De verdad muchas gracias por todos su geniales reviews, you make me so happy! Disfruten este capitulo.

Disclaimer: Admito que todo es propiedad de Stephenie Meyer, creadora de la saga Crepúsculo (Twilight).

Summary: Un foco se prendió sobre su cabeza en el momento de desesperación. ¿Por qué no pedirle a tu mejor amigo que se haga pasar por tu prometido? ¡Era un plan brillante! ¿Qué podía salir mal? Lo peor, era enamorarse. Edward/Bella.


i. Carta amarilla

(Bella's POV)

Inhala, exhala. Inhala, exhala.

Muchas veces me contaron que la rabia es algo completamente fácil de dominar. Sólo presiona los puños y cuenta hasta diez; pero es que, en ocasiones como ésta, ese número se veía tan maldita e increíblemente lejano que el cinco es igual al tres mil. También, cierra los ojos y piensa en cosas felices. Piensa en cosas felices. ¡Piensa en cosas felices!

Era claro. En esos momentos me era imposible.

¿Cómo es posible que un simple papel pueda mandar a pique todo un día genial? Bueno, no era un solo papel, ¡sino tres! Tres malditas cartas. Tres malditos demonios. Tres maldiciones. Innumerables palabrotas al aire, salidas de mis labios descontrolados, que sólo escuchaban las paredes.

Miré con odio el papel amarillento, arrugado y con olor a tabaco, que yacía sobre la mesita oscura de mi cocina. Era el que más odiaba. Lo fulminé con la mirada. Y si las miradas matasen… ¡Dios, Bella, los papeles no mueren! ¿Qué andas pensando? Era obvio que la ira puede ponerte estúpida, a cualquiera le pasaría estando en una posición así.

Las otras cartas descansaban junto a la amarillenta, con la pequeña y sutil diferencia que aquellas estaban intactas. La de color rosado ni siquiera había sido sacada de su sobre. Ya con leer el nombre de la persona, escrito con letras excesivamente elegantes, que la había enviado, toda la sangre se me fue de la cara. Era papel fino, con una estampilla de una misteriosa y hermosa flor. Lo peor de todo… la maldita carta rosa olía a perfume fino. ¡Oh! Leí inconscientemente.

'Jessica Stanley. Av. Fleur Melody n.1924, Paris, Francia.'

Era increíble cómo tu vida puede dar un giro de 180º cuando tu 'mejor amiga' se va a cumplir su sueño más preciado y presumido; ¡claro! Para que después te escupa en la cara que logró su cometido llegando más lejos de lo que hubiera yo querido y con más fama de la que ella hubiera soñado. Sorprendente. En Francia, claro está, aprecian más a las diseñadoras de moda que a la misma moda. Bufé pensando mil maldiciones para Jessica. Era obvio lo que decía en aquella carta.

'Querida Bella, tengo que decirte que ya saqué la nueva colección Primavera-Verano 2009. Sería completamente feliz si me dejaras enviarte algunas prendas exclusivas, ya que el dinero me sobra y no sé qué hacer con él…' Bla, bla, bla…

Presumida. Desgraciada. Hija de…

Bien, hay que recordar que la madre de Jessica no merece que le llame así. La respeto, señora Stanley.

'Querida Jessica, no necesito de tu costosa ropa europea. Puedes irte al diablo y meterte tu colección por donde te quepa. Cariños, Bella.'

Exhalé un gran, hondo y extenso suspiro. La idea de una respuesta así era bastante tentadora, como inmadura y sin sentido. Se suponía que había que mantener amistad con mi vieja 'amiga' Jessica Stanley, compañera del instituto Forks. ¡Oh, qué viejos tiempos! Tiempos en donde aún tenía una venda en los ojos y no veía quién era en realidad esa chica.

Mis ojos vagaron entre la superficie de la mesa. La otra carta, color crema, ya estaba abierta. También me asustaban los emisores del mensaje que no deseaba recibir. Pero toda la culpa la tenía el papel arrugado con olor a tabaco. Si no fuera por esa maldita carta, la de color crema no tenía por qué haber llegado, hasta ese preciso momento.

'Renée Swan. N. 18, Paradise Drive, Jacksonville. Florida, E.E.U.U.'

Sabía de sobra el contenido de esa carta. Era obvio. Tan obvio como que mi mirada no se separaba de la amarillenta papelera arrugada. Quería tomarla y arrugarla, romperla, quemarla, vaporizarla. ¡Agh! Parecía una adolecente inmadura que había sido rechazada por el chico de sus sueños, el cual salió con su mejor amiga y me dejó en el olvido. ¡Oh, Bella! Ya deja de viajar al dramatismo de tus novelas, ¡concéntrate!

Tomé el papel crema.

'Bella. Como ya debes saber, la próxima semana estaré en New York…' Bla, bla, ¡bla!

Sí, New York. Y claro, mamá se alojaría en mi pequeño departamento cerca del Central Park. Y es que tendría uno más grande y ostentoso si sólo pudiera tomar lo mío, y dejar de ser una simple secretaria de una empresa que está a punto de quebrar. Con el típico empleado libidinoso y la jefa enfurecida que parece morsa en celo. Aunque existían ciertas ocasiones en las que la señora Cope podía ser tan dulce como regordeta.

Al final de todo, tomé el papel arrugado, leí.

'Srta. Isabella Swan.'

Bella, es Bella. ¿Es que no pueden entenderlo? ¿Es que mi difunto abuelo no lo dejó escrito en alguna hoja suelta cuando escribió el maldito testamento?

'... Junto con darle mi más sentido pésame, por la muerte de su pariente y abuelo Christian Swan, le informamos que la lectura de su testamento se efectuará el siguiente viernes 21 de noviembre, a las 17:00 hrs. En el edificio judicial de New York, en la Av. Kennedy, n. 18533. Esperamos su puntualidad y presencia.

Le saluda atte. Sr. Marco Vulturi, abogado.'

Mi seño se frunció y chasqueé la lengua.

Marco Vulturi. ¡Qué nombre tan anticuado! Pareciera que fuera de la realeza o algo por el estilo, pero la verdad era que ni siquiera había cruzado palabra con éste tipo, y ya sentía nauseas en el estómago de sólo imaginármelo. Debería ser un hombre viejo, canoso, con voz pastosa y caminar de tortuga; seguro y quizás tenía un bastón donde sujetarse, y también unos lentes que se apoyarían en la mitad de su nariz arrugada. Algo relativamente normal.

Normal era que alguien desconocido leyera el testamento de tu difunto abuelo; que mencionara qué ganabas y qué perdías. Para que después ese alguien desapareciera como un fantasma, tal y como había llegado. Nunca entenderé eso de los testamentos; se lo dejas a un extraño para que le diga a tu familia, cuando podías haberle dicho tú mismo. Era un completo lío y más encima ¡caro!

Dinero: palabra que define el concepto de todo lo que se puede poseer en ésta vida, y en la siguiente, y en la siguiente. Lo debes saber, nada es gratis.

Tal y como era de esperarse, arrugué el papel de forma improvisada, de nuevo. Tomé la carta de Jessica y la escondí en el abrigo de mi chaqueta negra, pues los pantalones de los ajustados vaqueros –regalo de Alice– no tenían espacio para nada, ni una mísera carta que pronto moriría en la chimenea de la sala de estar. Ya era completamente incómodo andar con las llaves del auto y del departamento.

El nombre de mi verdadera mejor amiga –no como cierta diseñadora en Francia– me hizo pensar instantáneamente en qué estaría haciendo. Necesitaba un poco de ayuda con esto, nunca había enfrentado la lectura de algo como el testamento. Parecía que tenía más nervios por saber qué me dejó mi abuelo, que su misma muerte la semana pasada.

Oh, mi abuelo Christian. Era un hombre genial, el poco tiempo que lo conocí y la película de memoria que lo revive en mi mente, a pesar de ser corta, se le recuerda con cariño. Él solía visitarnos a mí y a mamá cuando vivíamos en Paradise Valley, en Phoenix. El saber que había muerto fue como un pequeño nudo que se creó en mi garganta, pero nada más. No tenía idea de qué quería el abuelo para mí, su única nieta, o para Renée, la que fue su única nuera, o para el propio Charlie, su único hijo; y quién sabe a cuántas personas más incluyó el anciano en su despedida de bienes.

Me senté en el sofá de cuero sintético blanco, al frente del ventanal, que dejaba a la vista la mitad del lago del Central Park, e intenté ahogarlo todo con una buena taza de café. El olor mareaba de forma sana.

Dejé las cartas tiradas en Dios-sabe-dónde y me olvidé de todo por un momento. Disfrutaba de la soledad en un exceso peligroso, o eso solía decirme Alice. Pero claro, yo no tenía un novio como ella: el rubio y guapo de Jasper Hale, su amor platónico desde los cinco años. ¿Quién dice que los deseos no se cumplen? ¡Oh, cierto! Yo lo digo.

La vida amorosa era algo en lo cuál no quería entrar. A pesar de tener los veinte bien cumplidos, recién podía sostenerme económicamente, y psicológicamente también. Pero, pensándolo ahora, desde mi nueva perspectiva, no me vendrían nada mal un par de caricias en estos momentos.

El timbre sonó estrepitosamente. Me levanté de golpe, casi dejé caer el café sobre mi cuerpo. No necesito otro accidente, torcedura, quemadura o fractura por ahora, gracias.

A sólo tres pasos de la sala de estar, la puerta blanca y desteñida se agitó vigorosamente. Era claro que alguien –o en su defecto, algo– hacía presión innecesaria. Abrí la puerta con rapidez, y el cuerpo de un muchacho se tambaleó en el pequeño espacio del umbral. Se puso en pie firme rápidamente, conteniendo la risa que explotaría en cualquier momento. Había algo que sostenía entre sus manos, algo rojo y…

Oh, no.

—¿Bella Swan? —preguntó la voz bajo el gorro que cubría sus ojos.

La voz le delató. Era fácil reconocerle.

—No, Seth —dije mientras ponía los ojos en blanco—, soy Santa Claus.

El pequeño se río de forma dulce y sutil. ¿Qué se espera de un mocoso de quince años que apenas a cambiado la voz?

—¡Oh! —exclamó con fingida sorpresa— En ese caso, ¿por qué no me trajiste el Ferrari deportivo rojo que pedí hace dos años?

—Porque mis duendes se quedaron sin saldo en la tarjeta de crédito —respondí con voz grave, intentando imitar al viejo barbón—. Ya, ¿qué tienes ahí?

—Ah, esto —extendió sus brazos, dejando en mis manos un florero de… ¿rosas?—, de parte del señor…

—Edward Cullen —dijo otra voz.

Y el mismo Edward Cullen, el que viste y calza, apareció ante mi puerta, justo al lado del pequeño Seth, quien era demasiado bajito para alcanzar el monstruoso uno ochenta y muchos de mi amigo y buen bromista.

Su sonrisa alzaba la piel, tan blanca como la cal, de sus mejillas, y tan suave a la vez. Lo sabía muy bien, perdí de cuántas veces le propiné su buen golpe en la cara por unas cuantas anécdotas escolares, que en ese momento no me llegaban a la cabeza. Su cabello cobrizo estaba, como siempre, despeinado, dándole al fanfarrón su estilo tan propio…, y tan provocativo. Bien, lo admití. Mi mejor amigo es un chico guapo. Pero claro, él nunca escuchará eso de mis labios.

Aquel sweater con cuello alto, de hilo tan rojo como la sangre, se apegaba demasiado bien a su escultural figura. A pesar de que aquellos jeans estaban bastante gastados y casi desteñidos, parecía que se los hubiera seleccionado un diseñador para un comercial de ropa adolecente.

Edward rió por lo bajo, al echar una pequeña mirada a Seth, quien roló los ojos. Parecía que me estaba perdiendo un chiste privado. El pequeño recibió un billete de cinco dólares por parte de mi amigo, quien dio señales con los ojos para que se marchara. Seth me miró y se despidió con la mano, yo le sonreí y asentí. Miré a Edward con preguntas en el rostro.

Él entró en el departamento sin mi invitación, no la necesitaba. Siempre sería bienvenido.

—¿Qué? ¿Has olvidado que mi cumpleaños fue hace tres meses? —le cuestioné mostrándole las rosas.

Edward se encogió de hombros, girándose en el acto.

—No necesito una ocasión especial para regalarte algo —dijo mientras tomaba asiento en el sofá en el que yo había estado sentada anteriormente—, tú mucho menos necesitas un motivo para aceptarlo.

Miré el jarrón entre mis manos. Las flores parecían bonitas.

—Son lindas —admití muy a mi pesar—. Bien, las conservaré.

—Prométeme que nos las echarás por la ventana apenas me vaya, por favor —dijo entre risas.

Sonreí maliciosamente.

—No creo que tenga una puntería como para que el florero te dé en la cabeza —le dije, pareciendo calculadora ante ese plan tan improbable—, así que te lo prometo.

Dejé el florero en la mesita del centro. Edward hizo señas para que me sentara a su lado. Se acomodó de tal forma, apenas le obedecí, que quedó mirándome directamente a los ojos, parecía preocupado por algo, a pesar de que esa sonrisa traviesa suya aún vivía en sus labios.

La diversión no llegó a los ojos en ese momento.

—¿Qué pasa? —pregunté.

Tan pronto como me escuchó, su sonrisa se desvaneció. Suspiró.

—¿Cómo estás? —preguntó sin quitarme la mirada de encima.

Era fácil saber a lo que se refería, o eso suponía yo.

—Bien —mentí.

—¿Segura? —alzó las cejas, incrédulo.

—¿Debería estar mal?

—Eso creo —supuso en un susurro más para sí—. ¿No te afecta la muerte de tu abuelo? —preguntó mirándome ahora.

Oh, con que era eso.

Me encogí de hombros, sinceramente indiferente.

—Lo ignoro —hice una pausa relativamente larga. Él no dijo nada, sólo me miraba— ¿Charlie? —aventuré.

—Ajá, ayer por la tarde me llamó.

—Ah.

Su mirada se veía tan insistente que aparté la mía. Era fácil que pudiera leer mis pensamientos y mi interior. La cabeza me daba vueltas.

—¿No te pasa nada? —inquirió.

—No. No lo conocí mucho —le susurré—. Aunque más me preocupa el tema del testamento.

Eso pareció divertirle. Se rió de muy buena gana. Enrojecí de vergüenza, como siempre lo hacía cada vez que él se burlaba de mí. Lo advertía, pronto él tendría la mejilla izquierda colorada no precisamente por vergüenza.

A pesar de todo, fue muy caballeroso en preguntar:

—¿Por qué?

—Bueno… —dudé—. Es la primera vez que voy a estas cosas. Me da algo de miedo que mi abuelo se haya olvidado de mí en su testamento, es decir… nunca estuve muy presente en su vida, ¿sabes? Y, ¿si no me dejó nada? ¿Significaría eso que no me quería…?

—Bella… eres tan idiota —dijo mientras ponía sus ojos en blanco.

Asentí.

—Lo soy —admití.

Edward me estrechó entre sus brazos, de forma que frotó mi espalda, dándome algo de calor. El tacto de la tela daba cosquillas.

—No te preocupes, ¿vale? —dijo—. Todo va a estar bien.

—Veré qué puedo hacer.

Edward rió, visiblemente divertido ante mi inentendible miedo. Después de pensarlo por unos momentos, me di cuenta de que era estúpido. ¿Qué podría decir un papel idiota?

Los días transcurrieron más rápido de lo normal. Tenía yo la mala suerte de atraer lo que, en el fondo, no deseaba que pasara. Sí, así era; una afirmación, una constatación de un hecho odioso. Edward no pudo ayudarme a pasar la mala onda, pues tenía mucho trabajo en el hospital donde trabajaba con su padre, el famoso cirujano Carlisle Cullen.

Hablé con Alice casi todos los días, estaba feliz de tener tanto trabajo en su salón de belleza, aunque eso le restara tiempo con Jasper Hale, quien fue el tema de conversación en la mayoría de las llamadas telefónicas, y lo que me hizo gastar más saldo en el móvil de lo que mi pobre sueldo podía pagar apenas.

La pobre señora Cope, la a veces morsa en celo, cayó enferma de una especie de gripe, y no podía andar gritando como era tan habitual en ella, eso animaba un poco mi ánimo. No andaba para enfados idiotas.

Mi compañero de trabajo, Mike Newton, me invitó aquel viernes a ir a ver una película al cine, una comedia con parodias llamada 'Una película de guerra', se veía buena en cartelera, también hacían comentarios interesantes en los programas de farándula que veía antes de dormir. Y raramente quise decirle que sí, pero la estúpida lectura del testamento me bloqueó de todo plan posible para divertirme ese inicio de fin de semana.

Renée llegó a New York antes de lo esperado, se excusó con que Phil, su actual pareja, se había ido de viaje con su liga menor a jugar a Chicago. Bueno, no podía quejarme, hacía tiempo que no veía a mi madre, y podría acompañarme entre mi silencioso nerviosismo, estaba claro que no diría ni una palabra a Renée de eso.

—¡Bella! —gritó mi madre cuando me vio en el aeropuerto de New York. Enrojecí de vergüenza— ¡Te he extrañado!

Después de regañarla de que no me tratara como la pasada niña adolecente que fui, nos dirigimos a mi apartamento en el Central Park en taxi, del cual el viaje lo pagué solamente yo, pues a la 'genio' de mi madre se le quedó la cartera en una de las maletas, en la parte posterior del coche.

Mi madre se instaló en la habitación contigua a la mía, y no se quejó de lo pequeña que era. Eso era un buen comienzo. A ver cómo reaccionaríamos después de la lectura. Le ayudé a desempacar las maletas, y esa tarde salimos a tomar un café a Starbucks.

Preguntas como: '¿Qué tal te ha ido?', '¿Qué cuentas?', '¿Cómo están todos por aquí?', '¿Has sabido algo de Charlie?', etc, llenaron la boca de mi madre mientras devoraba un sándwich exquisito.

Y respuestas como: 'Me ha ido bien', 'No hay mucho que contar', 'Todos están bien menos mi jefa, que ha enfermado. Edward y Alice te mandan saludos. ¡Ah! Y Esme quiere verte', 'Y no, nada de Charlie. Pero Edward me comentó que vendría para la lectura si no es que el clima de Forks se lo impida; cosa que sería muy obvia si no asiste'.

Muchos 'ajá', 'humm', 'oh', 'ah'. Y después de pagar la cuenta nos regresamos a la casa para esperar que la semana pasara rápido.

Renée no hizo mención alguna sobre la lectura del testamento. Era más, se le notaba bastante sofocada al llegar a New York; cosa que disfrazó con esa falsa alegría al verme.

Y después de muchas quejas, insomnio y tres latas de café de medio kilo, llegó el bendito viernes.

Pedí permiso a la señora Cope para poder salir antes del trabajo. Entre alaridos, con su voz quebrada dijo que sí, fue fácil darse cuenta de que aún no se curaba de su gripe; y que tampoco daba muestras de querer desaparecer esa enfermedad. Estaba segura que después me haría trabajar extra el lunes, pero ahora me llenaba una repentina ansiedad. Me disculpé con Mike por negarle la salida al cine cuando tomé mi abrigo para salir corriendo, me excusé diciéndole que en verdad quería ir así que le invité el viernes siguiente. Y, como era de esperarse, aceptó. Tenía media hora para llegar a la avenida Kennedy, iría a pie.

Era de suponerse que Renée estaría allí, pues la vi sentada en un elegante sofá de cuero negro cuando entré en el edificio judicial. Se puso de pie de inmediato.

—¿Han empezado? —pregunté en un hilo de voz.

Ella negó con la cabeza.

—Charlie faltó, como pensaste —me informó con una sonrisa. Quizás la aparente ausencia de mi padre le quitaba un peso de encima.

—Oh —fue lo único que pude decir.

Los minutos pasaban lentos y desesperantes.

Me senté al lado de Renée al darme cuenta que mis rodillas temblaban. Con la miraba baja, caminé hacia el sofá oscuro, no deseaba que mi madre me mirara el rostro enrojecido. ¡Qué actitud tan infantil! Edward tenía razón, soy idiota.

—¿Familia Swan?

Una voz aterciopelada y masculina llamó desde el corredor junto a la recepción. Y un hombre, de unos treinta y muchos o cuarenta y pocos, estaba parado con un papel entre las manos. Abrí los ojos desmesuradamente al verle. Era hermoso.

Con el cabello excesivamente largo, de un negro sedoso que daría envidia a cualquier estilista. Con una mirada de un color rojo, rayando en lo exótico de un rasgo extraño. Con la piel tan blanca como la cal, quizás más que la piel de Edward o Alice. Una sonrisa se dibujaba en sus carnosos labios, mostrando todos sus perfectos dientes. Casi tan perfectos como las facciones de su angelical rostro.

Al acercarnos, Renée y yo, nos tendió la mano, amigablemente.

—Soy Marco Vulturi —dijo mientras sujetaba mi mano—, el abogado del Sr. Christian Swan —explicó.

A mí se me cayó la boca. ¿Él? ¿Dónde estaba el anciano de cabello canoso, lentes y bastón? ¡No era esto lo que yo esperaba! ¡Un hombre con belleza inhumana! Definitivamente parecía un rey como de realeza, como su nombre intentaba imaginar.

Le comí con los ojos descaradamente. Todo, claro, inconscientemente.

Mi madre murmuró algo que no entendí. Puso su mano bajo mi barbilla, subiéndola tiernamente, para cerrarme la boca. ¡Oh, Dios! ¡Qué vergüenza!

Marco Vulturi rió de buena gana. Su risa era tan musical como el simple eco de su voz tan masculina. De su, probablemente costoso, traje grisáceo, sacó un sobre muy parecido al que me había llegado hace días a casa, junto con la maldita carta de Jessica y la de Renée. Se me hizo un nudo en la garganta al comprender qué era ese papel, y sólo una palabra a mi mente.

Testamento.


¡Ohh! ¡Starbucks! Creo que necesito un café.

Bueno, después de despertarme un poco y etc, les digo que así (de éste largo) serán más o menos los capitulos, 3000 palabras o quizás más. 6 páginas de Word o algo por el estilo.

Sí, lo sé, dije que subiría el capitulo el viernes o sábado, pero es que no tenía más ideas que agregarle al capitulo, y lo encontré bien. Dejado en suspenso por mi persona. El siguiente capitulo lo subiré el viernes o el jueves, ya que aquí en Chile es feriado. :D

¡Muchas gracias a todas las chicas maravillosas por sus maravillosos reviews! (LOL) Me alegraron mucho. Espero ver más reviews ahora... :)

Para opiniones, amenazas de muerte, comentarios y dudas, sólo darle al 'Go', (y de paso haces que ésta humilde escritora se sienta aún más happy!)

Miu.