CAPITULO II- CONOCIENDO LAS FRONTERAS

Ese mismo día debería partir de vuelta hacia el Bosque Negro. Dónde su padre lo esperaba para encomendarle alguna misión de las que él llama "de suma importancia".

Aunque él daría lo que fuera por poder quedarse unos días más en palacio, con Lourea. Pero conocía demasiado bien el mal humor de su padre, y también su poder. Por lo que decidió partir cuanto antes.

Una vez aseado y con el poco equipaje que había traído bien organizado y preparado para la partida, Legolas se dirigió a la salida, donde se despidió de Aragorn con un significativo abrazo.

-Prométeme que volverás pronto, aquí eres bienvenido siempre.-Le pidió su amigo.

-Prometido-Contestó el elfo, dándole una palmada amistosa en el hombro.

Ambos sonrieron y si perder más tiempo, Legolas montó en su caballo con elegancia y partió a galope tendido rumbo al bosque Negro.

Era un viaje largo, pero nada peligroso en los tiempos que corrían. En estos tiempos los caminos eran seguros, no había ya incidentes ni batallas que lidiar. Todo rezumaba una gran calma. -Es la calma que precede a la tempestad-, se dijo el elfo, pero sonrió ante tal locuacidad. Los peligros ya no existían en esta nueva era.

Legolas siguió avanzando a través de las estepas. Atravesando ríos y valles.

¿Qué había sido de Lourea? Se preguntó. No había salido a despedirse de él y tampoco se encontraba en sus aposentos.

No le importo demasiado se dijo. Pues no halló otra explicación coherente. Debo olvidarme de ella, ¿Qué es lo que está haciendo conmigo? ¿Estaré acaso enamorado? Debí protegerme de su hechizo cuando estaba a tiempo se lamentó. Debo olvidarla, no puede ser de otro modo… ella es joven, no se fijaría en mí, no me vería del mismo modo en el que yo a ella.

La noche había invadido ya el entorno. Proyectando sombras en el oscuro paisaje. Y solo a la luz de la luna podía apreciarse al veloz corcel que cabalgaba con un rumbo fijo hacia el lejano horizonte.

Tras diversas paradas a lo largo del camino, Legolas llegó a las lindes del Bosque Negro, su hogar.

Era ya de día cuando cruzó el umbral de palacio, un día que acababa de amanecer con luz renovada, un día perfecto de finales de verano.

Los guardias aporticados a ambos lados del gran portón de acceso a la sala del trono, le cedieron el paso al interior con sendas reverencias.

La sala estaba precedida por el trono del rey al final de esta, al que se accedía a través de un largo pasillo flanqueado por grandes columnas de roca tallada.

-Salve Legolas, príncipe del Bosque Negro-Anunció una voz, a modo de presentación. Aunque esta no era necesaria, se dijo el elfo con una medio sonrisa asomando en las comisuras de sus labios.

Cuando llegó al pie del trono en el que descansaba su padre, inclino la cabeza en una reverencia simple y la levantó de nuevo, aguardando a que Thranduil tomara la palabra.

-¡Ya has vuelto!-Exclamó con simulado júbilo.

-Así es-Corroboró Legolas.

-Espero que todo fuera bien.

-Lo fue.

-Bien, has vuelto justo a tiempo. Tauriel y tú os dirigiréis a una asamblea, el tema del cuál no recuerdo. Pero parecía tener algo de importancia…-Se paró unos segundos, pensativo- No, no recuerdo el tema en cuestión. Pero iréis en mi lugar, yo no preciso de tiempo para minucias- Declaró el Rey abstraído-.

-¿Dónde tendrá lugar el cónclave? –Intervino el príncipe.

-En Rivendel, será un largo viaje, por lo que te apremio a partir cuanto antes.

Legolas asintió distraídamente, estaba acostumbrado a este tipo de encomiendas.

-¿Dónde puedo encontrar a Tauriel?-Reparó entonces.

-Te espera en los establos lista para partir-Contestó- Por lo que no deberías prolongar tu estancia aquí –Añadió

Legolas hizo un leve movimiento de cabeza a modo de despedida.

En ese momento no se encontraba en condiciones de partir, necesitaba un baño y un sueño reparador después de tan fatigoso viaje desde Minas Tirith. Aunque eso a su padre no le importaba lo más mínimo. Thranduil siempre ha sido y será un egocéntrico se dijo. Y verídicas eran sus palabras pues el Rey no miraba más allá de sus propios intereses y beneficios.

Desde la muerte de su esposa, este se había convertido en una persona vacía, de esas que nunca olvidan ni perdonan. Pues quien antaño fue una persona carismática y bondadosa, se convirtió en un ser sin corazón. Pues mucho le afligió a marcha de su difunta mujer. La hermosa elfa de dulcificado rostro quien le robó el corazón hará ya tantos años.