El segundo, subido justo después para compensar ^^

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Verdad nº 2: Todo el mundo tiene alguien a quien admirar.

A parte de intentar diariamente un asesinato a Barbablanca, Ace no hacía absolutamente nada más ni hablaba con nadie. A ninguna persona en particular parecía importarle su evidente hostilidad, y la única relación que tenía con los piratas era la de ser rescatado semiinconsciente del mar cuando Shirohige le lanzaba sin miramientos por la borda.

-¡Que os jodan a todos!– gritaba con el rostro cubierto de un granate intenso antes de irse corriendo a algún rincón chorreando agua.

La cubierta del Moby Dick era enorme, pero donde quiera que se metiese, el comandante de la primera división, Marco el Fénix, solía aparecer poco después de enterarse de lo ocurrido y dejar caer una toalla sobre su cabeza antes de alejarse de nuevo sin mediar palabra. Era lo que le faltaba: dar pena.

-¡Déjame en paz, puñetero pollo azul chamuscado! – explotó una vez, colérico por su trato condescendiente – ¡Estoy harto de tu caridad!

Se hizo un silencio incómodo entre los piratas que estaban en ese momento por la zona del barco donde se había refugiado en aquella ocasión. Eran pocos, pero todos parecieron tener el mismo pensamiento cuando una súbita rigidez congeló sus movimientos y les hizo mirar sistemáticamente a su primer comandante. Estaban convencidos de que el muchacho era hombre más que muerto. Marco toleraba muy mal cualquier comentario desdeñoso a cerca su fruta Zoan Mítica, especialmente los que iban acompañados de un alto grado de ridículo. Ese tipo de cosas le cabreaban, muchísimo.

Ace cogió la toalla y le prendió fuego dispuesto a darle un buen puñetazo. Su puño llegó a un palmo de la cara del hombre al que pretendía golpear y fue bloqueado sin esfuerzo. El mayor retuvo su muñeca impidiéndole moverse y clavó sus ojos en él, inmóvil. Su mano estaba envuelta por las llamas azules de su Fruta del Diablo. No quemaban ni desprendían ningún calor como Ace siempre había esperado, simplemente parecían protegerle del fuego abrasador que de lo contrario habría calcinado su brazo. Ace no sabía que cuando Marco optó por elevar las cejas y permanecer en silencio, probablemente significaba que estaba molesto. A él le daba igual el rango que el rubio tuviese en aquel condenado barco, simplemente detestaba la compasión. Su compasión. Los dos hombres se sostuvieron largamente la mirada, uno con rabia y el otro con una apariencia de calma absoluta. Ace contempló cómo aquellas llamas devoraron con ansia las suyas propias y extinguieron el fuego de su puño. Sintió un inconfesable pavor cuando las vio extenderse desde la mano que retenía su muñeca hasta su hombro, envolviéndolo por entero y obligándole a apagar por completo las lenguas de fuego que aún persistían en su piel. Cuando volvió los ojos hacia el rubio, pareció leer en él como un libro abierto. Ace se sintió inexplicablemente indefenso ante la severa autoridad que ahora desprendía.

"Ira" no fue exactamente la palabra correcta para la expresión de Marco en ese momento. Estaba tan tranquilo, casi divertido cuando Ace no pudo disimular aquella mirada de ligero temor. Su tono de voz, su apariencia, su mirada… Todo en Marco parecía destilar siempre pereza e indiferencia, dándole un talante casi… inofensivo. La eterna calma de su carácter tranquilo hacía olvidar que era indudablemente una de las últimas personas con las que jamás desearías empezar una pelea bajo ninguna circunstancia. La tripulación que estaba allí lo sabía, y precisamente por eso seguía allí, expectante. Parecía evidente que había tocado un tema tabú con lo del "pollo azul chamuscado". Ace tragó saliva adivinando lo que aquella gente estaba esperando que ocurriese. Cerró los ojos un instante cuando el rubio de rostro inexpresivo comenzó a moverse, pero Marco se limitó a sonreír y soltarle suavemente antes de dirigirse al resto de la tripulación que andaba por allí en un tono que, por la expresión algo trastocada de sus subordinados, era demasiado alegre para su comportamiento habitual.

-¡Venga! ¡Aquí no hay nada que ver! ¡Volved a lo vuestro, vamos!

-¡S-sí, Marco!

El joven se quedó extrañado. Ni una sola vena abultada asomó a su sien, sus labios carnosos no se unieron en una línea dura e indivisible ni tampoco se formó un pequeño hoyuelo en su frente al fruncir las cejas hasta hacerlas parecer unidas. Nada de aquello había ocurrido. Durante un instante, todos habían parecido temerse la peor de las catástrofes, pero Marco no se había enfadado.

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