Disclaimer: Los personajes y toda la panda de pervertidos que vive en el universo Narutil no me pertenece ( aish, pero soñar es gratis jejeeje, si pudiera me alquilaba un rato a Ita, a Iru y a Hidan y no precisamente en ese orden; buenooooo quien dice un rato dice una semana o un año... ku fu fu fu fu)
Un pequeño mini shoot dividido en dos caps, todo super rosa fluffy y adorable.
Totalmente ItaDei.
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Rosas para Deidara.
El paraiso en una habitación.
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Catorce de febrero del año siguiente.
Itachi caminaba por la aldea a grandes zancadas, bufando, molesto y enfadado con el mundo.
Era su primer aniversario de bodas, y desgraciadamente iba a tener que romper su promesa de rosas para Deidara. ¿La razón?, fácil, no había ni una sola flor en toda la aldea, punto.
Había visitado su quinta floristería solo para confirmar el mismo resultado que en las cuatro anteriores; existencias agotadas.
Y no es que no tuviera todo atado con antelación. Sus rosas había sido encargadas un mes antes, pero la empleada de la floristería, una jovencita inexperta en su primer día de trabajo, había equivocado su pedido y enviado sus rosas, las rosas para Deidara, a otra aldea en un paquete postal urgente.
Nunca jamás, en toda su vida se había sentido tan frustrado. Era poco mas que un maldito delincuente y un traidor miserable. Decepcionar a su rubio esposo en el primer aniversario de su unión era un delito imperdonable a sus ojos. Aunque sabía a ciencia cierta, que Deidara le abrazaría con una sonrisa de esas suyas tan hermosas y le susurraría con dulzura almibarada un "No importa, cariño, para el año siguiente"... Por que Dei era así, y por eso mismo, después de todos esos años juntos, aún seguía acelerándole el pulso el hecho natural de que sus miradas se encontraran.
Frenó sus zancadas a una manzana de la casa que compartían. Podía improvisar algo de última hora. Pero constató, minutos frustrantes después, que el frío habitual del mes de febrero, imposibilitaba el nacimiento de rosas a la intemperie; en resumen, ni una sola flor en ningún parque o jardín público.
Pensó por un momento, muy seriamente, asaltar algún jardín privado. Seguramente alguno de sus conocidos tendría un rosal en casa, ¿No?... y era muy posible que así fuera, pero en su estado de ánimo no era capaz de recordar a nadie con esas características en su vivienda.
Profundamente desanimado y con la culpa de su evidente ausencia de regalo este año, aparte de que su promesa, mantenida a lo largo de incontables años se iba por el desagüe, se encaminó, con las últimas trazas de valentía que le quedaban, a su dulce hogar compartido, aferrando entre sus dedos el regalo de aniversario, una pequeña joya elegante y delicada que había diseñado él mismo durante mucho tiempo, y que ahora mismo, en ese preciso instante se le antojaba fea e inútil.
Un burdo sustitutivo de sus preciadas rosas.
Tomó aire frente a la puerta, una, dos, tres veces. Profundamente, casi hiper-ventilando, deslizó la llave en la cerradura y giró para acceder dentro.
Silencio.
Qué raro.
Se quitó el abrigo beige de lana fría y la bufanda y acomodó las prendas en el colgador de la entrada. Dejó las llaves en el pequeño cuenco puesto en el mueble para ello y los guantes que mantenían sus dedos calientes hasta ese instante, junto a ellas.
Se pasó los dedos por el pelo, en un gesto típico para calmar el nerviosismo.
¿Dónde estaba Deidara?
Miró el reloj del salón. Frunció el ceño. Era muy tarde para que Dei estuviera aún dando clases.
Se abofeteó mentalmente por no pasar por la academia para verle, como siempre hacía si estaba en la aldea, pero el asunto de las rosas le había ocupado toda la mente por completo, haciéndole incapaz de pensar en ninguna otra cosa; o persona.
La calefacción estaba puesta, lo que le indicaba que si su amorcito había salido, no había pasado mucho tiempo.
Estaba decidiendo si salir de nuevo, al frío de la calle a buscarle o esperarle en la comodidad cálida de su hogar, cuando un leve sonido, muy sutil, le hizo girar la cabeza en dirección al pasillo.
El aroma a rosas frescas le llegó a la nariz apenas dio un pequeño paso acercándose al ruido.
Estrechó la mirada confuso.
Un tenue y delicado fulgor anaranjado salía por debajo de la puerta de la que era su habitación conyugal. Y no necesitó abrir la puerta para saber que el origen del agradable aroma a flores surgía de ahí.
Sus dedos temblaron de anticipación.
Desde fuera escuchaba la suave música del blues puesta muy bajita como banda sonora, y la voz de Deidara, cantando el tema por encima de la solista femenina, en un tono profundo y acertado.
Los talentos de su esposo aumentaban según lo hacía la convivencia en común.
Llevaban muchos años como pareja, pero este último año, en el que vivían juntos de verdad, Deidara se había mostrado ante él de mil facetas diferentes, muchas de ellas desconocidas para el moreno. Que fuera capaz de cantar con tanta habilidad era una de ellas, y en mas de una ocasión, Itachi se había descubierto conteniendo el aire en los pulmones escuchándole interpretar un tema cualquiera al tiempo que esculpía una de sus obras.
"Me ayuda a concentrarme" le había dicho el día que preguntó.
Y solo sonrío en respuesta, mientras pensaba que le gustaría estar mirándole mucho mas tiempo.
Abrió lentamente, procesando en su cerebro cada centímetro de la escena que se mostraba ante él.
La lámpara que descansaba en la mesita de noche iluminaba intermitentemente el cuarto, a causa del pañuelo que cubría la bombilla, y que solo dejaba pasar la luz en las partes que no había dibujo.
Itachi parpadeó tratando de acostumbrar la vista, y aunque estuvo tentado a encender la luz del techo, supuso que esa curiosa iluminación formaba parte de lo que fuera que pretendía su chico.
Deidara permanecía tumbado en la cama, con la espalda apoyada en el cabecero. Su rostro, hombro y parte del pecho estaba a la vista, el resto era una incógnita oscura, aunque Itachi deseó que no le cubriera nada, lo poco que podía ver le gustaba, y mucho.
Una sonrisa iluminó las dos caras, y el rubio alzó el brazo para pasar los dedos por el pelo, que había crecido un poco en este año, hasta la orilla de sus hombros.
Itachi no pudo pronunciar palabra al mirar alrededor y ser consciente del resto de la habitación, aunque su cerebro y todos sus sentidos se empeñaban en volver, una y otra vez, al rubio sexy sobre la cama.
– Gracias por las rosas. – murmuró roncamente el artista. – Este año son especialmente preciosas.
– P-pero si no … – trataba de explicarle que sus flores se habían perdido, pero Deidara le señaló con el dedo un enorme ramo de rosas rojas y abiertas de tallo largo, que descansaban en un precioso jarrón de cristal cerca del moreno.
Itachi las reconoció al instante, por la tarjeta, que él mismo había diseñado a propósito para la cita ineludible de su aniversario y su promesa adolescente.
Iba a replicar ligeramente molesto, pero de nuevo, las palabras murieron en sus labios con el simple gesto de su esposo.
Tiró del pañuelo con dos dedos, liberando la luz de su presa e inundando el cuarto por completo.
Itachi abrió la boca y la dejó así. No sabía que retener en su mirada primero.
Deidara le sonreía desde la cama, vestida con raso rojo y su esposo desnudo cubierto parcialmente con los pétalos de rosas de todos los colores.
Había flores, por toda la habitación. Cada rincón del cuarto estaba adornado con ellas.
Así que ahí es donde estaban todas las flores de la aldea...
Le acusó con la mirada por el mal rato que había pasado, pero no podía enfadarse con él, mucho menos después de ver como se pasaba la lengua por el labio inferior y le daba un brillo tentador; pidiendo en la mente de Itachi ser besado con urgencia.
Dio un paso en su dirección mientras sus dedos desabotonaban su camisa y liberaban sus pantalones del cinturón, pero Deidara le detuvo con un gesto de la mano.
Dejó de andar, pero no paró de quitarse prendas, con la vista fija en el rubio; no habría podido apartarla ni aunque su vida dependiera de ello.
Los dedos de Deidara apartaban los pétalos que cubrían su piel en una caricia susurrada, brindándole a su marido un espectáculo maravilloso que jamás soñó siquiera presenciar.
Si pensaba que existía algo que pudiera detenerle en ese momento, es que era un iluso.
Se arrodilló a los pies de la cama, su regalo perdido en el interior del bolsillo del pantalón, abandonado en el suelo.
Gateó por las piernas del rubio, deslizando su lengua en un caminito ascendente de saliva, hasta el dulce goloso y palpitante premio. Se deleitó en su sabor, ligeramente salado y agradable por el jabón con el que seguramente se había bañado antes de que él llegara. Ahora que estaba mas cerca, el aroma de las rosas le aturdía poderosamente.
La piel de Deidara olía a flores.
Un gemido procedente de sus labios le desconcentró, y un tirón en sus hombros seguido de un gesto con la cabeza, invitándole a subir hasta los labios, fue suficiente para abandonar el dulce néctar que ya asomaba y paladear la lengua contraria en sus labios, mientras le tocaba por todas partes con el cuerpo entero.
Los pétalos saltaron fuera del colchón cuando su unión les hizo uno. Trató de ser delicado, pero su cuerpo no le obedecía. Quería regalarle a Deidara su pequeña muerte con prisa, con ansia desbocada, con placer demente.
Quería estar ahí, con él, en esa cama y con esas rosas cada año, cada aniversario.
Y se lo hizo saber, entre gemidos y caricias desordenadas. Sílabas amontonadas que escapaban de entre sus labios entre abiertos sin orden ni lógica.
– Te amo. – Susurró Deidara enfocando su mirada con decisión.
El sudor los cubría a ambos, pegando a sus cuerpos las rosas que no habían caído al suelo, y se alzaron juntos en el mismo final.
Los dedos del moreno, acariciando sus caderas, y en su oído, una y mil veces un "yo también te amo, mi vida"
Deidara solo pudo sonreír de vuelta.
"Feliz aniversario"
Antes de que los pétalos empezaran a perder su esplendor, hicieron el amor una docena de veces.
La angustia por no encontrar las flores, por tener que romper su promesa quedó olvidada en algún rincón lejano de su mente.
Lo único que era capaz de pensar era en la siguiente caricia, beso, mirada, jadeo, "te quiero"...
Por que no había nada mas maravilloso en el mundo entero que darle rosas a Deidara.
… y al rubio no le importaba ser el "jarrón" para esas rosas, todos los aniversarios que celebraran.
Y si lo pensaba fríamente, aún le quedaban un montón de años, de rosas que Itachi le había regalado en todos estos años, en los que devolver el regalo a su entregado esposo... aunque en ese momento todas las flores de la aldea inundaran su cama y su habitación al completo... no contaban.
No contaban y a Itachi no le importaba...
Solo quería disfrutar del agradable placer de estar casado con alguien como él.
Y pensar una y otra vez, que su mayor obra de arte era él mismo... y que jamás se cansaría de comprar :
"ROSAS PARA DEIDARA"
FIN.
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Bueno, se acabó.
Gracias por los reivews y por leer hasta aquí.
Espero que haya gustado.
Besitos y mordiskitos
Shiga san
