Me perdía en sus ojos color oliva mientras acariciaba su torso moreno, ya desnudo. Su delicioso cuerpo salpicado por el sudor del trabajo en la huerta. Ahora sin importarme, los dos en el suelo, lamía con avidez su pecho. El sabor salado y la calidez que emanaba solo conseguían excitarme más, querer pegarme más a él, tanto que parecía que podría fundirme con su piel en cualquier momento.

Me separas con cuidado la cara, siempre has sido demasiado considerado conmigo, mirándome un tanto aturdido, no es para menos, casi te he abordado por sorpresa, no me culpes, estabas irresistible, empiezo a entender al idiota del vino y al niñato italiano. Muy mal, creo que debemos estrechar relaciones.