2

Escuché un ladrido y no me dio ni tiempo a reaccionar cuando algo se me lanzó encima tirándome al suelo mientras sentía como algo baboso acariciaba mi rostro.

-Ya, ya… ¡Chucho ya!- Dije riéndome mientras lo separaba de mí y me levantaba sin dejar de acariciar la negra y peluda cabeza de mi mascota.

-Oh así que ese animal es amigo tuyo- Escuché que decía la misma voz del hombre que nos había salvado de aquellos Trolls. Era un hombre mayor, con una gran barba y cabello canoso, vestía un túnica gris con un alto y puntiagudo sombrero, y se apoyaba en un alargado bastón.- Me lo encontré cuando venía en vuestra búsqueda y fue él el que me guió hasta vosotros.- Explicó mirando a los enano, los cuales algunos ni siquiera les prestaba atención.

- Solo es un crío…-Dijo uno de los enano, resaltando la palabra "crío" como si así fuese a molestarme. A mi parecer, aquel enano era más alto que los demás, con pelo negro y una voz seria que imponía respeto. – No hay poblados a kilómetros de distancia. ¿De dónde vienes?-

-Me perdí hace tiempo… Ahora supongo que solo viajo… Busco aventuras- Dije intentando ser lo más convincente posible, en verdad, ni siquiera sabía que hacía aquí o como había llegado. Solo sabía que estaba en la Tierra Media, junto a unos enanos, un mediano, un mago y… Mi perro.

-¿Un busca aventuras? Curioso el destino – Dijo el anciano mientras se daba la vuelta y miraba las figuras de piedra con forma de Trolls- Sí, muy curioso- Susurró, dejándome un poco confundido, y por las caras de muchos enanos y del Hobbit, no era el único.

El enano que me había hablado anteriormente y que no me pareció muy simpático le había echado una mirada acusadora al anciano de prendas grises.

-No vendrá con nosotros, Gandalf- Sentenció con voz seria. ¿Gandalf? Ese nombre… ¿De qué me sonaba?- Ya tenemos bastante con un estorbo-

Mis ojos se dirigieron a Bilbo nada más oír la palabra "Estorbo". ¿En serio? Mi mirada ahora se clavaba en el enano que había dicho, no tenía nada que ver conmigo, pero me sentí ofendido.

-Al menos al "estorbo" se le ocurrió ganar tiempo.- Dije en voz alta, haciendo que algunos que hablaban se callasen y dirigieran sus ojos a mí, y que aquel enano se girara para mirarme con una expresión que reprimiría a cualquiera, pero no a mí, al menos no lo quise aparentar- Quizás si no fuese por eso más de algunos de tus compañeros estarían en las tripas de esos seres. Tal vez no sea tan inútil como piensas- Dije firme, sosteniéndole la mirada, mientras que sentía miles de ojos mirándome como diciendo "A este se le ha ido la cabeza".

-¿Y quién eres tú, niño, para contradecirme nada?- Preguntó dando unos pasos a mi dirección. Su voz imponía, todo él lo hacía. A pesar de ser más alto que él, me sentí como una simple hormiga a su lado, pero no iba a darle el gusto de que él lo supiera.

-Dejemos las disputas más tarde.- Se interpuso Gandalf para mi alivio- Hacia tiempo que los Trolls no se aventuraban tan al sur. No han podido desplazarse de día…-

-Tiene que haber una cueva…- Dijo el enano desviando la mirada de mí y mirando hacia los alrededores. Gandalf y él empezaron a caminar hacia alguna dirección y los demás empezaron a seguirlos.

Entonces… ¿Puedo acompañarlos o…?

Unas manos que se posaron en mi espalda me dieron un empujón que me obligó a andar hacia delante. Vale, me tomaré eso como un sí. A ambos lados de mi cuerpo se posaron dos enanos, uno de cabellera y barba rubia, y el otro de cabello castaño sin barba alguna, parecía ser el más joven del grupo.

-Hay que estar loco para enfrentarse a Thorin de esa manera, amigo.- Empezó a decir el rubio.

-Se nota que no lo conoces, yo que tú empezaría a dormir con un ojo abierto- Continuó el moreno. Sus voces sonaban realmente alarmantes y lo serio que lo comentaba me empezaba a poner nervioso. ¿Tan malo era?

-¿Lo decís en serio?- Pregunté en un susurro, mirando de reojo a uno y luego al otro. Ambos se quedaron en silencio un buen rato, un silencio cargado y tenso, lo cual me acojonó aún más. De un momento a otro, los enanos estallaron en risas.

-¡Por supuesto que no!-

-Solo te tomábamos el pelo- Me explicó el rubio mientras seguía riéndose y yo les lanzaba una pequeña mirada asesina.- Thorin puede tener mal genio, pero en el fondo es buena persona.- Asentí ante esa explicación, echándole una mirada al lejano de aquel enano con el que me había "Enfrentado". Así que Thorin, supongo que será el líder de todo esto.- Por cierto, mi nombre es Fili y él…- Fili señaló al otro enano que estaba a mi otro lado- … Es mi hermano, Kili.-

-Encantado yo soy Da… Daniel- Me presenté, pensándome mejor el nombre.- ¿Quiénes son todos los demás?

Uno a uno, Fili y Kili fueron presentándome a sus compañeros: Bilbo (a quien ya conocía), luego estaban Balin, Bifur, Bofur, Bombur, Dwalin, Dori, Nori, Ori, Oin, y Gloin, este último me sonaba de algo, me sonaba mucho…Pero no comprendía por qué o de qué…Por cierto, ¿por qué diablos tenían nombres tan parecidos? Esto va a ser como aprenderme Estonia, Letonia, Lituania.

Kili y Fili eran realmente simpáticos, con un espíritu de niños pequeños pero sabían hacerse los maduros cuando la ocasión lo requería. Bilbo también me caí bien, nada más echarle una primera vista supe que se trataba de una buena persona. Gandalf…Gandalf… ¿Gandalf? Ese nombre seguía sonándome de algo, pero mi mente se negaba a recordarlo. ¿Lo malo? No dejaría de comerme la cabeza hasta que lo recordase. Llegamos a una cueva de la cual salía un olor horroroso, apestoso, odioso y otras palabras que acaban en oso. Aquella caverna tenía el digno olor de Trolls. Nos adentramos a ella, Dae al principio se negó a entrar, aquel olor era demasiado para él, pero cuando vio que se había quedado solo en el exterior, entró corriendo hasta ponerse a mi lado. Allí había tesoros, monedas de oros esparcidas por el suelo, armas y otros tipos de maravillas. "Un botín de Trolls". Cada uno se fijaba en lo que más le interesaba, algunos enanos empezaron a enterrar un cofre lleno de monedas para que nadie más lo encontrase, Gandalf y Thorin inspeccionaban las armas, espadas cuyo filo era el mejor de la Tierra Media, ningún humano ni enano podrían jamás lograr un metal tan perfecto. Eran armas elficas. Yo, por mi parte intentaba controlar las nauseas que me provocaba el olor y curioseaba todo lo que mis ojos viesen. Abrí un pequeño cofre, pero solo habían monedas de oro y joyas hermosas, nada interesante. Me adentré un poco más en la cueva viendo las hermosas y poderosas espadas elficas descansando en sus fundas y entre telarañas. Una me llamó curiosamente la atención: esta no se encontraba cubierta de telarañas, lo más seguro es que fuese una reliquia reciente. Su empuñadura era de plata brillante, una media luna unía el mango con la hoja que era adornada con trazos dorados representando el fuego. No tenía vaina, o al menos no estaba dentro a ella. Mi perro empezó a ladrar mientras rebuscaba algo en el suelo y tras escarbar un poco con sus patas delanteras, se acercó a mí con una vaina en la boca.

-Buen chico Dae- Le felicité con una suave caricia en su cabeza, y él me respondió feliz con un ladrido y meneando su cola.

Observé maravillado cómo era la vaina: de color plateada, con trazos extraños y sin sentido, pero que quedaban bonitos, tallados en el metal. Un ruido plateado sonó cuando le quite la funda al animal y la alcé para poder envainar la espada. Me agaché ya con la espada envainada y recogí aquello que se había caído, parecía ser un collar de cuerda gruesa y de color negro, de ella colgaba una placa plateada en forma de rombo y que representaba un hermoso dragón. Me quedé mirándolo con un tonto, como si nunca hubiese visto un colgante con forma de dragón. ¿En esta Tierra existirían los dragones? Sería genial ver uno…

-¡Eh, jovenzuelo! Date prisa o te acabaras asfixiando con tal escabroso olor.- Reconocí la voz de Gandalf que me gritaba desde fuera de la cueva.

Grité un "¡Voy!" mientras con rapidez me ponía el collar en el cuello y corrí hacia el exterior, enganchando como pude aquella espada al cinturón.

Aire fresco, se le había echado tanto de menos en tan solo unos minutos. Respiré profundamente, quitándome esas angustias que seguía revolviendo mi estómago. Observé cómo Gandalf le daba al Hobbit una espada cuya hoja se iluminará de azul cuando un enemigo se encuentre cerca. Miré mi nueva arma, no parecía tener nada especial, aunque hubiese molado.

-¡Algo se acerca!- Gritó Thorin poniéndonos a todos en alerta y algo tensos- ¡Armaos!

Mi mano se posó instintivamente en la empuñadura de de la espada, fuera lo que fuera que se estuviese acercando dudaba mucho que fuese de algo bueno.

-Reagruparos, permanecer juntos- Gritó Gandalf, alejándose de Bilbo quien desenfundo un poco su espada, su filo no brillaba de ningún color en especial, entonces… ¿Lo qué se acercaba no era un enemigo?

Me acerqué al Hobbit al cual veía algo nervioso por lo que en cuestión de segundos aparecería frente a nosotros. Un trineo apareció de la nada, casi estrellándose contra nosotros, era pilotado por pequeño hombre que vestía topas sucias y marrones, con un gran sombreros y… ¿Tenía mierda en la cabeza?

-¡Radagast!-

Vale, creo que soy el único que no se entera de nada. Al parecer Gandalf y ese tal Radagast se conocían de algo, así que todos bajaron sus armas al ver que no había peligro en ese hombre. Mis ojos miraban curiosos la forma de desplazarse que tenía aquel hombre, el cual hablaba alejado de todo el grupo con Gandalf, era un trineo tirado por conejos. Dae los olfateaba curioso, al principio temí que se lanzase contra ellos como hacía con los conejos de nuestro pueblo, menos mal que no lo hizo.

-¡Te estaba buscando Gandalf! Tengo un terrible presentimiento, algo va mal, muy mal- Gritó alterado el de ropas marrones, y mientras, Gandalf solo dijo un tranquilo "¿Si?". Su amigo fue a decir algo, pero cerró la boca al instante, luego volvió a abrirla para cerrara de nuevo. ¿Había olvidado lo que iba a decir?- ¡Oh, lo he olvidado! ¡Lo tengo justo ahí, en la punta de la lengua!- Dijo mientras volvía a abrir la boca y sacar la lengua afuera. No era un pensamiento lo que tenía en aquel musculo rosado, si no un insecto palo. Vi como Kili, Fili y otros miembros de la compañía soltaban el mismo ruido de disgusto que solté yo.

Radagast el pardo y Gandalf el gris… ¡Oh! ¡Claro! ¿Cómo puedo ser tan olvidadizo? Se tratan de magos, ¡magos! Dos de los cinco magos que fueron enviados a la Tierra Media.

Me apoyé en un gran tronco y solté un suspiro. Hasta entonces no había tenido mucho tiempo como para pensar en todo lo que había ocurrido, todo había pasado muy deprisa. Yo anoche solo quería sentarme a la mesa para cenar mis huevos fritos con patatas y de repente me encontraba persiguiendo a mi perro, siendo capturado por unos Trolls y viajando con 13 enanos, un mago y un mediano en un mundo que hacía siglos que no pisaba. Sentí la mirada de Thorin, también la de Dwalin, una mirada seria y desconfiada, no los culpaba, yo era un misterio para ellos, tan solo con ver mi ropa se sabía que no pertenecía de por ahí.

De pronto algo sonó en la lejanía que temía que no fuera tan lejano como pensaba. Un aullido grande y preocupante.

-¿Lobos? ¿Hay lobos por estos lugares?-

-Eso no son lobos- Dijo Bofur, o al menos creo recordar que así se llamaba.

Todos miraron al alrededor, los pájaros habían dejado de cantar, incluso el viento se había detenido. Ambos magos se acercaron a nosotros, en alerta. Dae estaba nervioso, asustados y me mordía el camal del pantalón, estirando de él como queriendo empujarme para que nos largásemos de allí. Escuché un gruñido detrás de mí, un gruñido que me heló la sangre y que hizo que mi mascota también gruñese, agazapado y con las orejas agachadas hacia atrás. Desenfunde la espada mientras me giraba para enfrentar lo que fuese. Vi unos ojos amarillos y unos colmillos afilados, pelo áspero de color oscuro, un canido de gran tamaño. Un Wargo. El canido se abalanzó contra mí en un rápido salto y entonces mis reflejos hicieron aparición, apartándome a un lado rápido mientras una flecha se le clavaba al Wargo en la carne, haciendo que callera y más tarde, el hacha de Dwalin acabó con su vida por completo.

-¡Es un rastreador! Una manada de Orcos no andarán muy lejos-

-¿Manada de orcos?- Preguntamos a la vez Bilbo y yo.

Dae se escondía tras de mí, sollozando levemente. Mi perro apenas era un cachorro, solo tenía 2 años y para esos Wargos era solo un bocado, el principio de un festín. Yo también tenía miedo, Bilbo igual y sabía que los demás también estaban alterados, incluido Thorin, pero sabían disimularlo muy bien.

-Hay que irse de aquí- Dijo Dwalin.

-No podemos, los ponis se han desbocado- Apareció Ori entre los árboles dándonos la mal noticia. Solté un bufido, "Si algo podía salir mal, saldrá mal" Ese es el dicho ¿no?

-Yo puedo distraerlos- Dijo decidido el Mago Pardo, ganándose todas nuestras miradas.

-Son Wargos de Gundabad, te alcanzarán- Le informó Gandalf, con un tono preocupado.

-Y estos son conejos de Rhosgobel… Que lo intenten si quieren.-