SUMMARY: Omegaverse. –Firma y serás libre-Murmuró Bellatrix Lestrange, inclinándose sobre la mesa y estirando hacia ella el contrato matrimonial, sus ojos traspasándola tras aquellas redondas y oscuras gafas–Sin ataduras, sin restricciones, sin ciclos de calor vergonzosos y tortuosos que te unan a cualquier alfa… Firma y las dos saldremos ganando, Granger…-Dijo, arrastrando las letras.

N/A: Harry Potter no me pertenece. Todos los derechos pertenecen a su auténtica autora, JK Rowling.

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OMEGAVERSE: TOCANDO EL CIELO

CAPÍTULO II:

Dos años después…

Cuartel Oficial de Mortífagos

Bellatrix Lestrange terminó de anudarse la larga trenza que reposaba sobre su pecho y con un rápido movimiento de su mano derecha, la lanzó por encima de su hombro, ocasionando que el apretado nudo de tela que había utilizado para ello le azotara las nalgas con fuerza. Después, se ajustó las gruesas vendas salpicadas de sangre, sudor y arena que protegían sus puños, pasó a recolocarse el corsé negro -aplicando algo más de aquella deliciosa presión sobre su cuerpo- y, siendo consciente de la enorme excitación que levantaba en el ring con su sola presencia, dejó que el público tras las barreras de madera se deleitara con la excitación del próximo combate. Exhaló, sacudió su cuerpo de arriba hasta abajo, realizó un par de sentadillas, sintiendo la arena oscura entre los dedos de los pies y, entonces, se limpió el sudor de la frente y del cuello, regresando a su posición de lucha.

Toda ella rezumando agresividad, fuerza y letal precisión.

Su oponente, un mago mayor que ella en peso, tamaño y edad saltó por encima de las vallas y aterrizó limpiamente sobre el pequeño cuadrilátero. Escupió sobre el suelo de arena, de grano tan grueso y duro como el arroz, soltó una risotada mancillada de testosterona, se posicionó y, desafiando el rictus de total concentración y serenidad de Bellatrix, comenzó a acecharla como si deseara aplastarle el cráneo de un solo movimiento. Como si confiara en su sexo para ganar, como si Bellatrix, tan solo por el hecho de ser mujer, no significara nada y quisiera devolverla a su lugar.

-¿Preparada, Lestrange?-Le preguntó el hombre, arrastrando su apellido y saltando de un lado a otro del cuadrilátero de madera astillada, como si intentara probarla y averiguar si albergaba alguna flaqueza o debilidad. Queriendo saber si los anteriores cinco combates la habían podido debilitar de alguna forma.

-¿Desafiándome, Crabbe?-Contraatacó Bellatrix, levantando la comisura izquierda de su labio, en un amago de sonrisa apenas apreciable. Sus ojos lo miraron acecharla, tanteando el terreno e intentando arrinconarla contra un costado del reducido espacio.

El rugido ante tales bravuconerías por parte de ambos luchadores produjo un atronador grito, el cual resonó por las paredes del enorme sótano de la casa, aumentando la temperatura.

Repentinamente, Bellatrix alzó ambas manos con las palmas totalmente abiertas -apuntando hacia el cielo- y se dejó conducir mansamente hacia uno de los costados del ring. Desconcertado pero excitado, el mortígafo se relamió ante esto y avanzó hacia ella, todavía incrédulo pero complacido ante tal sumisión por parte de la bruja:

-¿Qué tramas, pequeña princesa del averno?-Quiso saber él, cuadrando los puños, intentando al fin asestarle un primer y tentativo puñetazo en el rostro-No me creo tu numerito… El que te rindas tan rápido… eso no es propio de ti. ¿Debería preocuparme? ¿Ya estás cansada?-Intentó picarla, molestarla, aguijonearla.

Bellatrix volvió a sonreírle y seguidamente, tras esquivar el puñetazo del hombre, se movió y le realizó una fluida y exquisita reverencia, mientras giraba hacia un lado y se alejaba de él. Dicho cambio en las formas de combatir de Bellatrix levantó un rugido de pura adrenalina entre todo el público allí reunido.

¿Qué está haciendo? Se preguntó la gente, excitada y al mismo tiempo desconcertada.

-¿Dónde vas, eh?-Dijo el mago, levantando una ceja y siguiéndola hacia el otro extremo, en el que la pelinegra se había ubicado, de nuevo colocando frente a su rostro ambos puños-¿Qué pretendes?-Inquirió él.

El hombre se acercó a ella y, estaban a tan solo unos pocos pasos de distancia cuando, de pronto, esta levantó de nuevo los brazos por encima de su cabeza y se deslizó hacia una de las gruesas barreras, por la que algunos magos y brujas contenían el aliento, eufóricos. Relajada y flexible, tan ligera como un junco de agua, se recostó sobre la madera, se inclinó por encima de esta -sintiendo el peso de sus senos sueltos en la camisa- y, entonces, le susurró a una joven mujer de entre el público:

-¿Me permitiría conocer su nombre, Señorita?-Le preguntó, inclinando el rostro hacia un lado, con la curiosidad y la expresión de un gato de Cheshire.

-¿M-Mi n-nombre?-Tartamudeó la muchacha, con las mejillas arreboladas y sin aliento, siendo atravesada por aquellas orbes oscuras de la mujer.

-¿Hola? ¿Podrías prestarme algo de atención, Lestrange?-Se molestó el mortífago, confundido, queriendo recuperar la atención de su contrincante-¡Eh! ¡Tú!-Espetó, escupiendo saliva, muy cerca de ella, como para provocarla.

Bellatrix lo ignoró, acercando una mano al rostro de la dama y colocándole un mechón de pelo tras su oreja. El público se carcajeó ante esto, mientras que la muchacha enrojecía todavía más al pasar a ser parte del centro de atención del combate.

-¿Cómo te llamas?-Pasó a tutear, paseando sus ojos por todo su rostro. Su mano se mantuvo al lado de su oreja, sonrosada y sudorosa.

-Elizabeth-Susurró, mordiéndose los labios con nerviosismo y repentina timidez.

-¡Lestrange!-Le gritó el mago, perdiendo la paciencia-Perra estúpida…-Farfulló, moviéndose e intentando propinarle una patada en la nuca.

-¿Me lo prestas?-Le preguntó Bellatrix a la susodicha, sin esperar a su respuesta.

Bellatrix se giró con la velocidad de una cobra, llevándose consigo, entre los dedos, un afilado y alargado prendedor de pelo. Se lo clavó al hombre en el tobillo, atravesándole los huesos y los tendones, se agachó, esperó hasta que cayó de lado al suelo -sujetándose la parte herida- y, en ese momento, fue cuando realmente comenzó la golpiza. Letal, precisa, rápida, hasta que por fin dejó al pobre mago tendido en el suelo, completamente inconsciente.

Cuando terminó, le escupió encima, le arrancó el prendedor del tobillo y, pasándoselo por la lengua con gran lentitud -saboreando el momento-, se lo devolvió a su dueña, la cual la miraba absolutamente embelesada, entre el ruido provocado por el gentío.

-Gracias-Le guiñó el ojo, saltando de la valla y haciéndose camino por entre magos y brujas, su rostro ahora serio, aunque ligeramente sereno, como si aquello la hubiese ayudado a relajarse.

La muchacha, que todavía se hallaba observando atónita el brillo de saliva sobre su prendedor, se dejó caer repentinamente hacia atrás y se desmayó, cayendo sobre otros mortífagos, como en estado de shock.

-¡Bellatrix! ¡Bellatrix! ¡Bellatrix!-Coreó la gente, dejando que la bruja marchara entre aplausos, aunque esta ya no les prestara ninguna clase de atención, concentrada como se hallaba ahora en desentumecer sus rígidos y agotados miembros.

Se dirigió hacia un pequeño cuarto de baño que hacía las veces de vestuario y cerró la puerta a sus espaldas con una ligera patada. Le ardían los músculos. Exhaló, se desnudó y se metió en la ducha, gozando de la sensación liberadora del agua caliente sobre su cuerpo. A sus espaldas, la puerta volvió a abrirse, para segundos después cerrarse lentamente. Bellatrix salió al fin de los confines del agua caliente y los vapores, se secó con unas toallas y entonces se acercó para ver lo que alguno de sus siervos le había dejado sobre uno de los muebles del baño. Parecía que se trataba de una carta. Rompió el sobre y la abrió, leyéndola con atención:

PARA LA SEÑORA DE LA CASA LESTRANGE, BELLATRIX LESTRANGE,

ES UN PLACER PARA NUESTRA CASA, INFORMARLE DE QUE HA SIDO FORMALMENTE INVITADA AL BAILE DE PRESENTACIÓN EN SOCIEDAD MÁGICA, QUE SE CELEBRARÁ EL PRÓXIMO MES EN LA MANSIÓN PRINCIPAL DE LOS GRANGER.

SERÍA UN HONOR PARA NOSOTROS CONTAR CON SU PRESENCIA. YA ALGUNOS INVITADOS DE HONOR COMO LOS MALFOY HAN TENIDO A BIEN CONFIRMARNOS SU ASISTENCIA.

LE DESEAMOS SINCERAMENTE UN BUEN DÍA,

LA CASA GRANGER.

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Hermione suspiró profundamente y se miró en el espejo, no demasiado feliz. Aquella túnica sin duda alguna era realmente hermosa, una obra de arte sacada del mejor emporio de moda. Sin embargo y, pese a su magnificencia y aspecto etéreo, con él se sentía más oprimida que nunca. Y es que, aquel día, sería su presentación oficial ante las familias mágicas más representativas. Se sentía compungida, como si le faltara oxígeno en los pulmones, como si no pudiera siquiera respirar; primero había sido su Primer Calor, hace algunos años atrás, ahora esto. En su hogar, el papel de una mujer nunca había estado supeditado al yugo del hombre, pues a ella siempre se le había permitido leer, aprender, educarse… pero aquella fiesta… aquella fiesta terminaba siendo lo mismo que "venderse". No se trataba de una mera presentación en sociedad, sino la oportunidad ideal de comprometerla con algún mago o bruja alfa. Y ella sabía bien lo que entonces sucedería; que su libertad quedaría terminantemente machacada. Sería inexistente y, a ella, se la relegaría al papel reproductor. Como omega, tendría que acatar las órdenes de su superior, su alfa y, entonces, estaría todo perdido.

No deseaba ser madre ni esposa, tampoco esclava de nadie.

Ella se pertenecía a sí misma y a nadie más. Más allá de su condición biológica. No deseaba ser marcada; ella quería ser libre. ¿Era tanto pedir? Pensó ella, compungida, amargada. Tan solo el pensar en el momento del acto conyugal y el de tener que pasar cada Calor con alguien al cual ni siquiera conocía… Sentir sus manos sobre su cuerpo, los dientes sobre su nuca, su sexo… en el suyo… Sacudió la cabeza de un lado a otro, conmocionada, sintiendo un poderoso escalofrío recorrer su piel y, asqueada por sus propios pensamientos y su futuro, se apartó del espejo.

En esos momentos, alguien llamó a la puerta de su habitación y asomó la cabeza.

-Harry…-Susurró Hermione, repentinamente más tranquila, mientras miraba a su mejor amigo, también omega.

-Herms-Saludó el susodicho, cerrando la puerta y acudiendo a ella. Se agarraron de las manos, el afecto rebosando en sus ojos y, después, sin poder aguantarlo más, se abrazaron con fuerza-Estás bellísima, preciosa-La alagó, apartándose de la castaña y recorriéndola con la mirada con enorme afecto y ternura.

-¿Yo?-Preguntó, sacudiendo la cabeza, mientras reía-¿Y tú qué? Nunca te había visto tan guapo y elegante-Lo aduló de vuelta, feliz de tenerlo cerca de nuevo. Habían pasado meses desde su última visita, antes de que toda aquella locura de la fiesta de presentación comenzara.

Harry rió y bajó la cabeza, no sin cierta timidez. Entonces, Hermione lo miró atentamente unos segundos y se permitió el beneplácito de sentirse dichosa por tenerlo allí con ella. Harry había pasado por su Primer Calor hacía apenas dos años y, ahora, también en aquella fiesta, él sería presentado en sociedad, junto a otros omegas de familias influyentes como las suyas.

Su mejor amigo era ciertamente algo tímido, pero ella sabía bien cómo era. Un mago divertido y travieso, que amaba las bromas, sumamente fiel a sus amistades, que cuando perdía toda su compostura podía transformarse en un auténtico león, como ella… Pese a que su futuro, como el suyo, estaba más que decidido por su condición biológica, Hermione sabía que no se dejaría doblegar por nadie, jamás, ni siquiera por un alfa de alta alcurnia y, aquello, realmente, al menos de alguna forma, lograba tranquilizaba.

El silencio se hizo presente tras las risas. Hermione soltó sus manos y se acercó a su escritorio, en el que reposaban algunos libros nuevos, entre ellos uno muy especial que quiso entregarle.

-Ten, esto es para ti, para "celebrar" este día-Le dijo, acercándose y ofreciéndole el libro.

"QUIDDITCH A TRAVÉS DE LOS TIEMPOS"

-Me encanta, Herms-Suspiró extasiado, abriendo el libro el índice y después fijando sus ojos en aquellas páginas que contenían fotografías y retratos antiguos sobre su deporte favorito-Es…-Quiso decir, sonriendo de lado, no sin cierta tristeza en el rostro-Es un regalo estupendo para… un día como hoy-Agradeció, mirándola con ternura-Lástima que yo no te he traído nada-Dijo él con cierta desazón.

-No hace falta que me regales nada-Interrumpió la bruja-Tu presencia, así como la de nuestras amistades más queridas es más que suficiente para mí-Le aseguró.

Harry asintió y dejó reposar su nuevo libro sobre quidditch en la mesita de noche de su amiga. Le dirigió una última mirada y, entonces, le espetó, algo torpe y brusco en sus maneras:

-Esto es una mierda-Se sinceró, sentándose en la cama, agarrando los bajos de un dosel entre sus dedos-Me gustaría escapar. No quiero estar aquí. No quiero que me miren; no soy carnaza de nadie-Se reveló, seguro en la intimidad de la habitación.

Hermione sonrió y se acercó a su amigo. Entonces, se sentó y agarró ella también otro bajo del dosel que sujetaba Harry entre las manos. No importaba si se arrugaba. Le importaban más los sentimientos de Harry, que también eran los suyos.

-A mí también-Contestó Hermione-Es como… promocionarte, como venderte-Intentó explicar, sintiéndose nuevamente abrumada por la situación-Desde luego, no se trata de una fiesta de presentación, eso está muy claro. Es más como…-Quiso definir.

-Como venderte, no hay otra definición al respecto mejor que esa, realmente-Atajó Harry, no muy feliz-Supongo, que ser Omega me hace especial. Que puedo ser un mago capaz de brindar vida y cobijo a… mis propios hijos, pero… es… es… al mismo tiempo, abrumador-Espetó-Esta es una fiesta para comprometernos. No importará lo que pensemos, por muy diligentes que por fortuna hayan podido ser nuestros padres. Nos comprometerán con alguien de los cuales, a lo sumo, sabremos al menos el nombre, que figurará en un contrato. Pero nada más…-Apretó la tela con los dedos con más fuerza, sintiéndose impotente-No quiero… que me marquen, ni que me menosprecien. No quiero… ser menos que nadie-Susurró-No soy menos que nadie por mi condición-Espetó.

-Neville no parece muy triste, si lo pienso...-Dijo Hermione, minutos después-Parece ser que los Nott lo tratan bien-Prosiguió, intentando infundir unos ánimos que realmente no sentía-Sigue pudiendo estudiar y acompaña a su marido en algunos viajes.

Todavía recordaba la boda de su entrañable amigo, Neville Longbottom, con el serio Theodore Nott. Se le había visto realmente temeroso, afligido, en el momento de casarse, pero las cartas que le había mandado a Hermione habían parecido bastante optimistas. Continuaba pudiendo estudiar Herbología, su materia favorita y, su marido, lo llevaba consigo en sus exóticos viajes… Había sido, quizá, un Omega con suerte, lo cual no podía decirse de todos aquellos que habían contraído matrimonio, especialmente los de clase baja, en la que la situación era mucho peor…

-¿Y si no tenemos tanta suerte?-Retrucó el moreno de impresionantes ojos verdes-¿Y si no les importamos? ¿Y si…?-Preguntó, absorto en una marea de pensamientos imperiosos-Ya sabes lo que le pasó a Lavender Brown con su alfa… No quiero ni pensar en que pueda pasarme algo remotamente parecido como lo que le sucedió a ella-Se lamentó, recordando la sumisión de la muchacha en una cena benéfica. Su marido le había prohibido tomar supresores y había hecho que esta comenzara a tomar medicación para inducir el Calor.

Ambos tragaron con dificultad ante semejante recuerdo. Aquello había sido la comidilla en las cenas venideras.

-No es posible-Hermione sonrió, intentando ser optimista-Sé que los derechos de los Omega… están bastante denostados, pero… nuestros padres nunca dejaría que nos pasara algo como lo que le ocurrió a Lavender Brown-Aseguró, pese a que sabía bien que hacía siglos que no nacía un Omega en su familia.

Alguien picó en la puerta en aquellos momentos. Ambos se pusieron de pie al instante, tirando a un lado los bajos de los doseles que habían estado machacando con sus dedos.

-Ama Granger, Señorito Potter-Saludó un elfo, inclinándose fervorosamente ante ellos-Se les ha requerido en el Gran Salón…-Informó, abriendo todavía más la puerta y quedándose al lado, como un pequeño guardián que ha cumplido debidamente con su deber.

-Gracias, Doppy-Agradecieron ambos, respirando hondamente y saliendo de la habitación de la mano. Una vez en las escaleras principales, bajaron lentamente, maldiciendo los nervios en su estómagos.

Allí los esperaba otro par de elfos, que les indicaron el camino que ya conocían hasta el bello y espléndido Gran Salón de la mansión. Las puertas se abrieron, la bruja se agarró del brazo del muchacho y, alzando la barbilla hacia arriba, dieron algunos tentativos pasos hacia dentro. Una vez hecho esto, las grandes puertas volvieron a cerrarse, llamando la atención de los invitados.

Todo brillaba, desde la cubertería, hasta los platos, los manteles, los diamantes de las damas, e incluso, las enormes arañas de cristal. Los invitados hablaban entre ellos con enormes sonrisas esbozadas en sus rostros, sus coloridos atuendos, elegantes y extremadamente caros, capaces de hacer empalidecer hasta a las flores más bellas del jardín. Las damas sonrojándose ante los cumplidos de algunos/as pretendientes, los caballeros haciendo gala de su chaqués. Tanto lujo, tanto glamur…

Demasiado para mí, pensaron los dos al unísono, incómodos.

-¡Oh! ¡Hermione, Harry! ¡Queridos!-Exclamó la Señora Granger, apareciendo por entre toda la gente del salón, arrebolada de emoción y seguida por algunos magos y brujas de aspecto muy formal-¡Estáis estupendos!-Sonrió, orgullosa tanto de su hija, como del primogénito de los Potter.

-Hijo…-Susurró Lily Potter, junto a su marido, ambos alfas, sujetando el brazo de su hijo con el orgullo brillando en sus ojos igualmente verdes-Estás tan guapo-Apreció ella, mientras que el mayor de los Potter se posicionaba también junto a su hijo, observándolo con el mismo orgullo reflejado en su aristocrático rostro.

Hermione soltó a su mejor amigo y aceptó las manos amables de su madre, mientras sentía las miradas de aquellos desconocidos directamente sobre ella y Harry.

-Hermione, Harry, tengo el honor de presentaros a los Malfoy y al profesor en pociones Snape-Dijo la buena mujer, encargándose de las presentaciones, como anfitriona que era.

Los dos muchachos se inclinaron educadamente, haciendo una venia, mientras los invitados se afanaban en devolver el cortés saludo. Para cuando volvieron a levantar la mirada, Hermione, que se consideraba bastante despierta y observadora, pudo apreciar cómo un joven rubio, de altura considerable, ojos plateados y rictus serio ensombreciendo sus labios, clavaba en Harry toda su atención, analizándolo en silencio, con la mirada de un alfa que se cree claramente un ser superior al resto. Aquello la preocupó y la asqueó por partes iguales, mientras sentía como el susodicho moreno se tensaba en su sitio, enrojeciendo hasta las orejas con facilidad.

-Narcissa Malfoy-Se presentó una bella mujer de cabellos rubios y negros-Y este es mi marido y mi hijo, Lucius Malfoy y Draco Malfoy-Terminó ella de presentar, con la mirada puesta en estas dos altas figuras ataviadas de negro y verde oliva, con el símbolo de la serpiente en los botones de las túnicas de sendos magos. A su lado, el pocionista, llamado Snape, permaneció en total y absoluto silencio, no demasiado interesado en semejantes pleitesías, dirigiendo su mirada por la sala, claramente aburrido.

Por un momento, un espeso e incómodo silencio amenazó con instalarse en el lugar, sin embargo, antes de que ello pudiera pasar, la Señora Granger se llevó consigo a Hermione, rápidamente, con la excusa de encontrar al anfitrión de la fiesta y de seguir presentándole a algunos otros invitados. Por su parte, Lily Potter, que había observado el intercambio de miradas entre su joven y el de los Malfoy, quiso mover pieza en el tablero y, sonriendo, sugirió sin perder tiempo:

-Harry, cariño, ¿por qué no bailas la primera pieza de la tarde con el Señorito Malfoy?-Dijo ella, empujando a su hijo hacia delante, sonriendo ante el poderoso sonrojo que pobló el rostro de su estimado primogénito. Este tropezó ligeramente con sus propios pies y se negó a devolverle la mirada al susodicho rubio.

En su diatriba mental, en la cual maldecía a su madre, a su padre y, a todas las generaciones de la familia Potter, Harry encontró que una mano, pálida y con las uñas perfectamente cuidadas, le tendía la mano. Este tragó en seco y la aceptó, sintiendo los ojos de sus padres sobre él con la insistencia y peso de una tonelada de piedras, como instándolo a salir de su zona de confort, deseosos de verlo ser cortejado por el joven rubio. Este, con los nervios acalambrándole todo el cuerpo, se dejó arrastra hacia la zona de baile, aferrándose con desespero a la mano que se lo llevaba hacia donde otros magos y brujas bailaban solemnemente.

Hermione lo observó de lejos, preocupada, mientras intentaba seguir algunas conversaciones, todas ellas muy anodinas... Al menos, hasta que llegó el momento de enfrentarse a la mirada de Bellatrix Lestrange, hermana mayor de Narcissa Malfoy y la pobre desheredada Andrómeda Tonks, enfundada en una túnica negra de terciopelo, el cabello recogido en su habitual trenza y con aquellas sencillas pero elegantes gafas, tras las cuales discernió aquellas orbes color ónix. Enmudeció de golpe, dejó que su madre llevara la conversación y, cuando se despidieron de la bruja vio su oportunidad para escapar del lugar, agotada y con una extraña zozobra en el pecho. Aquella mujer… siempre la ponía nerviosa, especialmente, tras el desencuentro en la librería, años atrás. Por ello, siempre intentaba evitar su presencia, allí donde fuera. Y es que, la abrumaba de un modo que le producía cosquillas en el vientre y escalofríos en su columna. Era una alfa tan poderosa, con tanta presencia que… absurdamente temía que la escogiera a ella, aunque sabía que eso no iba a pasar.

Repentinamente, una mano salió de entre la oscuridad del pasillo por el que caminaba y le tapó la boca con un paño, para así ahogar sus gritos de auxilio. Presa del pánico, intentó golpear a la persona que quiso retenerla y empujarla hacia la parte trasera de un escudo de armas familiar. Intentó con todas sus fuerzas chillar, que no la tocara, que no la agarrara del cabello rizado ni le apresara las muñecas, pero le fue inútil, pues las capas y enaguas de su fina túnica color marfil pesaban demasiado y evitaban cualquier intento de golpear y escapar.

Una voz de hombre, grave y arrastrada, le susurró en el oído:

-Te quiero a ti, te escojo a ti-Su pestilente y densa aura presionó sobre el cuerpo de Hermione, que tan solo acertó a abrir los ojos como platos e intentar liberarse con más desespero-¡Calla!-Chistó el desconocido en cuestión, agitando una varita sobre su yugular y dándole la vuelta para tener a su disposición la nuca de la muchacha. Le apartó el cabello de la zona con brusquedad, se pasó la lengua por los caninos e, inclinándose hacia ella intentó marcarla.

Pasaron los segundos y, repentinamente, Hermione se dio cuenta de que nada había llegado a suceder. Temblando, despavorida, se dio la vuelta y observó algo que le puso la piel de gallina. Bellatrix Lestrange mantenía al hombre que la había intentado atacar sujeto contra el suelo. Su bota rechinando contra la garganta del susodicho y la varita empuñado en su otra mano, con la mirada perdida y sumamente colérica, ida. Hermione gritó y, mientras sus padres aparecían en escena, corriendo hacia ella, observó cómo Bellatrix susurraba una de las maldiciones que ella tan bien conocía gracias a sus libros de la Sección Prohibida de su antigua escuela:

¡CRUCIO!

El hombre comenzó a chillar, histérico, sin poder moverse bajo la dura suela de su bota. Pero la bruja no tuvo piedad y, susurrando incontables veces la misma maldición, lo retorció como los hilos de una madeja, hasta que el hombre adoptó una postura antinatural, escupiendo sangre y espuma por la boca abierta y desencajada. Después, para espanto de aquellos que se hallaban presentes, murmuró otro hechizo, el cual tiñó en un segundo la alfombra bajo su cuerpo:

¡Sectusempra!

En aquel punto, la castaña se puso blanca y perdió el conocimiento, cayendo en brazos de sus padres.

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La fiesta se había terminado cuando Hermione recuperó la conciencia. Sin embargo, todavía le pesaba la cabeza, así como el cuerpo, debilitado y tembloroso, con sus hormonas escapando y liberándose por la habitación en la que se hallaba, como resultado de la adrenalina contenida. De fondo, las voces de sus padres y la misteriosa y sádica bruja penetraron en sus oídos:

-Tienes nuestro permiso-Asintió el Señor Granger, agarrando las manos de su mujer y saliendo de la estancia-Dejémoslas a solas, parece que ya ha despertado-Le dijo.

La puerta se cerró a sus espaldas y un pesado silencio se instaló en el despacho de sus padres. La muchacha se incorporó con algo de dificultad, pero recobrando algo de su espíritu valiente, la miró a los ojos directamente, buscando respuestas. Bellatrix se sentó cómodamente sobre el escritorio de madera maciza de su padre y, observándola impasible, esperó a que esta prestara toda la atención en su persona antes de hablar:

-¿Desde cuándo alguien tan sumamente inteligente como tú, olvida que tiene varita?-Espetó, sin una pizca de suavidad en la voz.

Hermione se quedó muda, estupefacta, ante esto.

-Eres una joven inteligente-Continuó Bellatrix-Mucho más inteligente que cualquier alfa que se haya presentado aquí. Capaz de entender la Aritmancia como nadie, capaz de hablar idiomas y además de comprender hasta las runas más antiguas-Dijo la pelinegra, balanceando una pierna sobre el borde del escritorio-¿Qué mierda haces que no eres ni capaz de recordar que tienes tu varita pegada a la cintura?-Volvió a espetar.

Hermione tragó saliva, intentando encontrar su voz, todavía incrédula.

-No es culpa mía, si es lo que pretendes sugerir-Contraatacó Hermione-No lo vi venir, me atacó con la guardia baja, no pude ni tan siquiera pestañear. El pánico me invadió y no pude pens...-La mujer interrumpió su diatriba, bruscamente.

-Yo no he dicho que fuera culpa tuya, tú no hiciste nada malo-Aclaró esta-Tan solo me gustaría que fueras capaz de poner en práctica todo lo que sé que tú sabes. Eres una bruja, por Morgana-Se molestó, asqueada-No importa si eres alfa, beta u omega. Una bruja ha de aprender a manejar su propia varita.

La castaña giró el rostro, compungida y algo irritada por la regañina, decidiendo no hablar más por unos minutos.

-¿Qué ha sido de él?-Preguntó, alzando la barbilla hacia la bruja, momentos después.

-Lo han enviado a San Mungo-Contestó Bellatrix-Casi muere desangrado y torturado sobre las alfombras del pasillo, como el bastardo que es, pero puede que un escarmiento fuera suficiente, al parecer…-La voz de la bruja se notaba pensativa, incluso decepcionada, pues hubiese gozado matándolo. Lo único que le había impedido hacerlo había sido la presencia de terceras personas en la escena.

Bellatrix se levantó del escritorio con un movimiento fluido. Entonces, se posicionó en el sillón, tras el mueble y, alzando una elegante ceja negra la invitó cortésmente a sentarse frente a ella para seguir discutiendo. Hermione, que todavía se sentía algo confusa por toda la situación y con el cuerpo en tensión debido a lo sucedido, se tocó sutilmente la nuca y obedeció.

-Claramente, esta farsa de fiesta no es más que una especie de caza para que la gente contraiga nupcias de una forma ventajosa-Dijo la pelinegra, sin andarse con rodeos-Por ello y, porque se trataría de algo que creo que nos beneficiará a ambas, te propongo un trato.

Hermione permaneció todavía en silencio, ahora entre extrañada y atraída por sus palabras. La miró atentamente y dejó que esta hablara de nuevo:

-Un acuerdo matrimonial-Dejó ir Bellatrix, clara y concisa.

-¿Y eso en qué nos beneficiaría a ambas?-Le preguntó, contrita, agarrando las faldas de la larga túnica marfil, con el corazón repentinamente acelerado, sus hormonas bullendo por dentro-No deseo desposarme. Con nadie. No pienso ser la esclava de nadie, tampoco la tuya, aunque me hayas salvado la vida, cosa que… agradezco profundamente-Susurró, irritada.

Bellatrix golpeó la mesa con su puño, demandando su atención. La mirada de Hermionse subió de sus manos hasta los ojos ónix de la bruja, sobresaltada.

-Si yo me caso, tendré un estatus mayor como casada-Explicó, sin dar demasiados detalles-Y si tú te casas, serás más libre de lo que lo has sido nunca. No te exigiré nada. Serás mi igual. No estarás obligada a dejar tus hobbies ni tampoco serás mi sierva, tanto fuera como dentro de la cama. Es más, ni siquiera tendrás que verme y yo jamás te tocaré sin tu permiso. En cuanto al asunto de los Calores, podríamos proponer algunas soluciones al respecto. Y, si lo deseas, eres también libe para viajar y hacer lo que te plazca, dentro de unos razonables límites que no nos ponga en evidencia a ambas-Murmuró, refiriéndose a posibles amantes, lo que hizo que esta se pusiera roja como una amapola-He redactado un borrador del contrato matrimonial, puesto que confío en que quieras leerlo y redactar posteriormente todas las cláusulas conmigo.

Hermione sintió que se le atenazaban las entrañas y la sangre comenzaba a rugirle en los oídos con fuerza. Aquella resultaba una buena oferta, pero… ¿Y si se trata de una mentira? ¿Y si…?

-Firma y serás libre-Murmuró Bellatrix Lestrange, inclinándose sobre la mesa y estirando hacia ella el contrato matrimonial, sus ojos traspasándola tras aquellas redondas y oscuras gafas–Sin ataduras, sin restricciones, sin ciclos de calor vergonzosos y tortuosos que te unan a cualquier alfa… Firma y las dos saldremos ganando, Granger…-Dijo, arrastrando las letras.

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¡Saludos y gracias por los review!

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Ladyyuukiblack.