CAPÌTULO 2
Se había quedado solo. Dumbledore ya se había ido hace unos minutos, y a pesar de haber insistido para que le sea devuelta su varita el profesor se negó rotundamente.
Lo odiaba. Cada vez que lo veía le hacía recordar que no tenía tanto poder como él creía, porque a pesar de todos sus esfuerzos, él era el único profesor que no pudo manipular. Mantenía los ojos fijos en cada uno de sus movimientos, obligándole a moverse con sumo cuidado, y lo había logrado, hasta ese día.
Todavía no podía comprender como había viajado en el tiempo, a penas si lo recordaba, ahora solo tenía imágenes borrosas. Intentaba mejorar su memoria, pero no podía. Se había esforzado a tal punto que empezó a dolerle la cabeza.
Tom seguía sentado en la cama, esperaba que el repentino dolor de cabeza se le pasara si descansaba un par de minutos.
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Lo habían encontrado en la Madriguera. Los Weasley y la Orden del Fénix estaban cenando el exquisito guiso de la Sra. Weasley, mientras que Arthur contaba como habían atrapado al chico que estaba embrujando los baños públicos de la estación de trenes. Pero cuando todos se estaban por levantar de la mesa y prepararse para descansar y alguno marcharse a sus hogares, escucharon un estruendo en el granero. Molly reprochó a su marido con la mirada, pensando que tal vez nuevamente había hechizado algún artículo muggle, sin embargo cuando esta salió para investigar que o quien había producido semejante estruendo se encontró con un joven de no más de 17 años tirado en el suelo, inconsciente. Ella entró corriendo a su casa, pidiendo ayuda a gritos, Dumbledore se ofreció curioso, aunque, lo que menos esperaba era encontrar a Tom Riddle adolescente desmayado en el granero de los Weasley.
Sus planes fueron modificados con su llegada. Tuvieron que ir a la casa de los Black antes de lo previsto. Querían mantener seguros a todos y que Tom Riddle no se escapara, si es que eso llegaba a suceder. Automáticamente todos empezaron a hacer sus maletas lo más rápido que pudieron, mientras que el resto cargaba a Riddle a través de la chimenea. Las cosas fueron demasiado imprevistas, Ginny, Ron, Hermione y los gemelos todavía no comprendían demasiado que era lo que pasaba, pero no dudaron hacer lo que les decían.
No quiero verlos cerca de esa habitación. Entiendan que es muy importante – Nadie dijo nada, simplemente asintieron.
Dumbledore después de unos minutos había salido de esa habitación. El profesor empezó a explicar lo que había pasado, no quería que quedaran dudas, o que más adelante se produjeran disputas por ocultar cosas que tenían tanta importancia.
Eso lo cambiaba todos, absolutamente todo. Aún quedaban dudas, pero Hermione sabía que tal vez nadie podría contestarlas, ni siquiera el mismísimo Tom Riddle que vivió lo sucedido en carne propia.
No puede decirle nada a Harry, todavía no – Pidió Dumbledore.
Entendemos –asintió Hermione. Ginny y Ron parecían enojados y los gemelos no paraban de hablar en susurros.
La hora de la cena se había hecho presente con más dudas.
¿Por qué sigue estando acá? Tenemos que enviarlo a Azkaban – Ron no paraba de insistir en que esa era la mejor opción.
Las cosas no son tan sencilla Ron – repitió Hermione revolviendo su comida. No poder decirle nada a Harry, tener a Tom Riddle en la habitación de arriba, estaba empezando a sentirse ida, como si todas esa cosas no estuvieran pasando. Harta de todas las preguntas se levantó y se fue directo a el cuarto que compartía con Ginny. En una de esas su cerebro se podía relajar mejor si empezaba a leer; estaba posponiendo la lectura desde que empezó el año, todas las cosas que pasaron la obligaron a hacer aquello.
Pero no fue hasta que el silencio bañó toda la casa que a Hermione empezó a rugirle el estómago. Hace un par de minutos que estaba leyendo la misma página una y otra vez. – ¿No podías esperar hasta que terminara este capítulo? – pensó, mientras se levantaba de la cama. Parecía que tenía un maldito león en su interior.
Todo se encontraba a oscuras, a penas si podía ver la tenue luz que emanaba la pequeña lámpara de su habitación, ni si quiera tenía una linterna o mínimo una vela. A sí que agarrándose muy fuerte del barandal, bajó con sumo cuidado cada escalón. Debía estar a un par de escalones del interruptor, con su manos derecha iba tanteando la pared. Repentinamente la luz se prendió.
Pegó un respingo. Riddle estaba parado al frente de ella, tenía un plato con un sándwich. El estómago le rugió más fuerte.
¿Qué haces acá? –
Vivo acá – pasó por su lado y siguió su camino. Hermione lo fulminó con la mirada y terminó de bajar las escaleras – Por cierto, no hay más comida – anunció, mostrando una sonrisa sarcástica.
Idiota ¿Justo ahora me lo tenía que encontrar?
