Capitulo II. Tutor de Pociones.

- Les estoy diciendo la verdad – decía Albus a su prima y a Michael mientras caminaban a la clase de Transformaciones.

- Al, no había nada en la habitación – le contradijo Michael, ya cansado del tema – tal vez tuviste una pesadilla.

Albus paro en seco en medio del pasillo. Era indignante que no le creyeran sus amigos. Habían pasado tres días desde que vio aquello en el rincón del cuarto. Además, eran tres días de tratando de convencer a Rose y Michael de que no había sido ni un mal sueño ni que estaba loco ni que era un miedoso que le temía a la oscuridad como un niño de cinco años. Sin embargo, ellos hallaban imposible todo lo que había visto, debido a que el intruso simplemente se había esfumado. Rose y Michael también se detuvieron. Miraban con preocupación al muchacho de ojos verdes.

- Al, Bruce y Kenta también estaban ahí y dijeron que no había ningún intruso o alguna criatura – le explico Rose con una voz serena – Además, es imposible… hay escudos, encantamiento y magia muy poderosa que protege el castillo…

- Rose, yo sé lo que vi – espeto el muchacho – también lo oí recitar un tipo de poema…

Cuando Albus miro a las espaldas de Rose y Michael, vio a Antonie parado en medio del pasillo, muy atento a lo que decía Albus. Era extraño. Muy extraño. Su mirada no reflejaba molestia ni antipatía como siempre. Solo escuchaba con atención. Rose volteo y vio al muchacho de piel centrina y le dirigió una mirada fulminante.

- ¿Se te perdió algo? – pregunto Rose de manera cortante.

Antonie le devolvió la mirada fulminante a la chica y siguió su camino a paso rápido.

- Chismoso – comento por lo bajo Rose.

- Calma, Rose – le aconsejo el chico rubio en tono de cansancio.

- De todas formas, empiezo a creer que fue él quien le jugo una broma a Albus.

- Ahora que lo pienso, Antonie no se levantó. De hecho, ni siquiera despertó… – recordó Michael.

- ¿Ves? – le dijo la muchacha a su primo, refutando su teoría – problema resuelto.

Albus le parecía todo muy raro. Ese lunes, en la clase de la profesora Lovegood, no pudo poner atención, pues los pensamientos eran más persistentes. En cierta forma, Michael tenía razón. Antonie ni siquiera se inmuto cuando grito. Ni movió un musculo. De hecho, ni siquiera se quejó al siguiente día cuando los demás compañeros de cuarto lo hacían, debido a que los había tenido hasta las cinco de la mañana despierto haciendo guardia para que Albus se calmara. Se había mantenido bastante sereno y atento a las acciones de Albus. Además, cuando Rose y Michael no estaban en el dormitorio o no había nadie en la sala común, tenía la impresión de que Antonie quería hablar algo con él. Sin embargo, no decía nada. Solo se dedicaba a observarlo. Luego, recordó que aquellas sombras estaban justo a un lado de su cama, lo que le daba pie a una segunda teoría. Antonie también debió haber escuchado esa voz susurrante y, al igual que él, tuvo miedo de que le hicieran algo peor que interrumpirle sus momentos de sueño. Estaba decidido, debía hablar con el muchacho para que, por lo menos, Rose y Michael, le creyeran su versión de la historia. Cuando termino la clase, Albus espero en la puerta a Antonie mientras Rose preparaba sus cosas en el salón de clases. Cuando Antonie cruzaba la puerta, Albus lo sujeto de la túnica y le pregunto con la mirada muy seria:

- ¿Tú también lo oíste?

- Oye, ¿Qué te pasa?

Antonie parecía un poco nervioso más que molesto. Ahora, Albus estaba más seguro de que su compañero estaba consciente esa noche: había oído y visto todo.

- ¿Tú también lo oíste? ¿los viste?

- No sé de qué hablas – farfullo el muchacho de piel centrina mientras intentaba liberarse de Albus.

- ¡Albus!

Rose y Michael estaba cerca de ellos, mirando a su amigo con asombro como tenía a Antonie agarrado del brazo.

- Al, suéltalo – le ordeno Michael, queriendo separarlos a ambos.

- ¡Él también los vio, Michael! – exclamo Albus.

Michael, haciendo caso omiso de Albus y aprovechando de que era más alto que ambos chicos, los separo a la fuerza. Albus sintió como le apretaba la muñeca. Era bastante fuerte para su edad.

- ¿Qué sucede? – pregunto la profesora desde su escritorio de manera distraída.

- Nada, profesora – respondió Michael tranquilo, dedicándole una sonrisa – ya nos íbamos.

Obligo a Albus y a Antonie salir al pasillo, sujetándolos por atrás de las túnicas. Rose lo seguía con la cara de preocupación. Cuando Michael se aseguró de que no hubiese ningún metiche, soltó a ambos. Rose observaba a unos metros de ellos, atenta si tenía que intervenir aunque sea con varita, si era necesario.

- Disculpa a mi amigo – le dijo Michael a Antonie, bajando la cabeza – ya puedes irte.

Antonie quedo observando a Michael de arriba a abajo. Luego, observo a Albus, quien aún tenía la cara contraída de lo ofuscado que sentía. El muchacho de piel centrina se alejó de ellos de inmediato como si tuviesen alguna enfermedad contagiosa y cuando estaba lo bastante lejos, grito:

- ¡LUNATICO!

Entonces, cuando Antonie se perdió de vista, Michael miro a Albus. Estaba bastante serio. No obstante, no le evitaba a Albus sentirse frustrado y enojado con el muchacho por hacerle perderle la oportunidad de corroborar su historia y de probar que aún seguía en sus cabales.

- ¿Por qué dejaste que se fuera? – bramo Albus – ¡estaba a punto de decirlo!

- Decir ¿qué?, Albus – le hablo Michael lo bastante fuerte para hacer callar a Albus – lo único que lograste fue asustarlo. ¿No lo viste? Hasta te llamo lunático. Déjate de ser tan obstinado y olvídate del asunto.

Albus quedo perplejo ante la reacción de Michael. Era obvio que ya estaba hasta la coronilla con la insistencia de Albus sobre aquella historia tan irrisoria. Además, notaba una mirada extraña. Como si estuviera hablándole a un demente. Vio a su prima y poseía la misma mirada que su amigo. El muchacho de ojos verdes bajo la mirada de lo avergonzado que se sentía. No quería admitirlo pero su amigo tenía razón. ¿En que estaba pensando? Con todo este escándalo solo logro que pensaran que estaba muy mal de la cabeza.

- Lo siento – murmuro Albus.

Hubo un momento de silencio incomodo entre ellos. No sabía cuánto tiempo estuvieron así. Parecía eterna aquella situación. Entonces, Michael puso su mano en el hombro y le dijo con una gran sonrisa:

- Hagamos cuenta que esto nunca sucedió.

Ya había pasado un mes en el colegio de Hogwarts y Albus ya se encontraba atareado con los deberes. Pero gracias a Rose, había sabido cómo mantener el ritmo sin perder la cabeza.

Defensa Contra las Artes Oscuras no era un reto. Las composiciones resultaban bastante sencillas. Sin mencionar que el profesor Banner era demasiado "blando" al momento de revisar los deberes. O eso creía Albus al ver un día la calificación de Timothy Barn, un chico de Hufflepuff. Había conseguido un ocho y por lo que había visto de dicha redacción, era bastante mediocre. El escrito no duraba ni medio pergamino y las explicaciones que daba Timothy al momento de escribir, había que admitir que eran muy estúpidas, pues el muchacho tenía el cerebro del tamaño de un mosquito.

Transformaciones podía volverse un suplicio cuando la profesora Lovegood divagaba en ciertos temas: una vez alguien de Slytherin le pregunto sobre su sombrero con llameante punta, por lo que ella le dio medio discurso de sandeces ya que, según la mujer, servía para espantar criaturas de raros nombres y que los chicos del salón nunca habían oído mencionar, sin mencionar de fórmulas hipótesis y teóricas de conspiración del ministerio. Solo quienes habían crecido lejos del mundo mágico se tragaron sus cuentos por dos semanas hasta descubrir por ellos mismo que la profesora imaginaba cosas. Hasta Albus creía que era un poco rara y paranoica. No obstante, eso no implicaba que en su asignatura dejara de ser exigente en las tareas que mandaba a hacer y más si estabas muy atrasado en las clases, por lo que varias Albus y Michael llevaban tarea extra cada cuando no les resultaba algún hechizo.

En astrología le bastaba ver mapas de estrellas y planetas, lo cual se le hacía muy fácil para Albus. De hecho, sentía cierto encanto por el cielo nocturno, contemplar los planetas y predecir sus movimientos. Muy por el contrario de sus amigos, quienes encontraban tedioso escuchar al profesor Button, un hombre menudo y delgado, quien explicaba con mucha parsimonia el contenido de su asignatura mientras cabeceaban con el telescopio en mano y se daban uno que otro cabezazo con ellos.

Albus no entendía como Michael y Rose refunfuñaban tanto después de la clase de astrología (lleno de chichones en la frente) y reclamaban que su profesor hablaba como si les cantara una canción de cuna, ya que existía un profesor más aburrido: El profesor Binns, un fantasma de un anciano profesor de historia de la magia que dejo su cuerpo atrás un día que iba a impartir su clase. Aunque al principio creyeron que sería interesante que un fantasma les diera lecciones, a la mitad de la primera clase se dieron cuenta que no. Toda la clase dormía o miraba por la ventana que prestarle atención al fantasmagórico profesor. Esa voz de ultratumba si era para dormir.

El profesor Longvotton, un hombre de muchas cicatrices en su rostro pero de carácter muy amable, enseñaba Herbología, una de las pocas asignaturas que Albus consideraba candidato a equiparar astrología. Pero su constantes peleas con las plantas y las veces que terminaba embarrado por sustancias de fétido olor que provocaban nauseas daban fin al cariño de la asignatura. Lo único bueno era que en los deberes sacaba notas decentes en los ensayos.

En Encantamientos, tenía que aprender cómo mover la varita en primer lugar y, posteriormente, hacer flotar objetos, por lo que comenzaron con las plumas. Rose logro hacer flotar la pluma sin problema pero Antonie no se quedaba atrás. Albus aun recordaba la pequeña competencia que tenía su prima con el muchacho de piel centrina. De hecho, había logrado igualar a Rose en casi todas las asignaturas, lo que molestaba mucho a su prima y lo que hacía que se esforzara más con los deberes, arrastrando a Albus junto con Michael hasta altas horas de la noche para hacer los ensayos.

Sin embargo, para Albus, esas asignaturas se hacían insignificantes en comparación con Pociones. Pues, ir a la clase de pociones era su peor pesadilla. Solo ver el caldero en la mesa, era un suplicio el cual tenía que soportar cada semana. Tenía que tragarse las burlas semanales de los de Slytherin y como su caldero echaba humo de una manera preocupante. Albus estaba seguro que había seguido cada indicación del profesor Slugont pero, al parecer, siempre se adelantaba un paso o agregaba demasiado de algún ingrediente. Por dichas razones, Albus era quien llevaba más que cualquiera, en esa clase, deberes. No obstante, no daban el resultado esperado como en las otras asignaturas.

Para rematarla, las voces susurrantes no se detenían. Cada noche podía oírlas de manera muy clara. Además, las sombras seguían apareciendo como espectros nocturnos en la cercanía de su cama. Tenía que hacer un esfuerzo sobrehumano para ignorarlas, pues había dado su palabra de no remover el tema frente a sus amigos. Le había costado mucho que Bruce y Kenta no le siguieran viendo como un lunático y no lo echaría a perder. Sin embargo, se preguntaba si aún se encontraba cuerdo debido a la insistencia de aquellas voces que recitaba cada viernes en la noche la misma oda como un loro. Además, Antonie no lo dejaba de observar. Y le daba vergüenza preguntarle el motivo, ya que aún recordaba ese episodio de frustración y locura. Había intentado disculparse con Antonie, pero parecía que, cada vez que se le acercaba, el chico huía a toda costa. Por lo que había decidido darse por vencido en poder darle las excusas respectivas. Ya sentía que era un caso perdido…

- Ya se le pasara – le decía Michael tratando de animarlo, en el dormitorio. Albus había aprovechado el momento en que Antonie había salido a desayunar – no puede estar así toda la vida ¿no?

- No lo sé – le respondió Albus pensativo – aún tengo la sensación de que me observa demasiado y de que tiene algo que decirme…

- Tal vez, solo quiere hacer las paces, como tú – formulo pensativo el chico rubio – o…

- En ese instante, la cara de Michael reflejaba una preocupación demasiado teatral.

- ¿Qué? – pregunto Albus a su amigo, aun sin entender.

- Tal vez le guste Rose… y quiere saber cómo gustarle

Ambos se miraron y las carcajadas resonaron en toda la habitación. Albus y Michael se rieron hasta el punto que su estómago empezó a doler y las lágrimas brotaron sin control.

- Sí, claro, ¡como si eso pasara! – dijo entre risas Albus y secándose los ojos.

- ¿Cuál es el chiste?

Entonces, una voz conocida se escuchó a sus espaldas. Era Rose, quien estaba parada en el umbral de la puerta del dormitorio de los chicos. Y, al juzgar por el ceño fruncido, había escuchado el comentario de Michael. Era obvio que estaba enfadada con el chico.

- ¡Ah! Rose… hola – le saludo Michael algo nervioso.

- Vine a ver porque no bajaban – explico en tono cortante – ya se nos hace tarde. Dense prisa.

Acto seguido, dio un portazo, dejando a los chicos con el alma pendiendo de un hilo. Mejor apresurarse o se enfadaría más, pensó Albus poniéndose a toda velocidad la túnica. Rose estuvo todo el día sin dirigirle la palabra a Michael y Michael estuvo todo el día tratando de disculparse.

- Solo era una broma… por favor, discúlpame – le rogaba en el almuerzo el chico rubio.

- Oh, vamos, Rose… discúlpalo – le insistía Albus a su prima – solo era bromita lo de…

- Cierra la boca – le mando Rose.

La chica le hizo una seña a su primo de que había alguien escuchando. Albus vio quien era. Antonie estaba sentado no muy lejos de ellos. Y como siempre, andaba solo pero cerca. Estaba muy atento a lo que decían los chicos.

- Ni una sola palabra ¿quieren? – les ordeno Rose – ya tengo suficiente con la pesada de Mirna. No quiero a otro fastidioso…

- Ok – le respondieron unísonos ambos chicos.

El día transcurrió y el sol otoñal fue desapareciendo en el crepúsculo hasta dejar lugar a la noche. Los chicos estaban en la sala común haciendo algunos de Defensas Contra las Artes Oscuras cuando Rose levanta la mirada del pergamino y ve a Michael.

- Michael, ¿te encuentras bien?

Albus también levanto la vista del libro ante la pregunta de su prima y ve al muchacho pálido, casi en el tono verdoso, como la primera vez que lo conoció en el tren.

- No te preocupes, solo es un mareo – le contesto Michael levantándose de la silla – iré a la enfermería… de seguro Madame Pomfrey tendrá algo para eso.

Michael camino hasta el retrato y desapareció. Rose quedo muy preocupada por el chico. Después de algunas horas, aún seguía mirando la salida de la sala común. Albus también había quedado algo preocupado pero tratándose de Michael, era normal en él. El muchacho, en sí, era algo delicado. Sin embargo, al día siguiente, Albus noto que Michael no había llegado a dormir. Su cama estaba intacta. Después de vestirse, fue a comprobar si se encontraba en la sala común. Pero no había signo de él. Al encontrarse con Rose, le pregunto si lo había visto. Ella negó con la cabeza. Preocupados, decidieron que visitarían la enfermería.

- Disculpe, Madame Pomfrey ¿Estará Michael Turner? – le consulto Rose después de tocar la puerta de la enfermería.

- Ah, si – le respondió Madame Pomfrey – pero no puede recibir visitas en este momento. Pesco la viruela de Dragón y necesita descansar.

- Está bien, ¿podría decirle que vinimos a verlo?

- Lo hare, querida.

Acto seguido, Madame Pomfrey cerró la puerta de la enfermería y los chicos no tuvieron más remedio que irse a la clase de pociones.

- Vaya, ya veía que estaba muy enfermo ayer – comento Albus a Rose

- Sí… – respondió distraída la muchacha.

- ¿Sucede algo? – pregunto el chico.

- No, nada – le respondió de la misma forma – es solo que…

- ¡Fuera de mi camino! – bramo Antonie, empujando a ambos y haciendo que Albus se cayera.

- ¡Oye, zopenco! ¡Ten más cuidado! – le grito Rose furiosa.

Albus, al ponerse de pie, noto que el piso del pasillo estaba mojado con unas huellas. Luego, vio a Antonie todo empapado. Como si lo hubieran lanzado al lago. El chico se preguntaba si alguien le habría hecho una broma bastante pesada.

Llegaron a las mazmorras y, como siempre, Albus ya quería que terminara la hora de pociones. Otra vez había logrado que su caldero fuera un mini-volcán a punto de hacer erupción. Cuando acabo la hora, Albus se alivió. Por fin había terminado la tortura semanal, pensó al entregar el frasco con la poción que había hecho en la clase.

- Señor Potter – le hablo el profesor Slugont - ¿podría quedarse unos momentos? Quiero hablar con usted.

- Trago saliva. "Genial, ahora estoy en problemas", pensó el muchacho mientras el profesor esperaba a que todos se fueran. El hombre se sentó en su escritorio y comenzó a hablar.

- Albus, he notado que… no estas rindiendo lo esperado en mis clases…

Albus bajo la mirada. No quiso ver el rostro del profesor. No porque estuviese enfadado, sino que su tono era el de una rotunda decepción, cosa que no le agrado.

- Estuve revisando los trabajos que has hecho en mis clases y, bueno, no son muy aceptables.

El muchacho se quedó en silencio. Albus era consiente que sus pociones eran un asco

- Estuve hablando con el profesor Longvotton y sería bueno que alguien te ayudara a mejorar tu rendimiento. Un tutor, en otras palabras.

- ¿Un tutor? – pregunto Albus levantando la vista, confundido.

- Exacto – le respondió el profesor – te enseñara cada viernes, después de clases. Les prestare el salón para que practiquen. Ya converse con tu tutor, claro está.

…..

- ¿Por qué no me dijiste que serias mi tutor en pociones? – le pregunto Albus a su prima al llegar a la sala común.

- ¿Yo? ¿Tutora tuya? – pregunto la chica, confundida.

- ¿El profesor no había hablado contigo?

Rose negó con la cabeza, aun con la mirada de confusión y exigiendo una explicación a tanto misterio. Albus le conto sobre la plática de que había tenido con el profesor hacia unos momentos.

- ¿Y no le preguntaste el nombre de tu tutor?

- Pues, había asumido que te lo había pedido a ti – le respondió el muchacho – eres la mejor en pociones, de todas formas.

- Debes estar bromeando, Potter – dijo una voz a sus espaldas.

Albus volteo para ver quién era. Antonie estaba parado cerca de ellos, ya con su ropa seca y sostenía un libro enorme con su brazo derecho mientras con la izquierda sujetaba su mochila.

- Y a ti, ¿quien te invito? – vocifero Rose al ver a Antonie.

Antonie la ignoro y se dirigió a Albus.

- Slugont ya te informo de todo, ¿cierto? – le pregunto Antonie mientras el muchacho de ojos verdes asintió con la cabeza – entonces, empezaremos este viernes. Vi tus trabajos y, de verdad, necesitas ayuda… Nos reuniremos después de Defensas Contra las Artes Oscuras. No llegues tarde ¿entendido?

- Si – contesto algo nervioso Albus.

- Más te vale haberlo hecho – le hablo fríamente Antonie.

Acto seguido, el chico de piel centrina se dirigió al dormitorio de los chicos, ante la mirada de Rose y Albus, en donde esta primera no daba crédito a lo que acababa de escuchar: Antonie Smith le había ganado en pociones. Y Albus empezaba a creer que lo de la tutoría no sería buena idea. Menos con Antonie. Por mucho que rogo que no llegase el día, Albus ya debía enfrentar que era viernes en la tarde y que se encontraba parado, afuera de las mazmorras. Dio un largo suspiro, resignándose ante la situación en la que se encontraba y toco la puerta. Espero hasta que el profesor Slugont le abrió.

- Adelante, Albus – lo invito a pasar el profesor.

A paso lento, el muchacho de ojos verdes entro. Vio a Antonie sentado en una silla cerca del escritorio del profesor. Albus no tuvo más remedio que dirigirse a donde estaba él y sentarse a su lado.

- Bueno, al señor Smith ya le di las instrucciones – le informo el profesor – Repasaran las pociones de las clases pasadas. Cualquier duda o problema, estaré en mi despacho.

Y un silencio sepulcral estuvo presente entre los dos en el salón. En un principio, Albus pensó que el profesor estaría, al menos, presente mientras ellos repasaban. Pero ya veía que no. En realidad, era bastante incomodo dicha situación. No solo porque el chico fuese antipático. Sino, también, porque el mal entendido que Albus produjo hace un mes. Aun no le daba las disculpas respectivas, ni había hablado con el respecto al tema. De solo acordarse, se sentía muy apenado. No obstante, Antonie saco el libro de pociones y lo hojeaba una por una, en silencio, en busca de la poción de la semana pasada.

- Antes de comenzar, – comenzó a decir Antonie, dejando el libro abierto entre los dos – te tengo tres condiciones para poder trabajar en esto. Si no las sigues, puedes olvidarte de aprobar pociones.

Albus se mantuvo en silencio mientras observaba a su compañero. Parecía que lo hubiesen obligado a ayudarlo en pociones, pues su cara de pocos amigos y su tono de voz cortante eran mucho más notorios que otras veces. El muchacho solo asintió con la cabeza, suplicando a sus adentros que no recordara aquel incidente.

- Uno. Seguirás todas las instrucciones que te dé, sin chistar; Dos. No le dirás a nadie que estoy ayudando, pues cualquier cosa, lo negare; Tres. Le dirás al profesor Longvotton que todo está bien entre nosotros…

- ¿Por qué al profesor Longvotton? – pregunto sin entender la tercera condición.

- Solo hazlo – respondió cortante – me lo debes.

Al decir la última frase, Albus sabía que se refería a aquel incidente en donde lo trato muy mal sin razón alguna. Las orejas le ardían un poco por la vergüenza. Y sin nada más que decir, se dio comienzo a la tutoría. Empezaron por la poción desvanecedora, al igual que dio inicio a los gritos de Antonie hacia Albus por cada error que cometía. Para Antonie, cualquier infracción era un pecado capital que merecía una reprendida. No solo tenía que seguir las instrucciones del libro, sino que debía ser más perceptivo en cómo hacer la poción. Cosa que a Albus no tenía idea como serlo. El simplemente seguía las instrucciones del libro o eso el creía, pues al tercer error, Antonie se exaspero tanto que le vomito mil y un insultos e improperios. Albus nunca había escuchado tanta palabrota junta en toda su vida. Ni tanto insulto a su persona. Es más, nunca había conocido a alguien tan irritable como él. Su oído ya estaba sordo por tanto grito. Y su paciencia de oro también ya se estaba ahogando con ellos. Hubo un momento en que decidió ignorarlo y vio hacia donde el libro enorme que estaba a un lado de Antonie. En dicho libro, reposaba el título "Hechizos Avanzados de Defensa y Ataque. Como Atacar a tu Enemigo Mortal"

- ¿Qué estás viendo? – le interrogo Antonie con cara de pocos amigos.

- Nada – mintió Albus, desviando la mirada al caldero.

- No te distraigas o te ira mal – amenazo el muchacho de piel centrina.

- No me distraje – contradijo Albus fastidiado mientras pensaba que prefería a Rose como instructora.

- No mientas – le espeto Antonie – se cuando alguien miente…

Albus dio un largo suspiro. Su paciencia había llegado al límite y eso que ni James había logrado exasperarlo tanto como aquel muchacho.

- Escucha – comenzó a decir levantando el tono de voz – sé que no soy muy bueno en esto. De hecho, admito que soy un asco. Pero no necesito a nadie que me lo recuerde a cada momento ¿oíste?

El rostro de Antonie se contrajo totalmente y Albus estaba seguro que le escupiría nuevamente todo lo que pensaba de su persona. Sin embargo, no pudo hacerlo, ya que una voz se hizo presente en las mazmorras, petrificando a ambos chicos.

"Ven a mi preciada joya, ven a mí, ahora"

Albus miro hacia todos lados, esperando ver, al fin, al dueño de la voz. Sin embargo, su esfuerzo fue en vano. Las únicas personas presentes eran él y Antonie, quien también miraba de un lado a otro. Entonces, la hipótesis de que el muchacho de piel centrina escuchaba las voces, al igual que él, volvió a su cabeza. Ya tenía una prueba irrefutable y era su modo de actuar.

"Dame tu poder, tu preciado poder"

- Guarda los ingredientes – dijo de repente Antonie – seguiremos la otra semana.

- ¿Eh? ¡Espera! – exclamo Albus mientras veía a Antonie guardar sus cosas.

- ¡¿Qué?! – bramo Antonie.

Antonie le clavo los ojos al muchacho de ojos verdes y en ellos se refleja furia. Tenía la impresión de que si preguntaba algo, le lanzaría un maleficio. El coraje de Albus se ocultó y dejo presente solo el temor, pues la cara de pocos amigos era aún más severa que otras veces. Además, el sentido común le decía que era mejor no echarlo a perder, ya que el único perjudicado seria él. Resignado, se tragó todas las preguntas que estaba a punto de hacerles. Empezó a guardar los ingredientes y útiles que habían ocupado. Guardo sus cosas dentro de su mochila y siguió a Antonie hacia la puerta, quien ya tenía su mochila en la espalda, incluyendo el gran libro en uno de sus brazos, cargándolo. Ambos estaban en silencio. De todas formas, ninguno deseaba hablar.

Entonces, un papel se desliza de las páginas del libro que llevaba el dueño, sin que éste se diese cuenta. Albus recogió el papel discretamente y se llevó al bolsillo de la túnica aquel papel, pensando que en algún momento se lo devolvería al chico. Pero no ahora. Aun se podía oír los gritos de Antonie en su cabeza, insultando a su persona. Su orgullo fue más que pisoteado por el día de hoy, pensó mientras atravesaba el retrato. En cuanto tuvo la oportunidad, Antonie se dirigió al dormitorio como una flecha y Albus fue a donde estaba su prima, quien estaba en el sillón, frente al fuego de la chimenea mientras leía un libro de Historia de la Magia.

- Y ¿Cómo te fue? – le pregunto curiosa Rose.

- Supongo que bien – mintió con sagacidad su primo.

Albus conversaba con su prima mientras su cabeza estaba atento a que si aún tenía el papel en su poder. Estaba deseoso de compartir el secreto con su prima y reírse un rato de aquello que guardaba aquel chico malhumorado. Sin embargo, algo le decía que era mejor esperar a que estuviese completamente solo. Solo por si las dudas, pensaba cuando se despidió de su prima deseándole buenas noches e inventarle que debía repasar la lección de hoy. Espero paciente a que todos se fueran a dormir. Cuando un chico de sexto camino al cuarto de los chicos y cerró la puerta de la habitación, Albus no tardo en sacar el papel. Entonces, se dio cuenta que no era un papel propiamente tal, sino un sobre. En el derecho de éste, había una dirección y al reverso, la abertura de dicho sobre aun abierto, dejando ver los pliegos de un pergamino bastante largo. La curiosidad se apodero de él en ese momento. No se hizo esperar en deslizar y abrir aquel pergamino, colocando el sobre a un lado de él sobre el sillón. Pudo ver una letra pulcra y minúscula del muchacho que había visto una vez, cuando entregaba un ensayo al profesor Binns. En ella, pudo leer lo siguiente:

Querida madre:

El mundo de los magos es bastante extraño, pero a la vez muy fascinante. Las fotos se mueves y los retratos de esta escuela, (que, por cierto, es un castillo enorme) pueden cambiarse de un lugar a otro. Además, tienen razonamiento propio. ¡Puedes hablar inclusive con ellos! También existen los fantasmas (aún recuerdo cuando me decías de pequeño que estos no existían, pero ahora puedo decirte ¡Existe en realidad!). De hecho, hay muchos de ellos en el castillo. Demasiados. Incluso hay un polstergeist, llamado Peaves, que le gasta bromas pesadas al conserje. Bastante problemático, aunque divertido, en cierta forma. La vista, desde mi cuarto, es estupenda. Hubiera querido sacarle una foto con mi celular y enviártela, pero aquí no funcionan los aparatos "comunes".

Pero yo sé que estarás esperando otros tipos de noticias. Debo confesarte que no ha sido fácil adaptarme, sobretodo el primer día. Como en todo lugar, aunque existan ciertas diferencias con nuestro mundo, también hay similitudes. Y, desgraciadamente, las cosas que se asemejan en este lugar me traen recuerdos de un pasado que no quisiera revivir. Sé que me dijiste, antes de partir, que me divirtiera y que hiciera "borrón y cuenta nueva". Sin embargo, ahora veo que siempre habrá personas que, por ser diferente, te tildaran siempre. Hasta se burlaran de ti por ser quien eres. Y sino, fingen que te agradan, solo para conseguir algo. Es lamentable ver este estereotipo de sociedad también en este mundo. Y me irrita. Es por ello que prefiero la soledad a la compañía, aunque sé que deseas todo lo contrario.

Lo único que lamento es que nuevamente estés preocupándote por el mismo asunto y que te enteres por terceras personas mi situación actual. Solo espero que el profesor Longvotton no exagere las cosas.

Abrazos.

Antonie.

Luego de leer la carta, Albus volvió a doblarla como estaba y la metió al sobre, con cuidado, guardándosela nuevamente en el bolsillo de la túnica. No sabía que pensar de esa carta. Había muchas cosas del muchacho de piel centrina que había ignorado completamente, hasta ahora. Y si se ponía pensar, le hallaba un poco de más sentido. Los chicos de Slytherin no se burlaban de él por el incidente del primer día sino se burlaban por ser hijo de "muggles". Además, por lo que había escrito, su modo de ser tenía un motivo. Era obvio, para él, que más de un problema debió haber atraído por ser mago en donde vivía. Solo recordaba la frase "un pasado que no quisiera revivir", le daba el indicio que la había sucedido momentos muy malos y de tal magnitud, hasta el punto de que lo apuntaran con el dedo y lo creyeran un fenómeno, perdiendo cada vez más la fe en la gente que lo rodea. Pero, sobre todo, le hallaba más sentido ahora la tercera condición que le impuso en el salón, pues la última parte de la carta indicaba que el profesor había enviado o enviaría una carta a sus padres. Y, lamentablemente, los profesores enviaban cartas solo para informar si hubo algún problema con un alumno en particular. Y por lo que estaba enterado, Antonie había tenido muchos problemas con Malfoy, sin mencionar la falta de tacto que tenía con sus pares de otras casas y de la misma. Aun recordaba cuando una vez que le gritaba a una niña de Ravenclaw por ocupar su lugar preferido en Herbología. No obstante, tenía la hipótesis de que había hecho algún tipo de trato con el profesor, cosa pudo refutarla al recordar la cara de Antonie antes de empezar con las clases particulares ("como si lo hubiesen obligado a ello").

Albus subió las escaleras, aun pensativo. Abrió la puerta del dormitorio y contemplo a sus compañeros de cuartos durmiendo. Cerró la puerta con cuidado para no hacer ruido, caminando a hurtadillas hasta llegar a su cama. Entonces, vio la cama del rincón de la habitación. Ya no había sombras ni voces susurrantes, como en otras ocasiones. No obstante, en ese momento, su remordimiento era el peor que cualquier criatura o espanto. Haber pensado siquiera la oportunidad de burlarse con aquella carta, lo hizo sentirse mal. Se sentó a la orilla de su cama y se quitó los zapatos. Al querer quitarse la túnica, recordó que aún tenía el sobre en el bolsillo. Sostuvo en sus manos aquella carta de Antonie, pensando que en algún momento, el chico de ojos negros se daría cuenta de la ausencia de aquella carta. Tomo su mochila y la guardo en un pequeño bolsillo, oculto en el forro de esta. Pensó que la única oportunidad que tenia de darle la carta seria la otra semana, la dejaría en su lugar en el momento que se distraiga por cualquier cosa. O aprovecharía las instancias en el que este fuera del cuarto y lo dejaría entre sus cosas. Una de las dos opciones que suceda primero. Al ponerse la pijama y meterse entre las sabanas, miro el reloj. Eran las dos menos quince de la madrugada. Esperaba tener algo de sosiego en su cabeza para poder dormir.

Paso una semana para que le dieran el alta a Michael. Cuando regreso de la enfermería, aun se encontraba pálido y algo débil. Pero la ausencia del tono verdoso era signo de que su recuperación total estaba próxima. De hecho, lo primero que hizo el chico rubio fue ir al Gran Comedor y devorar dos platos de carne de res con puré de papas, tres pudines y cuatro zumos de calabaza. Albus y Rose aún se sorprendía de la cantidad de comida que ingería el muchacho. Cuando Rose le conto que Albus recibía tutoría de Antonie, Michael casi se cae de espalda por la impresión.

- ¿De verdad? – pregunto por tercera vez Michael a Albus, aun sin poder creerlo.

- Si, Michael – le respondió el chico de ojos verdes, ya harto del tema – y baja la voz. Se supone que esto no debe saberlo nadie.

Y había cumplido, en cierta forma, su palabra de nadie sabría de él que Antonie impartía las clases particulares que recibía Albus. Pero el hecho de que Rose también lo sabía, lo hacía más complicado de que se cumpliera. De hecho, lo primero que hizo la muchacha fue comentárselo a Michael, en pleno comedor. Debió taparle la boca al ver al grupo de Malfoy entrando al comedor y sentarse en la mesa de su casa, no muy lejos de ellos. Era sorprendente como su prima podía tener la boca tan grande alguna veces, aun sabiendo que debía mantenerse en silencio. Aunque el sentido común le decía que debía estar aún enojada debido a que Antonie, por fin, había conseguido ganarle a Rose en alguna materia, lastimando el orgullo de la muchacha.

- ¿Y por qué el secreto? – le pregunto Michael, tras salir del comedor.

- Condición de la tutoría – se limitó a contestar Albus.

- Ah, cierto.

Albus tuvo que decirle sobre las condiciones que Antonie le había impuesto ese día, salvo por la tercera, claro está. No quería preguntas incomodas. Ya tenía bastante con esperar la oportunidad de devolver la carta a su dueño pero aun no hallaba la oportunidad. Antonie sabía muy bien cómo cuidar sus cosas. Bastante precavido, debía admitir. Llevaba ese libro enorme a cualquier lado con él, lo que le indicaba que algo más debía ocultar ahí. Tal vez, otros objetos personales, pensó al verlo en la clase de Defensas Contra las Artes Oscuras que lo tenía a encima del escritorio, haciendo su tarea de regresar el sobre mas tediosa. Paso dos semanas tratando de ver la forma de devolverla sin que diera cuenta. La única opción que le quedaba era formular algún plan para distraerlo un momento y separarlo del libro. La pregunta era ¿cómo? Para su suerte, no tuvo que calentarse su cabeza por mucho tiempo. En una de las veces que iba a la tutoría, apunto de doblar en un pasillo del primer piso, vio al grupo de Malfoy a unos metros de donde estaba, tirándose entre ellos aquel libro mientras Antonie intentaba agarrarlo, corriendo de un lugar a otro. Albus se mantuvo oculto, viendo cómo se burlaban del chico de piel centrina.

- ¿Qué pasa, Smith? – le decía Malfoy al lanzar otra vez a unos de sus compinches - ¿Demasiado débil para tomar tu estúpido libro?

- ¡DEVUELVEMELO! ¡AHORA! ¡NO REPONDERE DE MI SI NO LO HACES!

Un bullicio general burlesco se oyó a esa. Luego, una risa general. Entonces, en uno de los lanzamientos, el libro de abrió de par en par, desparramando papeles y pergaminos por los aires. Todo caía ante la mirada del muchacho de ojos negros, quien se puso rojo de furia. Con una velocidad increíble, saco la varita y le apunto a Malfoy. Sin embargo, Blair le apunto con la suya hacia la cabeza.

- ¿Qué vas a hacerme? – le pregunto Malfoy con una sonrisa burlona – no eres más que un Sangre Sucia Asqueroso…

En ese momento, Albus saco la varita y grito:

- ¡Experlliarmus!

Un haz de luz roja se disparó y fue de lleno a la cabeza de Blair. Los gemelos y Malfoy quedaron perplejos mientras veían al chico con cara de rata volar por los aires, cayendo varios metros lejos de allí. Luego, desde su rincón, apunto hacia Malfoy y musito:

- ¡Levi corpus!

Entonces, como si una mano invisible tomara del tobillo al muchacho, Scorpius Malfoy levito por los aires, asustado y confundido. El muchacho de Slytherin aullaba como un perro lastimado, además de gritarles a los gemelos de que lo bajaran. Albus se divertía hacerlo zigzaguear de un lado a otro mientras Bob y Gerald iban estúpidamente en compás de su varita. Parecían dos troles intentando atrapar una mosca. Luego, con todas sus fuerzas, hizo un movimiento violento con su brazo, tirándolo hacia la misma dirección que había tirado a Blair. Los gemelos corrieron de manera torpe, en busca de su "líder". El muchacho de afilado rostro voló varios metros y cuando toco suelo, rodo por el piso empedrado, como una pelota. Se rio a carcajadas cuando choco con Blair y se le bajaron los pantalones, dejando lucir unos calzoncillos de osito. Esto si era diversión de primera.

No obstante, no debía distraerse. Tenía que recoger las cosas Antonie y devolverle la carta sin que él se diera cuenta de ello. Aprovechándose de la confusión, Albus fue corriendo hacia donde estaba Antonie, aun con la boca abierta de lo que había sucedido. El muchacho de ojos verdes, sin avisar, tomo todos los papeles que estaban desparramados en el piso lo más rápido que pudo. Al tener todos los papeles en su regazo y aun estado en cuclillas, a espaldas de Antonie, saco el sobre que había guardado astutamente en su manga. Acto seguido, los puso todo en el libro y se lo devolvió al dueño, que aún no reaccionaba. Entonces, pudo escuchar pasos. Era la señal de que debían huir.

- ¡Vámonos! – exclamo Albus.

Entonces, como si tomara a un muñeco de trapo, agarro a Antonie del brazo y corrieron lo más rápido que pudieron. Doblaron muchas veces. Primero a la izquierda. Luego, derecha. Nuevamente, a la izquierda. Albus se estaba mareando de dar tantas vueltas hasta que encontró un salón vacío. Ambos entraron al salón y dejaron un poco la puerta entre abierta. No quería que se dieran cuenta que estaban en ese salón. Si los pillaban, era de seguro que los gemelos les tirarían los dientes o peor, Malfoy tomaría serias represarías contra ellos, junto con Blair por humillarlos de esa manera. Cuando escucho que los pasos se acercaban con mucho más fuerza, ambos chicos contuvieron la respiración. Si hacían el mínimo ruido, estaban perdidos.

- ¡Maldición! – bramo Malfoy – ¡¿A dónde se fueron?!

- No lo sé – contesto uno de los gemelos – yo los vi por aquí.

- ¡No es verdad! ¡Te dije que se fueron hacia el otro lado! – le espeto el otro.

- Yo estoy seguro que se fueron a los jardines – le informo Blair.

- ¡CALLENSE! ¡INUTILES!

Tras decir eso, Malfoy se dio media vuelta y camino dando pasos furiosos, seguidos por sus secuaces. Cuando los pasos del grupo de Malfoy se perdieron, Albus pudo respirar en paz, al igual que Antonie. El corazón del muchacho de ojos verdes latía desesperadamente. Aun podía sentir la adrenalina correr por todo su cuerpo. Nunca, en su vida, le había gastado una broma tan pesada a alguien. Sin embargo, su conciencia le decía una y otra vez que se lo tenía bien merecido. Recordó cada detalle divertido y gracioso del escuadrón de matones. No pudo evitar reírse de ellos. Después de contemplar aquellas escenas, la risa de Albus se convirtió en carcajada. En ninguna otra ocasión, había visto escena de estupidez pura.

- Recordare esto de por vida – comento después de secarse las lágrimas de tanta risa.

Cuando Albus levanto la vista, Antonie a aun seguía callado, serio y, lo que era muy probable, confundido. El muchacho de ojos verde le dedico una sonrisa y abrió la puerta con cuidado. Miro hacia ambos lados, verificando que todo estuviese en orden. Tenía que comprobar que ni siquiera Filch pasara por ahí. El conserje de la escuela tenía un pésimo humor y cualquier indicio o sospecha de que hicieron alguna travesura, no los dejaría tranquilos por un mes. Pero, para su suerte y buena fortuna, el pasillo estaba deshabitado. Era el momento perfecto para salir.

- Ya podemos irnos a las mazmorras – le informo.

Aun como un zombi, Antonie siguió a Albus por los pasillos hasta llegar a las mazmorras. Se mantuvo en silencio todo el camino. Al llegar a su destino, tocaron la puerta del salón y el profesor Slugont les abrió. Se extrañó cuando vio a ambos, llegando al mismo tiempo. Hasta había comentado que Antonie siempre llegaba media hora antes. Debido a la falta del habla de su compañero, Albus tuvo que inventarle que él le había pedido que lo esperara, debido a que no encontraba su libro.

Después de que el profesor dejara todas las cosas que le serian útil en la tutoría en la mesa que usarían, el anciano se fue, a paso lento, a su despacho, dejando solos a ambos muchachos. Otra vez, el silencio domino el ambiente entre ellos, pero el muchacho de ojos verdes no le daba mucha importancia. Suponía que Antonie estaba aún no digería en su totalidad todos los eventos. Lo mejor era esperar a que la persona hablara por sí mismo. Entonces, Albus sacaba su libro de pociones cuando, al fin, Antonie recupero el habla.

- ¿Por qué lo hiciste? – pregunto con el rostro inexpresivo.

- Porque se lo merecía – le dijo Albus, sin más – cualquiera que dice ese insulto, merece una patada en el trasero, mínimo.

- ¿Cuál de todos? – pregunto el muchacho de piel centrina, aun sin entender.

Albus lo quedo viendo, con el ceño fruncido. Hubiera querido no repetirlo, pero no le había dejado opción, al ver que Antonie no captaba aun. Entre murmullos, musito "sangre sucia". Antonie alzo ambas cejas.

- ¿Sangre sucia? – repitió en voz alta mientras Albus asentía - ¿Qué significa?

- Que eres impuro – le explico Albus, fastidiado – lo inventaron idiotas que se creen demasiado por venir de una familia de magos de "sangre limpia" – hizo un además burlesco antes la última frase – se lo dicen a los nacido de familia muggle.

- Ah – dijo Antonie, pensativo – pensé que era algo peor…

- ¿Cómo qué? – pregunto Albus, pensando que insulto podía ser peor que ese.

- No sé, que era un hijo de puta o algo así – contesto el muchacho.

Albus se rio al escuchar la palabrota. Nunca pensó que Antonie fuese tan simple para sus respuestas.

- Bueno, en el mundo mágico, creo que es lo equivalente a eso – le comento Albus – no hay nada peor que insulten a tu familia.

Antonie se quedó callado por unos momentos. Parecía absorto en sus pensamientos.

- ¿Comenzamos? – pregunto Albus con amabilidad.

Al oír eso, Antonie bufo y abrió su libro de pociones.

- No me digas que hacer, Potter – contesto el muchacho.

Albus se rio un poco de la actitud de Antonie. Pero este no se molestó. Al contrario, también le había parecido divertida la situación. Hasta parecía más relajado al realizar la clase. Era la primera vez en tres semanas que no lo insultaba al cometer un error. Su alma se alivió cuando este chico menciono que la poción estaba iba por buen camino. Mientras agregaba patas de cien pies, Antonie le pregunto:

- ¿Cómo se llama ese hechizo?

- ¿Cuál? – pregunto Albus sin entender.

- El que usaste con Malfoy – aclaro Antonie.

- Ah, se llama Levi corpus – explico Albus mientras limpiaba el cuchillo – una vez, mi hermano la uso conmigo, antes de que entrara al colegio. Según él, estaba probando su varita nueva y recién comprada. Creyó que era divertido… aún recuerdo que mis padres pusieron el grito en el cielo cuando me vieron a dos metros del piso. Estaba seguro que mi madre lo desollaría vivo de lo furiosa que estaba. Sobre todo cuando comenzó a perseguirlo por toda la casa para quitarle la varita… no se la devolvieron hasta que fue el día de su partida.

Una risa por lo bajo se le escapó al muchacho de piel centrina. Obviamente, debió imaginarse toda la escena de un niño volando por los aires. Y ahora que lo recordaba, también a Albus le parecía divertido. Entonces, ambos chicos rieron sin parar. Por fin un momento ameno, pensaba Albus mientras terminaba la poción y Antonie asentía en un signo de aceptación. Después de todo, el muchacho no era tan desagradable como había pensado en primera instancia.