Hacia el sur.

"Más allá del este, el amanecer; más allá del oeste, el mar

y este y oeste la sed de vagar que no me deja ser".

Gerald Gould.

Segunda parte.

V

Me dirigí hacia el puerto, siempre atento a la dirección que tomaban los cargadores enemigos que sobrevolaban la zona para encontrar a sus atacantes. Tenía que arribar pronto para recoger la información de la computadora del puerto y detonar todo el armamento. Si lo dejaba allí, era sólo cuestión de tiempo para que los militantes lo encontraran.

Cuando llegué, grabé dos discos con toda la información recogida, cargué mis pistolas y procedí a calcular la reacción de todos los elementos que tenía. Dispuse entonces un pequeño explosivo que bastaría para hacer estallar sola mi bodega. No quería organizar algo mayor, pues afectaría a otras que pertenecían a comerciantes de la zona. No porque trabajaran al filo de ley contrabandeando mercancía merecían menos consideración de mi parte.

—Listo —dije en voz baja, al terminar de revisar todos los cables y armar el detonador. Abordé la moto, me puse mi mochila y salí hasta las oficinas de administración, justo en la entrada del puerto. En ese momento, un auto pasó a toda velocidad por mi lado, pero no le presté atención. Sólo esperé que saliera del rango de la explosión y activé el aparato. El estallido fue instantáneo. Confiado en que eso destruiría toda la evidencia, comencé a alejarme. No había llegado lejos cuando una segunda explosión me hizo frenar brusco.

—¿Qué demonios? —murmuré, observando con ojos incrédulos cómo había estallado otra bodega cercana a la mía. Era imposible que mi detonación la hubiese alcanzado. Entonces vi como el mismo auto que había pasado por mi lado, descendía del puente y salía del puerto. Me dio mala espina y saqué mi arma para detenerlo, pero nada más a pocos metros de distancia me percaté de que era Heero. "¿Por qué diablos había hecho estallar eso?", me pregunté, partiendo a toda velocidad otra vez. No iba a dejar que me alcanzara. La información que había recuperado era sólo mía.

Aunque tenía un problema urgente que resolver para sacármelo de encima: él sabía hacia donde yo me dirigía, pues frente a esta situación, ahora no podía dejar mi computadora personal en sus manos. Por esas cosas del destino, la información que Heero no había podido decodificar de mi portátil correspondía a todos los lugares del mundo en los que tenía guardado armamento, además de un informe completo sobre los emplazamientos en los que había registrado más actividad de otros grupos paramilitares que también eran una amenaza para la paz.

—Fue un error decirle que se le había quedado lo más importante —reconocí, en mi fuero interno.

Frente a Heero, el sistema conectado a mi computadora para borrar la información cuando alguien la encendiera, era práctica ineficaz. De más estaba decir que tenía la suficiente habilidad para detener ese proceso. Tenía que recuperarla pronto.

Llegué a mil por hora al callejón, alentado por las ganas de derrotarlo y estacioné la moto en la entrada, encaminándome hacia el interior. La figura que salió de detrás de un basurero me dio un susto de muerte, pero gracias a Dios reaccioné a tiempo. En un milisegundo, ambos nos estábamos apuntando.

—Tú siempre me sorprendes —le dije, avanzando lentamente—. Te mueves rápido.

Al adelantarme pude ver una moto pegada contra la pared. Así que por eso Heero había llegado tan pronto: el muy infeliz había cambiado de móvil.

—Los discos —me dijo, con voz exigente.

—Vete al infierno —le respondí, sacando la otra semiautomática que llevaba.

Le había visto disparar en múltiples ocasiones y sabía lo bueno que era acertándole justo a las manos del enemigo para desarmarlo. Por eso, la mejor forma de enfrentarlo era a dos manos, y en mis tiempos de ocio post guerra me había hecho bueno en manejar ambas armas al mismo tiempo. Estábamos listos para batirnos en duelo cuando el ex militar apareció desde las escaleras.

—Den un solo disparo y los llenaré de plomo —nos amenazó, cargando una metralleta. No apuntaba a ninguno de nosotros, pero la tenía bien dispuesta para agujerear al primero que le desobedeciera. Era la situación más ridícula que había vivido en mi vida.

—Tú sí que tienes estilo para las armas, viejo —le dije, al notar el modelo que traía en las manos. Era uno de colección.

—Gracias —me respondió, con voz seca—. Ahora baja el arma.

Yo aún le apuntaba a Heero y él a mí. No podía ceder por una orden sinsentido como esa.

—Obedezcan o no volverán a ver sus computadoras. Y sé que pueden borrar la información con esos relojitos que tienen, pero arriba hay un chico que estará encantado de tener más tiempo para revisarlas. No crean que no tiene la suficiente habilidad para hacerlo…

Nosotros seguíamos apuntándonos, ignorando por completo al viejo y su diatriba, sin embargo, una última afirmación llamó nuestra atención.

—También era un piloto Gundam —nos dijo.

—¿También era uno? —cuestioné, sin creérmelo. Mentalmente revisé la situación de los otros tres ex pilotos. Quatre estaba haciéndose cargo del negocio familiar, ahogándose en millones de dólares; Trowa había encontrado un ritmo de vida normal perteneciendo a una caravana de circo, y Wufei trabajaba en preventer donde ya había obtenido un alto rango. No se metería en algo tan sucio e ilegal como esto.

—En sus ojos se notaban sus ansias por revisarlas. Yo que ustedes subiría rápido para asegurarme que no esté quebrando sus sistemas.

Nada más terminó de decir aquello, mi reloj y el de Heero sonaron casi al mismo tiempo. Entonces nos abalanzamos escaleras arriba dispuestos a defender lo que nos pertenecía. Olvidamos totalmente nuestro duelo. No creía que se tratase de un piloto gundam como había dicho el viejo, pero si esa persona había logrado acceder tan rápido a la información, con certeza se trataba del alguien cuya habilidad amenazaba nuestra seguridad.

Pero lo que había dicho el viejo resultó ser cierto. Sobre el mesón estaban las dos computadoras, y tecleando en ellas con rapidez, estaba el chino.

—Saca tus manos de ahí, Wufei —le advertí, nada más verlo. Por si acaso le apunté con el arma, pues no sabía qué estaba tramando ese sujeto. Nunca había tenido mucha información sobre él, pero aunque lo había tolerado con amabilidad en la guerra, el que alguna vez se hubiese pasado al bando enemigo me creaba una terrible desconfianza en su contra. Entonces sentí un cañón en mi espalda.

—Guarda esa arma —me ordenó el viejo—. No las permito en mi casa.

Mascullé una maldición y obedecí.

—Veo que no han perdido el tiempo —dijo Wufei, parando de teclear, nos miró y se puso de pie—. Tienen unos archivos muy interesantes.

—¿Qué estás tramando? —le exigí saber.

—Nada —respondió, caminando con tranquilidad para salir de detrás del mesón, pero no se detuvo ahí, sino que intentó pasar por nuestro lado con evidentes intensiones de marcharse. Pensé que lo mejor que podía pasar es que saliera al exterior; allí podríamos conversar con él y hacer uso de mi pistola si era necesario. La presencia de Wufei se me antojaba sospechosa. Tenía todas mis alarmas interiores sonando.

Heero le puso una mano contra el hombro, deteniéndolo.

—Yuy —saludó el chino.

Se quedaron desafiándose mutuamente hasta que Wufei volvió a hablar.

—Los altos mandos no se oponen a su misión mientras sean discretos. No hagan tanto escándalo la próxima vez.

Con un movimiento brusco se liberó del agarre de Heero y comenzó a descender las escaleras; hice un intento por seguirlo, pero él me cortó el paso. Miré a Heero sin comprender su actitud.

—¿Piensas dejar que se vaya?

—No es una amenaza —respondió y, tomando su computadora, se encaminó hacia su habitación, no sin antes hacerle una seña al ex militar cuyo significado no comprendí. Intenté coger la mía, pero el viejo me lo impidió.

—Tienen que arreglar su problema —me dijo—. Hasta entonces, no te dejaré tomarla ni irte de aquí.

Mascullé una maldición. En ese momento comprendí que Heero se había largado tan calmado porque confiaba en que este tipo no me dejaría salir. Por lo menos, no vivo.

—Eres un perro muy obediente —siseé.

Negó con la cabeza. De pronto pareció muy cansado.

—No, soy un hombre agradecido de que ese chico me haya perdonado la vida cuando me perdí en las órdenes de Oz.

Entrecerré los ojos. Así que de eso iba todo. Este tipo tenía una deuda con Heero que creía impagable. Por eso el mal nacido confiaba tanto en él. Comenzaba a comprender. Entonces recordé que a Heero no le había sorprendido tanto la aparición de Wufei como a mí. Era obvio que sabía algo más que yo desconocía. No podía prescindir de esa información. Suspiré de forma derrotada.

—Diablos, está bien —acepté, encaminándome hacia la habitación. Mientras lo hacía, recordé también el incidente del puerto. También quería saber eso. Pero antes de entrar, escondí los cds en los bolsillos interiores de mi camisa.

—Dame los discos —me dijo, nada más entrar. Cerré la puerta a mis espaldas y tiré mi mochila al suelo.

—Muy mala forma de iniciar conversación —le dije, cruzándome de brazos.

Hubo un largo duelo de miradas.

—Mira, no tengo tiempo para perder contigo —afirmé, ya cansado de la situación—. Todavía tengo que encontrar a quién me robó, no puedo dejar que esos explosivos anden en cualquier parte. Olvídate de esto y permite que yo termine el trabajo, tómate vacaciones y deja de causarme más problemas.

Heero avanzó hacia a mí. Me enderecé llevando mi mano al cinto del pantalón, donde tenía una de las armas que había cargado previamente antes de detonar la bodega.

—Te quiero a una distancia prudencial —le advertí. Heero se detuvo, sus ojos brillando de forma peligrosa.

—Fui yo.

No comprendí de inmediato lo que quiso decir.

—¿Fuiste tú qué?

—Yo te robé.

Entonces todo calzó en mi mente. Por eso había hecho estallar otra bodega, porque él también tenía una en ese puerto. Y el muy bastardo se había atrevido a robar en la mía ¿Sabía que yo estaba en la ciudad antes que nos encontráramos? Sí, él lo sabía, pensé con rabia. No fue casual, nada fue casual. No hemos estado separados en ningún momento, por lo que era obvio que me saqueó antes de reunirnos. ¿El que yo lo viera en esa esquina habría sido planeado también?

—¿Sabes? Ya me has tocado demasiado las pelotas.

Arremetí contra él y le di un buen derechazo que le hizo girar el rostro. Enseguida sentí su puño hundiéndose en mi abdomen, arrancándome un poco el aire, aunque no lo suficiente como para detenerme. Me incliné en el suelo y giré, derribándolo de una patada. Se incorporó con rapidez, pero volví a tirarlo contra al suelo y me senté sobre su cuerpo, dándole dos rápidos derechazos más. Rodamos por el suelo, moliéndonos a golpes hasta que, jadeando, logré inmovilizarlo contra el piso.

—Eres un desgraciado mal nacido —espeté, sujetándolo por la remera, lo obligué a levantar el rostro para darle otro golpe que mandó su cabeza a rebotar contra el suelo. Heero se quedó inmóvil un momento, con los ojos cerrados, y enseguida sentí sus manos en mi trasero, sujetándome con fuerza. Mi boca se abrió por la sorpresa y llevé mis manos hacia atrás, sujetando las suyas para detenerlo. Me miró derecho a los ojos con una mirada peligrosa que yo devolví. Entonces me apretó contra su cuerpo.

"¿Qué mierda se creía?", me indigné en mi mente, "¿pensaba que con magrearme un poco podría robarme la información con facilidad?".

Pero tenía otra duda: ¿Heero estaba buscando los discos en mi ropa o me estaba buscando a mí?

La tentación de encontrar la respuesta a esa pregunta fue más fuerte que mi autocontrol. Saqué los cds de mi camisa y los lancé hacia la puerta por el piso para alejarlos de nosotros. Heero intentó sacarme del camino para llegar hasta ellos, pero lo mandé de espaldas al suelo de un empujón y lo aplasté con mi cuerpo.

—Ahora me las va a pagar todas, hijo de puta— pensé, metiéndole una rodilla entre las piernas. Le abrí rápidamente la cremallera del pantalón. Antes de que Heero pudiese hacer algo, le sujeté el miembro con tanta fuerza que se le escapó un sonido de dolor a medio camino de incorporarse. Enseguida se inclinó hacia a mí. Su aliento caliente me dio en la cara, justo antes de que me sujetara por la nuca y me retuviera en un beso asfixiante.

Por primera vez descubría lo que era ser besado por Heero Yuy. Durante el asalto que le di en la base, que no había sido más que un simple medio para tranquilizar mis nervios rotos por la frustración de la misión fallida, él sólo se había dejado hacer. No como ahora que este desgraciado estaba afanado en robarme mi respiración. Nuestras lenguas chocaron calientes y húmedas, la mía dominando enseguida, hasta que lo hice caer de espaldas otra vez.

Apreté sus labios entre mis dientes, amenazante, antes de volver a meter mi lengua fiera en su boca. Quedé tendido encima suyo con mis dos piernas entre las suyas. Mi palma derecha ingresó en su bóxer para hacerle gruñir casi imperceptiblemente mientras le acariciaba fuerte entre nuestros cuerpos. Mi propia erección se apretaba firme contra una de sus duras piernas enviando corrientes electrizantes a todo mi cuerpo. Percibí una de sus manos en mi espalda, presionando para que me frotara más contra él; la otra, la que me hizo sonreír, estaba sujetándome tan fuerte por la muñeca izquierda que ya casi no sentía los dedos: el cobarde de Heero temía que me levantara y huyera con los discos, por eso me estaba reteniendo así. O quizás no deseaba que yo parara mi magnífico acto de control sobre él.

Era difícil saberlo con un sujeto tan inexpresivo como éste.

Cuando el aire comenzó a faltarme, separé nuestras bocas con un sonido húmedo. Heero me miró fijamente y resistí con estoicismo la intensidad de su mirada azul. Sintiendo el rostro enrojecido, lo forcé a estar quieto con mi codo izquierdo contra su cuello, presionando lo suficiente para que me obedeciera. Heero aún me sujetaba por la muñeca.

Utilicé una de mis piernas para bajar sus pantalones con bóxer incluido, y con la mano derecha volví a acariciar su miembro con brusquedad. Heero mantuvo cerrados los ojos hasta que intentó cambiar posiciones, dejándome contra el suelo, cosa que no permití forzándolo a ceder. Lo puse bajo mi cuerpo otra vez y lo giré, para ponerlo boca abajo. Su reacción fue inesperada: tensionó sus brazos contra el suelo para levantar la cabeza y me sujetó fuerte de la trenza con un rápido tirón, arrancándome un sonido de dolor.

—Hijo de puta… —jadeé, empujándolo de cara contra el suelo. Sin perder tiempo, escupí en mi mano y le metí dos dedos en el trasero, mientras él volvía a sujetar uno de mis brazos para no dejarme escapar. Entonces sorpresivamente sacó toda su fuerza y me tiró contra al piso. Vi su intento por incorporarse y llegar hasta los discos, pero lo sujeté por una pierna y le caí encima de nuevo. Rodamos por el suelo, peleando por el control hasta que logró abrirme la cremallera del pantalón y yo aproveché su distracción para meterle los dedos otra vez. Heero colapsó sobre mi cuerpo, arrancándome un agresivo sonido cuando coló su mano derecha en mi pantalón y también penetró en mi entrada.

—No —mascullé, luchando para librarme de la intrusión de esos violentos dedos. No lo logré ni a golpes.

No sé si estábamos intentando follar o dejar fuera de combate al otro, pero lo cierto es que allí, entre la fricción indecente de nuestros cuerpos, corría tanta adrenalina como en el mismo campo de batalla. Seguimos luchando por un objetivo que no estaba definido, cada uno follándole el trasero al otro con los dedos hasta que fue evidente que ninguno de los dos iba a ceder. La desconfianza que nos teníamos era demasiada y había un par de discos a los cuales necesitaba darle una rápida revisión. No podía perder más tiempo con Heero. Entonces hice esfuerzos por tranquilizar mi respiración rota, agarré mi arma, la cual siempre había mantenido cerca y le apunté con ella, al mismo tiempo que él hacía aparecer la suya de la nada.

—Esa no está cargada —expresó, con una tranquilidad escalofriante.

Entonces observé bien la pistola que yo tenía en la mano. Mierda, ¡no era una de las mías! ¿En qué momento me la había cambiado por la suya?

Intenté golpearlo con el cañón, pero no logré darle demasiado fuerte como para dejarlo inconsciente. Un hilo de sangre corrió abundante desde su sien. Heero se vengó dándome un certero golpe de puño en el rostro que me mandó de espaldas al suelo.

—No te muevas —me ordenó el muy infeliz con voz forzada, mientras se ponía de pie subiéndose los pantalones, sin dejar de apuntarme. Hubiera sido una escena graciosa el ver su intento por acompasar su respiración si no me supiera en problemas. Heero tenía un arma cargada, yo sólo tenía mi lengua afilada para defenderme.

—¿Qué? ¿Vas a dispararme? No me hagas reír —gruñí, cerrándome la cremallera a pesar de mi pene adolorido—. Me has apuntado demasiadas veces en tu vida y jamás has tenido los cojones para matarme.

Quizás no fue lo más inteligente para decir en ese momento, teniendo en cuenta que él ya me apuntaba directo al hombro derecho. Nada más terminé de decir aquello, Heero apretó el gatillo.

—Aaagghh…

Sentí como la bala me desgarraba la piel y de inmediato se me entumeció desde la herida hasta la punta de los dedos. Después ya no sentí nada más que un dolor agudo que me hizo girar en el suelo de un lado a otro por un par de minutos, hasta que logré dominar la agonizante sensación.

Sentí un movimiento a mi lado y le miré, con más odio que nunca.

—Eres un infeliz. El mayor que he conocido en mi vida. Voy a matarte. Te juro que voy a hacerlo.

Lo desafié con la mirada durante un largo tiempo hasta que volvió a apuntarme, esta vez a mi pierna derecha. Entonces, justo cuando la bala ingresó en mi piel, me largué a reír, haciendo sonidos de dolor entremedio de mis carcajadas. La quemazón era agobiante, pero me había percatado de que Heero me había dado en los lugares exactos en que yo le había disparado el día en que lo conocí. Se estaba vengando… el muy hijo de puta de estaba vengando. Pero antes de que pudiera decir el algo, él habló, confirmando mis sospechas.

—Me los debías.

—Y además de infeliz, rencoroso y con mala memoria —me burlé—: no te debo nada. Tú fuiste capturado y yo te salvé —le recordé, con los dientes apretados, intentando retroceder hacia la puerta, me lancé de boca al suelo para sujetar los discos. Heero avanzó un par de pasos y con una patada los arrebató de mi mano izquierda que también acabó adolorida. Su pie fue a dar a mi espalda, presionándome contra el suelo mientras me arrancaba otro grito de dolor. Era un bastardo muy cruel e insensible.

—¿Qué sucede aquí?

El ex militar ingresó a la habitación, con más fuerza destructiva que un huracán. Miró alternativamente a Heero con mi pistola todavía en su mano, luego a mí, sangrante en el piso.

—Has quebrado las reglas de mi hogar, muchachito —afirmó de forma sombría.

—¿Él por dispararme o yo por estar ensuciando el suelo?

El viejo no celebró mi adolorido chiste y siguió batiéndose en un duelo de miradas con Heero.

—No importa —dijo éste—. No volveré.

Se movió hasta la cama donde tenía su computadora y la metió en mi mochila. Yo ya no tenía fuerzas ni para quejarme por ese detalle. El dolor me estaba mareando y dejé caer mi cabeza hacia atrás. No podía moverme para mirar lo que estaba sucediendo.

—Hijo de puta… —volví a repetir, en un quejido agónico—. Voy a matarte.

Entonces escuché la voz de Heero muy cerca de mi oído.

—Tú eres el que ya está muerto.

Sus dedos fueron a dar contra mi cuello en un doloroso apretón. Fue lo último que sentí antes de perder la conciencia por completo.

VI

Cuando me desperté, no sabía cuánto tiempo había pasado desde que recibí los disparos, aunque las heridas me seguían doliendo como los mil demonios. Intenté adivinar dónde estaba, aún sin abrir los ojos porque me ardían de una manera inexplicable. Permanecía recostado sobre una superficie blanda que vibraba leve, pero escuchar el sonido del motor fue lo que final me llevó a saber que estaba en el asiento trasero de un auto que, de pronto, se detuvo con brusquedad. La puerta se abrió, al igual que mis ojos sobresaltados, y pude ver, cómo no, el rostro del maldito Heero, quién metió su cabeza dentro del vehículo y me sujetó suave para tomarme en brazos. Comencé a resistirme, pero el hablar de una voz femenina me distrajo.

—Deposítelo con cuidado, por favor.

Giré mi cabeza, sólo para ver el rostro de una mujer vestida de blanco. Era indudablemente una enfermera. Miré hacia a mi alrededor y ahí estaba, la puerta de urgencias para ingreso de un hospital. Fui depositado en una camilla.

—No puede entrar, señor.

Vi como Heero ignoraba a la mujer y caminaba junto a mi cuerpo, ahora sobre cuatro ruedas.

—Déjelo que entre. A ver si se atreve a terminar el trabajo —exclamé, intentado moverme.

—Shhh. No se esfuerce, usted está malherido —me recomendó la enfermera.

—¡Este bastardo me disparó! ¿¡Y así quiere que no me esfuerce!?

La enfermera y la otra mujer que se le había unido para atenderme lo miraron, pues yo le había apuntado. Heero habló, casi con indiferencia.

—Como le dije por teléfono, sufre de paranoia crónica. Cree que todo el mundo quiere matarlo.

—Claro, y las balas que tengo metidas aquí son mi imaginación también —repliqué, con los dientes apretados. La rabia que me estaba embargando me daba energías para reaccionar cada vez más.

—Quizás no te acuerdas de la pelea que iniciaste en el bar —insinuó Heero, sin dejar de mirar hacia el frente.

—Maldito mentiroso —exclamé, intentando sentarme, pero una enfermera me mantuvo recostado contra la camilla forzada.

—No se exalte, por favor. Es peligroso y puede sufrir un colapso. Ha perdido demasiada sangre.

Le obedecí y me quedé quieto, aunque no me callé y nadie me dijo que lo hiciera.

—Voy a matarte, muy lentamente —prometí. Heero asintió a mi lado, como si estuviese de acuerdo o quizás pretendiendo seguirme la corriente. Después de todo, estaba intentando dejarme como un loco.

Me ingresaron en una sala y a Heero lo detuvieron en la puerta.

—Hasta aquí puede llegar usted —le dijo una de las enfermeras, cortándole el paso decidida.

—Pero Silvia, deja que entre —intervino la que me estaba atendiendo a mí—. También está sangrando. Debemos atenderlo si así lo desea. ¿Quiere ingresarse también, verdad?

Ante el asentimiento de Heero, la otra enfermera replicó el gesto y lo dejó ingresar para atenderlo ella misma.

—Ay, sí. Como da tanta pena el bastardo… —mascullé.

La chica que me estaba revisando por todo el cuerpo pareció encontrar gracioso lo que dije porque rió un poco.

—Todo va a salir bien —me dijo—; no has perdido tanta sangre como te dijeron. Ahora te pondremos medicación para el dolor, ¿bien?

No se lo dije, pero pensé que era la mejor noticia que me habían dado en mucho tiempo. La intensidad del dolor estaba a pasos de cumplir con los deseos de Heero y volverme loco. Sólo asentí y dejé que me insertara una aguja en la muñeca, directo en mi vena y que me colocara una máscara para oxigenar mi mareada mente. Entonces giré el rostro para mirar a Heero, a quien habían recostado en la cama contigua y me sorprendí al percatarme de lo mal que lucía. Yo lo había golpeado bastante, aunque no al punto de dejarlo así. ¿El viejo lo había golpeado también? Comencé a reír a carcajadas ante la idea, logrando que la enfermera me mirara con compasión.

—Todo va a salir bien— repitió, con ternura.

La ignoré. Estaba feliz porque Heero no la había sacado tan barata después de todo.

—Espero que te duela como los mil demonios —le deseé, levantándome un poco la máscara con mi mano sana.

—No demasiado —respondió, con tono lento.

En eso llegaron los médicos y me revisaron por todas partes con la urgencia de todo carnicero por tocar carne fresca. Trajeron consigo una máquina de rayos X y me sacaron placas, las que revisaron inmediatamente. A Heero, mientras tanto, le estaban cerrando con puntos la herida de la sien y otra que se extendía desde la comisura del labio hasta el mentón. La primera corría por mi cuenta, la segunda, no. ¡Cómo se notaba que el viejo sabía golpear!

—Ya está listo, señor Tyler. Repose un poco más. Cuando se sienta bien, puede irse.

Miré a Heero con odio al tiempo que le veía sentarse de la camilla.

—La próxima vez que te vea, hijo de puta, no olvides que voy a matarte.

Heero me dio una mirada intensa antes de dirigirse a una de las enfermeras.

—Haría bien en darle una revisión mental —le dijo—: delira constantemente y es probable que intente escapar del hospital. Le ruego que le mantenga vigilado.

—Por supuesto, señor Tyler. Le daremos a su primo las mejores atenciones, aunque tendrá que cancelar por adelantado.

—No hay problema —respondió él, mientras yo temblaba de puro odio.

—No se preocupe entonces. Es evidente que está fuera de sí; luego le ingresaremos a un programa de salud mental durante su recuperación para evitar que vuelva a recaer en este estado.

—¡Y una mierda! —grité, sin aguantar más al ver como Heero asentía y se encaminaba hacia la salida— Maldito mal nacido, voy a matarte cuando salga de aquí, ¿me oyes? VOY A MATARTE.

—Tranquilo— me dijo un doctor, sujetándome por un hombro para que no me levantara—. Fueron dos tiros limpios con salida de proyectil. Deberías agradecer que quien te dio, tenía muy buena puntería y sanarás rápido.

—¡Gracias, infeliz! —le grité sarcástico.

Heero me sonrió antes de salir, levantando una mano con los dos discos de información. Fue una burla descarada que me hizo hervir la sangre.

¡Cómo iba a disfrutar descuartizándolo cuando saliera de aquí!

VII

Ocho días estuve internado en el hospital y mi único entretenimiento durante todo ese tiempo, aparte de reírme a costa del psiquiatra que me visitaba todos los días, fue imaginarme mil formas de asesinar a Heero. Fue difícil decidir la más adecuada para satisfacer mis impulsos homicidas, pero el visualizarlo amarrado a una cama, recibiendo disparos en cada centímetro de su cuerpo hasta quedar irreconocible, se me antojó la opción más adecuada.

Una enfermera se acercó a comunicarme que me estaban dando de alta –después de todo lo que había reclamado para que así fuera–, me senté en la cama, resuelto a salir de allí y cumplir la fantasía punto por punto, disparo por disparo.

—¿Me permite decirle algo, señor Tyler? —preguntó, con voz tímida.

—Claro, lo que quieras —le dije. Me sentía terriblemente contento mientras me cerraba la camisa negra con alzacuellos que ella misma me había regalado.

—Creo que deberías hacer la denuncia. Sé que me has dicho que la policía jamás dará con el culpable, pero, ¿qué pasaría si te lo encuentras otra vez?

Reí con ganas.

—¿No recuerdas al chico que me trajo?

—Por supuesto. Tu primo era muy guapo.

Fruncí el ceño ante eso.

—¿No te parecía demasiado japonés para ser mi primo?

Ella sonrió ante eso.

—No lo era, ¿verdad?

—Por supuesto que no —respondí—. Y él fue quien me disparó —añadí luego, sintiendo un extraño impulso de matar toda simpatía que ella pudiera sentir por Heero.

—Pero él cuando te trajo dijo que estabas psicótico…

—Es un estúpido —la interrumpí—. Sólo se estaba burlando de mí.

—Y el psiquiatra que te atendió confirmó lo que él nos dijo —continuó ella, con cuidado, como si no estuviera segura de que fuera a comprender esas palabras.

—Después de todas las estupideces que le dije para que se entretuviera llenando fichas, yo también lo creería. Más me parecía a Mulder de los Archivos secretos X; le dije que nos iban a invadir los aliens antes que la gente de las colonias. Era un tipo odiosamente anticolonos como para poder soportarlo.

Ella me miraba sin comprender, así que tuve que explicarle mientras me colocaba los pantalones.

—Mentí. Yo soy colono y me fastidia la gente que repudia la vida en el espacio por considerarla demasiado artificial o porque todavía no han podido superar el odio que dejó la guerra—dije, forcejeando un poco para calzar la prenda—. Durante todos estos días en que hemos conversado, ¿te ha parecido que estoy loco?

—No, pero yo no soy psiquiatra —respondió.

Bufé controvertido. Eso era lo único que no me gustaba de las mujeres: siempre tenían una respuesta para todo que sonaba a verdad, aunque no lo fuese. Me quedé en silencio y ella prosiguió con sus interminables dudas.

—¿Entonces no lo denunciarás?

—No.

—¿Por qué?

—Prefiero hacer justicias con mis propias manos.

—Pero Duo… —dijo alarmada.

Me acerqué a ella ya vestido, ordenado y con muletas en mano porque, aunque mi brazo estaba recuperado, aún no podía decir lo mismo de mi pierna.

—Descuida. Sólo bromeaba —le mentí, inclinándome para rozar su mejilla con mis labios como despedida—. Gracias por todo, Silvia.

Ella me miró sonrojada mientras yo caminaba hacia la puerta con mis cuatro patas. De refilón capté algo de resentimiento en su mirada.

—Mi nombre es Marilyn —me recordó.

Me encogí de hombros después de salir. Era normal confundir los nombres de las enfermeras en un hospital. Todas vestían igual y te coqueteaban de la misma forma.

Cuando llegué a la calle, suspiré, respirando con fuerza el aire contaminado de la zona. Se sentía tan bien saberse libre que hasta olvidé que estaba herido y levanté mis dos brazos, sosteniendo las muletas en el aire; enseguida tuve que clavarlas en el piso para sostenerme. ¡Aún dolía como los mil demonios!

Comencé a caminar sintiéndome desgraciado, lamenté no haber obedecido las órdenes médicas que me habían indicado que no me levantara de la cama y efectuara reposo absoluto. Jamás había podido permanecer mucho tiempo quieto. Pero ya estaba, por haber forzado la pierna, mi herida todavía no sanaba y tendría que encerrarme unos días más en algún lugar hasta estar recuperado.

Antes de darme cuenta nuevamente estaba vagando por esa ciudad, sin saber a dónde podía ir. Entonces recordé a la agradable rubia que había conocido al llegar. Ella era justo lo que yo necesitaba: un lugar para quedarme sin registros y con cuidados personales incluidos, hasta que me pusiera mejor.

—Aunque antes —murmuré, sonriendo— vamos a hacer una pequeña visita.

Comencé a caminar hacia la zona de la catedral, dispuesto a cruzar unas cuantas palabras con el ex militar –balas si era necesario-, pero tuve que quedarme quieto un rato porque los brazos se me habían adormecido después de una hora avanzando a velocidad de tortuga.

—Esto es humillante —me dije a mí mismo—. Maldito Heero que se quedó mi mochila con mis tarjetas y efectivo. Un taxi no me habría venido mal en este momento.

—¡Hey! —escuché un grito, cerca de mí. Miré hacia la calle y ahí estaba un chico que no tardé en reconocer. Era el mismo chiquillo al que le había robado la moto en la carretera.

Intenté poner mi mejor sonrisa y le devolví el saludo. No podía hacer otra cosa, una huída estaba totalmente descartada por mi condición. El chico retrocedió un poco en su moto hasta la altura en la que yo estaba.

—¿Quieres que te lleve? —ofreció.

Su propuesta sonaba bien, pero no podía confiarme.

—¿Directo a la policía? No, gracias.

El muchacho acarició su moto mientras me miraba.

—No haría eso. Me la devolviste tal como dijiste, ¿no?

—Pero te apunté con un arma.

—Tenías prisa —me justificó—. Te perseguía ese otro sujeto con cara de terrorista.

Me largué a reír con ganas. Era algo irónico que le encontrara pinta de terrorista solo a Heero, y a mí no. Si ese chico supiera todo lo que he hecho en mi vida…

—Así es, tenía prisa —reconocí—. Siento mucho lo que hice.

Me dirigió una sonrisa como respuesta y me hizo un gesto para que subiera. Todavía lo pensé un segundo más. Era arriesgado, pero el chico parecía tan sincero que concluí que si algo salía mal, siempre podría noquearlo con una de las muletas. Me acerqué apenas por mis brazos resentidos y me monté atrás de él, gimiendo de dolor por mi pierna.

—Estás mal herido. ¿Ese sujeto te hizo esto?

—Sí —respondí, con los dientes apretados.

—Gente como esa debería estar tras las rejas. Si hubieses visto como golpeó a un pobre desgraciado para robarle su auto y seguirte… Me da rabia de sólo recordarlo, pero bueno, ¿a dónde vas?

Le dije que necesitaba ir a rezar a la catedral y él se echó a reír, seguramente pensando que era una broma. Supe de inmediato que era de los típicos adolescentes que pensaban que ya no existía gente creyente.

Mientras hizo partir la moto, pensé que de todas formas tenía razón. Por lo menos yo no creía en Dios más que en que todas las putas eran vírgenes.

VIII

Pocos minutos después me encontraba caminando desde la catedral hasta el callejón donde vivía el viejo. Un par de señoras de bastante edad se quedaron mirándome extrañadas al ver que tenía una sonrisa maniática en la cara. Es que existían individuos demasiado extraños y ese chico que me había traído sin duda era uno. Era hilarante que ni siquiera me guardaba rencor por haberlo dejado tirado en medio de la carretera y en cambio se indignase tanto con Heero por golpear a un sujeto para robarle el auto. Parecía no sopesar la posibilidad de indignarse conmigo que le había arrebatado el suyo a punta de pistola. Incluso me había ofrecido su moto otra vez.

—¿Es que no te molesta que la deje tirada en cualquier parte? —le había preguntado sorprendido.

—No, confío en que me la devolverás sana y salva. Te ves un tipo de fiar —me había respondido él.

—Cuidado con lo que ofreces, chico —le dije con voz oscura—. No me conoces de nada como para saber de qué soy o no capaz.

Mi intención no había sido ser antipático, así que enseguida le había sonreído y deseado que le fuera muy bien en la vida. El muchacho se alejó con cara de evidente confusión.

—Diablos —mascullé, al llegar al pie de las escaleras de la casa del viejo. Subir esos escalones sí que me iba a doler. Llegué a duras penas arriba y de inmediato lo vi ahí, sentado en su mesón con su maldita camisa hawaiana, su maldito cigarro y su maldito e informativo diario. No se sorprendió al verme aparecer.

—¿Se la llevó? —le pregunté, de mala forma, saltándome toda fórmula de cortesía.

—Con ese tono no se consiguen respuestas, muchachito. Vuelve cuando traigas tus modales contigo.

—Vas a tener que dármelas si no quieres que regrese a volarte en pedazos, con casa incluida —le amenacé, acercándome.

El viejo frunció el ceño.

—¿Crees que me cuesta mucho darte un tiro ahora? —me preguntó en tono elevado.

—Por supuesto que sí. Por eso te enfadaste tanto con Heero por herir a alguien en tu casa, porque estás aquí escondido de quién sabe qué malas personas o por qué malvado motivo, por lo que estás condenado a no salir de tu casa y no puedes llamar la atención hacia este lugar. Sabes que soy peligroso, viejo. No te arriesgues —le recomendé al final, con una sonrisa que le hacía juego a mis palabras—; aunque te agradezco que hayas hecho papilla a Heero.

—Ustedes se ven buenos chicos, pero son demasiado violentos para su propio bien.

—Mira quién lo dice —repliqué, sonriendo al ver cómo sacaba mi computadora y la ponía sobre el escritorio—: uno se topa con tu cara de viejo tierno y luego sacas una metralleta.

En eso apareció una mujer que nunca había visto antes.

—¿Qué sucede? —preguntó, asustada con un acento que no supe identificar.

—Nada, cariño. No te preocupes. Vuelve adentro.

Cuando la mujer se largó, no pude evitar molestarle un poco.

—¿Existen mujeres que te soportan, viejo? No lo puedo creer.

—Cuatro años de feliz matrimonio recién cumplidos, muchachito. Es mi esposa y me soporta con ganas —replicó, siendo puro orgullo.

Yo silbé burlesco.

—Eso sí es tener paciencia —afirmé, acercándome para tomar mi computadora, me la puse bajo el brazo—. Debe ser una gran mujer.

—Lo es —respondió, sacando una bolsa, me la tendió, y yo le agradecí con un gesto de la cabeza. Eso me facilitaría el descenso de la escalera. Pero antes de retirarme, le pregunté:

—¿Tu palabra vale de algo?

—Por supuesto.

—Dijiste que la próxima vez que me hospedara aquí, sería gratis.

El viejo asintió, aunque en su expresión leí fácil que hubiera preferido que no lo recordara.

—No lo voy a hacer nunca —le tranquilicé—, pero intercámbiame tu promesa por algo de información.

—No sé dónde está el chico —dijo al instante.

—No te iba a preguntar por Heero. Sé que, aunque lo supieras, no me lo dirías. Quiero saber acerca del chino. ¿Cómo lo conocías?

Si algo me gustaba de este tipo es que captaba las cosas de inmediato, porque no tardó nada es responder:

—Fue la primera vez que lo vi.

—¿Y le dejaste nuestras computadoras sin conocerlo?

—No se las entregué, las tomó cuando salí a detener su estúpido duelo.

—Ya…, pero, ¿qué te dijo al llegar?

—Que necesitaba hablar con ustedes. Se veía un chico sincero, así que le dejé esperarlos aquí. No era un buen conversador, pero parecía traer un mensaje importante, aunque fue obvio para mí que deseaba meterse en vuestras computadoras.

—Tonterías. Nos tuvo en frente y no nos dijo nada importante.

—Al contrario. Les dio información bastante clara.

Lo miré con interés. El viejo pareció pensar que yo era demasiado imbécil, por lo que me explicó con paciencia.

—Trabaja en preventivos. Les dijo que esa organización no intervendría en su contra a menos que ustedes les diesen verdaderos motivos. En otras palabras, les dijo que siguieran en lo suyo sin llamar demasiado la atención. ¿Comprendes? Vino a informarles que esa entidad, aunque debiese detenerlos, no lo harán. Ellos también han comprendido que esos grupos paramilitares están en camino a convertirse en un problema para todos.

Yo comprendí. ¿Preventivos avalando el actuar de un par de guerreros considerados terroristas? Era algo difícil de creer. Sin embargo, supe que era así al recordar las palabras del chino. Ahora les encontraba más sentido. Las facciones de la resucitada ex alianza podían generar un conflicto internacional en la tierra, lo que luego podía afectar directamente las relaciones con las colonias. No cabía ninguna duda que debían ser detenidos a toda costa. Me alegraba saber que ellos tenían conciencia de las verdaderas implicaciones de todo esto y me dejarían en paz. Nunca me había gustado tener a preventivos vigilando mi trasero.

—Gracias, viejo.

—Hasta nunca —replicó, con tono de amenaza.

Sonreí. Esa sí que era una buena forma de dejarte claro que no te querían volver a ver en la vida.

IX

Me quedé encerrado una semana completa en un pequeño departamento de mala muerte en la periferia de la ciudad. Hice reposo absoluto y solo me alimenté de hamburguesas y coca-cola pedidas a domicilio y canceladas en efectivo, gracias a que había recuperado el control de mis cuentas, duplicando las tarjetas. En todo ese tiempo, aparte de ganar un par de kilos extras, no abandoné el seguimiento a los militantes y me mantuve constantemente infiltrado en sus redes. Ya no era mucha la información que se podía encontrar allí. Los últimos reportes decían "Base segunda de Saint Clair destruida por estallido de potente bomba. Enemigo probablemente muerto en la explosión". Entonces silbé divertido. Si esos tipos pensaban que Heero había muerto en esa misión, vivían en la más pura ignorancia porque él era indestructible, por lo menos hasta donde yo tenía conocimiento.

Aún así, me preguntaba cómo le había ido a Heero al visitar esa base, pues era obvio que debían haber estado más que preparados para un posible ataque luego de que hubiésemos barrido con gran parte de la primera base.

Pese a que lo odiaba profunda por robarme, dispararme y haberse hecho con mis discos, le sumaba a ello el perverso sentimiento que me generaba el saber que se había cargado una base que debería haber sido mi trabajo. Aunque reconocía en mi fuero interno que Heero lo había hecho a lo grande, lanzando una bomba desde el aire, cuya explosión pudo observarse desde varias ciudades a la redonda. No se hablaba de otra cosa en los medios de comunicación.

Entonces reí al imaginar a Wufei y los preventivos, quienes debían estarse revolcando de indignación al ver que Heero había hecho caso omiso de su advertencia.

—Los niños silenciosos son los que siempre terminan haciendo las cosas más llamativas —dije en voz alta.

Muy a mi pesar, sonreí con nostalgia. Eso mismo le dije el día en que fue a asesinarme a la base lunar cuando estaba capturado por Oz. En esa ocasión Heero había decidido no matarme y montó una ruidosa distracción para que pudiéramos escapar.

Meneé la cabeza, espantando los recuerdos y volví al presente. Desde el ataque de Heero a la segunda base ya habían pasado doce días, lo que me hacía pensar en el por qué ese infeliz aún no había regresado a destruir lo que quedaba de la base en la que habíamos fallado tan estrepitosamente. Esa estaba activa, por lo que era urgente eliminarla cuanto antes.

—¿Será posible que esté muerto? —me pregunté con seriedad.

Decidido a averiguarlo, entré en los registros públicos de la ciudad. Revisé hoteles y toda clase de lugares en donde Heero podría haber llegado a dar, pero su nombre no me generaba ningún registro. Entonces comencé a probar con nombres falsos que alguna vez le había escuchado dar, pero tampoco saltaba nada, ni siquiera para el apellido Tyler.

Comencé a pensar que no podría encontrarlo a menos que lo buscara en terreno, pero mientras me intentaba convencer que tendría que hacerlo así para descubrir qué había sido de él, intentaba obviar en mi mente un nombre que de sólo pensar en la posibilidad de que Heero lo hubiera usado, más ganas de asesinarlo me producía.

—Duo Maxwell —escribí, muy a mi pesar.

Inmediatamente el sistema me arrojó algo y yo me mordí el labio inferior con rabia. ¿Por qué este bastardo tenía la mala costumbre de robarme todo? Alguna vez me había robado refacciones para su gundam, desarmando mi querido Deathscythe; en otra se había metido con mi nombre a una escuela privada y ahora volvía a hacer lo mismo. Existían mil identidades en el mundo para robar, ¿por qué tenía que ser justo la mía su favorita?

Ingresé en el archivo y entonces me quedé mirando fijo la pantalla, sin poder creerlo. Heero estaba en una clínica médica con diagnóstico grave.

—Justicia divina —murmuré, levantándome de la cama en donde estaba recostado. Me sentía sumamente animado por saberlo vivo.

—Vamos a hacer una visita social —canturrié. Me puse la camisa negra tarareando una canción alegre. Prácticamente la lesión de la pierna me había dejado de molestar como por obra de magia. Las ganas de zarandear a Heero me habían sanado. Tomé mi mochila y le dije adiós al pobre departamento que me había servido de sórdida guarida. Estaba listo para enfrentarlo.

Continuará…