algo protuberante, duro, se estaba frotando en su vientre, haciéndola gemir sorprendida. Ambos aprovecharon esa invitación, hundiéndose al fin en una batalla de lenguas. Se estremeció abrazándose con fuerza al cuerpo masculino.
Lo único que se escuchaba era el sonido húmedo de sus besos. Mordían, lamían, succionaban la boca del otro. Pasados unos minutos, Sesshomaru la tomó por el trasero, invirtiendo las posiciones, dejándola sentada frente a él, rodeándole la cadera con las piernas.
Kagome hundió las uñas en la espalda masculina, sintiendo el roce en la unión de sus cuerpos. Echó la cabeza hacia atrás dejando salir un pequeño jadeo, él aprovechó para morderle el cuello sin contemplaciones.
–Me… me dejarás marcas. –Gimió enterrando el rostro en el hueco de su cuello, sintiendo que el deseo comenzaba a desbordarse mientras ambos seguían sintiéndose en el punto exacto donde latía su necesidad, mientras sentía a la par de morderle el cuello él mezclaba los besos por su piel.
Lo sintió sonreír contra la piel sensible de su cuello. Deslizó la lengua en un camino hacia su oído, donde susurró ronco. –No importa, ya eres mía.
Quiso reír, de puro gusto pero la ropa comenzaba a estorbar. Hablar también comenzaba a estorbar. Arrancó la camisa, seguramente de lino, con las manos, desparramando los botones por la alfombra. Sin apenas separar la boca de la otra, quitaron la camisa. Él deslizó las manos sobre la piel que tanto deseó, luego de haberle quitado la blusa, que sabía era deseada todavía por los fans de Butterfly… Piel que de seguro ya había sido tocada por el mocoso Okami.
Sufrió un gatillazo.
La dejó de besar al instante, separándola de un empujón de sí.
–¿Qué pasa? –Preguntó con la respiración alterada, igual que su pulso. Todavía atontada por los besos.
–No puedo. –Dijo con frialdad, recogiendo la camisa y colocándosela. Siseó bajo, pasándose las manos por el pelo.
Se relamió de los labios el sabor de los besos de Sesshomaru. Se acercó a él pero se quitó antes de que pudiera tocarlo. Abrió los ojos sorprendida antes de soltar una carcajada, que fue seguida de otra hasta que pareció desternillarse de risa.
–¿Te diviertes? –Rugió furioso.
–Es que… –Risa. –… yo jamás. –Risa histérica. –… ¡Ay! Te juro que jamás… –Una lágrima de risa le escurrió por la mejilla, tuvo que sujetarse el estómago que parecía salírsele de tanta risa. –… ¿Has sufrido un gatillazo?
No contestó, suficiente humillación era que la mocosa se riera de él. Se cruzó de brazos, mirándole con frialdad. Ella se acercó y lo besó en los labios, tomándolo de nuevo con las defensas bajas.
–¡Nadie me creería! El viril, masculino, potente Sesshomaru sufrió un gatillazo. –Sonrió burlona, pero también algo decepcionada. No parecía incómoda ni por asomo teniendo en cuenta de que estaba casi en topless frente a él. –Sé que te sentirás mal pero me concierne, uhm, íntimamente, ¿Qué pensaste que te la bajó?
–No sufrí un gatillazo. –Orgullo herido, arrogancia en alto. –Eres una niña, ¡por dios! Y estoy casado. ¿Qué demonios pensabas que iba a pasar?
–Ya… –Dijo, la sonrisa borrada ya de su rostro. –Eso te importó mucho cuando me tuviste en tu escritorio. –Recogió su blusa poniéndosela. –Tampoco parecías insensible a esta niñata, como tanto te esmeras en llamarme. –Siseó venenosa antes de salir de su oficina dando un portazo.
Ese estúpido... Se encerró en su cuarto siguiendo la temática de la puerta, azotándola con fuerza. Se aventó a su cama pero no lloró, sentía el cuerpo hervir de deseo y demasiada rabia como para llorar. Tocó su cuello, justo donde seguramente habría una marca, sonriendo levemente.
Al menos, tenía ahora la certeza, no le era tan indiferente cómo quería hacerle creer.
Intentó provocarlo en los días siguientes pero recibió las más sutiles formas de rechazo que jamás vio. Dejó de hacerlo en el mismo instante que su némesis regresó de sus vacaciones. Las miradas venenosas de la ya señora Taisho no le pasaban desapercibidas, pero le sonreía con malicia a la par que si estaban los tres juntos en una habitación rozaba intencionalmente a Sesshomaru, tensándolo en su lugar.
Le fastidió el hecho de que Kagura se le encimara en cada oportunidad y él… ¡se dejaba! Juraría que lo disfrutaba, pero claro, es un hombre y como tal cedía pronto a las mujeres. Por supuesto que era Sesshomaru y por tanto no hacía grandes muestras de afecto, pero lo poco era mucho y le molestaba. ¿Por qué con ella no? ¡Ya no era una niña por mucho en que él se empeñara en creerlo!
Otra cosa que la traía desvelada era que no habían hablado aún sobre su educación. Sinceramente, aunque si le gustaría culminar sus estudios y reclamar el poder de las empresas exportadoras Higurashi, no le llamaba la atención. Sería una estudiante algo más grande, sobresaliendo con ello. Si bien sabía que por bien de sus amigos, no podía volver al circo pero quería trabajar de nuevo bajo los reflectores.
Su humor se había mejorado bastante con los regalos que le mandó Koga. Bueno, todos sus amigos. Decoró su habitación con las veintitrés máscaras de mariposa que le habían mandado, un dulce recuerdo sin duda. También adjuntó una carta donde, después que ella le llama diciéndole más o menos como se sentía con el encierro, le contaba que Kyohei había hablado con un parque acuático que buscaba chicas que quisieran trabajar. Le confesó que encontraron a una tímida pelirroja que tomó su lugar cómo compañera de Koga, que era muy bonita pero algo pesada y no dejaba de decir que se iban a casar algún día.
Sonrió aferrando el papel contra su pecho, ¿trabajar en el parque Acuático 'La Estrella'? ¡Claro que sí! De pequeña sus padres la llevaron ahí a ver el Show de las sirenas… su sonrisa se ensanchó, ¿sería el trabajo de Sirena? Sería tan fabuloso si no fuera porque no sabía nadar. Podría aprender. Era buena aprendiendo. Se estaba asfixiando de tanto estar encerrada, de tanta pasión que parecía derrochar la mujer de ojos rubí.
Si quería ser aceptada, rezaba el papel, era mejor que fuera cuando antes. Cuanto antes, sonaba genial, increíble.
Ahora que lo único que se interponía, servía de distracción (léase, la insufrible Kagura). Sólo debía hacer una llamada al número adjunto, con eso podría hacer una cita con el gerente del parque… Hoshi se apellidaba, o con su mujer. Casi podía sentir ese júbilo, esa deliciosa adrenalina corriéndole por la sangre, prendiéndole las partes dormidas de su personalidad.
–Niña… –Desvió la mirada del techo hacia la mujer que se asomaba por su puerta con claro gesto de molestia. Cruzó los brazos por debajo de sus pechos, haciéndolos un poco más notorios a pesar del escote atrevido. Kagome frunció el ceño, sin levantarse o mover su postura.
–¿No te han dicho que se toca antes de entrar? En mi cuarto no te quiero, bruja.
Ella abrió los ojos, enfadada y apretando la boca en un gesto contrito. –Mira, mocosa, que para mí no eres grata. No sé por qué demonios mi marido te trajo de vuelta, pero quiere hablar contigo. En su oficina. –Rodó los ojos, molesta por haber mandado a su mujercita a buscarla.
–Ya. Pero mientras menos irrumpas mi hábitat, muñequita, mejor. Ahora vete, ya veré yo si ir o no. –Kagura pisó furiosa el suelo antes de salir echando pestes por la boca. Sonrió un poco volviendo su atención al techo.
Si pensaba que iría, estaba muy equivocado. Además, enfrentarlo ahora sólo le amargaría el buen ánimo que tenía. Esperó un par de minutos antes de decidir si llamar o no… consideró que lo mejor era ir al día siguiente en persona. Era más personal y profesional que una escueta llamada. Estaba tan emocionada por ello… ¡Dios! Invitaría a Koga a verla, si el empleo era de artista. Haría que el muchacho se sintiera orgulloso de ella. ¡Incluso buscaría a Sota para que la viera! Oh, su corazón se hinchó de dicha ante la idea.
Igual, fuera cual fuera el empleo no lo iba a desperdiciar ni rechazar. En la temporada negra antes del circo aprendieron a la de malas que cualquier empleo era bueno. Apretó los ojos sintiendo escalofríos de miedo. Sentir el hambre hacer doler hasta los huesos fue un trauma grande, ver como ambos se iban consumiendo era devastador, a veces ni los más bellos momentos (cómo la primera vez que actuaron con las máscaras) podían eclipsarle aquellos. Respiró fuerte, calmando el monstruo de los recuerdos en su corazón.
Cómo ya se vio ahogada en ese miedo de volver a vivirlo, decidió de mala gana ir a ver qué demonios quería Sesshomaru. Y siguió con mal humor al llegar a la puerta del despacho.
–Pase. –Abrió la puerta cruzándose de brazos. Ignoró el cosquilleo en el estómago al verlo enfrascado en tantos papeles, el pelo en la frente y esa mirada de concentración.
–¿Qué quieres? Tu mujer me fue a buscar.
–Siéntate. –Ordenó mirándola fijamente. Kagome rodó los ojos y mantuvo su posición inicial.
–Al grano Taisho. ¿O es que quieres que hablemos de tu… problemita? –Remarcó ácida, apretando los dientes. Sesshomaru se tensó en su lugar, se quitó los lentes y se apretó la cien cerrando los ojos.
–Niñata, no empieces.
–No. Tú no empieces. Yo tenía una buena vida, un empleo y muchos amigos que me hacían feliz. –Se sentó de mala gana descruzando los brazos y hundiendo las uñas en el brazo del sillón. –Así que tú y tus deseos, incluyendo a la pesada de tu mujercita, se pueden ir derechito a la mierda en lo que a mí respecta. Por lo que ve al puto grano o me largo.
–Siempre tan dulce, mocosa.
Se levantó, más irritada que cuando llegó. Si razonaba parecía que ya no podía ser como cuando tenía catorce, que cada vez que estaban juntos tenían que salir chispas, ardor por parte de ambos. Apretó los puños y se dirigió rauda hacia la puerta, pero la mano caliente y masculina se cernió sobre su hombro, girándola con brusquedad hacia su pecho. Jadeó al chocar contra él y la otra mano apresó su cintura.
–No sé a qué juegas. –Soltó, jadeante de sorpresa y rabia. –Pero te aseguro que no me hace gracia.
–A mí tampoco. Créelo.
Ambas bocas colisionaron de golpe, haciéndoles un poco de daño. Mordieron feroces, sin delicadeza, sus labios, abriendo brevemente la boca para jugar con la lengua del otro. Kagome gimió al sentir la leve succión a su labio inferior. Era un beso rudo, caliente en su extensión. Enrolló desesperada los brazos en el cuello masculino, siendo liberada su mano para sentir la suave caricia en su cadera y más abajo.
–Qué dulce de tu parte… –Comenzó separándose un poco de él, mirándolo con los ojos oscuros de deseo. Él deslizó la lengua sobre su cuello, alternando besos y mordiscos. Se mordió la boca para no emitir sonidos, pero le salían leves jadeos ahogados. –… Enviar a tu mujer para que viniera y me besaras.
Gruñó contra su cuello, levantándola con fuerza y obligándola a rodearlo con las piernas. Clavó las uñas en su nuca sintiendo su incipiente erección, echó la cabeza hacia atrás dejándole el paso libre para besar su clavícula.
¿Cómo era posible que ese hombre, que amaba tanto en secreto, la hiciera perder el pudor tan pronto? Sintió el deseo humedecer su cuerpo, hervirle la sangre. Jadeó de nuevo cuando sintió chocar la espalda contra la pared. Duro y frío. Con esfuerzo se alejó de él, respirando dificultosamente pero sintiendo dolor en el pecho.
–No.
–¿No qué?
–No quiero que hagas esto de nuevo.
Sonó ridículo. Más de lo que le había parecido en la mente. Sobre todo estando apretados tan juntos y contra una pared, sintiendo su dureza friccionar contra esa zona sensible. Sobre todo porque su corazón parecía extasiarse sintiendo la boca del que amó con desespero infantil.
Él endulzó su mirada. Algo que lo volvió casi etéreo a sus ojos, su corazón pareció detenerse unos segundos para luego palpitar con fuerza. Las mejillas las sentía demasiado calientes para su bien, ardían. Luego sonrió brevemente, tomándola desprevenida y cerrándole la boca con un beso casto. El primer beso dulce que le había dado. Se le cerraron los ojos sin desearlo, suspirando y aferrándose a los anchos hombros.
–Tienes razón. –Y la bajó, Kagome aún no abría los ojos. No lo quería hacer, porque su tono distaba de la calidez de aquel beso y su mirada. Tragó duro sintiendo las lágrimas picar en sus ojos, apretó los ojos y se limpió discretamente.
–Ahora, si eres tan amable de decirme para qué me querías aquí. –Se forzó a sonreír burlona. –Porque no creo que tus intenciones hayan sido empotrarme contra la pared.
–No, tienes razón. –Se alejó finalmente y ella sintió el frío abrazar su cuerpo. –Hablé con una escuela abierta para que recuperes la educación secundaria.
–¿Qué? ¿Y cuando he dicho yo que quiero recuperarla?
–No es tema a discusión. Te estoy informando. –Apretó la mandíbula y le dirigió una fiera mirada de odio.
–¡Qué te den! –Gritó antes de salir pisando fuerte.
¿Pero quién se creía? Tomar decisiones tan grandes sin preguntarle. ¡Dios, que tipo más pesado! Seguía colorada por lo que estaban haciendo pero más por el enfado que sentía. Más que amarlo, estaba segura de que comenzaba a odiarlo.
«Te odio, maldito desgraciado» Pensó cruda y amarga.
Sonrió brillantemente al estar dentro de las instalaciones de "La Estrella". Era tan bonito como recordaba, con los enormes delfines esculpidos en la entrada juguetones entre sí. El piso de granito estaba lo más limpio que podía estar un espacio público, y olía un poco a la sal del mar. Podía escuchar desde la entrada el cántico de algunos delfines y el sonido típico de las focas. No había mucha gente porque habían clausurado el show de las sirenas, pero era sumamente agradable ver a familias caminar de las manos sonriendo y con algún dulce en las manos. Sí, definitivamente sería un placer trabajar ahí.
Alisó su falda con algo de nerviosismo. Se había esmerado un poco pero sin llegar al bello maquillaje de Yui, un poco de sombra verde para resaltar el chocolate de sus ojos, rubor, delineador y brillo. Se puso una falda a las rodillas brillante de tonos verdosos en degrade y suelta que pendía de su cadera, ondeando orgullosa, una blusa de tirantes blanca con varios besos impresor junto con la leyenda "Kiss Me" que anudó por la cintura exponiendo así su vientre liso. Encima una torera manga tres cuartos color tierra, en sus muñecas pulseras de listón con uno que otro dije. Botas marrones a la rodilla, dejando en secreto así sus piernas. El pelo cayéndole suavemente por los hombros, con un listón a modo de diadema.
Se había acostumbrado a vestir así por el circo, pero se volvió su estilo. Si el señor Hoshi conocía a Kyohei, entonces quizás la habría visto en acción, además quería verse como ella misma para infundirse valor. En el circo nunca tuvo que asistir a una entrevista, simplemente fue una más. Suspiró para calmarse antes de decidirse a buscar las oficinas del parque.
¡Era tan inmenso! Pero era increíble. Dejó de parecérselo cuando se topó tres veces con la pileta de las focas. Quiso llorar por no saberse ubicar, cuando le costó dar una coartada perfecta para que no supieran a donde iba.
–¿Señorita? ¿Se encuentra bien?
–No. –Gimió afligida sin mirar la joven mujer que le hablaba. Ésta soltó una risita.
–Debo suponer que usted es la señorita Higurashi. –Dijo captando su atención, Kagome se volteó instantáneamente. La mujer era muy bonita, con el pelo sujeto en una cola mientras unos mechones castaños enmarcaban su rostro, los ojos cafés le brillaron con amabilidad y la sonrisa cálida daba certeza de confianza. Le sonrió de inmediato.
–Sí.
–¿Se ha perdido, verdad? Kyohei nos había dicho algo sobre su desorientación en terreno desconocido. –Soltó una pequeña risa e hizo una reverencia a modo de presentación. –Mi nombre es Hoshi, Sango Hoshi.
–¡Ah, señora Hoshi! Mucho gusto.
–Oh, cariño, dime Sango. No soy tan vieja, apenas seré unos años mayor que tú cielo. –Se rió restándole importancia. –Puedes llamarme de tu, no le veo inconveniente, además trabajaremos juntas. Será más agradable de esa forma. Ahora, sígueme que creo tienes una entrevista pendiente. –Se le acercó con un gesto de confidencia. –Aunque aquí entre nos, para mí ya estás contratada. Pareces una sirena bohemia.
–Gracias. –Se sonrojó un poco. –¿El trabajo entonces es de artista? –Sango entornó los ojos, notando la pasión que comenzaba a brillar en la mirada chocolate.
–Claro. Pero eso lo debe hablar con mi esposo. –Le dijo comenzando a caminar, instándola a seguirle el paso. Era realmente bonita, traía una blusa de botones rosa suave y unos pantalones negros formales. Sus ojos resaltados por la sombra rosa y las espesas pestañas. La siguió desviando la mirada a los sólidos recintos, maravillada de su aspecto contemporáneo y fresco. Le amenizó la caminata con una cordial charla, hablando sobre ella por sobre todo. Pronto llegaron a un pequeño lugar, que debía albergar al menos dos oficinas y una pequeña recepción. Un joven de unos dieciséis años alzó la mirada al verlas entrar, sonriendo instantáneamente a Sango y luego la escudriñó con curiosidad. –Él es mi hermano Kohaku, Kagome, está a medio tiempo como secretario. Kohaku, Kagome será, si todo marcha bien, la tercera sirena.
El se levantó rápidamente e hizo una inclinación rápida, sonriéndole más brillantemente. –Seguramente lo será, hermana. Es muy bonita. –Alabó sonrojándola una vez más.
–Gracias. –Contestó bajando el rostro, tímida.
–Bueno, ahora la oficina de la derecha es de mi esposo y la otra es mía. Luego de que 'apruebes' la entrevista, Kohaku te llevará a dar una vuelta para que conozcas mejor el lugar. –Le guiñó el ojo antes de meterse a su oficina.
El joven castaño le miró con cariño. Le dijo en forma rápida que vería que su cuñado no estuviera muy ocupado, señalándole un sillón antes de meterse a la oficina de él. Tembló un poco con expectación, se sentó y cruzó las manos en su regazo. Era, por así decirlo, su primera entrevista formal. Deseó con fuerza que el señor Hoshi fuera tan amable cómo Sango.
Kohaku salió suspirando con algo parecido a la resignación, cerrando lentamente la puerta tras de sí. Kagome se levantó con prontitud, y el muchacho cambió el semblante a uno más relajado. –Puedes pasar. –Asintió brevemente acercándose a la puerta, con las manos sudándole mares.
Sin embargo, no esperaba que su futuro jefe fuera así…
Le miró con sus ojos azules con curiosidad. Eran tan oscuros que parecían querer confundirse con negro. El pelo desgarbado, como peinado solo con los dedos, pero algo estirado a la altura de las orejas, por lo que de seguro lo tendría atado. Vestido informal, un polo azul marino era lo que podía ver con el escritorio y la portátil obstruyéndole la visión. Le sonrió abiertamente antes de señalar con la mano uno de los dos asientos frente a sí.
–¡Caray! Kyohei dijo que eras bonita pero se quedó corto. ¡Eres toda una muñeca! –Le guiñó el ojo con coquetería y Kagome se enrojeció. –Si no tuviera a mi hermosa Sanguito te pediría un hijo.
–¡¿Qué?! –Soltó sorprendida con un naciente tic nervioso en la ceja. Él morocho se rió echándose hacia atrás. –Señor Hoshi…
–Oh, no, formalidades cero. La confianza entre empleados es vital para amenizar la convivencia, y lo prefiero así. Dime Miroku. –Borró un poco el semblante bromista para teñirse de seriedad. –Ahora, mira señorita Higurashi…
–Kagome, así es retroalimentado. –Se permitió sonreír un poco y Miroku le devolvió el gesto.
–Está bien, señorita Kagome. Esto no es más que mera formalidad, debo admitir que mi mujer y yo vimos varias veces tu actuación que era cautivadora. Pero parece que no te reconoció sin las pelucas. –Kagome se sonrojó un poco, porque aunque le gustaba ser reconocida le cohibía la abierta admiración a su trabajo. –Según me ha dicho Kyohei también eres una muchachita responsable a pesar de tu corta edad. Me he enterado de casualidad un poco de tu historia, lo que espero no te incomode, preciosa, pero en lo personal creo que ha madurado tu carácter y te ha dado entrega a lo que haces.
–Realmente amo al circo. Amo actuar, es una sensación increíble. –Susurró perdida en los sentimientos que sacudían su alma al ser el centro de atención. Miroku asintió viendo la pasión brillar en los ojos chocolate.
–Bueno, ahora las preguntas de rigor. –La joven se tensó en su lugar, comenzando a jugar con los listones en su muñeca. –No te asustes, no será nada muy privado. ¿Qué tan bien sabes nadar?
–Ah, esto… Sé lo necesario para no ahogarme.
Miroku suspiró. –Bien, eso es algo inesperado porque estamos buscando a la tercera nereida. Nada que un curso intensivo de natación y buceo no pueda resolver. ¿Tienes seguro médico?
–Privado. Sí.
Enarcó una ceja pero negó luego con la cabeza. –Está bien, aunque no tuvieras te lo proporcionaríamos nosotros. ¿Algún tiempo máximo en aguantar la respiración?
–Pues la última vez que lo intenté fue en un viaje a la playa con mis amigos del circo. Logré un minuto. –Musitó sin dejar de revolver el listón en su muñeca pero mirando fijo al moreno.
–Tendremos que superar eso, aunque ya iría incluido en las clases. –Le sonrió cautivador. –Eso sería todo por el momento, sólo falta que me digas cuando empezar tu entrenamiento.
–¡Mañana mismo señor!
Hoshi se rió encantado del entusiasmo de Kagome. –¡Perfecto! Sango te dirá los papeles necesarios para que legalmente trabajes aquí. Y tranquila, no te voy a pedir la autorización de tu tutor.
–Gracias. –Suspiró aliviada. Luego se mordió el labio inferior. –¿Eso quiere decir que estoy dentro?
–Te lo dije, lindura, estabas dentro desde que Kyohei te sugirió. Sé que tienes el talento para ser una sirena tanto o más cómo lo tuviste para ser acróbata y estrella del circo. –Angostó los ojos con mera simpatía. –Además con tu belleza serás una de las favoritas.
Le sonrió con más confianza, se veía a leguas lo don Juan que era su futuro jefe por lo que agradecía ya tuviese esposa. Una encantadora esposa.
¡Y estaba dentro! La adrenalina se estaba acumulando dentro de ella, junto con sus acelerados latidos y las ganas de gritar. Se levantó entusiasmada y agradeciendo con una reverencia, salió de la oficina. La sonrisa no se le podía borrar del rostro.
El hermano menor de Sango le dio un rápido recorrido y entre algunas historias y demás, la tarde cayó sobre ellos. Suspiró sintiendo la euforia controlarse en sus entrañas, debía regresar a… casa. Pero al menos, tenía el pequeño consuelo de que podría ser libre durante breves momentos.
Además tenía impuesto de nuevo el olvidar cualquier emoción, sentimiento o lo que sea hacia su tutor. Por supuesto que no era la primera vez, y después de haber sentido su cuerpo y el calor de su boca era aún más difícil aunque quería sumarle el dolor y la rabia de los tiempos de hambre que pasó en la calle, con la desesperación mezclada con el miedo a flor de piel.
Apretó los puños. Sí, podía sentir la ira, ese sentimiento de valor que acompaña al miedo, correr por su sangre. No debía ser débil, pronto podría independizarse (de nuevo) y ser legalmente libre, junto con su hermano.
Sintió tristeza, entonces, pensando en los años que había perdido sin saber gran cosa de él. Eso le motivaba a lograr una independencia económica fuerte para poder reclamarlo. Ese pensamiento le quitó un poco de peso a su corazón mientras retornaba a casa.
Sí, todo era por su hermanito.
Aún así llegar al departamento de su tutor, pensar en lo que habían hecho, le aturdía. Por ello se quedó mirando la puerta unos momentos, serenándose, antes de prender su teléfono que había estado apagado toda la tarde. Lentamente mientras el sistema móvil comenzaba a funcionar con normalidad, comenzó a vibrar enloquecido, marcando montones de llamadas perdidas y mensajes. Suspirando, lo guardó de nuevo y sonrió de lado antes de entrar.
Se escabulló dentro, usando la gracia obtenida de su posición acróbata, esquivando sirvientes chismosos que pudieran alertar de su tardía llegada. Sentía un poco de emoción, pues no mencionó a nadie que salía, además, ¿por qué habría de hacerlo? Era casi mayor de edad y había vivido suficiente tiempo en autonomía cómo para empezar a rendir cuentas a nadie. Pero eso no evitó que suspirara de alivio al verse al fin frente a la puerta caoba de su habitación. Más el alivio le duró por sólo dos segundos, tiempo en que entró.
–¿Dónde jodidos estabas? –Gruñó con furia Sesshomaru, pese a que su rostro estaba severamente tranquilo (parecía una máscara cincelada de frialdad) su tono de voz era escalofriantemente ardiente. No de deseo, sino de pura rabia. Incluso sus ojos brillaban casi rojizos, por ridículo que sonase. Se levantó de su cama, mostrando su altura con esplendor y ella retrocedió pegándose a la puerta de pura impresión.
Frunció el ceño antes de cruzarse de brazos. –¿Por qué habría de decirte nada? No es asunto tuyo. –Respondió luego de unos segundos de una campal batalla de miradas.
–Vives bajo mi techo, acatas mis reglas.
–¡No es como si estuviese por gusto! ¡Yo ya tenía una vida! Tú me estás forzando a algo que no quiero. –Sus ojos se llenaron de lágrimas sin desearlo, pero mantuvo su posición. –Además no tienes ningún derecho de estar en mi habitación.
–Tengo el mismo derecho que tienes tú de andar pululando por ahí… –Las aletas nasales del joven empresario dilataban con furia, se encogió un poco ante lo amenazador que se veía. Los ojos ámbar se deslizaron casi impúdicamente sobre su cuerpo. –¡¿Para quién te vestiste así?! –Rugió con furia, asiéndola por los brazos. Kagome cerró los ojos, el corazón latiéndole con furia en el pecho, y comenzaba a sentir miedo. Comenzó a temblar y él trastabilló rodeándola apretadamente contra sí, de un impulso terminaron en la cama. Kagome sintió parte del paso de Sesshomaru, así como su aliento en el cuello y su perfume penetrando en sus fosas nasales.
El respirar del mayor era errático y ella misma no podía controlar no temblar de miedo. Nunca le había visto perder el control, y se veía terrorífico en medio de su furia.
Tardó unos segundos en comprender el porqué de la nada se había enmudecido luego de ese arranque que les tumbó en la cama. Se removió nerviosa entre sus brazos para descubrir que él simplemente había colapsado sobre ella. Tuvo que estirarse mucho para poder ver su rostro, contraído en dolor y enojo, con un notable color rojo encima. Haciendo más esfuerzo pudo librar una mano y la acercó a su frente, donde sus mechones rebeldes se apegaban a la piel. Cuando rosó con la pura yema de los dedos su frente, supo finalmente que sucedía.
Estaba ardiendo en fiebre.
Se estremeció y no pudo evitar que su enamorado corazón se compungiera con esa información. Incluso tuvo el infantil impulso de abrazarlo más fuerte contra su pecho, dejándole reposar su cabeza entre el hueco de su cuello y su hombro. La preocupación iba creciendo en su pecho y pasados unos minutos se removió todo lo que pudo hasta que consiguió salir. El desmayado cuerpo masculino sobre la cama no dio seña de esto, quedando igualmente despatarrado sobre la cama en una posición que a leguas no se veía muy cómoda. Suspirando y con gran esfuerzo físico logró ponerlo en una postura más normal, cubriéndolo con su sábana y salió a buscar compresas frías para su frente.
«¡No debería preocuparme por él cuando se ha estado comportando cómo un soberano animal!»
Pero simplemente no podía evitarlo. Sus sentimientos seguían allí; lacerados y lanzados al fondo del pecho pero tan tercos, tan necios y aferrados, que no podía negarlo. Podría ser que lo odiaba, pero su amor era más intenso que su desprecio. Además, la excusa más fuerte para odiarlo, aquel diálogo burlesco y fatídico sobre sus padres, no había sido obra suya.
Seguía siendo un imbécil, la había sacado de su segundo hogar y arrebatado a su familia circense, e incluso planeaba controlar cada pequeño paso que daba, pero se sentía imposibilitada de odiarlo como se debía.
En las cocinas, y siendo ya tan tarde, no hubo nadie. Su estómago gruñó al recordarse que no había comido más que algodones de azúcar y un par de hotdogs que no podían entrar en la definición de comida decente. Se dispuso a hacer un suave caldo de pollo con arroz, y metió agua a helar en el refrigerador.
Con esa tarea en las manos, al pollo le faltaba terminar de cocerse ya, dejó que su mente divagara hacia su nuevo empleo. ¡Sería una sirena! El corazón se le regocijó y recordó que tendría que ir diariamente a aprender a nadar de manera fluida. El traje era seguro que se haría pesado y entorpecería sus movimientos, además que tendría que aprender a controlar el largo cabello que tenía y que sin dudas ondularía salvajemente a su alrededor. Aquello no amainó su emoción si no que le acrecentaba. ¡Ya casi podía escuchar los aplausos efusivos del público!
Con la sonrisa restablecida, cerró el caldo y vertió un poco en dos platos, tomó una bandeja, unos paños de cocina y el agua helada. Yendo hacia la habitación.
Agradecía el equilibrio obtenido para poder llevar todo calmadamente. Se acercó al cuerpo dormido del mayor, sin poder evitar posar su mano en la pálida mejilla masculina.
«Se ve tan vulnerable y solemne…»
Era tan atractivo siempre y aún durmiendo, con el gesto contrito por el malestar, parecía un ángel. Acarició su mejilla, con el corazón acelerado por los pensamientos que comenzaron a acudir a ella y las mejillas sonrosadas, antes de mojar las compresas que posó sobre su frente. Sesshomaru se agitó un poco, gruñendo ante el frío sobre sobre su ardiente piel.
Comió ella de su caldo, vigilando de cerca a la figura durmiente. En algún punto, él se despertó en medio de la inconsciencia de la fiebre, y aprovechó para darle de comer, cosa que hizo a regañadientes.
Estaba agotada por las emociones del día, pero cuidó de él hasta que su cuerpo se rindió a su lado.
No supo que se había ido la 'pequeña estrella' si no hasta que fueron cerca de las tres, cuando mandó a buscar por ella para comer. Respiró hondo y decidió no masacrarse con eso, ella no era su prisionera y podía pasear si quería.
Pero conforme pasaban los minutos no podía si no sentirse agrio y furioso. Desde que se había besado con ella en su oficina y ella había salido hecha una furia, no dejó de sentir una leve punzada en las sienes, y parecía aumentar cada segundo. Incluso podía sentir su sangre hervir pensando en que pudo haberse marchado con el estúpido de Okami.
–¡Amor! ¡No sabes! ¡Compré un par de cositas que te encantarán! Y las podemos probar en este momento… –Ronroneó su esposa enganchándose a su cuello, pegando sus cuerpos cómo si fuese una lapa. –Además, –prosiguió sin querer hacer cuenta del cuerpo tenso de su pareja. –me dijeron por ahí que esa niña malcriada salió, podríamos aprovechar. Tengo ganas de estar contigo desde hace mucho. –Y estirándose, comenzó morder y lamer el níveo cuello con ansias.
Entre su enfado y eso, simplemente se dejó hacer, besándola en cambio con furia, tratando de verter ese molesto sentimiento que parecía revolverle el estómago de tanto pensar en la chica Higurashi.
No era muy difícil excitarse con una mujer cómo su esposa; siempre parecía dispuesta a estar con él, tenía un cuerpo esculpido por horas en el gimnasio y era muy complaciente en la cama. Casi insaciable. Pero su mente estaba realmente encaprichada con evocar, mientras él despojaba a su mujer de la ropa y acariciaba sus curvas con severidad, el cuerpo fino tan de niña y mujer de Higurashi, de Kagome. Poniendo más ahínco, y sintiéndose casi mareado por la imagen y esos sentimientos negativos, se concentró en prácticamente hacer gritar a su mujer.
Claro, que su apasionado empeño no estaba necesariamente dirigido a su morocha esposa y no amainó la tormenta dentro de él, así como su sangre hirviente.
Lo que no supo entonces, es que simplemente estaba resfriado.
Sencillamente era tan extraño que enfermase que no recordaba siquiera la última vez que tuvo apenas un ataque de estornudos. Y estaba realmente preocupado por si había sido, ¡vaya eufemismo!, abandonado otra vez por aquella chiquilla. Dos factores de suma importancia, la ignorancia y la intriga, le hicieron seguir con su día, ignorando los intentos de modelaje que quería practicar su esposa, tratando entre líneas que ese encuentro apasionado se repitiera una y otra vez.
Cuando llegó la tarde, no podía más que sentir su cabeza palpitándole dolorosamente, así como el cuerpo ardiendo de tal forma que se puso una fresca camisa de manga corta a la que apenas abotonó un par de botones, y se encerró en el cuarto de la susodicha intrusa de sus pensamientos, prendiendo el aire acondicionado casi a nivel insano para tratar de contrarrestar que el calor que sentía. Y esperó, y esperó.
No contaba con que se le doblarían las piernas y el cuerpo le comenzara a doler, los músculos quejándose más que cuando se encerraba para hacer ejercicio. Simplemente se sentó a esperar en la cama, rumiando cosas negativas en la mente. Distrayéndose del dolor que iba en aumento y su respiración simplemente se alteró.
Luego de lo que consideró un largo, y tortuoso, tiempo, Kagome Higurashi irrumpió en la habitación, casi con un suspiro de alivio en los labios.
Le tomó un sólo segundo ver su atuendo, y sin más, explotó de ira.
Ella parecía una diosa gitana, y tenía aspecto cansado además de las mejillas arreboladas de un rojo muy sutil. Miles de preguntas pasaron por su mente, hacinando su mente de ideas perversas.
Vio rojo y después, la nada.
De manera intermitente, le pareció inundarse aún más del perfume de la chica. También sintió algo helado aplacar el ardor de su piel, y en otro instante un líquido caliente aliviar sus entrañas. Unas manos tan suaves cómo cálidas que le acariciaban pareciendo calmar al fin esa sensación incómoda que le aquejó el cuerpo en la tarde. Y luego un calor agradable a su lado, casi encima suyo, pero que le aliviaba y le colmaba.
No supo que era hasta que despertó la mañana siguiente.
Una mano fina y delicada se aferraba a su costado y una mata de cabellos ébanos le tapaba la visión del rostro femenino. El dulce aroma juvenil a jazmines y lavanda le aclararon inmediatamente quién era, además del cuarto repleto de máscaras. Kagura jamás tenía ese aroma dulce, y tampoco se aferraba desamparada a su pecho, así que era sencillo deducir quién era.
De un gesto, se quitó el paño casi seco que tenía en la frente, rodeando con el brazo ya la cintura de la chiquilla, comprendiendo la situación y por qué no recordaba estar ahí.
Sonrió un poco de lado, una sonrisa desganada y algo incrédula. El gran e indestructible Sesshomaru Taisho había caído presa de la fiebre. ¡Qué inverosímil!
Se sentía cómodo allí y el hecho de que le hubiese cuidado mientras él dormía le hacía sentir algo no del todo incómodo en el pecho. Acercó la nariz a su cabello y aspiró, su dulce aroma impregnándose por sus fosas nasales. Era una sensación extraña pero en cierta forma reconfortante. No recordaba haber estado simplemente recostado con una mujer entre los brazos, generalmente si las tenía así era con movimientos continuos y placenteros, no retozando apaciblemente.
Ella se removió en sueños y se acurrucó afirmándose aún más a su cuerpo, y luego soltó un suspiro placentero, casi un ronroneo, contra su cuello. Inevitablemente le hizo tensar y tener pensamientos que, realmente y por salud mental, no debería sentir hacía su protegida.
¡Maldita sea! Tenía frescos los recuerdos de aquella delicada musa vestida con transparencias que volaba como un hada entre aros y trapecios, cabelleras multicolor ondeando con sus movimientos cadenciosos, pedazos de piel lechosa expuestos tentativamente con una sonrisa seductora en labios carmín. La única mujer que le despertaba tanto deseo cómo ternura, algo estúpido siendo que se movía para provocar pero aún así embelesador. Esa mujer, que tenía la gracia de un cisne, era tan deliciosa que no por nada tenía miles de admiradores. No por nada ostentaba máscaras que llevaban piedras preciosas, regalos de sus más fervientes admiradores. La bella Butterfly, que rompió su serenidad al enterarse que la mujer que más deseaba, era la misma que estuvo buscando por años.
Se giró hacia ella y apretó con cuidado el menudo cuerpo entre sus brazos hacia su pecho. Respiró profundamente. Era políticamente incorrecto lo que pensaba, y lo que hacía, pero por alguna condenada razón no podía evitarlo. Miró el rostro de Kagome, así mientras dormía con los labios un poco entreabiertos, se veía vulnerable y angelical, tenía la piel completamente libre de cualquier impureza y la piel con un bronceado ligero, dejando el área de los ojos imperceptiblemente más clara. «La máscara» pensó de inmediato y delineó suavemente los contornos de su rostro. Piel suave y virginal.
El pensamiento de qué tan lejos pudo haber llegado con Okami le asaltó, haciendo bullir sus entrañas de enojo y simplemente envolvió sus manos sobre su cintura emulando cadenas. La figura durmiente soltó otro suspiro pero pareció satisfecha de la postura, totalmente inconsciente de la furia de su compañía.
¡Algo debió haber pasado entre ambos! No se puede estar tanto tiempo juntos sin siquiera besarse, pero no estaba seguro de si deseaba enterarse. Era demasiado. Prefería pensar que aquella sensualidad que derrochaba 'Butterfly' se debiese a algo natural y no a la experiencia otorgado en medio del placer. No soportaba las miles de imágenes de la morena envuelta en placer en brazos de Okami, ¡y no sólo de Okami!, ¡tenía miles de admiradores! Ella fácilmente podría escoger a uno con un guiño y una sonrisa y listo.
Siguió estudiando su rostro con esa emoción furiosa dentro de él. Las mejillas las tenía levemente sonrosadas y sus ojos tenían una cortinilla de negras pestañas, que se removían un poco de vez en vez, parecía sonreír levemente con los labios entreabiertos. Labios sonrosados y carnosos que le llamaban intensamente a algo que realmente no deberían llamarlo. Tragó duro y decidió pensar en otra cosa.
Cómo por ejemplo, ¿a dónde se fue tan temprano para regresar tan tarde?
La pequeña ebullición de entrañas le hizo pensar, de nuevo casi enfermizamente, que quizás fue a encontrarse con un hombre. Iba bien arreglada, aunque regresó algo desgarbada, y tenía el pelo revuelto. Pero el hecho de que la tenía entre los brazos se lo negaba. No olía a otro hombre, es más, no olía a hombre.
Notaba, en cambio, una nota de olor dulzón cómo azúcar y algo como marino. Un difuso olor a animal mojado. Arrugó la nariz, ¿se fue a chapotear con un montón de perros? Pero era preferible esa mota de olor animal mezclado con caramelo del barato que oler alguna colonia masculina.
Cerró los ojos sintiendo simplemente la calidez de la niña, su olor, y los latidos apacibles de su corazón. Era un dulce arrullo y él no estaba todavía completamente sano. Pronto se quedó dormido.
N.d.A: ¡Hola! ¿Me extrañaron? Yo los extrañé un montón, y bueno, heme aquí. Con los brazos abiertos y el corazón en la mano (?)
Para los que se hallan espantado con mi desaparición... Bueno, estaba estresada con el ingreso a la universidad y pues tuve ciertos problemas. Sólo quiero decirles una cosa: La universidad no es como American Pie, ni como nos lo pinta Hollywood. e.e
También espero que no se noten mis problemas con las escenas Hot... soy lerda y me ha costado ponerlas de modo que resulten lo menos ofensivas posibles... Sí, sé que no hay mucho limón aquí. Y he cambiado un montón de cosas de lo original porque... porque era muy Duh, xD y ustedes merecen que me esmere.
¿Ya les dije que les quiero? ¡Denme su amor! (?)
Besos.
Ángel.
