Capítulo 2
Pasaban de las 11 de la noche cuando Seiya se encontraba en su estudio, revisando unos documentos.
Por lo regular, se llevaba el trabajo a casa para poder pasar el mayor tiempo posible con su hija, y al ser uno de los dueños de la firma de abogados en la que trabajaba, eso no era ningún problema.
De repente a su mente vino esa mirada azul celeste con la que se topara ese medio día en el colegio de Chibi Chibi, distrayéndolo de su labor.
"Me recuerda tanto a SU mirada, igual de dulce y bondadosa" pensó.
Agotado, Seiya se quitó los lentes y se frotó los ojos cuando una pequeña voz lo llamó.
- ¿Papá? – la niña estaba parada en el umbral de la puerta
- ¡Chibi Chibi! ¿Qué haces despierta? ¿No se supone que ya estabas durmiendo?
- Si papá pero – caminó hacia él – no puedo dormir sabiendo que estás trabajando.
El pelinegro esbozó una media sonrisa y acarició la cabeza de su hija.
- Gracias por preocuparte por mí, pequeña – le dio un beso en la frente – ven, vayamos a dormir.
El hombre se levantó de su asiento, guardó los papeles en su portafolio y apagó la computadora y las luces. Tomo a la niña de la mano y salieron de la pieza, dirigiéndose a la recamara de ella.
Seiya abrió la puerta, dejando el paso franco para que la niña pasara y cerró tras de sí, mientras la pelirroja se dirigía a su cama; el cuarto estaba iluminado por la lámpara de noche.
- Espero que ésta vez no te vuelvas a salir de la cama – dijo él, arropándola.
- No lo haré papá, solo si prometes que ya iras a dormir.
- Te lo prometo – se sentó en la cama
- ¿De verdad? No quiero que saliendo de aquí vuelvas al estudio. Necesitas descansar.
- Ya apagué todo pequeña. Ya iré a dormir – se inclinó para besarle la frente.
- Bueno… Buenas noches papá
- Buenas noches mi Luz de la Esperanza – el pelinegro se levantó y se dirigió a la puerta - ¿Apago la luz?
- Si papá por favor.
El hombre apagó la luz y salió de la habitación, dirigiéndose a la suya propia mientras la niña iba cerrando poco a poco los ojos, iluminada por las estrellas fosforescentes que estaban pegadas en el techo.
Dulce tentación
Seiya llegó a su habitación y prendió la luz. Aun no se acostumbraba a su nueva casa a pesar de tener un mes ahí.
Extrañaba su antiguo hogar, sus muebles, el vecindario, pero lo que más extrañaba eran los recuerdos.
Con paso cansino, se dirigió al armario para sacar su bóxer de dormir y una playera vieja. Destendió la cama y se introdujo en ella, no sin antes tomar la fotografía que descansaba en su buró.
En ella se veía a una joven mujer pelirroja sosteniendo una recién nacida en brazos mientras un muchacho las abrazaba a ambas; eran tiempos diferentes y felices.
- Kakyuu – suspiró el pelinegro, mientras pasaba los dedos sobre el cristal del portarretrato – solo espero estar haciendo lo correcto para Chibi Chibi.
Todo aquello era difícil para él, pero tal vez era lo mejor. Empezar de nuevo dejando atrás todo el dolor y sufrimiento que aquella casa con sus muebles representaba, aunque, también, había recuerdos felices.
Eran apenas un par de veinteañeros cuando Seiya y Kakyuu decidieron unir sus vidas en matrimonio, y más sabiendo que la pelirroja estaba embarazada.
Se amaban; el suyo había sido amor a primera vista y por eso, cuando les dieron la noticia a sus respectivos padres, ellos no dudaron en apoyarlos.
Ambos recibirían la ayuda necesaria para que terminaran su carrera como abogados y entonces sí, poder ser independientes y vivir la vida que ellos merecían, siendo felices, pero nadie se imaginó que, de los dos, solo Seiya terminaría la licenciatura.
Dos años después de la boda, la tragedia los cubrió con su manto, sumiendo al pelinegro en un inmenso dolor.
Si no hubiera sido por Chibi Chibi, Seiya se hubiera dejado morir; la pequeña representaba ese profundo amor que él y Kakyuu se tenían, por lo que decidió salir adelante, llamándola su Luz de la Esperanza.
Y así, convertido en padre soltero y recién egresado de la universidad, luchó hasta lograr establecer su propia firma de abogados junto con sus hermanos y otros colegas, mientras su vida giraba alrededor de la pequeña pelirroja, olvidándose de su vida personal.
Apenas hacía un año atrás que había decidido dejar de usar la argolla matrimonial y ahora, hacia un mes había tomado la decisión de mudarse, por su bien propio y el de la niña, haciendo caso por fin a los consejos que le daban.
Por eso compró todo nuevo; no quería llevarse consigo ningún recuerdo que lo atara al dolor y la soledad de ocho años, salvo su ropa y tres únicas fotos, las cuáles descansaban una en la sala, otra en su estudio, y otra en el buró de su habitación, no llevaría consigo nada más. ¡Joder! Para eso había trabajado mucho, ¿no? Por algo su firma era una de las más reconocidas y prestigiosas en Tokio, ¿no?
Volvería a ser Seiya Kou, el hombre vivo, el pelinegro que quería comerse el mundo a puños como hace diez años atrás, solo que ahora, no lo pondría a los pies de su esposa, sino a los de la pequeña que dormía en la habitación al fondo del pasillo de aquella lujosa casa.
El pelinegro dejó el retrato en el buró mientras las lágrimas escurrían por sus mejillas; jamás olvidaría aquella terrible noche en la que la vida de su mujer se apagó para siempre, pero sabía que mientras la llevara en su corazón, Kakyuu estaría con ellos fueran a donde fueran.
Limpiándose las lágrimas, Seiya apagó la luz, disponiéndose a dormir.
Dulce tentación
Antes de que saliera el sol, Seiya ya se había levantado. Se encontraba en la ducha dándose un buen baño después de haber salido a correr, como de costumbre.
El agua recorría su bien trabajado cuerpo, mientras su largo cabello se repegaba contra él.
El ejercicio y las idas al gimasio se había convertido en otra de sus grandes distracciones, aparte del trabajo y la niña, para salir adelante después de la muerte de Kakyuu, y ahora, más que distracción, ya era un hábito.
Salió del baño envuelto en una corta toalla blanca con sus iniciales bordadas mientras buscaba su atuendo del día.
Sacó del armario un traje gris, una camisa azul y una corbata oscura. Unos lustrosos zapatos negros y su larga cabellera atada en una cola de caballo baja con sus tradicionales artes de luna creciente completaban el atuendo.
Para cuando bajó al desayunador, Chibi Chibi ya se encontraba ingiriendo los alimentos que Luna, el ama de llaves había preparado.
- Bueno días corazón – saludó alegremente el pelinegro mientras besaba amorosamente la pequeña cabeza.
- ¡Buenos días papá!
- ¿Va a desayunar, Señor?
- Si Luna, gracias.
Diligentemente la mujer colocó delante de su patrón unos huevos benedictinos, un tazón de frutas con yogurt, un vaso de jugo de naranja y café.
- Sabes papá, pensé que me iba a costar trabajo adaptarme a la escuela, pero estoy encantada – comentó la niña, mientras atacaba con voracidad sus wafles con jarabe de arce y fresas.
- Me da gusto oír hablar así, contando que solo tienes un día de haber ido.
- Lo sé papá pero mis compañeros son muy amables, y además, está ella…
Seiya enarcó una ceja ante aquel comentario
- Serena, ¿verdad?
- Si – un leve sonrojo se asomó en el rostro de la chiquilla
- Se ve que es una buena chica – comentó el hombre, tratando de sonar desinteresado
- Apenas la conozco pero siento que ella es muy especial.
- Especial… - Seiya soltó un suspiro – bueno, señorita especial, suba a lavarse los dientes o se nos hará tarde para ir a la escuela.
- ¡Sí!
La pelirroja subió corriendo las escaleras mientras Luna se acercaba al hombre para servirle más café.
- Creo que a la niña le hace falta una figura materna
- ¿Tu crees, Luna? – el pelinegro la miraba sorprendido
- Ella era muy pequeña cuando la Señora falleció, no ha conocido a alguien que esté con ella, y ahora que se acerca a la pubertad, tal vez necesite alguien con quien tenga cierta "afinidad"
- Tal vez tienes razón, tal vez ya es tiempo de que ella tenga una amiga con quien platicar de cosas de "chicas" – dijo él pensativo, mientras recargaba los codos sobre la mesa – Luna, ¿podrías quedarte hasta medio día y preparar la comida? Hoy no voy a poder venir temprano.
- Si Señor, no se preocupe.
- Solo espera a que ella llegue y coma, después podrás irte – dijo mientras se dirigía al medio baño que había en la cocina y se lavaba los dientes.
- Si Señor.
- Papá, ¿podrías peinarme? – Chibi Chibi traía el peine, pasadores y su mochila.
- Oh si, claro que sí.
Rápidamente, Seiya hizo los odangos en los cuáles tenía mucha experiencia y habilidad al realizarlos.
- ¡Listo! ¡Vámonos!
Padre e hija se dirigían a la puerta cuando el ama de llaves lo detuvo
- Señor, ¿quién irá por la niña a la escuela? Si usted gusta, yo puedo pasar.
- No te preocupes Luna – el pelinegro esbozó una sonrisa – ya me las arreglaré.
- ¡Papá! – lo llamó Chibi Chibi
- ¡Ya voy! – respondió él, saliendo de la casa.
Dulce tentación
- Oye Chibi Chibi – la llamó Seiya sin despegar la vista de la carretera
- Dime, papi.
- Hoy no podré ir a recogerte a la escuela ni podré comer contigo. Tengo papeleo que hacer en el despacho.
- No te preocupes papi. Me voy solita en el autobús.
Seiya hizo una mueca; detestaba no poder estar al pendiente de su hija
- Nada de eso. Estaba pensando si tu senpai pudiera acompañarte a la casa.
- ¿Serena?
- Si, Serena
- No creo que haya algún problema, digo, se supone que es parte del programa de la escuela que los senpai estén pendientes de los kohai.
- Si hija pero no quiero abusar
Habían llegado ya a la entrada de la primaria. La niña se desabrochó el cinturón y bajo.
- No creo que sea ningún abuso para ella – la pelirroja sonrió – bueno, nos vemos más tarde.
- ¡Hey Chibi Chibi! ¡Espera! – la llamó el hombre – ten - Seiya extendió un billete de 500 yenes – para que se lo des a esa chica por haberte llevado a casa.
- Si papá – la niña tomó el dinero y lo guardó en su bolsa – nos vemos más tarde.
- Hasta más tarde, princesa – y despidiéndose, Seiya arrancó su auto.
Dulce tentación
La firma de abogados "Kou y Asociados" se encontraba ubicada en el décimo piso de un lujoso edificio en el distrito financiero y comercial de Tokio.
Seiya descendió del auto y le dio las llaves al valet parking para que lo estacionara mientras él entraba al edificio.
Con paso presuroso, alcanzó el elevador que lo llevó hacia el piso donde todo un buffet de abogados trabajaba en sus respectivos casos; le precisaba llegar a su oficina.
Una vez ahí, se desplomó en su silla de piel y comenzó a revisar los papeles que estaba viendo la noche anterior, puesto que Chibi Chibi no lo había dejado terminar aquel trabajo.
En ese momento, Petzite, su secretaria, entró a aquella sobria y elegante oficina.
- Licenciado Kou, el señor Diamante Blanc habló muy temprano. Dijo que si ya le tiene una respuesta.
- ¿Pero qué le pasa a ese hombre? – el pelinegro se pasó las manos por el cabello – su caso no es nada fácil, tomando en cuenta que su esposa lo encontró cometiendo adulterio y aunque estén casados por bienes separados, la mujer está en su derecho de pelear parte del patrimonio.
Petzite lo miraba seriamente mientras Seiya seguía hablando
- Dile que mañana por la mañana tendré lista la contrademanda, pero que por ningún motivo vaya a salir de viaje con esa chica con la que la engañó. No es conveniente que lo vean.
- Demasiado tarde Licenciado, el señor Blanc partió esta mañana a Londres con la chica, por eso llamaba para saber si ya tenía respuesta.
El pelinegro rodó los ojos. Los ricos siempre hacían lo que querían y esperaban que los abogados resolvieran sus problemas. Pero bueno, para eso estaban; Kou y Asociados no se habían ganado su reputación por nada, así que, sacaría del bache a su cliente.
- Bien, entonces no me queda más remedio que seguir revisando el caso y hacer que el juez falle en favor de Diamante y no de Esmeralda Blanc. Déjame solo Petzite y por favor, no me pases llamadas de nadie ni me molestes.
- Si Licenciado.
La muchacha salió de la oficina, cerrando la puerta tras de sí, mientras Seiya se metía de lleno en el caso de los Blanc.
De repente, la puerta se volvió a abrir.
- Petzite, ¿no te dije que no quería que me molestaras? – dijo el hombre sin alzar la vista de los papeles.
- No soy Petzite
De inmediato, el pelinegro alzó la mirada, descubriendo a una sensual mujer recargada sobre el marco de la puerta.
La mujer iba enfundada en un vestido de manga tres cuartos oscuro con un cinturón grueso que acentuaba a la perfección su bien moldeado cuerpo y el ondulado cabello aguamarina lo llevaba suelto.
Sutil maquillaje y stilettos completaban el atuendo que hacía lucir a aquella mujer sensual y profesional a la vez.
- Michiru – dijo Seiya, asomando una media sonrisa, en respuesta a la coquetería de la mujer.
- Veo que estas ocupado, Seiya – la mujer de cabello aguamarina se acercó al escritorio con un cadencioso vaivén mientras sostenía un folder color beige – pero tengo que llevar estos papeles al juzgado y quiero saber si puedes acompañarme.
El pelinegro se levantó galantemente, sosteniéndose del escritorio mientras se acercaba peligrosamente al rostro de la abogada.
- ¿Ah si? ¿Quieres que te acompañe? – la miró seductoramente
- Me encantaría – respondió ella, con voz aterciopelada
- Bien… pues que te acompañe Haruka, yo no puedo – fue su respuesta, mientras se desplomaba de nuevo en su silla, rompiendo aquel encuentro de coquetería.
- ¡Pero Seiya – reprochó ella, disgustada de que el pelinegro no hubiera seguido con el juego
- Ya te dije, estoy ocupado – respondió, mientras se concentraba en los papeles.
- ¿Se puede? – una mujer rubia vestida masculinamente estaba parada en el umbral de la puerta.
- ¡Oh mira! Que oportuno. Haruka, pasa por favor.
La rubia entró a aquel lugar, mirando con desagrado como Michiru se incorporaba del escritorio, molesta.
Seria, e intentando contener su disgusto, Haruka se acercó al escritorio del hombre mientras la abogada se cruzaba de brazos.
- ¿Qué sucede? – preguntó seria la rubia
- Michiru tiene que ir a entregar unos papeles al juzgado y no quiere ir sola, como si fuera la primera vez que lo hiciera – comentó sardónico Seiya – por lo que me gustaría saber si tu puedes acompañarla.
- Claro. Por mi no hay ningún problema. Yo también tengo que llevar unos papeles.
- Perfecto. Michiru ve con Haruka por favor.
Sin más remedio y con el ego herido, la mujer de cabello aguamarina salió de la oficina acompañada de la rubia.
Dulce tentación
La campana sonó anunciando el receso, por lo que los chicos salieron rápidamente de sus aulas para poder ingerir sus almuerzos.
Serena había llevado una cajita con galletas caseras para compartir con su kohai, por lo que se encaminó al área de primaria.
- Es una suerte que nuestro receso coincida con los chicos de primaria – dijo Amy
- Si, así es. Por lo menos así podemos prestarles atención y así compensamos las horas de servicio por las tardes.
- Serena… - le llamó la atención Amy
- Lo siento chicas pero prefiero pasar tiempo con Chibi Chibi aquí que en mis ratos libres. Esos son para mi amado Darien.
- Ay Serena, de todos modos tenemos que ayudar a los chicos fuera de la escuela.
- Bueno niñas, yo me despido aquí de ustedes – comentó Mina, estirándose un poco.
Amy y Serena la miraban perplejas.
- ¿Por qué? ¿Qué no comerás con tu kohai? – preguntó la rubia de odangos
- La mamá de Hotaru me llamó anoche para decirme que está enferma y que no vendrá en toda la semana, así que tengo mis horarios de comida libres, por lo que iré a buscar a Saijo – la rubia de lazo rojo les guiñó el ojo – nos vemos chicas.
- Ay, qué suerte tiene – resopló Serena, observando a su amiga alejarse para buscar a su novio
- Deja de quejarte Serena – la reprendió Amy – mejor vayamos de una vez que los niños nos han de estar esperando.
Divisando a la niña que estaba bajo un árbol, Serena se acercó a ella.
- ¡Hola Chibi Chibi! – saludó, sentándose junto
- ¡Hola Serena! – los ojos de la niña se iluminaron
- ¡Oh! Qué bonita lonchera – señaló la rubia hacia el contenedor lleno de estrellas de la pelirroja
- Muchas gracias. Papá me lo trajo de Kyoto cuando fue a un viaje de negocios.
- Tu papá tiene buenos gustos – comentó Serena, mientras habría su estuche – bueno, comencemos a comer que muero de hambre.
Las dos chicas se dispusieron a ingerir sus alimentos mientras platicaban. Terminando estos, Serena abrió la cajita de galletas y le convidó a Chibi Chibi
- ¡Estas galletas están deliciosas!
- Qué bueno que te gustaron. Mi mamá las hace exquisitas
-Ojalá mi mamá estuviera conmigo para que me hiciera galletas – comentó la niña algo triste, mientras la rubia se sentía apenada
- Bueno, si tu gustas, le puedo pedir la receta a mi mamá y voy a tu casa a preparar galletas contigo.
- ¿De verdad harías eso? – Chibi Chibi tenía los ojos muy abiertos mientras miraba a la chica
- ¡Por supuesto! – Serena sonreía
- ¡Muchas gracias! ¡Me encantaría! – la niña se dejó caer sobre la muchacha, abrazándola – a propósito, hoy mi papá no podrá venir a recogerme, y me dijo que te preguntara si puedes acompañarme a mi casa.
- Por supuesto Chibi Chibi, no hay ningún problema, yo te llevaré a tu casa – respondió la rubia de odangos mientras acariciaba el cabello de la chiquilla.
Hola!
Bueno pues la mamá de Chibi Chibi es nada más y nada menos que Kakyuu. Pobre Seiya, ha sufrido mucho con su muerte, que más adelante sabremos que fue lo que ocurrió, y Michiru anda de coqueta, que creen que quiera? Y Serena llevará a Chibi Chibi a casa... algo puede suceder por ahí.
Espero que este capítulo haya sido de su agrado, muchas gracias a ShadowKitty Moon1999, Monymoonkou, Rogue85 (me alegra que te haya gustado el primer capi, y uy, lo que falta), Mirel Moon, Liz Vara, Alejasmin, fairylevy, génesis, Luna Ozcura Kou y .princess por sus reviews!
No se olviden de pasar por mi página en FB, me encuentran como Gabiusa Kou.
Nos leemos muy pronto Bombones y mañana no se pierdan la actualización de Lovers, besos estelares! :*
