Dudas

Organizar la Navidad en el Santuario estaba resultado un asunto mucho más difícil y estresante de lo que Shion había previsto en su visión más pesimista.

Primero… él no sabía nada de la Navidad.

Nada de nada.

Para empezar, no era humano. No existía algo en su cultura que lo vinculara ni siquiera tangencialmente a la fiesta. Las únicas celebraciones no-lemurianas que su pueblo había adoptado eran dos o tres, tomadas de esas tierras que ocupaban desde hacía milenios, los Himalaya, y sólo las festividades más antiguas y elementales. Habían sido estrictos a la hora de marcar una diferencia entre ellos y los pueblos humanos.

Segundo: No era el único en esa posición. Quizá a los que sus raíces sí estaban ligadas a una cultura que incluyera esas festividades típicas de occidente o, como los japoneses, que las habían adoptado por A, B o C motivo, podría entusiasmarlos a la larga, muchos, incluso, debían de recordar alguna Navidad normal en algún momento de su niñez antes de llegar al Santuario. Pero otros como Mu o Shaka, por ejemplo, quizá se sumarían por ser una orden emanada de la mismísima Atenea, pero nada más.

Pero sería un comienzo…, pensó. ¿Un comienzo de qué?

Sacudió la cabeza, era una orden arbitraria ¿Por qué esa fiesta y no otra? ¿no cabía la posibilidad de terminar con medio Santuario exigiendo sus propias celebraciones? Ya lo había dicho: jamás se había celebrado una ceremonia ajena al culto a Atenea dentro de los límites del Santuario. Ni siquiera cuando ya la Orden estaba compuesta de gentes venidas de, literalmente, todos los rincones del planeta.

Nada, ni ritos hindúes, budistas, musulmanes, católicos ni lemurianos. Ni siquiera el día Nacional de la Grecia moderna.

¿Por qué empezar con ésta y no con otra?

Pero era su diosa, era una orden y desobedecer no era opción.

Nada, no sé nada, repitió por enésima vez dentro de su mente, mientras se reacomodaba, también por enésima vez, en el sillón. Llevaba así alrededor de una hora, después de despedirse de Atenea.

- Suficiente – dijo en voz alta, rompiendo el profundo silencio de su despacho -. Hay un modo simple de solucionar esto -. Concluyó, poniéndose de pie para dirigirse al Salón Principal.

Pero antes de que pudiera llevar a cabo su idea, llamar a Shura y Aldebarán, un cosmo hizo contacto con el de él y a los pocos segundos, cuando dio a entender que permitía el contacto, la voz del caballero del Cisne resonó en su cabeza.

- Su Santidad – dijo -, necesito hablar con usted.

Iba a replicar que estaba algo ocupado y que le daría una audiencia para el día siguiente, si no era una emergencia (y no parecía serlo), cuando resonaron las cuatro palabras mágicas:

- Señor… es sobre la Navidad.

Shion se detuvo de golpe: Hyoga del Cisne, Católico (ortodoxo, lo más probable). Y lo estaba llamando por el tema del momento. Podía ser buena idea escuchar qué tenía que decir.

- Perfecto, preséntate hoy después del anochecer – respondió, terminando de erguirse -. Le pediré a Atenea que esté presente.

Casi da un salto ante el "grito" del ruso.

- ¡No! por favor. Necesito hablar con usted en privado, antes.

Dudó un poco antes de ceder.

- Está bien: En mi despacho al anochecer.

Cortó el enlace y pensó un par de segundos. De todos modos citaría a Tauro y Capricornio. Entre más ideas, mejor.

- ¡Aldebarán, Shura! – llamó por cosmo, de nuevo – ¡preséntense en mi despacho al anochecer!

- Sí, señor – llegó claramente la respuesta.

Terminó de levantarse y se encaminó a su escritorio. Tenía más tareas de qué ocuparse y mientras no se reuniera con ese trío, sería poco lo que podría avanzar en el tema "Navidad".

ooOoo

Hyoga sabía que, si quería que todo ese asunto resultara medianamente bien, no debía permitir que Saori se saliera del todo con cualquier idea que tuviera en su cabeza, por mucha buena voluntad que ella tuviera. Estaba al tanto, por conversaciones con Mu, que Shion no tenía ni la más pálida idea de qué trataba la Navidad y, por tanto, cedería fácilmente a las sugerencias de la muchacha por considerarlas órdenes.

No esperaba tener una festividad a la rusa, pero por lo menos quería algo "decente", aunque no dudaba que visualmente, por lo menos, lo que pudiera ofrecer Saori sería atractivo, pero él quería algo más que sólo adornos, cómo ya había dicho. Después de todo, para una inmensa mayoría, sería "la" primera Navidad de sus vidas.

Por eso, ahora trepaba rumbo a su reunión con el Patriarca, acompañado de Aldebarán esperando alcanzar la Décima Casa para que se les uniera Capricornio. Le había explicado la situación en pocas palabras a Tauro y el brasileño había estado de acuerdo con él.

No les gustaba la idea de imponerles la festividad a sus compañeros, pero órdenes eran órdenes, incluso en este ámbito; quizá él podía abstraerse y desobedecer a Saori si lo consideraba necesario (de algo que sirviera criarse viéndola solo como una muchacha y no como una diosa), pero para Shion y cualquiera otro que se hubiera criado en el Santuario, desobedecerla sin un buen-buen motivo, estaba descontado.

Si debía ser, que fuera del mejor modo posible.

ooOoo

Una serie de órdenes poco usuales recorrieron el Santuario de arriba abajo, unas tres semanas antes del fin del año.

Órdenes directas, emanadas desde la propia diosa. Instrucciones detalladas sobre que debían permitir y colaborar en las actividades de fin de año que se organizarían.

Los Doce fueron convocados para recibir las instrucciones directamente de labios de Atenea.

Varias cejas se alzaron, incluso en el par que no necesitaba de esa reunión pues, a pesar de estar al tanto de la mayor parte del plan, no esperaban que se les comunicara que podían invitar a quiénes quisieran (sí, por un momento se habían resignado a pasar la fiesta sólo con sus compañeros), previo aviso detallado de los civiles que ingresarían al Santuario.

Para algunos les era completamente desconocido qué se tramaba, a otros no les era tan ajeno y dedujeron lo que pretendían las altas esferas, aunque no se esperaban algo así y por años ni siquiera consideraron la posibilidad de revivir esos recuerdos, otros se quedaron en un punto medio, tratando de rescatar una memoria demasiado perdida en el tiempo, escondida tras los miles de acontecimientos de sus vidas.

La niñez, el último contacto real con el mundo externo, estaba lejos para todos. Perdida tras años de entrenamientos, dura disciplina militar, traiciones, guerras, muertes y un juramento que los condenaba a vivir aislados de todo.

Una rubia ceja se alzó aún más que las del resto. Pese a lo que todos creían (lo habían metido en el mismo saco que a Mu), comprendía perfectamente qué pretendía Atenea. Contrario a los demás, para los que criarse en el Santuario los había alejado de las fiestas tradicionales de occidente, a él lo había acercado. Sabía perfectamente qué era la Navidad… y tenía sus propias ideas sobre todo eso.