NOTAS

En primer lugar, me gustaría mostrar mi agradecimiento a todas aquellas personas que se han detenido durante algunos minutos para leer el primer capítulo de "Amor en la marginalidad". Para mí, desde el primer momento os habéis convertido en fuente de inspiración.

Por otro lado -y esto va dirigido especialmente a aquellas personas que por privado o mediante un review han dejado su opinión- me alegro en el alma que os haya gustado, pues es una historia hecha por y para vosotras/os. Y por supuesto a ti, que ya sabes quién eres.

Sin más, espero que os guste esta historia, la cual contendrá algunas líneas -muy sucintas- del pensamiento de otra persona diferente a Draco Malfoy. Esto no quiere decir que sea la tónica habitual, pero no me ha parecido mala idea. De hecho, he intentado expresar muy poco dichos pensamientos.


CAPÍTULO II: LOS JUCIOS DE HOGWARTS


—Despedirse cuando se quiere no duele, duelen todos los momentos que se irán con ese adiós —afirmó Minerva McGonagall mientras alzaba su varita, cuya punta brillaba con fuerza.

En ese momento, cuando las lágrimas resbalaban por muchas de las mejillas de los allí presentes, los sacos con los restos sin vida de los caídos avanzaron con solemnidad hasta introducirse en un enorme mausoleo cerca de la tumba de Albus Dumbledore. El mismo había sido construido por la propia profesora con una clara intención.

—Muchos dicen que llorar es de tontos —añadió la nueva directora de Hogwarts dirigiéndose a Molly Weasley, que rota de dolor acariciaba por última vez el maltrecho cuerpo de Fred, su hijo—, pero os afirmo que hoy, las lágrimas son el reflejo de palabras que no podemos expresar.

Un grito desgarrador de dolor se escapó de entre los labios de la mujer que le había dado la vida al gemelo que ahora procedía a afrontar su descanso eterno en aquellos terrenos que lo habían visto crecer. Un entorno que lo había visto -junto a su hermano- realizar todo tipo de travesuras. Era curioso cómo el lugar donde más feliz había sido, se hubiera convertido en su tumba.

—Seguramente, el profesor Albus Dumbledore —prosiguió, mirando en dirección al lugar donde yacía el cuerpo de este —hubiese querido descansar junto a todas aquellas personas que, como él, lucharon por la causa que muchos otros hemos defendido.

Draco Malfoy, compungido por la desesperación de aquellas personas que sabían que no volverían a ver a sus seres queridos, se descubrió teniendo pensamientos desacordes con todo lo que él había defendido durante muchos años. ¿Acaso era la muerte el medio necesario para el glorioso fin que él y sus compañeros pretendían?

Las dudas sobre la justificación de todas las acciones que habían conllevado a aquella terrible guerra se sucedían en forma de tormenta en la cabeza del Slytherin, azotando con fuerza los pilares más básicos de su educación. Pero no, no podía dejar que aquellos momentos de desolación y aquel río de lágrimas le ablandaran. Al fin y al cabo, la muerte no les robaba los seres queridos a toda aquella gente que lloraba frente a sus tumbas, sino que se los inmortalizaba en el recuerdo. De todas formas, era lo único que llegaba con seguridad.

Pero era una excusa muy pobre, o al menos eso pensaba Draco, que miraba a su padre y a su madre, altaneros ante aquella triste escena. Ambos tenían la mirada fija e inerte clavada en los sacos que transportaba el profesor de Encantamientos, los que no habían sido reclamados por nadie, los restos de sus compañeros. Agacharon la cabeza en señal de respeto cuando éstos pasaron por su lado, gesto al que se unió el menor de los Malfoy mostrando -interiormente al menos- de parte de quién estaba.

—Ellos —dijo la profesora McGonagall refiriéndose a los fallecidos, que poco a poco terminaban de introducirse en su lecho de inmortal descanso—, jamás desaparecerán. Al menos, no lo harán mientras que alguno de nosotros los tenga en su memoria. Por todos aquellos que dieron su vida en la batalla.

Dicho esto, levantó de nuevo su varita, invitando a todos los asistentes a que la imitaran. En poco tiempo, mientras el Sol se despedía de los muertos para dejar que también la Luna presentara sus exequias, las varitas, en un ritual que solía repetirse bastante en el Mundo Mágico, iluminaron parcialmente el cielo acompañadas por exclamaciones de tristeza. Era como si la alegría por la desaparición del Señor Tenebroso se hubiese esfumado por completo.

Draco y su familia también levantaron su varita. Él, personalmente, la alzó por respeto a los caídos, porque, al fin y al cabo, habían decidido que la muerte era el menor de los problemas, un mal necesario para alcanzar la victoria. Un gesto de valentía que, aunque no los honraba, si era merecedor de consideración.

Pero, ¿acaso eran todos aquellos pensamientos los propios de un miembro de una gloriosa estirpe como los Malfoy? Ellos habían decidido por su propia voluntad respaldar todos los actos que habían tenido a Voldemort como protagonista, ¿era sensato sentir deferencia por aquellas personas que defendían todo lo contrario a la causa por la que él luchaba?

Hundido en sus cavilaciones, pudo observar -atraído por los gritos de la madre de los Weasley, que se encontraba al lado- como Ron y Hermione se abrazaban con fuerza ante la indolente mirada del padre de este. En otros momentos, seguramente se hubiera fijado en como Potter y la menor de los Weasley se agarraban las manos con suavidad. Pero no, sus ojos, movidos por una fuerza que no podía -o no quería- controlar, eran incapaces de moverse, de focalizar su atención en otro punto de aquella escena que sería muy recordara por la comunidad mágica.

En esta lucha interna, Draco se encontró con uno de los ojos de Granger, que había alzado ligeramente el rostro separándose del hombro de su nuevo "perrito faldero". Al Slytherin le fue imposible determinar si la mirada era de odio o desesperación. La chica clavaba más directa que nunca una expresión profunda, horripilante, cargada sobre todo de dolor y hundida en lágrimas.

¿Pero por qué lloraba? ¿ Sentía lástima por todos aquellos muertos, o es que acaso había llegado a querer a personas que ni si quiera eran de su familia? Para el mago, las consideraciones sobre el amor, el cariño y la amistad, suponían intrincadas reflexiones que no solían llevarlo a ninguna parte. Uno de los principales motivos por el que no había llegado a conclusiones acertadas era porque sospechaba que todo aquel que se había unido a él a lo largo de su vida, lo había hecho por interés. De hecho, los sentimientos del Slytherin eran tan fríos que tan solo había sentido una pequeña punzada de dolor durante los hechos de la Sala de los Menesteres del día anterior.

En los últimos meses, se había excusado en que más que un sentimiento de hermandad y confraternidad, él sólo había sentido codicia por parte de los suyos. Él jamás había tenido amigos propiamente dichos. ¿Pero era la amistad, entonces, un sentimiento tan fuerte?

Al cabo de unos segundos, la Gryffindor retiró su mirada de la de Draco para volver a hundirse en el hombro del pelirrojo. Dicho esto, el rumbo de los acontecimientos se tornó en una espiral vertiginosa.

—Gloria a los caídos —dijo la directora de Hogwarts con voz alta y potente ante el Wizengamot, el nuevo Ministro y todos aquellos que habían acudido a presentar sus respetos.

Hecho esto y acabado el "ritual", los Aurores que habían estado anteriormente apostados en la entrada al Gran Comedor y que los habían seguido a una distancia moderada, ante la mirada severa del Tribunal, se pusieron al lado del chico y de su familia. La expresión era más bien triunfal.

—Volvamos al Castillo —inquirió McGonagall—, debemos de preparar los juicios para mañana. En los mismos, se juzgarán a muchas personas relacionadas con Lord Voldemort, pero de eso halaremos mañana. Los cuartos de las diferentes Salas Comunes han sido habilitados para pasar la noche. Además de muchas aulas que podrán usar para descansar. El día ha sido muy largo, la comida estará servida al llegar.

El mago no se dio cuenta de la presencia de los Aurores hasta que se dio la vuelta junto a su familia para encarar el camino de regreso hacia el Gran Comedor. En ese momento se topó con un hombre alto y delgado de aspecto demacrado, que aunque no hizo ningún gesto que les negara su marcha, expresó con la mirada a los Malfoy que no debían de moverse hasta que abriera la boca.

De hecho, mucho habían tardado según las deducciones del propio Draco. Aunque sabía que su padre tenía un plan según el cual intentarían evitar Azkaban, no podía entender como los Aurores no los habían apresado ya, siendo flagrante su unión al Señor Tenebroso.

—Vosotros no utilizaréis los aposentos del Castillo —afirmó el Auror al cual Draco no conocía.

—¿Quiénes os creéis para decirnos lo que debemos de hacer? —dijo el padre del mago dando un paso al frente.

—Creo que no te has dado cuenta, Lucius —aquí hizo hincapié en el nombre de pila de su interlocutor—, de la precaria situación en la que os encontráis.

—¿De qué hablas?

—Vamos, Malfoy, ¿crees que estando ayer entre las filas del Señor Tenebroso no vas a tener que enfrentarte a los Juicios de mañana? Por favor…

En medio de la conversación, los otros dos aurores se acercaron sigilosamente a ellos mientras la gente emprendía el camino de regreso al Castillo. Con velocidad, estos alzaron sus varitas susurrando a la vez:

Infulgurum.

De la punta de las mismas salieron sendas cadenas que emitían un resplandor "mágico" que se ataron con un fuerte estrépito a las muñecas de los tres Malfoy.

—¡¿Cómo os atrevéis a hacer esto aquí en medio?! —gritó Lucius perdiendo momentáneamente los papeles—. ¡Todos tenemos nuestros derechos!

Para controlar la situación, Narcissa la madre de Draco que había sido encadenada junto a su hijo le profirió un suave puntapié que hizo que su marido girara la cabeza en dirección al sendero que llevaba a la Escuela. El menor de los Malfoy miró en dirección a la providente mirada de este, encontrando un camino abarrotado de personas que contemplaban el espectáculo orgullosas.

El Slytherin posteriormente recordaría aquella escena como la peor de su vida. Acompañados por los Aurores, los Malfoy fueron conducidos a la torre de Astronomía entre todo tipo de insultos y vejaciones. Golpeados y maniatados durante todo el trayecto, fueron también escupidos ante la impasible mirada del Wizengamot y del personal de Hogwarts. ¿Dónde estaban la bondad y la justicia en aquellos momentos? ¿Iban a ser tan hipócritas cómo para dejar que los vejaran de aquella manera?

A su alrededor todos les dedicaban miradas de odio y rencor. El menor de los Malfoy, a la par que recibía patadas y puñetazos, soltando exclamaciones de dolor, miraba desafiante a todos aquellos que los insultaban.

—¡Asesinos!

—¡Rastreros!

«Nosotros no hemos asesinado a nadie» pensó Draco con una punzada de dolor en la barriga al recibir un enorme golpe que le hizo doblarse sobre sí mismo.

—¡No te atrevas a tratar de esa manera a mi hijo! —gritó desesperada Narcissa Malfoy. Ante este imperativo la muchedumbre le escupió con fuerza, cerrando esta los ojos por la falta de respeto total de aquellas personas que presumían de haber defendido una causa justa.

El Slytherin incluso pudo divisar al Wizengamot al final del sendero. El conjunto de magos y brujas que formaban el Tribunal Mágico miraban la situación con gesto impasible, sin pronunciarse sobre todo lo que estaba pasando. De hecho -según pensaba Draco-, ellos mismos podrían haber ordenado su arresto, ¿pero por qué en aquel momento? ¿Acaso era una forma de escarmentarlos? ¿Dónde estaban los derechos en aquel momento? ¿No habían luchado por ellos aquellos que ahora los maltrataban?

—Vamos —inquirió un Auror a su madre mientras le propinaba un brutal cabezazo que la derribó, haciendo que su rostro besara el suelo.

—¡Eh tú! —dijo Malfoy tirando del cuerpo de su madre para después encararse con él—, ¿qué mierda crees que haces?

Ante tal arrebato de valentía, provocado por la inmensa cólera y furia que le recorrían las entrañas, habiéndole hablado en tono despectivo, el Auror le sonrió con un gesto que parecía divertido.

—¿Cómo te atreves a hablarme así? ¿No aprenderéis nunca?

Dicho esto, le dio un fuerte puñetazo en la cara que lo cayó al suelo. Tras el golpe, al menor de los Malfoy comenzó a sangrarle la nariz. Podía sentir la sangre caliente resbalar por su cara hasta que su amargo sabor moría en sus labios. Con los ojos llorosos por el dolor del golpe miró a su alrededor y vio cómo todos se reían. Entre todas aquellas miradas, pareció ver una que dibujaba un rostro de pánico en su rostro. Sorprendentemente, al ver los labios de aquella persona supo quién era, Granger. La chica, agarrada siempre al brazo de Weasley, miraba horrorizada aquel espectáculo, como si lo repudiara interiormente. No era capaz de abrir la boca, por supuesto, pero en medio del dolor y la vergüenza que el Slytherin sentía, Malfoy supo a la perfección -sin saber explicar por qué- que la Gryffindor no estaba de acuerdo con nada de lo que allí estaba sucediendo.

Con el rostro de Hermione fue con lo último que se quedó, pues uno de los Aurores le propinó una fuerte patada en la cabeza que lo dejó inconsciente…

-Ω-

—¡No está bien, Harry! —dijo Hermione Granger completamente fuera de sí cuando llegaron a la Sala Común de Gryffindor—. Claro que siento un odio repugnante hacia Malfoy, seguramente conmigo sea con la persona con la que más se haya metido, ¡pero eso no justifica todo lo que han tenido que pasar ahí abajo! ¡Precisamente hemos luchado por todo lo contrario!

Harry Potter, "el Elegido", aquel que se había convertido en el centro de atención de la Comunidad Mágica, frunció el ceño ante las afirmaciones de su mejor amiga.

—No puedes evitar que la gente se tome su pequeña venganza personal. Muchos hemos perdido mucho con las dos guerras que se sucedieron por culpa de gente como los Malfoy, Hermione.

La Gryffindor puso los ojos en blanco.

—La violencia no justifica la violencia, ni el dolor al dolor —respondió está de manera airada—. Estos Juicios no son más que una patraña para quitarse a toda la gente que sobra sin un proceso digno y respetuoso con los derechos de la gente.

—No me puedo creer que seas precisamente tú la que defiendas a Malfoy —exclamó esta vez Ron, el cual había estado completamente en silencio desde que habían enterrado a su hermano Fred. Era normal la máscara de seriedad que se había forjado a hierro en su rostro, pero era extraño verlo así, ni enfadado, ni alegre. Verlo vacío.

La bruja se ruborizó ligeramente ante las palabras del que había empezado a ser su "novio". Aunque no hubiera ninguna aceptación expresa, el acuerdo tácito que se había formado era real. Sin pensarlo dos veces, se había lanzado a sus brazos tras una declaración de derechos élficos sin precedentes en él.

—Sabes que no defiendo a gente como él —le contestó con una mirada llena de furia—, pero no es justo que se les trate así.

—Tampoco es justo que mataran a Fred.

—Ron… —exclamó Ginny, que también estaba en la pequeña reunión entrelazada a los brazos de Harry—, Hermione no quiere decir eso.

—¡A mí también me duele, Ronald! —gritó la Gryffindor con los ojos llenos de lágrimas—. ¡Pero no me parece bien que la nueva comunidad mágica comience una persecución completamente ilegal y con vejaciones de este tipo!

—Ahora mismo los odio tanto que no soy capaz de concebirlo —le contestó.

Durante unos incómodos segundos, todos miraron al suelo, algunos por dolor y otros por rabia. Cuando el día llegaba a su fin dando paso al comienzo de otro nuevo, el hijo menor de los Weasley se levantó de su sillón con una media sonrisa que la bruja no supo confirmar como alegre o hipócrita y se dio la media vuelta en dirección a las escaleras.

—Me voy a dormir, tengo mucho sueño —dijo el mago mientras subía las escaleras.

De nuevo otro incómodo silencio en el que Ginny y Harry se miraron cómplices mientras Hermione Granger se hundía en sus propias lágrimas. Las dudas ante lo que ella creía una certeza, comenzaban a desesperarle.

-Ω-

En el improvisado calabozo que constituía la Torre de Astronomía, parcialmente destruida por los avatares de la batalla, Draco despertó en un rincón ante la atenta mirada de sus padres. Pudo observar las lágrimas de súbita alegría en el rostro de la mujer que le había dado la vida al verlo despertar.

—¿Dónde… estamos? —preguntó el Slytherin con un enorme dolor de cabeza a la par que se recostaba sobre la fría piedra del muro en un intento por erguirse todo lo posible.

—En la Torre de Astronomía, nos han encerrado hasta que tengan lugar los Juicios de mañana —contestó su padre con un gesto de preocupación mientras le tendía la mano a su hijo para que se levantase.

Ante tal respuesta, Draco recordó con precisión todo lo que había pasado hacía unas horas. De nuevo, la vergüenza llamó a la puerta de sus sentidos, haciendo que posteriormente, la rabia le carcomiera por dentro.

—Cómo han podido…

—¿Qué esperabas Draco? —preguntó su padre con una mirada severa—. Estaba claro que estaban esperando el momento oportuno, cuando más gente hubiera, para dejarnos en ridículo. La comunidad mágica debía de tomarse una venganza antes de los Juicios.

—¿Qué diremos mañana, padre?

—Sospecho que estos solo van a ser un paripé para encerrarnos de por vida en Azkaban sin un proceso justo, por supuesto —contestó este con un sorprendente tono neutral.

—¿Tienes algo pensado? —preguntó su hijo.

—Todo lo que digamos será utilizado en nuestra contra, Draco. Solo nos queda esperar y suavizar todo lo posible la condena. Con la caída del Señor Tenebroso todo es más complicado…

Al Slytherin se le heló la sangre, su padre no tenía ningún plan. En aquel momento su figura se cayó ligeramente del pedestal en el que el mago la tenía. La simple idea de afrontar toda una vida en Azkaban le era tan terrorífica que no escuchó el resto de la conversación que mantuvieron sus padres.

La perspectiva de una vida derrochada de aquella manera le hizo odiar por un momento todo lo que él había defendido y por lo que había acabado allí. ¿Había merecido la pena? Era como si su vida se hubiese convertido en una verdadera pesadilla. Desesperado, miró a su alrededor. Por supuesto, no había ninguna posibilidad de escapatoria sin ayuda. Una ayuda imposible porque todos sus compañeros estaban muertos o recluidos.

Draco pasó la noche agazapado contra su madre, como un niño que necesita protección. Al estar solos, no se molestó en guardar la compostura y explotó de rabia, derramando silenciosas lágrimas en las ropas de su madre, que, junto a su padre, dormía profundamente. El calor maternal -más frío que el normal- que había recibido había sido el suficiente para que, como hijo, hubiera desarrollado una pizca de dependencia respecto a su madre. No supo si esta se dio cuenta de su dolor, pero sí que notó como sus brazos lo rodeaban en un gesto de protección y cariño.

Con los primeros rayos de sol la familia Malfoy se despertó ante la atenta mirada de uno de los Aurores. Ahora, más tranquilo, aunque nervioso y asustado, Draco se fijó en el rostro sonriente de aquel que le había hecho tanto daño el día anterior. Era un hombre alto, flacucho, con una poblada barba negra y con un gesto de superioridad y altanería dibujado en su rostro.

—Es hora de bajar —afirmó este en tono solemne.

La familia al completo bajó con lentitud las escaleras que conducían al Gran Comedor. La misma, reflejaba el miedo que sentían por los Juicios que estaban a punto de dar comienzo.

Una vez que atravesaron la puerta de este, los allí presentes, alumnos, profesores y demás personalidades de la Comunidad Mágica los miraron con gesto serio, pero sin decir ni una palabra. Draco, por su parte, observó al "trío de oro" que estaba sentado al completo en una mesa a parte y acompañado de otras personas.

El Gran Comedor estaba como el Slytherin recordaba, aunque la disposición de la mesa de los profesores había cambiado, sustituyéndose por un estrado de verdad en el que se encontraba el pleno del Wizengamot al completo. El murmullo que recorría la estancia acalló vertiginosamente ante la llegada del recientemente nombrado Ministro de Magia, que iba acompañado de un Auror que Draco supuso que sería su escolta.

—Buenos días, magos y brujas de la comunidad mágica de Gran Bretaña. Hoy nos encontramos aquí para dar comienzo a los Juicios de Hogwarts —dijo Shacklebolt tras intercambiar algunas palabras con la presidenta del tribunal—. Los mismos cuentan con la legitimidad otorgada por el Wizengamot y los magos aquí presentes. Tienen como objetivo la erradicación de los magos oscuros que siguieron a Lord Voldemort en algún momento de sus vidas.

Un murmullo de aceptación recorrió la sala antes de que el Ministro volviera a hablar.

—Los primeros acusados son Lucius, Narcissa y Draco Malfoy —afirmó.

Al escuchar su nombre, a Draco se le cogió un pellizco en el estómago. Había llegado la hora de enfrentarse a todos sus temores.

Azuzados por el Auror que los había custodiado en la torre, se acercaron al estrado, sentándose los tres, encadenados, en un improvisado banquillo en el que apenas cabían apretujados.

La siguiente en hablar fue la presidenta del pleno. Tenía un gesto serio, pero relajado. Desenrolló un pergamino y comenzó a leer:

—A los señores Malfoy se les acusa de haber pertenecido a la organización criminal formada por Lord Voldemort, además de haber asesinado y torturado a una infinidad de magos. También se les acusa de haber dado cobijo a dicha organización en su hogar, la Mansión Malfoy.

«¿Asesinatos? ¡Pero si jamás he matado a nadie!» pensó el mago horrorizado ante los cargos que les imponían. De hecho, lo más cerca que había estado de matar a alguien había sido precisamente en la Torre de Astronomía un año atrás. Cosa que el mismo no había podido terminar.

—¿Tienen los acusados algo que alegar? —preguntó el Ministro con voz grave.

—Nos declaramos inocentes de los cargos que se nos imputan —contestó el padre de Draco, levantándose del banquillo para hablar y volviéndose a sentar.

De nuevo, otro murmullo.

—El Tribunal del Wizengamot en los Juicios de Hogwarts no aceptará alegaciones que no estén fundadas, pues en este caso se presume la culpabilidad de los acusados.

—Pero ese no es el proceso a seguir —susurró escandalizado Lucius Malfoy.

—Este no es un proceso común, señor Malfoy —dijo la presidenta en tono severo mientras volvía a mirar el pergamino—. ¿Podéis demostrar que no sois culpables de los hechos que se os imputan?

Aquello era peor de lo que Draco hubiese esperado. Mientras, su padre, abatido, negó con la cabeza.

—¿Hay alguien que quiera alegar algo en este proceso? —preguntó el Ministro.

Draco levantó la vista del suelo. Como esperaba, nadie había levantado la mano. Pero entonces, un murmullo de sorpresa y expectación recorrió de nuevo la sala.

—Bien, entonces llamaos al estrado a Harry Potter y Hermione Granger.

Sorprendido, el Slytherin observó cómo sus dos contemporáneos subían hasta colocarse al lado del Wizengamot.

—Harry James Potter, ¿qué tienes que decir? —inquirió la presidenta.

"El Elegido" con cara de circunstancias cruzó una mirada con Draco, que no lo miraba con odio, pero sí con exasperación.

—Me gustaría afirmar que he vivido diferentes situaciones que me han hecho deducir que Draco Malfoy actuaba de la manera en la que se le ha descrito por miedo a posibles represalias. Él siempre ha estado influenciado por un entorno que favorecía los ideales de Voldemort y a lo largo de estos últimos años, esto ha sido una realidad.

—¿Señorita Granger?

Hermione dedicó una mirada impasible al Slytherin, que el dragón que dormitaba en su interior recibió con una mezcla de alegría y desesperación.

—Aunque sus ideales sean de puristas, vengo aquí para alegrar y reafirmar la posición de Harry. Nada más.

La mayoría de las personas que formaban el Wizengamot se miraron unas a otras con más curiosidad que otra cosa en sus rostros. Entonces, la presidenta y el Ministro se acercaron al pleno y durante unos minutos que a Dracos le parecieron horas susurraron cosas inaudibles. Tras esto, el Ministro se dio la vuelta y encaró con gesto serio al Gran Comedor.

—El tribunal del Wizengamot ha decidido por mayoría condenar a Lucius y Narcissa Malfoy a prisión perpetua en Azkaban. En cambio, gracias a las alegaciones de Harry Potter y Hermione Jean Granger, Draco Malfoy es condenado a diez años en prisión. La entrada en la misma tendrá lugar mañana, hasta entonces, lleváoslos.

Al Slytherin el mundo se le cayó a los pies. Horrorizado miró a sus padres que se mantenían rectos, firmes y serios ante aquella condena, no injusta, pero si completamente irregular. Su razón no llegaba a comprender cómo eran capaces de llevar el orgullo de los Malfoy hasta tal extremo. Él, en cambio, se venía abajo ante la atenta mirada de todos. No iba a llorar, no podía llorar, por supuesto. Pero la perspectiva poco alentadora de pasar los próximos diez años en Azkaban, era devastadora. También estaba preocupado por sus padres, aunque en menor medida. Sentía ser tan egoísta, pero no le producía tanta tristeza como su propia condena. Odiaba ser así en aquellos momentos, pero la realidad, era la realidad y él, siempre había optado por salvarse su propio pellejo. Aunque aquello no significaba que no le produjese cierto dolor.

Con un gesto del Auror -aquel maldito Auror-, se levantaron del banquillo para ser conducidos -de nuevo entre insultos y abucheos, pero sin tocarles un pelo- a la Torre de Astronomía. Por suerte o por desgracia no verían el resto de los Juicios.

-Ω-

Aquella noche, Draco no pudo pegar ojo. De hecho, cuando llegó la hora de echarse a dormir, temblaba. Sus padres si habían caído en los brazos de Morfeo, y él, incapaz de entender cómo eran capaces de mantener la calma, veía el cielo estrellado.

Después, súbitamente escuchó un golpe sordo y se levantó. Al lado de la puerta vio el cuerpo del Auror, el cual parecía inerte. ¿Quién demonios había hecho aquello? Entonces, tras la reja apareció una figura un poco más baja que el Slytherin, la cual levantó su varita con decisión.

—Espera… ¿Qué vas a hacer? ¡No!

Pero ya era demasiado tarde. Porque una voz grave, como si fuera forzada, conjuró:

-Bombarda.