Capítulo II
Cuando Eriol y Shaoran se fueron, Sakura fingió estar sumida en la computadora, y respondió monótonamente al: "Hasta mañana, Kinomoto", que le dijo el señor Li, con un "que tenga buen día", sin jamás despegar sus ojos de la pantalla. Lo último que quería era enfrentar esa mirada de lástima otra vez. Mirada que le había dirigido su jefe al percibir que ella había escuchado lo que decía sobre su aspecto. Maldecía el momento en que tuvo que escuchar aquella conversación. Las palabras se le clavaban como estacas en el alma. A veces, la ignorancia era sinónimo de felicidad. Al menos, se había sentido feliz hasta escucharlo.
Sabía que no era una mujer del todo atractiva, más bien ella era convencional, ella se sentía del montón, aunque su mejor amiga y prima opinara lo contrario. Sakura odiaba aquellos zapatos kilométricos y sensuales que usaban las otras trabajadoras de la empresa, pues no estaba dispuesta a sentir dolor por verse un poco más estilizada, por lo cual, usaba calzado menos alto, pero infinitamente más funcional. Lo mismo ocurría con sus trajes de dos piezas, siempre eran conservadores, pues le daba vergüenza usar otro tipo de ropa, que fuese más reveladora. Y no usar maquillaje eso también jugaba en su contra, pero es que, con sus veinticinco años, no era capaz aún de combinar los colores como se supone que debía hacerlo, entonces, para evitar parecer un payaso que se equivocó de cumpleaños, sólo se aplicaba brillo labial y algo de máscara de pestañas.
Soltó un suspiro contenidamente y los ojos se le llenaron de lágrimas. No sería tan patética de llorar en su puesto de trabajo. Por lo que, valiéndose de todo su valor, caminó los metros que la separaban del baño y allí, en un cubículo, dio rienda suelta a toda su pena. No era el hecho de que aquellas palabras la hubiesen lastimado, sino que quien las había dicho era la persona de la cual ella se había enamorado estúpidamente. Lo cual había ocurrido sin que ella casi lo notara.
En un inicio, cuando recién llegó a ocupar su puesto como secretaria, hace dos años, sintió mucha aprensión por todo lo que había escuchado sobre el volátil carácter de su jefe directo. Las primeras semanas, temía hacer algo mal que hiciera que él la regañara, pero de a poco se fue dando cuenta de otro señor Li, uno que estaba segura, que poca gente conocía realmente. Todas esas tardes interminables revisando documentos dieron pie para que ella construyera una nueva imagen de él, su muy secreto amor platónico. Nadie más que su mejor amiga lo sabía.
Comenzó notando que Shaoran Li casi no se reía, eso fue algo que el principio no le sorprendió, pero en una ocasión, y debido a su inagotable falta de cuidado, tropezó en medio de una importante junta, haciendo que las carpetas que debía entregarle a los asistentes quedaran desperdigadas por el suelo. Shaoran pareció inmensamente preocupado por su salud y acudió a socorrerla, sin embargo, una vez que comprobó que estaba bien. Debió reparar en como la vergüenza coloreaba sus mejillas y lo cómico que eran todas las carpetas desperdigadas por la sala, entonces se llevó la mano a la cara, cubrió sus ojos y sus hombros comenzaron a temblar, hasta que soltó una profunda carcajada y rio hasta que incluso sus ojos lagrimearon un poco.
Fue la primera vez que escuchó la hipnotizante composición de su risa y lejos de molestarse con él, se sintió misteriosamente satisfecha de haber provocado su buen humor. Y quiso repetir la experiencia, por lo que cada vez que lograba que su jefe se riera ella lo anotaba como un triunfo. Y se sentía afortunada de conocer esa faceta de un hombre tan serio como el señor Li.
Con el pasar del tiempo, se dio cuenta que el fruncir el ceño era la mayoría de las veces signos de que estaba concentrado, no de que estaba molesto, ella lo había mirado tanto que incluso logró percibir que tenía diferentes formas de hacerlo. Y ella podía identificar muy bien cuando se trataba de cabreo, cuando estaba cansado o cuando arrugaba su frente producto de la concentración.
Y de esa manera, fue estando siempre pendiente de él. Había notado un par de veces que su jefe se le quedaba viendo en silencio y su corazón se aceleraba hasta el punto de que le temblaban las piernas. Ella tenía la esperanza que Shaoran Li la notara como algo más que su secretaria, pero su timidez no le permitía confesarse así sin más.
Y ahora, ahora que sabía que él no la encontraba atractiva, aquella esperanza se apagaba segundo a segundo, y el hecho de que reconociera que era una excelente trabajadora, no le reportaba consuelo alguno.
Salió del baño con la moral por el suelo, pero dispuesta a no demostrar su devastación. Se mojó el rostro y enfiló a su escritorio, el trabajo sería un buen distractor.
Esa tarde se le hizo eterna, y por más que intentó no pudo concentrarse, quizás fuera porque el señor Li no volvió por el resto de día, o tal vez por la melancolía que se instaló en su ser, al darse cuenta que sus estúpidas ilusiones de que su jefe algún día se enamorara de ella no eran más que eso: ilusiones.
En el momento exacto que la hora de irse llegó, cogió sus pertenencias y se fue. No tenía automóvil por lo que solía tomar el autobús para casa, pero ese día quería caminar y ya no quería pensar ni en su jefe, ni en su absurda forma de amarle, tampoco quería estar triste, por lo que decidió escuchar música que lograra hacerle olvidar.
Los sonidos de una guitarra eléctrica se amplificaron por sus oídos, Thunderstruck de AC/DC logró que se erizará la piel de su cuello y que comenzará a mover la cabeza disfrutando enormemente de cada rasgueo, se fue cantando en voz alta importándole bien poco lo ridícula que pudiese verse.
«Al diablo con el señor Li, al diablo con todo».
Siguió caminando disfrutando del viento en la cara, deleitándose con las miradas reprobatorias que le regalaban algunos transeúntes. Y durante las siguientes cuadras todo le importó un rábano.
Comenzó Highway to hell, eso la hizo sonreír con ironía. En realidad, sentía que caminaba por una carretera hacia el infierno. Tenía que quitarse ese amor, tenía que olvidarse de él. La idea de dejar ir ese amor, por momentos se hacía muy, muy tentadora, pero al siguiente sabía que resultaría difícil si seguía viéndole todos los días. ¿Qué ocurriría si al día siguiente no se presentaba a trabajar? ¿Si renunciaba? ¿Él se daría cuenta de pronto que ella era la mujer de su vida? Se rio de su propia imbecilidad, a veces la ingenuidad era un castigo.
La música del móvil se detuvo abruptamente y su teléfono indicó que tenía una llamada entrante. Sonrió al percibir el nombre de Tomoyo en el aparato.
—Hola, Tomoyo —contestó tragándose el nudo que tenía en la garganta.
—¿Sakura? ¿Eres tú? —indagó su mejor amiga.
Los ojos se Sakura se volvieron acuosos nuevamente, pero movió la cabeza repetidamente para evitar que las lágrimas abandonaran sus ojos. No quería seguir compadeciéndose de sí misma, ella no era de esa manera. ¿Dónde estaba su positivismo cuando más lo necesitaba? Sonrió a pesar de sí misma. Y trató de que su voz sonara normal.
—Claro que soy yo —soltó una risita, procurando parecer de buen humor—. ¿Cómo estás, Tomoyo?
La línea permaneció muerta por unos momentos.
—Sakura, ¿de verdad crees que puedes engañarme? Sé que te ocurre algo y exijo que me lo digas.
La chica de ojos verdes detuvo su marcha y suspiró profundamente. Era increíble como a ella no se le escapaba nada.
—Estoy bien, no me pasa na…
—¿Dónde estás? —la interrumpió su amiga.
—Voy caminando a casa —contestó como una autómata.
—Bien, estaré allí en treinta minutos.
No alcanzó siquiera a despedirse, pues Tomoyo cortó la comunicación.
Al llegar al departamento que rentaba, su amiga la estaba esperando en la puerta. Tomoyo hizo una mueca de desagrado al verla.
—¿A quién debo matar? —preguntó ella, a modo de saludo, mientras le daba un abrazo.
La chica de cabello castaño no dijo nada, pues estaba segura que si abría la boca terminaría llorando en mitad del pasillo.
Tomoyo le quitó el bolso y buscó las llaves e hizo que ambas entraran al departamento.
Sakura tenía la mirada cabizbaja, como si repentinamente sus zapatos fuesen lo más interesante del planeta.
Tomoyo intentó no demostrar su preocupación, pero en su vida había visto a su amiga de esa manera. Sakura solía tener la capacidad de encontrar lo bueno en cualquier imprevisto, y esta chica que estaba a punto de derrumbarse no se parecía para nada a la Sakura de siempre.
Sakura se sentó en el único sofá que tenía en la sala, inmediatamente Tomoyo tomó posición a su lado y le agarró las manos, apretándolas contenidamente.
—Estoy aquí —dijo Tomoyo.
Esas dos palabras bastaron para destruir las paredes del autocontrol de Sakura y lloró, lloró desconsoladamente en las faldas de su amiga.
Tomoyo se dedicó a acariciarle la cabeza, sin presionarla, sin preguntar. Ella tenía todo el tiempo para esperar que Sakura quisiera contarle lo que ocurría, y al cabo de un tiempo, Sakura comenzó a hablar en medio de los sollozos:
—Debo olvidarme del señor Li, hasta hoy no me di cuenta de lo tonto que es esperar que él sienta algo más por mí.
Tomoyo la miró con sus ojos azules, haciendo que Sakura se incorporara.
—¿Qué ocurrió?
Sakura le contó todo: la conversación de Shaoran y Hiragizawa, su incomodidad y sus ataques de autocompasión.
Tomoyo permaneció en silencio hasta que Sakura terminó diciendo que se buscaría otro trabajo.
—¿Y de verdad tú crees que tu jefe no te encuentre atractiva? —cuestionó Tomoyo—. Según recuerdo, tú me has contando que él muestra algún tipo de interés en ti…
—Quizás sólo eran imaginaciones mías. El señor Li es un hombre maravilloso, y sé que jamás haría sentir mal a alguien a propósito, pero lo escuché, Tomoyo. Y ya no me puedo olvidar de eso —Bufó contenidamente.
De pronto, Sakura observó como una sonrisa rara inundó el rostro de Tomoyo. Sakura reconoció esa forma de sonreír e inconscientemente un escalofrío le recorrió la espalda, ella tramaba algo.
—Bueno, si vas a renunciar debes hacerlo en grande.
—¿De qué estás hablando?
Sakura palideció cuando Tomoyo la miró evaluativamente.
—¿Estás segura de querer renunciar?
—¿Qué otro camino tengo?
—Bien. Tú déjalo en mis manos, ahora sécate la cara y prepárate. Veremos que tantas ganas le quedan a ese estúpido y al idiota de su amigo, de seguir diciendo que no eres atractiva —los ojos de Tomoyo brillaron desvergonzadamente. Y se río imitando una carcajada maligna—. Ya verán ese par.
N/A: Tal como prometí ayer, aquí está el capítulo II de esta "historia". Como verán es un cliché de tomo y lomo, eso lo sé. De allí viene su nombre. Pero lo tuve tanto tiempo en mi cabeza que debía dejarlo nacer y aquí está.
Agradezco enormemente a quienes han escrito sus opiniones, quienes siguen esto y quienes la tienen en sus favoritos.
Mañana nos vemos con el tercero. Saludos a todos quienes han leído esto.
