Chasqueó la lengua y movió nerviosamente la pierna, impaciente y ansioso. Elevó la mirada de su celular en busca de algún rostro conocido en aquel hotel en donde se alojaba ahora sólo, pero en el gran hall no había ni una sola persona que pudiese ayudarlo.

No es que fuese de vida o muerte que su teléfono decidiese fallar justo en ese momento, ya había sucedido antes y todos sus conocidos sabían donde se hallaba y adónde debían llamar en caso de emergencia, pero estaba el hecho de que no podía comunicarse con Víctor, saber si había llegado bien, cómo estaba Makkachin, decirle que todo estaba bien cuando en realidad moría presa de la inseguridad al no tenerlo a su lado para la coreografía libre, sólo…sólo oír su voz. Saber que dentro de la desgracia estaba bien, allá a miles de kilómetros de distancia…jamás pensó que tenerlo lejos, por sólo unas horas, lo pusiese así de ansioso…¿o eran los nervios de la competición y la ansiedad de no saber lo que sucedía con el perro lo que lo tenía así? Recordó a Vicchan, como él no pudo estar a su lado cuando más lo necesitaba…no había querido que a Víctor le sucediese lo mismo, pero aún así…

Suspiró, resignado. Quizás el aparato se había quedado sin batería, porque ni siquiera se encendía. Se dispuso a volver a su habitación y enchufarlo…sino funcionaba iba a tener que pedir al personal del hotel que le comunicaran con su hogar…no quería que notaran la ansiedad que lo dominaba, no sabía por qué…

¿Dónde estaban todos? Fue la pregunta que se le cruzó por la mente, subiendo por el ascensor. El lugar estaba plagado de periodistas, personal de servicio y demás personas que hablaban todos en un idioma diferente y desconocido para él. Oyó el acento ruso y se preguntó cómo sería oír a su entrenador hablando fluido en su lengua natal…frunció el ceño mientras observaba inútilmente su celular, como si eso lo hiciese funcionar.

Ahora que se percataba de ello, no conocía casi nada de la vida de Víctor. Él sólo conocía de memoria lo que había leído en reportajes sobre sus gustos, hobbies y metas personales, pero no conocía nada acerca de su familia, su vida diaria en Rusia, su niñez. Víctor le había preguntado todo cuánto había podido sobre él e incluso había vivido – vivía – en su hogar, con su familia, y él…nunca se había molestado en preguntarle…se le ocurrió pensar que, quizás si patinaba al día siguiente sólo, algún familiar del ruso se preocuparía, y a él le hubiese gustado poder avisarles que todo estaba bien, poder…poder tener ese tipo de confianza como la que él mismo le había dado a Víctor.

Suspiró otra vez, cansado. Apenas había dormido, y el cansancio y el estrés le estaban haciendo delirar. Sólo esperaba que todo estuviese bien, que Makkachin no muriese, y que Víctor volviese. Sabía , porque no era tonto, que no iba a llegar a estar con él ese día, pero por lo menos…que volviese por él. Que se sintiese orgulloso de su desempeño, que notase lo mucho que se había esforzado pese a que sentía que estaba a la deriva al borde de un precipicio, que se sentía sólo, inseguro…que le dijese que ahora irían al Campeonato Mundial juntos. Y que volviesen a Japón, que su familia y Makkachin los estuviesen esperando, como siempre…

El ascensor se detuvo en el piso 9, donde estaba su habitación. Las puertas se abrieron, dejando a la vista un corredor amplio, bien iluminado, con sendas puertas blancas, alfombras rojas y hermosamente decorado. Se quedó mirándolo, como hipnotizado. Las piernas no se le movieron pese a que su objetivo era llegar a su habitación, cargar aquel maldito aparato y comunicarse con su entrenador.

Algo le dijo que debía seguir subiendo. Una corazonada, un presentimiento. Un nuevo tipo de ansiedad se apoderó de su pecho, y sabía que, en esa ocasión, no tenía nada que ver con la competencia, con Víctor ni con Makkachin.

De un momento a otro llevado por un impulso repentino, presionó el número 12, y las puertas del ascensor volvieron a cerrarse, subiendo.

Apenas lo hizo se arrepintió. Su corazón comenzó a latir fuertemente, golpeando su pecho. Tragó saliva, un poco nervioso. Yakov, antes de desaparecer, le había dicho que ellos se hospedaban – desgraciadamente para él.- en el mismo hotel – auspiciado por los sponsors, había dicho.- y que ante cualquier emergencia podía subir.

El problema era que allí estaba Yurio. Ya estaba por volver a presionar insistentemente el número 9 cuando el ascensor se detuvo, y las puertas volvieron a abrirse. Aquello era una muy mala idea, vista por donde la mirase…

Pero aún así sacó coraje de no sabía dónde, y puso un pie fuera del elevador. Y luego el otro. Y el artefacto cerró sus puertas y se alejó de aquel piso, seguramente llamado por otro sector del hotel, impidiéndole, ahora si, arrepentirse de su elección.

Comenzó a caminar, observando las distintas numeraciones. Le había dicho que estaban en la 127…123, 125…

Y como un tonto, quedó de pie frente a la habitación 127. Miró hacia los lados, sabiéndose solo, y se acercó con precaución a la puerta, pegando el oído. No se oía absolutamente nada, ni siquiera algún sonido apagado. Nada. La frustración amenazó con dominarlo…

Pero se quedó allí, en aquella posición, aguardando. Le pareció oír algo, demasiado sutil…quizás se lo había imaginado…

Golpeó dos veces, indeciso. Al no recibir respuesta, golpeó con mayor ahínco.

Y se aterró al oír la llave dando vuelta en la cerradura rápidamente. La puerta se abrió de par en par con violencia, revelando a Yurio - vestido apenas con unos pantalones cortos y una camiseta que le quedaba demasiado grande con el dibujo de lo que parecía ser un gato demasiado gordo – que lo observaba, como siempre, con cara de pocos amigos. Tenía el cabello levemente revuelto, lo que quizás significaba que ni siquiera se había levantado aún…

- ¿Qué quieres, cerdo?.- la expresión furibunda del vándalo ruso empeoró cuando Yuuri comenzó a gesticular, como si se estuviese asfixiando por la falta de respuesta. Y es que había ido hasta allí llevado por un impulso, no por nada real.- ¿Eh? Pasa.

Yurio se quitó, dejándole espacio para ingresar. Yuuri lo miró sorprendido, accediendo y entrando. Oyó el portazo a sus espaldas, sobresaltándolo; ahora, con la puerta cerrada, notaba la oscuridad que allí había. Parecía que el chico estaba solo. No había ningún aparato encendido, y la única luz que parecía provenir de aquel lugar era debajo de una puerta lejana, seguramente la habitación privada del rubio.

- ¿Sabes algo del perro?.- preguntó en tono hosco caminando hacia la pequeña sala de estar, encendiendo la luz. Ahora que el japonés podía verlo bien…no era posible, pero tenía ojeras. Parecía que, como él, no había podido dormir muy bien. ¿Acaso también estaba preocupado por Makkachin?

- No…no he podido comunicarme con Víctor.- el nombre del mayor pareció molestar a Yurio.- Estoy seguro de que estará bien, es un animalito muy fuerte y…

- No me gustan los perros. Sólo espero que sobreviva, es todo.

- Sí, supongo que sí.

Un silencio incómodo se instaló entre ambos. Yuuri no sabía qué decir ni qué hacer. Temía que si nombraba algo referente a su coreografía corta el rubio le asesinase, pero no sabía que otro tema podía compartir con él. Segundos después se percató de que Yurio no le estaba prestando atención, y parecía más atento a algo que escapaba de su visual; miraba insistentemente algo que estaba sobre una mesita lejana, detrás de él. Luego volvía a mirar hacia su habitación, y así sucesivamente.

- ¿Esperas una llamada? Eh…ahora que lo recuerdo… ¿tendrías un cargador a mano? Creo que me quedé sin batería.- dijo al darse vuelta y percatarse de que observaba el teléfono fijo. El ruso se sobresaltó ante su pregunta.

- Sí…quiero decir, qué demonios te importa. Espera.- bufó, molesto.

Sin mediar palabras se encaminó con paso rápido y ofuscado hacia su habitación. Abrió la puerta – que chocó contra la pared – se oyó un revoltijo en su interior, un golpe, y el rubio volvió a aparecer en su campo visual, asustándolo. Sonrió nervioso. ¿Cómo era que se sintiera tan incómodo con un niño?

- Toma.- en vez de un cargador, le ofreció su propio celular.- Llámalo al idiota. Debe…debe estar preocupado.

Vio un pequeño rubor extenderse por su piel blanca con la poca luz que se proyectaba. Yuuri tomó el celular sin decir nada, agradecido. El número de Víctor ya estaba en la pantalla. Se limitó a marcarlo y llevarse el aparato al oído, ansioso. Sonó, y sonó.

- No contesta.- lo dijo más para si mismo, pero Yurio volvió a hacer cara de pocos amigos.

- Sigue probando. Iré por algo de beber.

Yuuri notó que Yurio también se sentía un poco fuera de lugar en su presencia, aunque fuese de carácter más fuerte. Lo oyó revolver también en la habitación contigua. Volvió a intentar establecer comunicación, sin éxito. Soltó el aire que había estado reteniendo, mirando la pantalla iluminada del celular. Salió del número de Víctor, que figuraba marcado 3 veces. Sin proponérselo, desvió la mirada un poco más abajo. Yurio había marcado otro número insistentemente. Más de 20 veces.

El nombre del contacto era "Abuelo".

¿Esa era la llamada que esperaba? No quería ser entrometido, pero…

Pero el teléfono comenzó a vibrar en su mano repentinamente. Un número con demasiados caracteres estaba llamando; Yurio no lo tenía agendado, y entró en pánico. No había señales de Yurio cerca…

- ¡Yurio…!

Atendió.

Y el pánico aumentó.

La voz de una mujer le hablaba velozmente en un ruso completamente ininteligible. No sabía cómo decirle que él no era Yurio, que ya iba a buscarlo en algún idioma que ambos comprendieran.

- ¡¿Qué?!

Como un huracán, Yurio le quitó el teléfono de la mano bruscamente, casi lanzándole el vaso que había traído de la cocina para él. Yuuri depositó la bebida en la mesa, sin despegar la vista del rubio. A medida que iba oyendo lo que fuese que le dijese aquella mujer, su rostro se desfiguraba entre la preocupación y el desasosiego. Le respondió en el mismo tono rápido y ansioso, ininteligible para él.

Finalmente, la llamada terminó. El silencio se apoderó de la sala parcialmente a oscuras, y era pesado, tenso. Yuuri aguardó, casi sin respirar. Yurio se limitó a mirar el teléfono, como si aquella cosa estuviese a punto de estallar. Le temblaba la mano que lo sostenía.

- ¿E…Está todo bien, Yurio?.- lo susurró, incapaz de hablar más fuerte. No sabía a ciencia cierta si el otro le había alcanzado a oír.

- Mi…mi abuelo.- se limitó a decir en el mismo tono que él. Esperó a que pudiese continuar la frase.- Él…Él está…lo llevaron a un hospital…creen que le dio un ataque…

- ¿…Eh?

Y lo oyó. La penumbra no le dejaba ver muy bien, pero oyó el sonido inconfundible del llanto mal disimulado. Le vio restregándose los ojos ansiosamente. Él mismo volvió a ponerse ansioso.

- Deberías ir. Yo le diré a Yakov cuando vuelva…

- No…No sé dónde queda. Ni en qué habitación está, ni si me dejarán entrar.- lo dijo todo rápido, con la voz tomada, y a Yuuri le dio la impresión de que estaba a punto de lanzar el celular contra la pared.- No conozco a nadie aquí…

- ¿Q-Quién llamó, entonces?

- Mi hermana. Que está a miles de kilómetros de distancia, y como siempre, nunca está cuando la necesito.

El silencio volvió a instalarse entre ambos, sólo interrumpido por los pequeños hipidos del menor, quien parecía presa del pánico. A diferencia de antes aquel silencio no era pesado, sino asfixiante. Yuuri sentía que cada segundo que pasaba era un segundo perdido que no había tomado una decisión. No sabía por qué, pero se sintió responsable por el rubio. Pese a su mal carácter, fuerte personalidad y de que se había desenvuelto hasta donde él sabía sólo en el mundo del patinaje, Yuuri se estaba dando cuenta en esos momentos que era sólo un niño. Y la situación urgente lo había desbordado y encontrado sólo. ¿Dónde estaba Yakov? Miró hacia todos lados, buscando un reloj. No sabía ni qué hora era desde que su teléfono se había apagado…

- Vamos.- lo dijo impulsivamente, y se dio cuenta de que lo había hecho cuando el rubio levantó la mirada, húmeda y desorientada hacia él.- Yo te llevaré. ¿Sabes el nombre del lugar? No conozco mucho, pero juntos llegaremos. Y él estará bien, te lo prometo.

Al decir aquello tomó los hombros del menor, en un intento de hacerlo reaccionar. No podía dejar de pensar en lo último que le había dicho…su madre ausente en un momento así, ¿dónde estaba? ¿ Y su padre…?…él no iba a dejarlo sólo.

Fuese la hora que fuese, la competencia podía esperar.

Ya podría comunicarse con Víctor luego. Dejó su celular sobre la mesa, al lado del vaso, e instó a Yurio a que se cambiara. El rubio, un poco torpe y aún en shock, obedeció sin chistar. O quizás, por primera vez, alguien le estaba acompañando en algo.

Cuando salieron de la habitación, Yuuri se percató de que ya no se sentía tan pesado como antes, y se alegró de haber seguido aquella corazonada que lo llevó hasta el piso número 12.