Bella POV – Cinco

Estaba en la casa de Edward. Estábamos teniendo una pijamada, como las solíamos tener los sábados. Era de noche ya, no demasiado oscuro, pero lo suficientemente oscuro para ver las estrellas. La noche era muy clara, sin nubes, lo cual era raro en Forks. Siempre era lluvioso en Forks. Estábamos tumbados en la hierba en su patio trasero, mirando hacia el cielo. El césped estaba un poco húmedo, pero no nos importaba. La parte superior de nuestras cabezas se tocaban mientras estábamos tirados en la hierba. Estábamos haciendo figuras en las estrellas.

–Ahí hay una cara sonriente,– le dije. Levanté mi mano y tracé el contorno en el cielo.

–Ahí hay una nave espacial,– dijo Edward. Miré hacia donde él estaba señalando. Simplemente parecía un revoltijo de estrellas.

–Ahí hay una flor–, le dije. Seguí la línea que eran el tallo y los pétalos, mi dedo revoloteando en el cielo.

–Sigues viendo cosas de niñas–, se quejó Edward.

–Bueno, tu sigues viendo cosas de niños,– repliqué. Pensé por un minuto. –Edward, ¿cuál es la diferencia entre las niñas y los niños?– Le pregunté.

–Oh, eso es fácil. Las niñas tienen el pelo largo y los niño no,– dijo simplemente.

–No porque mi Abuelita tiene el pelo corto y es una chica–, le contesté. Edward frunció la frente al pensar.

–Bueno a las niñas les gustan las cosas de niñas. Como vestidos y muñecas y flores. Y a los niños les gustan las cosas de niños como el fútbol y el barro y los superhéroes–, dijo finalmente.

–Pero me gusta el fútbol y el barro y los superhéroes–, dije en voz baja. Yo siempre había sido marimacha, ya que había tenía un mejor amigo niño. –¿Eso significa que soy un chico?

–No, sólo significa que eres una chica rara,– contestó Edward. Puso mala cara y mi labio inferior temblaba. –No llores Bella. Lo siento.– Se deslizó hacia mí y pasó un brazo alrededor de mis hombros.

–¿Qué está allá arriba Edward? ¿En las estrellas?– Le pregunté.

–El cielo. Planetas. Aliens–, dijo en una voz espeluznante. Me estremecí.

–¿Qué más?

–No lo sé. Muertos.

–¿Muertos?– dije.

–Sí. Cuando mi Abuelita murió Mamá dijo que estaba en el cielo. En las estrellas–, respondió finalmente. –Yo no lo entiendo bien. Si ella está en el cielo, ¿por qué no se regresa? La extraño.– Abracé a Edward alrededor de su vientre. Sus ojos estaban llorosos y parecía que iba a llorar. Edward casi nunca lloraba, así que sabía que él estaba realmente triste. Lo abracé más fuerte.

–Tal vez no pueden–, le contesté. –Tal vez ellos tienen que quedarse allá arriba.

–Pero ¿por qué se fue en primer lugar?– Sentía como si fuera a llorar. Siempre lloraba cuando Edward lo hacía.

–No sé. Tal vez no tienen elección.

–Tal vez.

–Tal vez un día, ¿podamos subir a las estrellas y ver a tu abuela?– Le sugerí. Me encantaría ir a las estrellas con Edward. Me encantaba ir a cualquier lugar con Edward.

–Me gustaría eso. Podemos tomar una nave espacial y volar por ahí. Y entonces podríamos ver a mi Abuelita.– Tenía una sonrisa en su rostro y se veía más feliz. Me puse de pie.

–¡Vamos a jugar al cohete!– Chillé. Comencé a correr por ahí con mis brazos a mis lados, haciendo ruidos de cohetes.

–Eso es un avión, Bella– dijo Edward, pero él se reía.

–Así que vamos a pretender que son cohetes–, le contesté. –¡No puedes atraparme!– Comencé a correr más rápido, riendo y Edward se acercó corriendo detrás de mí. Siempre fue mucho más rápido que yo. Él dijo que era porque los niños eran siempre más rápidos que las niñas, pero yo no lo creía. Yo era más rápida que Mike Newton. Pero, de nuevo, Mike Newton nunca fue muy niño.

–¡Te tengo!– Edward llamó. Se lanzó y envolvió sus brazos alrededor de mi cintura y ambos caímos al suelo, riendo.

–¿Edward?– Le pregunté cuando recuperamos nuestra respiración.

–¿Sí?

–¿Me quieres?– Le pregunté. Tenía la esperanza de que lo hiciera. Mamá y Papá siempre decía que se amaban desde que se casaron. Y Edward y yo íbamos a casarnos cuando tuviéramos seis.

–Sí. Eres mi mejor amiga,– dijo.

–Yo también te quiero,– le respondí. Bostecé y mis párpados empezaron a caer. Puse mi cabeza sobre el pecho de Edward.

–Buenas noches, Edward,– dije. Mis ojos se cerraron y empecé a alejarme de la realidad.

–Buenas noches, Bella.