Hora Pico.

Suspirando como medio para relajarse tras haber escuchado las palabras de Porko en ese tono seco, Piiku decidió no responder ni una sola palabra de inmediato, evitando de esa manera algún tipo de pelea innecesaria entre amigos; prefiriendo terminar la llamada tras tocar el botón rojo en el celular.

-No me agrada que él te llame –indicó, mirando fijamente a los ojos oscuros de la chica. Sintiendo como sus dedos se ponían cada vez más pegajosos al dejar que el helado se derritiese gracias al inmenso calor de verano.

-No me agrada que me des órdenes, Pokko –respondió la chica, correspondiendo a la mirada de su amigo, colocando un mechón de cabello detrás de su oreja -. Sabes que no eres mi padre, ¿verdad? –Preguntó de forma nada amigable sin apartar sus ojos de los de su amigo –. Ya poseo uno, no necesito otro – Insistía.

La mirada de Porko se endureció.

-¿Entonces irás? –curioseó el pelirrojo, ignorando las palabras de su mejor amiga -. Irás donde él está… Sabes de lo que hablo, ¿verdad? –Indagó, sintiendo cómo un nudo en la garganta se le hacía al pensar en lo que podrían hacer si estaban esos a solas -. No soy alguien celoso, Piiku. Eso de los celos mejor déjaselo a los débiles que no confían en sus habilidades para obtener lo que más desean. Esa clase de sentimientos no van conmigo… –insistía, mirándola fijamente -. Eso no va conmigo… -murmuró, apretando el cono -. «¿Lo comprendes?», pensó.

-Ya veo… -masculló la chica, escuchando el sonido de las campanas a lo lejos del lugar en el que se encontraban -. Quizá sea hora que tú y yo comencemos nuestro camino de regreso a casa, Pokko. Hoy no es un buen día para conversar acerca de temas complicados.

-Quizá… -respondió entre susurros el pelirrojo con corte militar, manteniendo su posición – Quizá…

El ruido de las afueras de la heladería era muy común durante las horas de la tarde, especialmente después de la salida de los estudiantes de colegio. Desde la una y media de la tarde hasta las tres y media, el ruido de los celulares de los chicos, los gritos de sus voces, las consolas de uso personal y el sonido de uno que otro instrumento eran escuchados a lo largo de esos diez kilómetros de ese calle-puente; lugar de encuentro preferido por los adolescentes de las dos naciones que una vez fueron enemigas.

El puente de la amistad, como solían decirle al puente realmente llamado: La unión Reiss-Fritz-Tiber, era un puente inmenso que se dividía en varias secciones; teniendo por un lado una calle con dos carriles donde cada uno iba en dirección opuesta al otro, un espacio a partir del kilómetro cinco donde iniciaba la parada de tren movido con base a paneles solares, así como un espacio tipo calle donde los puestos de comida y locales se encontraban para el entretenimiento de los visitantes. Dicho puente-calle como solían llamarlo de forma informal, unía las fronteras de la nación de Marley con la nación de Paraíso, teniendo en la zona debajo del mismo las orillas de la playa de Mare por un extremo y la playa de Paraíso por el otro.

En el puente La Unión Reiss-Fritz-Tiber, según la opinión de los lugareños posee los mejores puestos de comida grasosa, salada y dulce que tanto adoran los adolescentes de ambas naciones. Camiones en su mayoría, alineados de forma ordenada y con interesantes carteles para atraer la clientela de forma visual inmediata, transportes que debían ser retirados diariamente para que los trabajadores del gobierno pudiesen limpiar el lugar y generar así un carril extra para el uso de automóviles que permitiría disminuir las presas de las horas picos para aquellos empleados que deseaban regresar a casa. Frente a esos camiones, con una hermosa vista al mar; se encontraban locales fijos quienes en su mayoría se dedicaban a la venta de otro tipo de comida, venta de joyas, ropa, revistas con temas de interés juvenil y hasta uno que otro aparato electrónico. Siendo para los expertos en comercio y economía, un puente no sólo físico; sino un medio donde se generaba comercio para ambas naciones debido a los bajos precios después de la firma del acuerdo bilateral entre Marley y Paraíso, donde aquellos locales y camiones de comidas ubicados en dicho puente-calle tendrían que pagar impuestos mínimos de venta, y donde aquellos vendedores provenientes de Paraíso podrían trabajar sin tantas trabas en dicho puente.

-¡Armin! –Gritó una voz al salir de la heladería –. Debemos jugar la nueva versión del juego de samuráis, ¿no lo crees? Uno de los personajes se parece mucho al hombre genial que visitó a mi padre una vez.

-Creí que no te iban a comprar el juego por tus calificaciones -. Respondió el rubio con un batido en mano -. No vas nada bien en el trimestre, Eren.

-No dependo de mi padre –dijo sonriente, lamiendo el helado -. Tengo más aliados en mi lista. Personas que me regalan cosas porque me quieren…

-Con que Zeke te consiente de esa manera -. Dijo -. Debe ser genial tener un hermano mayor… -murmuró el chico de cabellos de oro para sí.

-Tu padre se enojará si se da cuenta, Eren –mencionó la chica que los acompañaba y quien no estaba comiendo nada.

-¡No lo hará! –gritó el chico con la insignia del uniforme de un colegio ubicado en Paraíso.

-Eren… -murmuró la chica, quien parecía algo extraña al llevar una bufanda alrededor de su cuello en pleno verano -. Debemos tomar el tren, de lo contrario llegaremos hasta la noche a casa.

Ambos chicos se miraron sonrientes.

-Mikasa tiene razón, Eren –indicó el chico rubio con una cara de resignación al desear pasar más tiempo en dicho lugar -. Aunque los trenes ahora se mueven mucho más rápidos que hace diez años, no quiere decir que son mágicos. Será mejor que compremos los tiquetes antes de que se acaben.

-Compremos los tiquetes en el puesto de la vieja que siempre me da dulces –Replicó el chico de cabellos castaños, terminando su helado con una rapidez impresionante una vez dichas sus palabras.

-¡Te dará dolor de estómago, Eren! -. Gritó la chica al ver cómo Eren devoraba el alimento, limpiando la boca del chico con un pañuelo que sacó del bolsillo de su falda.

-¡Deja! –Gritaba Eren, apartándose de su compañera de clase -. ¡Todos están viendo, Mikasa!

-Mikasa… -susurraba Armin, llevándose su mano izquierda a la frente como si estuviese acostumbrado y rendido ante tal situación vergonzosa -. A éste paso perderemos el tren y tendremos que irnos a pie… Llegaremos a las seis o quizás a la siete de la noche si seguimos así… -murmuraba para sí el rubio -. Chicos, ya dejen de perder el tiempo…

La conversación entre Piiku y Porko parecía haberse detenido debido a la atención generada por esos tres, no sólo por ser colegiales provenientes de Paraíso -con uniformes más recatados que los llevados por los jóvenes de su edad en la capital de nombre Liberio-, sino por quiénes eran, y las familias a las que pertenecían.

-Esos intrusos… -murmuró Porko, aún con el helado en mano -. Esos chicos de Paraíso siempre causan problemas… Tan relajados, esos idiotas.

-Somos naciones amigas ahora, Pokko. No hay nada de que temer u odiar…

-No los odio, Piiku –susurró, apretando el cono –La nación de Paraíso… -suspiró, sintiendo algo de envidia de la forma en la que los miembro de las murallas habían vivido su vida en comparación a sus ancestros mil años atrás -. Al menos ambas naciones pudieron conseguir la paz y gracias a ello, estamos comiendo helado y conviviendo... Al menos actualmente no nos matamos entre hermanos Erdianos. La gran guerra nos ha permitido poder vivir en paz, Piiku… En paz -. Respondió en voz alta.

Piiku concordaba con su amigo, mas no deseó responder ante las palabras de Porko. Decidió dejar que la brisa que por unos segundos los invadía los refrescase como si en ese instante el viento les estuviese enviando un mensaje de paz y de tranquilidad para que ambos dejasen esa tensión y pudiesen disfrutar del resto de la tarde juntos.

«La brisa de Marley siempre es la más deliciosa de todas», pensaba la chica al disfrutar de ese pequeño momento de felicidad.

Piiku amaba vestir faldas largas preferiblemente de color oscuro, camisas manga largas color blanco o gris oscuro con una especie de panti medias negras debajo de la falta; moda un poco excéntrica según los gustos de las chicas consideradas populares en su colegio. Comentarios a los que prefería ignorar al creer que la belleza física era algo efímero comparado con la belleza del alma. Así como era amante del color negro, Piiku disfrutaba de las brisas de verano que se podían sentir en dicho puente-calle durante dicha estación. Era amante del delicioso olor a sal y el sonido de las olas al chocar con las inmensas rocas en la frontera de su nación, sintiendo una inmensa alegría cada vez que su padre decidía llevarla a playa a acampar y pasar un momento de padre-hija para recordar por medio de cuentos antiguos; las tradiciones casi olvidadas por los Erdianos de la actualidad.

-Las olas del mar hoy se escuchan especialmente fuertes… -murmuró, inhalando con todas sus fuerzas para aspirar según ella, ese olor tan particular que tenía el mar cuando se combinaba con la arena y las rocas en ese lugar.

Porko sonrió tímidamente al escucharla hablar de eso que tanto amaba. Sosteniendo aún el helado como si fuese un soldado al cual se le hubiese ordenado mantener dicha posición hasta que su capitán le ordenase lo contrario, recordó aquella ocasión en la que ellos fueron por primera vez a esa playa en la que actualmente se encontraba dicho puente-calle.

-Tu helado, Pokko… - Señaló Piiku, interrumpiendo los pensamientos de su amigo. Sorprendida de la manera en la que el pelirrojo había dejado que su amado helado se convirtiera en algo pegajoso donde las únicas beneficiadas eran las hormigas; creyendo que lo mejor sería lavarse las manos y comprar un nuevo helado para ser degustado.

-Ya te dije que hoy no tengo energías para lidiar con tus apodos, Piiku… -murmuró, girando sus ojos azules grisáceos hacia el trío, quienes después de un rato de discusión; finalmente habían comenzado a moverse en dirección a la boletería.

Piiku decidió callar al escuchar ese tono de voz que reconocería hasta con sus ojos tapados.

«Pokko», pensaba; sintiendo algo de tristeza al saber que gracias a ella, su mejor amiga estaba sufriendo y molesto.

-Oye, Piiku… El día de hoy no tengo paciencia para ello… -continuaba murmurando, cambiando la dirección de su mirada de los chicos a los ojos oscuros de su amiga -. No hoy…

-Entiendo… -respondió la chica con un rostro algo apenado.

El sonido del celular de Piiku se pudo escuchar, mas no fue contestado por la chica como la vez anterior. Siendo sacado únicamente para colgar la llamada y continuar de esa manera con la conversación con ese chico pelirrojo a quien llamaba mejor amigo desde que era un infante.

-Pokko… -murmuró la joven, siendo interrumpida nuevamente por el sonido del aparato el cual fue apagado por la chica por segunda vez -. Tú y yo debemos hablar… -Indicó, siendo de nuevo interrumpida por el sonido tan particular que tenía cuando él llamaba.

-Odio ese ringtone – Dijo el pelirrojo, apretando el cono a tal punto que unas cuantas grietas se formaron en el frágil objeto -. Deberías de contestar, comienzo a sentirme fastidiado por esa musiquita –continuó –. Además, sabes muy bien que la paciencia y la vista 20/20 no es uno de sus fuertes.

Ignorando el sonido del celular y las palabras de su amigo, Piiku habló:

-Hoy estás de un particular mal humor. Me pregunto a qué se debe tal comportamiento – Respondió -. Tengo varias teorías, mas me gustaría escuchar la respuesta de tu propia boca.

-Mal humor dices… -alegó, bajando el brazo –. Vaya… -Indicó de forma tan baja que no pudo ser escuchado por su compañera. Girando noventa grados después de sus palabras al no querer enfadarse más si continuaba esa conversación.

Piiku suspiró, comprendiendo que aquello no era un asunto pequeño y que como una bola de nieve que bajaba por la montaña; la cuestión se estaba poniendo más grande y complicado de lo deseado.

-Te daré espacio y cuando estés listo, hablaremos seriamente tú y yo acerca de lo que está pasando; Pokko -. Indicó, tratando de calmar ese ambiente tenso.

El chico con corte militar, decidió callar.

-Dímelo cuando desees –insistió, escuchando el sonido y el vibrar del celular nuevamente.

Girando su rostro en dirección al de Piiku, dándole lo que parecía una especie de sonrisa tímida; Porko habló:

-Eso de tener pegajosa mi mano comienza a ser fastidioso. Mi mano está llena de helado, y ni siquiera he podido comerlo.

-Deberías de lamer tus dedos –respondió rápidamente la chica, tratando de darle una solución útil al problema.

-No, gracias… -murmuró.

El resonar del celular volvió a invadirlos.

-Iré a practicar algo de guitarra –Indicó.

La chica entendió el mensaje y su significado, rindiéndose en su labor por tratar de solucionar la tensión entre ambos por el día de hoy.

-Buenas noches, Romeo –Dijo, relajando su mirada como símbolo de tregua momentánea.

Sonriendo tímidamente ante esas palabras que sólo ellos entendían y que para los demás era una especie de código secreto entre amigos, Porko respondió en un tono amigable.

-Buenas noches, Julieta.

Dando el primer paso que le permitiría iniciar su caminar en dirección contraria a la que se encontraba su amada, Porko sostuvo el cono entre sus dedos. Iniciando a paso lento su caminar, el pelirrojo simplemente arrastraba sus pies como si las energías que le quedaban eran lo suficiente para moverse y nada más, siendo guiado de forma automática por sus pies en dirección hacia el frente sin destino claro y conocido.

-Maldito día, maldito helado; maldito viejo verde… -murmuraba para sí, caminando como un zombie de forma cansada al mismo tiempo que continuaba arrastrando sus pies al andar.

«Cada vez que él te llama, algo muere en mí; Piiku» pensaba, continuando su recorrido hacia ningún-lado, con una mano pegajosa, cansancio mental y algo de dolor físico debido a su situación amorosa. «Me pregunto si sabes lo que me haces cuando él te llama como si nada pasara a ése maldito celular que él mismo compró para ti»; continuaba en sus pensamientos, inhalando para luego exhalar con fuerza y así evitar que las lágrimas saliesen de sus ojos ante el dolor de saber que tras haberla dejado en ese lugar, eventualmente ella contestaría dicha llamada.

-Ese bastardo llama cuando le da la maldita gana como si nada… -murmuró, deteniéndose en seco en alguna parte del puente-calle.

«Después que tuvieses el valor de contarme tu mayor secreto, ¿¡sabes cómo me hace sentir eso, Piiku!?», se decía a sí mismo, parado como un poste de luz. «Me pregunto si sabes y entiendes, cuánto muero todas las noches cuando sé que él te ha tenido en tus brazos y yo no he tenido la oportunidad de abrazarte como algo más que un amigo en ésta vida», maquinaba, apretando los puños con todas sus fuerzas.

Escuchando la bocina de los autos pasar por la calle ubicada justamente a la par del puente-calle; Porko miró a su alrededor; percatándose de cuanto había caminado sin darse desde la heladería.

-¿Dónde se supone que estoy? –hablando en un tono tan bajo que no pudo ser escuchado por alguien más.

Observando la gran cantidad de cantantes, bailarines y ciertos actores esparcidos por todo el lugar; no pudo evitar suspirar al sentirse algo fastidiado del ruido de unas panderetas, así como por el escándalo de unas chicas al cantar con voces desafinadas; y todas las colillas de cigarrillos esparcidas a lo largo de la calle; colillas que estaban estancadas en las suelas de sus botas militares favoritas.

-Maldita hora pico… -susurró, sintiendo el golpeteo de su cuerpo con el de los distintos bailarines callejeros tras bailar como locos al ritmo de la música folklórica de la cultura Erdiana.


Gracias por leer y opinar.

Se les recuerda que, esta es la versión original de Kimi no Koe, y que por ello; no estará completa y el último capítulo es el #3. ¡Gracias por leer!