HORNS

Capítulo II » Big balls —big horns too

Estaba sudoroso y me dolía la cabeza como si hubiera pasado toda la noche bebiendo,... que no estaba muy lejos de ser cierto. Todo lo que recordaba acerca de aquel hombre de piel traslúcida lo até a un mal sueño, sobre todo porque todavía sentía cómo el frío de su mano quemaba mi piel y eso me asustaba, no quería que fuera cierto.

Me desenredé de las sábanas, tirándolas a un lado y me llevé una mano a la frente, que sentía que me estallaba. Mi corazón se detuvo cuando mis manos tocaron una protuberancia a un lado de la cabeza, donde me dolía.

—¿Qué mierda...?

Creí volverme loco. En calzoncillos y trastabillando, llegué hasta el baño y me miré al espejo sobre el lavado. Posiblemente ustedes no lo crean, pero lo que ahora ven, hace dos semanas atrás eran tan solo dos puntas que asomaban a ambos lados de mi cabeza, un poco más arriba de los ojos.

Los apreté intentando decidir si eran reales o no, y eso me dolió. Tironeé para intentar sacarlos, pero no funcionó para nada. Simplemente no podía creer que tuviera dos cosas saliendo de mi puta cabeza. Pero eso tampoco parecía ser un mero sueño, y, si lo era, no lograba despertar.

No conocía ninguna enfermedad que te hiciera crecer protuberancias de origen desconocido, pero sí conocía las alucinaciones. Por un momento, temí estar sufriendo delírium trémens, síndrome que, en sus años, terminó de matar a mi padre. Sin embargo, no soy alcohólico, por lo que estarlo sufriendo estaba más o menos descartado.

Llamé a mi doctor de cabecera y reservé una cita lo antes posible, que era más o menos en una hora. Como seguía sudoroso, me pegué una ducha rápida, evitando tocar demasiado lo que sea que me estuviera saliendo en la cabeza. El shampoo y el acondicionador no provocó reacción alguna. Lo que es peor, al salir del baño los noté extrañamente brillantes, como si de hecho el lavado les hubiera ayudado.

Me vestí lo más rápido que pude y salí del departamento. No había rastro de Kagura.

¿Se refiere a su novia, la señorita Harada?

Sí, sí, le decimos Kagura, ¿de acuerdo?

Señorita You Harada, ¿correcto, señor Kagewaki?

Correcto. Una vez más, You es conocida como Kagura, jugando con los malditos bailes japoneses, ¿de acuerdo? Y a ella le agrada así.

Como sea, Kagura no estaba en casa. Seguramente había partido ya hacia su trabajo. Así era mejor. No quería discutir más. Todavía más que a mi, ella detestaba que volviera a casa de madrugada y oliendo a alcohol. Seguramente había partido más temprano para evitar nuevas peleas. Y, aunque no lo crean, no estaba seguro de que quisiera que ella me viera así: con eso en la cabeza.

Tomé las llaves del departamento y del auto y salí. Ni siquiera me había fijado qué hora era. Me enteré al llegar al consultorio, no pasaban de las diez de la mañana... y yo que creí dormir medio día.

—¡Señor Kagewaki! —fue el saludo de mi doctor. Yo creo que bufé algo en respuesta, pero no recuerdo exactamente qué.

—Tengo algo saliéndome de la cabeza. Quítelo —ordené.

El doctor se puso muy nervioso con eso. Farfulló un montón de cosas, poniendo excusas baratas y demás. Como mi mirada seguía igual de insistente, al final se decidió a realizar un análisis sobre el material del que estaban hechos mis nuevas... cosas.

Tardó mucho rato en el proceso, pero no me molestó. No me molestaba perder tiempo cuando se trataba de averiguar qué cosa tenía. Temí por un momento que fuera algo de cáncer. Después temí que fuera de esas enfermedades, esas que te dejan como el hombre elefante. No tuve mucho más tiempo para imaginar mi vida convertido en un tío de un zoológico o de un circo de fenómenos, porque el doctor finalmente llegó a su veredicto.

—Bueno, esto es extraño... raro de decir, señor Kageweki —comenzó. A veces me ponía nervioso que me llamaran por mi apellido, pero aquella vez, extrañamente, parecía acertado—. Parece que le están creciendo un... bueno, un par de cuernos.

No tuve oportunidad de ver la expresión en mi rostro cuando me dijo aquello, cuando escuché eso por primera vez. Supongo que debió haber sido un poema.

¿Qué? —solté.

Creo que no fui capaz de comprender el significado de sus palabras. No digo que no sea cornudo por parte de Kagura, puede ser..., pero por ese lado se supone que el «cornudo» es figurativo, ustedes entienden. Que me salieran, literalmente, dos cuernos, de algún modo significaba que Kagura había llevado el término de cornudo más allá de lo conocido. Me debería haber puesto los cuernos con todo Asia, como primer requisito. Y luego un pacto con el diablo, lo que nos lleva nuevamente a mi historia.

El doctor me explicó brevemente que el material de mis dos nuevos y relucientes cuernos era del mismo material de los cuernos de cualquier animal con cuernos que me imaginara. Es decir, hueso. Tenía huesos que me salían de la frente. Huesos rodeados de queratina.

El doctor también me dijo, mientras los observaba con creciente fascinación, que probablemente el crecimiento de mis cuernos sería parecido al de los carneros, pues encontraba ciertas similitudes que, si hoy me preguntan cuáles son, no sabría responder. Así que aquí estoy. Supongo que el doctor tuvo razón. Soy una persona con cuernos de cabra... o carnero, da igual.

Insistí para que me quitara la maldita mierda de la cabeza, pero el doctor no lo creía posible con una simple incisión. Ni con un serrucho. Si, como él sin duda confiaba que eran, resultaban ser cuernos, el crecimiento vendría del hueso frontal. Me tendría que sacar el condenado cráneo para evitarlo, y tampoco estaba seguro de que funcionara.

—No lo sé, señor Kagewaki. Lo mejor es que intente ver el lado positivo de su nuevo par de cuernos —me dijo en un momento. Lo miré sin entender a qué se refería. No había lado bueno en tener cuernos—. Si crecen lo suficiente, tal vez a las mujeres les gusten. Quién dice que no puede abrir un centro de placer. He escuchado de un caso sobre un joven con sindactilia que...

No seguí escuchando el resto porque la idea de causar placer con un maldito cuerno me revolvió el estómago. Siempre creí que ese hombre estaba mal de la cabeza. Después de todo, su hermano era un sádico al que libré de la pena de muerte. Tal vez el gusto por lo pervertido venía de familia, quién sabe.

Sin tiempo ni ganas de seguir escuchando a mi doctor, me fui de allí como alma que lleva al diablo. Y tal vez esa es la mejor expresión que pude usar para conmigo. El hombre se mostró reacio a dejarme ir. Insistió en que podríamos hacer una pequeña cirugía de emergencia, y tal vez abrirme un poco el cráneo para ver de dónde salían. Que si eso no me parecía, incluso podríamos probar con una radiografía. Pero como lo vi mucho más interesado en abrirme la cojonuda cabeza, decidí escapar de allí.

Discúlpenme los sensibles, pero tenía miedo de que decidiera pedirme algo fuera de lo común. Como que lo folle con un cuerno. Olvídenlo. No quería meter ninguna parte de mi en su culo, ni siquiera mi aún muy pequeño cuerno. Ni en ese momento ni cuando se hiciera más grande.

El doctor se quedó con la palabra en la boca y yo con el corazón en la garganta, retumbando y haciéndome creer que todo palpitaba alrededor. Me subí la capucha de mi campera para intentar que los cuernos queden a resguardo de miradas indiscretas.

Estaba asustado y sin saber exactamente dónde ir. Tenía que presentarme en mi trabajo, y todavía tenía una novia a la que ver a la cara, pero no tenía una explicación razonable para aquel inesperado crecimiento.

Me dirigí a toda velocidad a mi apartamento y cerré la puerta con llave. Bajé las persianas, apagué las luces, caminé de aquí para allá intentando buscar una explicación, una causa, una excusa. Cualquier cosa que lo explicara me serviría en aquellos momentos.

A pesar de que seguía pretendiendo que mi encuentro con aquel amigo lejano nunca se había concretado, no podía dejar de volver a pensar en él una y otra vez. Si era un brujo a fin de cuentas, o incluso el mismísimo demonio, había apretado su mano con fuerza y cerrado un trato del que no podía volver atrás. Había aceptado su regalo sin pensarlo dos veces y, misteriosamente, al otro día tenía dos prominentes cuernos en mi cabeza. No podía dejar pasar eso así como así.

Cuando estaba pensando en volver al bar en donde lo había encontrado con la esperanza de verlo nuevamente, decidí que aquello tuvo que haber sido un mal sueño. Me había despertado agitado, oliendo a alcohol, con resaca. Si no fue una pesadilla, entonces una alucinación. Me decidí a dejar pasar el extraño encuentro y, de paso, dejar de tomar alcohol. Sin duda, no quería terminar como mi padre.

A las cinco horas de mi visita con el doctor, mis cuernos habían crecido dos veces su tamaño original. Se curvaban hacia atrás, tal como había predicho él. Tocarlos ya no me dolía, era como si finalmente fueran parte de mi.

Seguía en ayunas, pues tenía mi estómago hecho un nudo de nervios. No puedo negar que me asustaba y fascinaba por partes iguales mi increíble condición. Eso afectaría mi carrera como abogado, pues ninguno que se precie quiere aparecer en el juzgado pareciendo el maldito hijo de Satán. Y nadie permitiría tampoco al anticristo —ni a un primo lejano de él. Un tipo con cuernos no sería aceptado, y mi carrera estaría acabada... a menos que accediera a la cirugía de mi doctor y terminara con una lobotomía accidental.

Mientras seguía caminando de aquí para allá, con la cabeza revuelta de pensamientos, Kagura llegó a casa. Me miró durante un momento con sorpresa. Yo me había congelado en mi lugar. El cabello revuelto, las manos sudorosas tomadas con nerviosismo, encorvado por la caminata dentro de mi casa, incluso un poco sudoroso y, para coronar, mis dos nuevos cuernos.

—¿Qué haces aquí?

La miré sin creer que eso fuera lo primero que preguntara. You es una mujer cínica y desvergonzada, como podrán haberse dado una idea al interrogarla, que no le importa decir lo primero que se le viene a la mente. Incluso podría reírse en mi cara de tener dos nuevos cuernos y agrandarse por creerse la responsable, pero no simplemente preguntarme qué hacía en mi maldito apartamento mugroso.

—¿Qué voy a estar haciendo, Kagura?

—¿No deberías ir a trabajar? —gruñó, mirándome con cansancio—. Aunque supongo que lo de anoche fue demasiado para ti. Terminarán ahogándote en tu propio vómito, o incluso tal vez como tu padre.

Otra vez con las quejas por el alcohol. Masculló algo de que haga el favor de morirme fuera de casa, para que no fuera ella quién me encontrara.

—Terminarán echándote del trabajo y no sé cómo haremos luego —siguió, tirando su cartera y campera sobre el sofá maltrecho—. Con ambos sueldos nos cuesta llegar a fin de mes, no sé qué pasará si terminas desempleado.

—Eso no pasará —sentencié. La miré con hastío un momento, pero luego me inundó una terrible curiosidad, al verla tan desinteresada en mi estado actual.

La vi revolver su bolso durante un rato, buscando su celular tal vez, y luego dejarlo con cansancio otra vez sobre el sofá. Fue hacia nuestra habitación, sacándose la remera en el camino y permitiendo observar el conjunto de encaje rojo que tanto me gustaba. Cuando volvió, estaba con una simple musculosa negra, ya sin un sujetador debajo, y unos pantalones cortos que dejaba a la vista sus largas piernas tostadas por el sol.

—¿Qué ocurre que tienes esa cara? —me preguntó, mientras se tiraba con ánimo sobre el sofá, corriendo sus cosas a un lugar y tomando el mando del televisor—. ¿Sigues con resaca? Hazme el favor de vomitar en el baño.

—Kagura, ¿no ves nada diferente en mi?

Mi pregunta la tomó por sorpresa. Sacó la vista del televisor y la enfocó en mi cara, concentrada.

—¿Te cortaste el cabello?

—No.

—¿Te compraste zapatos nuevos? No sé qué quieres que te diga, en serio.

—¿Es que no ves mis dos nuevos y relucientes cuernos? —gruñí, apuntando mi cabeza. Esto no la inmutó.

—Hubieras empezado por ahí... —soltó. Volvió la concentración al televisor y siguió hablando—. Esta mañana ya los tenías. Iba a despertarte antes de irme a trabajar para preguntarte qué rayos te habías hecho, pero supongo que me hubieras mandado al diablo, así que me fui sin más.

La miré aún sin entender porqué mis malditos cuernos no llamaban su atención, o porqué no le asustaban hasta la médula.

—Mira, no son nada estéticos, ¿de acuerdo? —me dijo, seria. Se incorporó y se acercó a mi rápidamente—. Pero no soy quien para decirte qué hacer con tu cuerpo. ¿Te quieres implantar cuernos? Bien. Tal vez podamos hacer un juego previo interesante antes de follar.

Me miró intensamente un rato y agregó:

—Incluso puede que me prendan un poco. Te ves sexy.

—¿Qué rayos te pasa, Kagura? —gruñí, empujándola lejos de mi. Soltó un bufido de molestia y movió las manos para restarle importancia—. ¿No te parece una maldita locura? ¡No me los implanté! ¡Son dos malditos cuernos hechos de huesos y rodeados de queratina, tal como los del carnero!

—Bueno, entonces va con tu signo. Eres Aries, ¿no?

—Soy Escorpio. Y me importa una mierda el zodíaco.

You me miró con lo que pareció ser pena, y eso me cabreó más.

—Ve a darte una ducha, estás tensionado.

—¡Por supuesto que lo estoy!

—¡Ya relaja tus cuernos, cabrón! —me gritó, apuntándome con el mando del televisor—. Ve a bañarte y luego pensamos qué haremos con tus jodidas astas. Y deja de joder.

—Muy graciosa —le gruñí, aunque de todos modos pegarme un baño me pareció una estupenda idea. Sentía la remera pegada a mi espalda y las manos seguían sudando, aunque no tenía calor—. Y son cuernos, no astas.

Kagura no dijo más, pero estoy seguro de que me hizo un gesto obsceno.

Al llegar al baño, abrí el grifo y comencé a desvestirme. Por alguna razón, me cercioré que no tuviera nuevas protuberancias creciéndome en partes del cuerpo que no deberían (tenía mucho miedo de que me creciera un maldito cuerno en el culo, si me lo preguntan), y cuando estuve seguro de que no era así, volví la cabeza para concentrarme en la imagen que me devolvía el espejo.

Mi cabello seguía negro y despeinado, y los cuernos seguían tan ahí como horas atrás. Más grandes, claro, pero aún ahí. Por un momento temí que el ritmo de crecimiento fuera tan rápido como había demostrado en esas cinco horas, pero con el correr del día me di cuenta que no era así. Ni siquiera llegué a decodificar el modo en el que crecían. Simplemente lo hacían, de a poco y a su ritmo.

Finalmente me metí bajo la lluvia. El agua fría golpeó mi cabeza primero, mi pecho luego y continuó bajando hasta mojarme entero. Se estaba bien bajo la ducha, sin escuchar nada más que el repiqueteo del agua. Posé mis manos cercanas al grifo, agaché la cabeza para mirar el desagüe y cómo el agua se iba formando un torbellino, aunque no tan grande como el que tenía en mi mente.

En ningún momento escuché que la puerta del baño se abriera, pero pronto tuve las manos cálidas de Kagura sobre mi pecho, ella abrazándome por la espalda. Apenas giré un poco para verla, empapada y todavía vestida.

Tal vez ustedes dirán que lo que estoy por contarles no tiene ninguna trascendencia, sobre todo porque en mi departamento nunca faltó el buen sexo. Sin embargo, el entusiasmo de Kagura me dejó mudo de asombro.

—¿Te dije que esos cuernos me ponen? —me susurró al oído. Sentía sus cabellos negros pegados a mi cuerpo mojado y sus pechos pegados a mi espalda, y ambas cosas me gustaban mucho.

Me giré y la tomé de la cara para besarla. No se resistió en la absoluto. El agua ayudó a que todo fuera más fluido. Llevé mis manos a su musculosa y se la saqué casi de un tirón, aunque no podía negar que toda mojada y pegada a su cuerpo, sus pezones erectos por el frío de la ducha, no resultaba igualmente tan lindo como su torso desnudo.

Mientras yo me deshacía de su remera, ella rápidamente se quitó los pantalones. Y casi al mismo tiempo dirigió su mano a mi miembro. No voy a decir que no estaba erecto desde que ella me tocó por primera vez. Su mano parecía más cálida en ese momento. Empezó a realizar movimientos pausados, fuertes, luego más rápido. Tapó cualquier ruido que pudiera salir de mi boca con un beso que parecía querer quitarme los labios. Me mordió un par de veces y eso me excitó aún más.

Cuando estaba dispuesto a metérsela, se agachó sin soltarme y me tomó, haciendo de mi lo que quiso. Su boca estaba húmeda, pero de una manera tan diferente al agua que nos mojaba que simplemente no puedo explicarlo. No pude contenerme y sostuve su cabeza mientras seguía haciendo esos movimientos. Me recosté un poco contra la pared, evitando el grifo. Apresuró la marcha y me dirigió una mirada rojiza que pudo entrever incluso con el agua de la lluvia que aún nos mojaba. Apreté sus cabellos en respuesta, pero ella sacó su boca y, con sus manos como garras, me obligó a sentarme en el piso.

Se sentó a horcajadas sobre mi y se movió de una manera que no recuerdo que hubiera hecho en años. Me entretuve con sus pechos, su cuello, su todo. Estaba muy predispuesta a mi, su cuerpo parecía haberme esperado durante todo el día. Me recibía de una forma natural.

El agua seguía mojándonos, parecíamos ahogarnos bajo la ducha, entre jadeos, entre esos movimientos rápidos, fuertes, frenéticos. Esa tarde, Kagura y yo éramos las únicas personas sobre la faz de la tierra. Teníamos tiempo y espacio, y el mundo completamente solo para hacer y gritar lo que quisiéramos. Y lo hicimos.

Mientras se movía me tomó de los cuernos y tiró de ellos. Y a mi me pareció muy bien ese movimiento. Soltó un grito y luego gemidos compartidos conmigo. Enterró su boca en mi boca y el agua de la ducha ayudó en el beso. La tomé de la cintura, la elevé un poco, dejé que volviera a caer para penetrarla una vez más. Sus manos se aferraron a mi cuello, su boca a mi oído, sus gemidos me excitaron más.

Podrían seguir, pero creo que comprendieron la idea. Luego volvimos a follar, solo que era ella la que tenía la espalda contra los cerámicos fríos de la pared del baño, en el aire y clavando sus uñas en mi espalda como si eso pudiera mantenerla en el mismo planeta. Con mis cuernos rompí un poco la pared, pero no nos importó a ninguno de los dos.

Luego la llevé a la habitación y la tiré sobre la cama, y seguimos un rato más, hasta que se sacudió, gritó, se arqueó y finalmente parecía tan exhausta que di por finalizada la sesión. Sus cabellos estaban desparramados sobre la cama, ahora completamente empapada por el agua que traíamos los dos. Sus brazos estaban por encima de su cabeza y mantenía una sonrisa encantadora en su boca roja. El agua de la ducha seguía cayendo, porque ninguno de los dos se preocupó en cerrar el grifo. Yo seguía sobre ella, mi cabeza a la altura de su abdomen, con las manos bajo ella, tocando su culo.

—Deberías bañarte más seguido —me dijo. Nos reímos un rato de eso. Luego acarició mis cuernos, bordeándolos con curiosidad.

Al final se durmió. Y yo tuve tiempo para incorporarme, taparla con una sábana igual de húmeda que ella e irme de la habitación, aún desnudo.


Nota de la autora:

Lo prometido es deuda, así que les traje la segunda entrega. Estaré actualizando el día 6. :)

El lime es lo más cercano a un lemon que escribí en lo que va mi carrera de ficker(?), así que no pueden quejarse de su calidad, no mucho... ok, pueden quejarse lo que quieran.

Si tienen algo para decirme, ahí abajo pueden dejar su review.

Saluditos,

Mor.