2. Understanding
Tenten dejó el petate encima de la cama. Nunca había sido demasiado ordenada. Dio una patada al par de calcetines y abrió el agua caliente. Se asomó a la ventana, respirando el aire fresco que le traía la noche. Pensó en aprovechar que había luna llena para intentar tomar un poco de color antes de irse a las maniobras.
No vio la figura que se amparaba en las sombras, observándola. Las suaves pisadas del insecto no le provocaron a Tenten cosquillas delatoras en la piel, cuando se descolgó de su cabello y descendió por la fachada hasta el muchacho que la vigilaba embozado desde la calle.
"Así que eras tú..."
Dos horas más tarde, algunos de los ninja en reserva formaron en el patio del palacio del Hokage. Escucharon las instrucciones y decidieron los equipos. Tenten tomó el ala este como radio de acción, soplaba un viento leve y la resistencia para los lanzamientos sería menor. Escurriéndose más allá de la ventana, siguió en solitario el plano que sus compañeros, ocupados en vigilar, le habían dado. Encontraría pronto el objeto marcado, lo llevaría al lugar de reunión y podría irse a casa a descansar. No había comido nada en todo el día, y tenía un hambre atroz.
Tras algunos pasillos vacíos y varias trampas demasiado evidentes, comenzó a bajar la guardia. Había visto cómo nombraban a Naruto como encargado de las emboscadas del equipo contrario, y seguramente era tan torpe como para no colocar ni una bien. El último pasillo estaba repleto de puertas a ambos lados, y parecía desierto.
Tenten adelantó el kunai y activó el sello de fuego. Los cambios de temperatura podían hacer saltar hasta la trampa más sensible. Caminó con sigilo hasta la mitad del pasillo, y allí se detuvo. La tercera puerta de la derecha parecía ser la correcta, según el plano. Asió el pomo deseando volver cuanto antes a casa, y dejar aquellas estúpidas maniobras por fin de lado. Sólo cuando escuchó el chasquido de la cerradura se dio cuenta de que había caído en la trampa.
En una décima de segundo, cientos de agujas salieron disparadas de las otras puertas, sin dejarle tiempo para reaccionar. Todo se volvió oscuro.
― No te muevas.
La verdad era que ni siquiera sabía dónde estaba. No había ni solo rayo de luz a su alrededor. Comenzó a hacer calor.
― Quieta.
Escuchó la segunda ráfaga de agujas como velada por una gruesa pared, y las oyó chocar a su alrededor con un ruido sordo. Entonces se dio cuenta de que dos brazos la abrazaban con firmeza. Se sintió levemente mareada. Aunque aquel cuerpo estaba cubierto con un grueso abrigo, ese contacto tan estrecho la dejaba sentir el pecho fuerte y amplio contra el suyo nítidamente. Sin darse cuenta, apretó la nariz contra el cuello embozado. Parte de la cúpula de insectos que los cubría se deshizo con un rumor, pero Tenten mantuvo los ojos cerrados.
― Giraste a la derecha hace un rato, ¿verdad?
La vibración de la voz de Shino llegó a ella a través de su piel. Era verdad. El estúpido de Naruto había encharcado el pasillo tercero.
― Entraste en el pasillo final por el lado equivocado.
La tercera oleada de agujas se disparó, pero tampoco llegó a acertarles. Los insectos fueron más rápidos.
― Era la tercera puerta a la izquierda, entonces ― dedujo Tenten, con la voz amortiguada por el grueso abrigo que le cubría el cuello a Shino. Él no contestó. Tampoco aflojó su presa. Esperaron un instante, comprobando si Naruto había pasado del capítulo tres del libro de trampas y era capaz de una cuarta ráfaga. Pero no.
Cuando la cúpula se disolvió, el aire fresco de la noche alivió a la kunoichi. Allí dentro hacía calor. Shino la soltó al fin, y se ciñó las gafas con un gesto rápido. Ella decidió ponerle fin a todo aquello, era terriblemente embarazoso que la hubiese alterado de esa manera...
Abrió la puerta y tomó el testigo marcado. Shino la precedió en el retorno, mientras ella ataba sus notas de retirada a las armas y las lanzaba a puntos concretos del camino de vuelta, para que sus compañeros que vigilaban se dirigiesen al punto de encuentro.
Afuera hacía frío. Tenten vaciló sobre sus pies un instante, y sintió la sangre agolparse en sus sienes.
― Necesito parar un momento, Shino.
Él se detuvo de inmediato. Sus dedos se cerraron levemente dentro de los bolsillos. Que ella dijera su nombre le había puesto nervioso de repente.
― ¿Te encuentras bien?
Se acercó a ella lentamente, amparándola en su sombra. Así cubierto parecía más alto, imponía bastante. Tenten se apoyó en la pared.
― Sí... sólo es que... hace calor, y tengo el estómago vacío. Estoy un poco mareada...
Las manos de Shino eran fuertes y muy finas. Asió a la kunoichi y la forzó a sentarse al pie del muro. De rodillas frente a ella, extrajo de las insondables profundidades de su abrigo una bolsita.
― Tómate esto...
Tenten recogió de su palma una bolita pequeña y roja. Seguramente una píldora de soldado de Kiba. Tragó con dificultad, cerrando los ojos. No estaba preparada para sentir esa mano fría en la frente. El contacto de piel contra piel la hizo enrojecer.
― Tienes la temperatura muy alta... ¿estás segura de que estás bien?
Tenten trató de hablar, pero sólo balbuceó mientras apartaba la mano de Shino. Intentó ponerse en pie apoyándose en la pared, pero él no la dejó.
― Te creía más prudente. Quédate aquí, llamaré al equipo médico.
― Si no... si no está el equipo al completo perderemos los puntos meritorios de las maniobras... no me apetece volver mañana como castigo...
El gran abrigo crujió al recibir a Tenten en sus brazos.
Naruto llevaba un rato intentando mantenerse en silencio, pero la ausencia de ruido siempre le había puesto nervioso. Neji sorbía muy despacio su té. Llevaba un par de horas tratando de que Naruto pareciese reflexivo, serio e incluso inteligente, pero los resultados eran bastante pobres. "Supongo que con los días se irán viendo los progresos" se dijo para sí Neji.
Naruto intentaba reunir todos los consejos dentro de sí, pero el valor necesario para llevarlos a cabo era demasiado grande. "Qué clase de maldito ninja soy" se reprochó con amargura "si no soy capaz de enfrentarme a Hinata... A no ser que ella llevase una bolsa llena de kunai y pretendiera matarme... lo que, dado el caso, no sería demasiado extraño..."
― Naruto ― lo llamó Neji suavemente, sacándolo de su ensueño ―, si esperas un poco más se hará demasiado tarde para visitar a esa muchacha. Si es una kunoichi disciplinada ― los tiros de Neji acertaban en el blanco, pero en el equivocado ― seguramente esté a punto de acostarse.
― Es verdad... pero... pero... ― Naruto cerró los puños en las rodillas, asiendo con fuerza los pantalones. Nunca había temblado con tal violencia.
― Nada de peros ― Neji dejó la taza con un golpe en la mesa ―, si todo lo que me has contado esta tarde es verdad, debes disculparte cuanto antes. Tienes que defender la verdad y el respeto por encima de todo, ¿o es que acaso no la respetas?
― ¡Sí! ― gritó el ninja, poniéndose en pie de repente ― ¡Tienes razón!
― Recuerda que debes darle tiempo ― siguió susurrando Neji mientras acompañaba a Naruto a la puerta ―, es probable que no quiera disculparte a la primera. Ten en cuenta que la has herido, la has herido mucho... pero ― paró su sermón al ver cómo el ninja agachaba la cabeza ― tienes que decirle que lo sientes. Seguramente se estará atormentando sola y necesita que la escuches, aunque todo sean gritos o reproches.
Cuando la puerta se cerró, Neji resopló aliviado. La cabeza le habría estallado si hubiera seguido escuchándolo.
Fue cerrando las puertas según pasaba. El pabellón sur estaba vacío, todos habían ido a la fiesta de verano. Aprovecharía para leer un poco y tomar otro té a la luz de la luna.
Su tío le había obsequiado en su último cumpleaños con una pequeña estancia en ese mismo ala sur, que Neji había convertido en un discreto despacho. El correo estaba sin abrir. Una de las cartas aún estaba atada al halcón que la había traído, una hermosa hembra castaña, pequeña para su especie. Neji le ofreció una galleta de jengibre cuando desató el lazo blanco y abrió la puerta corredera para que encontrase por sí misma la halconera.
La carta era breve, y venía sellada con una gran lágrima roja de lacre. Neji se sentó en el suelo. Las palabras fluyeron fuera de la hoja para acariciarle con suavidad el rostro, y acelerarle el corazón. Nada era capaz de perturbarle y alterarle de ese modo, excepto las palabras dulces e ingeniosas de su amada.
― ¡Comienzan de nuevo los bailes!
Las damas giraban con gracilidad, trazando delicados arcos con sus brazos. Lee dejó el plato y los palillos en una de las mesitas. Se estaba hinchando a curry con arroz, pero paró a tiempo antes de que tanta comida le diera sueño.
― ¿Quieres bailar?
― Pero... los hombres no bailan, Lee-san...
― No seas tonta, ¡todos bailamos en la fiesta del verano! ¿Acaso no ves a aquellos dos?
― Sí, pero... Kaori y San-kun están prometidos, por eso bailan juntos...
Los dientes de Lee relucieron al tomarla de la mano. Ella se ruborizó, pero lo siguió entre risas. Cuando se apretó contra ella a su espalda, y vio los fuertes brazos de él surgiendo bajo los suyos en movimientos acompasados, un estremecimiento le pinchó en la nuca. Lee sonrió a su maestro, que llevaba dos horas golpeando los tambores con energía inagotable. Ella se rió de nuevo, y giró para enfrentar al muchacho. Le apartó los mechones del flequillo de la frente y le besó en la mejilla. Él, sin dejar de bailar, bajó la mirada muerto de vergüenza.
― Me alegro de haber venido, Lee ― le susurró al oído.
― Y yo me alegro de que hayas venido ― le susurró él a ella.
Sakura se escondió tras su vaso de té helado. No sabía si estaba furiosa, molesta, celosa o triste. Lee se lo estaba pasando de miedo con aquella preciosa muchacha, y ella... ella había tenido que huir de un pulpo de la escuela superior de medicina, que la había llevado a la fiesta sólo para presumir de salir con la alumna de Tsunade.
La vena de su frente se hinchó, y los ojos le relampaguearon. "Le está susurrando al oído... le está tocando el pelo... y él sólo sabe ruborizarse y bailar... ¡cerda asquerosa!..."
El camarero pasó ante ella y le retiró el vaso vacío de la mesa. Cuando ya se iba a ir, Sakura lo tomó del fajín.
― Tráigame dos botellas de nihonshu joven, y una de Onigoroshi, por favor...
El camarero se puso verde, pero no se atrevió a replicarle a aquel rostro demoníaco.
Shikamaru se abanicaba con indolencia. Cinco minutos antes Ino les había retirado el ventilador para llevarlo a la habitación de los pequeños, que se habían quedado dormidos mirando la partida de shôgi que su padre mantenía con Shikamaru. Ino apareció por la puerta.
― Ya están dormidos... mhhh... ― se estiró lánguidamente. Tenía las manos mojadas después de fregar los cacharros. Las pasó por el pecho de su marido, y le acarició la barriga con ternura, arrodillándose a su espalda.
― Ve a acostarte, mañana tienes que levantarte pronto.
― Mhhh... es verdad... pero prefiero quedarme un poco más despierta. Tengo que vigilar que este maníaco no te dé de beber más. Ya os habéis bebido dos botellas de nihonshu en la cena...
Shikamaru chasqueó la lengua. Los ojos de Ino relampagueaban. Era una verdadera arpía.
― Como quieras, querida compañera ― contestó con calma el ninja, moviendo una de las fichas hacia delante y retirando dos de Chôji ―, mañana tendrás un par de hermosas y profundas ojeras a juego con el uniforme morado...
Ino se quedó congelada mientras acariciaba el cuello de Chôji con la mejilla. Shikamaru casi pudo ver el humo saliéndole de las orejas.
― Creo que me voy a la cama... Buenas noches, Chôji... Buenas noches, Shikamaru. Como le hagas beber una gota más, vas a sentir mi ira... ya verás que sí...
Ino acababa de cerrar la puerta cuando Shikamaru deslizó desde su bolsa una botella de cerveza para su compañero.
― No nos pillará, ¿verdad? ― preguntó antes de arrancar la chapa con los dientes y escupirla contra la pared.
― No te preocupes ― contestó Chôji, llevándose a la boca un puñado de palitos de pan con especias ―, ronca como un demonio. A veces creo que las paredes van a caerse.
― Pues no la dejes dormir ― sonrió Shikamaru, guiñándole un ojo. Chôji se puso rojo como un tomate y pareció sudar más de repente.
― No digas esas cosas... Por cierto, yo veo que duermes estupendamente desde hace demasiado tiempo, Shikamaru.
Él se sintió tan azorado que perdió dos fichas en un solo movimiento.
― Lo único que pasa es que yo no dejo que me quiten el sueño, Chôji. Yo sé lo que busco, y ellas saben lo que hay cuando se vienen conmigo. Por la mañana las mujeres me dan dolor de cabeza. Y si me duele la cabeza luego no puedo echarme la siesta en el curro...
Chôji se rió ante la fanfarronada. Conocía demasiado bien a su compañero como para darle demasiada importancia a sus palabras... pero también para no tomarlo en serio.
― Eres un caso.
El segundo golpe contra la pared fue peor. Sintió cómo le crujían levemente las vértebras, y cómo la garra que lo aprisionaba la garganta se cerraba un tanto. Comenzaba a faltarle el aire de un modo alarmante.
― Está bien... para, por favor...
― ¿Qué pare? ¿QUÉ PARE? ¿Y eres tú quien se atreve a decírmelo? ¡TÚ deberías parar de una vez de hacer daño, Uzumaki!
Naruto notó cómo las uñas se clavaban en la piel de su cuello. Supo que le estaba sangrando, y también el labio que ya tenía partido. Las garras de la mano libre crujieron en anticipo, y Naruto no vio más que un relámpago dorado ante sus ojos antes de gemir cuando las uñas le abrieron cuatro profundos surcos en la mejilla, del cuello al ojo.
― Eres un bastardo, ¿lo sabías? ― Kiba le puso la garra ensangrentada delante del rostro. Naruto sentía cómo se ahogaba.
― Si quieres pégame... lo que quieras... no pienso... quitarte la razón...
Kiba golpeó con su rodilla el vientre del ninja. Su estómago se hundió un tanto, y las náuseas le subieron a la garganta exprimida. Se quedó definitivamente sin aliento. Sus manos se elevaron por instinto hacia la garra que lo asfixiaba, pero no parecían tener fuerzas contra la bestia en la que se había convertido Kiba. Él lo elevó por encima del suelo, apoyado en la pared, y Naruto pataleó al aire. Estaba al borde del colapso, y de...
― Te voy a arrancar las pelotas y te las haré comer...
― ¡Kiba!
Hanabi había aparecido tras la esquina. Kiba no la escuchó. El rugido salvaje que le había crecido en el cerebro anulaba su voluntad. Sólo quería morder, rasgar y golpear hasta destruir...
― ¡Kiba! ¡Basta!
El suiken de Hanabi fue directo al hombro. Las garras que asfixiaban a Naruto se retrajeron, y la presa vaciló. Cayó al suelo desordenadamente, jadeando con violencia para recobrar el aliento.
Kiba se frotó el brazo, una mueca feral de odio creciendo en su rostro animal. Volvió sus ojos de Hanabi, que estaba presta y en posición, a Naruto, que se frotaba el cuello y se arrastraba en el suelo para poder sentarse contra el muro. La garra que aún resistía cargada en chakra no vaciló. La llevó hacia delante en un solo impulso, decidido a aplastarle la cabeza contra el muro.
Sólo fue una sombra blanca en la noche oscura. En un momento estaba volando, lanzado por el aire. Hanabi se había colocado con una velocidad increíble entre Kiba y Naruto, y había golpeado al agresor en la barbilla, alzándolo con una fuerza tremenda hacia atrás. Kiba supo que había anulado su corriente primaria de chakra, y la bestia que le rugía en el pecho pareció calmarse al caer sobre la espalda, vencido y tembloroso.
― Naruto... ― Hanabi se arrodilló ante él, que se encogió un tanto esperando un nuevo golpe ― estás sangrando... ¿estás bien?
― Sssí ― había recuperado el aliento, y se acariciaba la mejilla herida con cuidado, llenándose la palma de sangre al instante ―. Gracias, Hanabi.
― No tengo nada para curarte ― declaró ella, cómplice ―, pero mi hermana aún está despierta. Pídele algunas vendas, no creo que haga falta ponerte la antirrábica...
Ambos miraron al otro lado de la calle. Kiba se frotaba la cabeza enfadado, pero la locura visceral parecía habérsele pasado.
― Me lo voy a llevar a la jaula ― suspiró ella, con tono de culpabilidad en la voz, mientras se levantaba ―. Tú sigue tu camino. Pero te advierto, Uzumaki: si mi hermana no te acepta, ni se te ocurra insistir. Si la acosas, no será Kiba quien te arrincone y te machaque hasta dejarte hecho puré, ¿de acuerdo?
― Entendido. Muchas gracias otra vez, Hanabi.
Ella cruzó la calle anochecida, y Naruto pudo ver los ojos de Kiba brillar en lo oscuro mientras Hanabi lo arrastraba calle arriba. "Me lo merezco" pensó el ninja, "pero esto duele una barbaridad".
Se despertó. No sabía cuánto tiempo había pasado. Sólo sabía que estaba blandito, y que se mecía con suavidad. Alguien la llevaba a la espalda. Se venció de nuevo al suave mareo, y se durmió.
Un paño húmedo la obligó a despertar. El rostro que vio ante ella (primero desenfocado, más tarde con claridad) era el de un ninja médico de campaña. El que habían asignado a su equipo.
― Hey ― le mojaba la frente con agua helada, y eso la estaba despejando ―, ya estamos de vuelta del país de los sueños, ¿eh?
Estaba en su habitación, tendida sobre la cama. Le habían aflojado el cinturón de las armas, y la bolsa de los pergaminos yacía en una silla. Se llevó una mano a la frente, que estaba más fresca que el resto del cuerpo. El médico alzó la cabeza de Tenten y deslizó en su nuca un hielo envuelto en el paño. Eso le sacudió el aturdimiento del todo.
― Shino te trajo al lugar de reunión ¡Menudo susto nos has dado! Mañana nos darán las puntuaciones individuales, pero nosotros ganamos.
― Estuve a punto de echarlo todo a perder...
― No te lo voy a negar, y te lo digo como médico ― el ninja sonrió, y guardó el fonendoscopio en la bolsa ―, a ver si la próxima vez comes un poco. Si no te cuidas tú, el equipo tendrá que cargar contigo.
― Lo siento... ― Tenten ahora más que apurada se sentía ridícula. Pero él sonrió.
― No te preocupes, lo haremos encantados... siempre que consigas el objetivo, claro...
Le guiñó un ojo, cómplice. Tenten lo despidió mientras se sentaba en la cama y se desprendía del equipo externo. Ahora podría dormir al fin unas horas, seguro que al despertar estaba mejor. Volvió a frotarse la frente, y recordó de golpe la mano larga y fina de Shino posada allí. Así que la había llevado en brazos hasta el punto de reunión... el mundo se le vino abajo. ¡Qué vergüenza!... aquellas manos frías y blancas tomándola con fuerza, esa piel marmórea y hermosa sosteniendo sus rodillas, posada en su espalda... Espantó el rubor metiendo la cabeza en la camiseta larga. Se tumbó en el lecho y se tapó con las sábanas hasta la nariz, como escondiéndose de su propia turbación mientras apagaba la luz.
Bajo su ventana y en cuanto la luz se extinguió, Shino comenzó el camino a casa.
Lee caminaba algo más adelantado que la muchacha. Se detuvo.
― Perdona, ¿te he dejado atrás?
― Así está bien, Lee-san, no te preocupes.
― Nunca me ha gustado esta maldita costumbre de caminar delante...
Caminó dos pasos de vuelta hacia ella, que se había detenido también.
― Caminar juntos... es que me da vergüenza...
― Acabamos de bailar juntos, ¿o es que no te acuerdas? ― le sonrió. Claro que se acordaba. Aún sentía mareos de tanto que había bailado.
― Pero... me siento indefensa ante...
Ella hubiera deseado explicarle que le impresionaba su aspecto, tan alto, tan mayor, tan seguro y fuerte... se encontraba realmente más cómoda caminando detrás de él que teniéndolo a su lado, se sentía pequeña...
Él la tomó de la mano de repente.
― No tienes que tener miedo. Yo te protegeré.
Con el otro pulgar trazó su pose, y la luna le regaló un destello a sus dientes blancos. Ella se rió bajito y asintió muy brevemente. Caminaron juntos hasta perderse de vista.
El cristal rechinó bajo sus uñas. Sakura cerró la ventana de golpe, con tanta fuerza que se salió de su carril y arrancó el pomo de la madera. "Maldito... maldito... a quien iba a proteger era a MÍ, me lo dijo con esas mismas palabras y esa misma pose... Shannarooo!" apretó la taza de metal hasta que no quedó de ella más que un amasijo compacto de hierro maltrecho, y lo arrojó contra la pared con tanta fuerza que se incrustó.
"Pero... ¿por qué tengo que molestarme?... diablos, se trata de Lee..."
Se metió en la cama. La brisa de la noche entraba por la ventana rota. Seguramente Tenten le regañaría a la mañana siguiente por los desperfectos, pero no le importaba. El alcohol cedía a la resaca. Antes de que comenzase a dolerle la cabeza, se concentró para conciliar el sueño.
― ¿Te duele?
― No... Gracias...
Naruto estaba arrodillado enfrente de Hinata, con la vista gacha, permitiendo que ella le restañase una herida de las que tenía en el cuero cabelludo. La mejilla ya estaba vendada, y sujetaba con una de las manos un paño con hielo picado en la garganta. La garra de Kiba se había puesto ya morada en ella.
― Me parece que ya está... ― Hinata hizo una bolita con los restos del algodón manchado, y elevó el rostro de Naruto con un dedo, empujándole de la barbilla ― La verdad es que casi da miedo verte... se te han hinchado el ojo y el labio.
― No me importa ― balbuceó Naruto ―, seguro que en un par de horas se me han curado casi todas las heridas.
Tomó las manos de Hinata, que aún sostenían el algodón sucio.
― Lo siento, Hinata.
Ella abrió los grandes ojos enormemente y en silencio, pero no pudo mantener la compostura. Las lágrimas de Hinata, grandes y redondas, trazaban surcos cristalinos en la piel pálida.
― No... no llores ― gimió el ninja, apretándole las manos ―... pégame, grítame, insúltame... pero no llores, Hinata. No merezco tus lágrimas.
Ella sorbió por la nariz, tratando de contener los sollozos para poder hablar.
― Naruto-kun...
Él se quedó muy quieto, expectante. Mantuvo el silencio aunque cada segundo se le clavara en el corazón como un puñal incandescente.
― Naruto-kun, yo... lo siento, Naruto... me duele el corazón...
Una de sus manos se liberó de las de Naruto y se cerró en el pecho, agarrando allí donde estaba su pequeño corazón. Naruto soltó la otra, y miró con profundo desconcierto a la kunoichi.
― Debí... debí habértelo dicho antes. Ojalá pudiera volver atrás y borrar lo que pasó... ¿por qué fui tan estúpida como para pensar que podría seguir tu ritmo?
Naruto se inclinó hacia delante, alarmado, mientras ella negaba enérgicamente y sus lágrimas se sacudían volando hacia los lados.
― Hinata, me parece que te equivocas...
― Mi padre ha intentado decírmelo durante todos estos años... Soy demasiado débil... ¿por qué no hago más que decepcionar a los demás? Idiota, idiota...
Se tapó el rostro con ambas manos. Naruto se había quedado con la boca abierta, pero al ritmo de los sollozos el entendimiento se abrió paso en él.
― No... ¿no pensarás que estoy enfadado contigo, Hinata?
Ella asintió entre las lágrimas, sin dejar de gemir desconsolada. Naruto la tomó por las muñecas, mientras sentía a su vez sus ojos inundándose.
― Pero, Hinata... quien debería estar enfadada eres tú. Quien te trató mal fui yo. Fui un bestia, un bárbaro, un bruto, no deberías ni haberme escuchado... hey...
Hinata descubrió las lágrimas de Naruto, y con su habitual suavidad, apoyó la frente en la de él. Ambos se musitaron disculpas, aunque Naruto no quiso ni oír las de Hinata y replicaba al instante.
― Pero... todo iba bien, Naruto. Me habías puesto a mil...
De repente, Hinata se dio cuenta de lo que acababa de decir y se ruborizó tanto que parecía a punto de estallar. Naruto se rió entre las lágrimas, y ella no pudo más que seguirlo. Deseaba que él la besase, ahora que todo se había aclarado.
― Hey, Hinata... no me pongas esa carita, sabes que no puedo resistirme. El caso es que... ¡No puedo besarte ahora, Hinata! He decidido empezar de nuevo.
Hinata expresó su decepción con un leve reproche y un mohín de tristeza.
― Joooo... Hinataaaa... te aseguro que merecerá la pena. Tú déjalo todo en mis manos. Pero aunque desee devorarte cada vez que veo esa piel tan hermosa, esos ojos brillantes, tu cuello esbelto y apetitoso que... glubs...
Se puso en pie de un salto y cruzó la habitación, dejando a Hinata de piedra.
― Mañana... mañana pasaré a buscarte a las ocho, ¿de acuerdo?... me voy porque me volveré loco si te miro más en ese hakama tan fino...
Ella lo vio enrojecer y estremecerse, pero cerró la puerta.
"Jo, con lo que me apetecía que Naruto me besase..."
