Disclaimer: Los personajes de GoT no me pertenecen, son propiedad dr R.R Martin y la HBO

Advertencia: Semi UA, ligero Occ

Rated: T por ahora.

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Abaddon Dewitt


Es curioso cómo siempre queda algo de inocencia que perder.

Dishonored


Sansa

Perdió la claridad de su nombre, apenas recordaba cómo se escuchaba en la punta de su lengua, había prohibido nombrarlo siquiera, pero a veces el destino es caprichoso, aun que con ella casi siempre lo es. Había un innumerable cúmulo de mitos y leyendas que se alzaban a sus pies, formando un muro inalcanzable para lo que se consideraban simples mortales, se había vuelto una especie de deidad monarca que gobernaba con sabiduría y justicia a los norteños. Y entonces en la profundidad de sus deseos más oscuros, anhelaba volver a ser Sansa, la niña llena de sueños que ansiaba conocer el mundo de la mano de un príncipe con armadura que le jurara amor sincero y puro. Que lejos estaba de ese destino utópico, que necia fue, y las consecuencias estaban grabadas en su piel.

Se miró al espejo desnuda, atendió a la piel pálida de su cuerpo, una red de cicatrices la tejían desde las clavículas hasta el vientre, sus pechos, esos que debieron ser para amamantar a sus hijos estaban desfigurados, sus costillas aun mostraban rastros de crueldad con las marcas que se abultaban una sobre otra en distintas cruces mordaces que se apoderaban de su cuerpo. Y sus brazos, quedaban marcas blancas de latigazos recibidos sin compasión, se estremeció, esa no era Sansa, Sansa estaba muerta.

Sus dedos rozaron cada parte de su cuerpo, percibió la calidez que desprendía, sin embargo notó su resistencia al frío, no la de un norteño cualquiera, sabía que haber crecido en un lugar como Invernalia, había causado en ella una resistencia al cruento clima de manera amena, pero desde que fuera enviada al misterio más allá del norte, se percató de que podía pasar horas bajo una tormenta de nieve, y así, desnuda, podría sobrevivir. Su cuerpo estaba curtido. Acarició lo que antes fue piel suave, ahora áspera y abultada, sus dígitos temblaron conforme llegaron a los pezones, el seno derecho había sido desgarrado sin reparo alguno por Ramsay, entre toscas mordidas que la desangraron, y puntos desiguales cerraron la carne, dejando un bulto deforme en el cual a veces Jon se recargaba; sonrió con amargura. Su hermano, le dijo que era hermosa, por un tiempo le creyó, le gustaba la mirada tierna con la que Jon admiraba su desnudez, cuando su cuerpo ansiaba el calor entre sus piernas y su boca jugaba con sus pechos, bebiendo de ellos como si se tratara del vino más dulce. La mano izquierda se condujo lentamente hasta debajo del ombligo ahora casi inexistente, reemplazado por cortes viejos que parecían a veces dolerle, y se topó con la mata de vello delgado que le adornaba el pubis.

A Sansa le gustaba recortar el vello entre sus piernas de manera que se viera más delicado, más apetecible para Jon, normalmente aquel era solo un lujo, para las cortesanas más caras, aquellas que servían a reyes y lords, una dama no debía cometer esos actos pecaminosos, pero ella había dejado de ser una dama hacia tanto tiempo. La costumbre se había vuelto cotidiana pese a que hace ya más de un año que Jon no compartía su lecho.

Suspiró hondo al sentir sus dedos hundiéndose en esa cavidad que le provocaba un placer delicioso, si el fantasma de Catelyn Tully la contemplara, seguramente la abofetearía hasta dejarle el rostro hinchado, pero Catelyn estaba muerta y era mejor dejarla así. Cerró los ojos con fuerza cuando apretó el punto más sensible de su ser, moliéndolo en movimientos suaves y constantes, recordaba el tacto de Jon, su lengua deslizándose de manera juguetona, sus dientes mordiendo con gentileza la carne blanda, y sus manos amasándole las nalgas, entonces una oleada de placer la hizo tumbarse en la cama, anhelando el tacto de ese hombre, ansiando con insana necesidad su cuerpo para calentarla, para hacerla sentir un ser humano… Y su orgasmo se la llevó junto a todas las cargas en la espalda, la desvaneció sobre las sabanas con palpitaciones intensas entre las piernas y el corazón desbocado, entonces llegó el llanto.

Sollozó con amargura.

La puerta sonó e inmediatamente atendió con voz entre cortada, tratando de mantenerla firme, se cubrió con una bata y se secó el sudor.

—Diga… —contuvo el nudo en su garganta.

—Mi rey, el consejo llama su presencia, —escuchó del otro lado.

Se quedó en silencio escuchando los pasos alejándose. Miró a su costado la ropa que la esperaba y con parsimonia se dedicó a cambiarse.

Caminó entre los pasillos, sus botas resonaron contra el piso de piedra y la tela de su capa se arrastró por el suelo provocando sonidos secos que la acompañaron, llegó hasta la puerta de madera, la que abrió con calma, divisando el interior. La estancia estaba bien alumbrada, a pesar de la nublazón afuera, la chimenea crepitaba y las velas danzaban provocando un juego de luces que en otro momento le hubieran parecido bellos, pero que ahora eran una banalidad. Tomó el asiento a la cabeza de la mesa y miró a las personas a su alrededor.

—Daenerys Targaryen ha enviado un cuervo, —escuchó la voz grave de un hombre a su izquierda.

Fijó sus ojos azules en él, la mirada cinica había regresado y por un instante se sintió feliz de saberlo reparado, los retazos de Theon Greyjoy estaban en marcha nuevamente, cosidos uno a otro con el tacto de Asha Greyjoy.

—¿Y qué decía? —preguntó ella mientras se acomodaba sobre su silla, mirando atentamente al hombre que respiró incómodamente con su mirada en él, pudiendo reconocer cómo cualquiera se amedrentaba en su presencia.

—Vendrá al norte, hará una inspección de la situación, las cosas en Desembarco del Rey tampoco son muy alentadoras, alteza, —replicó una mujer.

Brienne dirigió sus sinceros orbes a su rey, un destello de preocupación se divisó y Stark asintió meditando sobre lo sucedido, hasta llegada la voz gruesa y rasposa de un hombre que parecía entre molesto, divertido e iracundo.

—Ese hijo de puta, Jon tardó más de ocho meses en convencer a la mujer, —fue una recriminación áspera que le supo amarga a Sansa.

—Tal vez necesitaba calentarle el coño para convencerla de ceder, ya saben, los Targaryen incestuosos, —el comentario que devino por parte de Theon no ayudó.

Bajo la mesa, Sansa tensó el puño y sus ojos inquisidores hicieron callar los murmullos subidos de tono que comenzaron entorno a Jon y Daenerys, la nueva reina de poniente. El puño del rey golpeó la mesa, dejando en silencio la sala, y con las miradas ligeramente ensombrecidas, hablar de Jon en esa mesa era un tema delicado.

—Una disculpa, mi rey, —agregó Theon y a cambio sólo recibió una mirada blanda que confirmaba la aceptación a sus palabras descolocadas.

—Como fuere, la ayuda de Targaryen será bien recibida, en tiempos de austeridad no estamos para ser quisquillosos con un titulo o línea de sangre, —la voz del rey era absoluta, llena de una sabiduría que pareciera ancestral, nadie podría negar que estaban frente a su monarca—, Jon hizo un buen trabajo, pero también debemos recordar que él es un Targaryen, no puede darle la espalda a su familia.

Su voz aparentó ser firme, la rectitud de sus actos era comparable al honor de Eddard Stark, y entonces evocó el sentimiento de respeto que todos tenían a su persona, pero debajo de la mascara, sus oraciones se le antojaron amargas, casi vomitivas.

El coño rubio y caliente de Daenerys Targaryen, si supo cogerse a un Khal, qué no hará con un hombre que vivió en la austeridad del muro.

La relación entre la reina dragón y el ex comandante de la guardia nocturna era un secreto a voces, uno que desgarraba lo que quedaba de Sansa Stark, y entonces recordó: Soy un rey antes que una mujer.

La conversación se alargó más de lo esperado, debía recibir las caravanas de suministros, administrar las bodegas, prepararse para las largas noches que se avecinaban. Había planeado un viaje al muro luego de recibir a la Targaryen, tal vez invitarla a dicho lugar. Aun que eso no amainaba la chispa de celos que se vislumbraron en sus ojos cada vez que alguien mencionaba el afamado rumor sobre las bodas entre los Targaryen.

Ella misma preparó la montura de su caballo, había adoptado una costumbre ancestral de su familia, lo hizo su señor padre, el padre de su padre y así en sucesión hasta llegar al fundador de la honorable casa Stark. Visitó el bosque de los dioses, sentándose a pies del árbol corazón, el viejo arciano que hubiera sobrevivido a esos años oscuros que le causaban un escalofrío en toda la columna. Sansa Stark está muerta. Desenvainó su espada, comenzó a afilarla con suavidad, meditando.

En sus adentros, guardaba la esperanza de que Jon pudiera llegar en cualquier momento, acompañarla en silencio, observarla sonreír al recordar momentos de su infancia, pero no fue así. Todos se van, tarde o temprano. Suspiró cansada, e hizo un gesto con la mano.

—Adelante, puedes sentarte —invitó.

—Gracias mi señor, —articuló la voz característica de Melissandre.

No negaba que aun había cierto dejo de desconfianza hacia la sacerdotisa roja, pero por ahora, ella era una compañía a la que no se iba a negar, tal vez su contacto con otros era para asegurarse de que aun era un ser vivo, un ser humano… que aun era capaz de sangrar.

—He visto la llegada del príncipe prometido a sus tierras, —comentó de manera seca a modo de dar cabida a una conversación.

—Sí, enviaron un cuervo desde la fortaleza roja, —respondió el rey—, con su ayuda acabaremos con este infierno…

—Si bien, la ayuda de la reina de poniente es algo importante a la causa, le recuerdo que usted es el rey, y el rey tiene más valía en el campo de batalla que un príncipe prometido…

—Los príncipes heredan a los reyes, no te olvides de eso, —contestó de una manera amarga, tanta que notó cierta empatía de la bruja hacia ella.

—Pero ella nunca gobernará el norte, recuérdelo mi señor.

La miró levantarse con esa gracia que la caracterizaba, alejándose lentamente volviéndose una borrosa mancha roja.

Los días transcurrieron con cotidianeidad, se levantaba al alba, se dirigía a orar en el bosque de los dioses y luego entrenaba, le gustaba blandir una espada, no esperaba que ello fuera casi como danzar en un gran salón lleno de señores y señoras que prestaban atención a sus gráciles movimientos, sólo que ahora el gran salón era el patio del castillo, y los lords eran los soldados que la observaron con grata devoción. Su frente se perlaba de sudor, y sus músculos se tensaban, perdió la noción del tiempo hasta que su estomago protestó de hambre. Respiraba con la boca abierta, mirando el suelo y sosteniendo su peso con la espada, nuevamente un nudo le ató la garganta, su puño apretó con fuerza la empuñadura. Soy un rey antes que una mujer.

Se irguió solemne como siempre y Brienne atendió a ella colocándole la capa sobre los hombros, conduciéndola al interior del castillo.

Se tumbó boca arriba en la cama, observó el techo detenidamente mientras acompasaba su respiración con los latidos de su corazón, sus dedos rozaron el peto de la armadura, no podía separarse de ella, nunca lo haría. Una lagrima traidora se asomó en el rabillo del ojo y escapó ingrata por su sien, y tras ella le siguieron otras, pero no hubo muecas en su rostro, simplemente salían.

Cerró los ojos… Una vez tuve un sueño.

Sus manos ensangrentadas se aferraron con fuerza en la empuñadura, sus heridas se cerraron en un proceso doloroso, su carne se congeló y sintió el beso de la muerte en la nuca; abandona tu humanidad y conviértete en un rey. Un tirón despiadado, un grito desgarrador, su cuerpo dejó de temblar y fue un canto de guerra, salvaje, furibundo, anunciando el nacimiento de un rey, la leyenda del hombre renacido en las entrañas del invierno. Los huargos aullaron venerando la noble sangre del monarca que se coronaba y entonces la nada…

Despertó bien entrada la noche, aun tenía la armadura puesta. Se liberó de ella lentamente, aun le causaba horror ver su brazo izquierdo decorado con vetas de un azul profundo y brillante. Un tatuaje que le remarcaba su ausencia de humanidad, se estremecía de miedo. Se acostó tratando de conciliar el sueño observando el cielo borrascoso, y lentamente cayó en los brazos de la noche, arrastrándose a un lugar donde no existían los terrores.

Por la mañana, fue recibida con el olfateo húmedo de alguien bien conocido, aun con modorra contemplo el enorme hocico de un huargo, Noche de invierno. Le acarició la cabeza con gesto amable y el animal respondió con un suave chillido de complacencia.

Recordó la noche que lo encontró aun siendo cachorro, recordaba haberle suplicado a Jon quedárselo, pese al carácter osco que presentó al comienzo, llegando incluso a morderle la mano, pero Sansa fue persistente, lo alimentó, acunó y procuró ganándose su confianza, el recuerdo de Dama le traía tristeza, los ojos de Noche de invierno le causaban paz, un ápice de esperanza, si bien, el huargo no reemplazaría a su anterior, tampoco podía no darle un lugar, luego de viajes juntos. Y de alguna manera, el animal le daba mayor autoridad y seguridad.

Ella partió más allá del muro a lomos de un caballo tan blanco como la nieve y un huargo tan negro como la noche más oscura.

Noche de invierno retozaba a pies del trono, el rey sentado con solemnidad sobre el lugar que alguna vez ocupo Eddard Stark, se encontró frente a frente con Daenerys Targaryen, la reina dragón la retó con esos ojos violetas que bajo la oscuridad brillaban acechantes, pero había terrores más perversos que el de esa mirada sedienta de sangre. su primer encuentro no había sido muy ameno, aun cuando la reina de poniente había sugerido que no esperaba la presencia de una mujer en el trono del norte, aun que pese a ello, su pequeño cuerpo impusiera una autoridad incuestionable para todos los norteños.

—Enviaré tropas, alimento y lo que más pueda, —declaró con sabor seco.

—Las recibiré con humildad su gracia, —las palabras del rey fueron sinceras, y cargadas de agradecimiento.

Tres días atrás, Daenerys contempló con sus propios ojos el terror, los caminantes blancos se escabulleron hasta una villa cercana, fue un ataque inesperado, casi imposible, nadie daba crédito a lo sucedido y entonces miró al rey del norte montar con espada en mano, y al alba la observó regresar cubierta de sangre, sangre de sus hombres, y con un penetrante olor a muerte y cansancio. Sansa supo que ganó la credibilidad de la reina de poniente, entonces cayó de rodillas, cansada, hastiada de todo queriendo únicamente dormir.

—Volveremos a vernos pronto… Rey del norte.

—Eso espero, alteza.

Se miraron a los ojos, formando una alianza, olvidando los egos, dejando la transparencia de dos almas que tratarían de luchar contra la oscuridad, una a fuego de dragón, la otra a tormentas de hielo.

Cuando Daenerys partió, Sansa pudo respirar, echo la cabeza hacia atrás, entonces una mano de metal cayó sobre su hombro.

—Estás a salvo por ahora Jaime, —susurró—, ahora hay que prepararlo todo, partiremos en una semana.