Carnaza fresca

Nada más levantarse perdió el equilibrio pero logró aguantarse a la pared de su izquierda para no caer al suelo, la habían drogado, lo recordaba, había sentido la aguja introducirse en su artería carótida izquierda mientras otro de los encapuchados le golpeaba con fuerza con la rodilla en las costillas, no tardó en caer inconsciente. Bien. Sabía cómo había llegado allí. Sabía que era la Liga de Leyendas. Sabía su nombre. Pequeños detalles que sólo explicaban un porciento muy pequeño de toda la historia.

Vislumbró por el rabillo del ojo algunos tejidos y supuso que sería ropa, con la ayuda de la pared anduvo hacia ellas, la droga que le habían inyectado debió de ser muy fuerte porque aun sentía entumecidas las piernas y la mayor parte de todo su cuerpo, dejó su cuerpo arrodillarse ante las ropas y la escrutó concienzudamente para asegurarse de que no había nada extraño, se basaban en unos pantalones que le llegarían hasta las rodillas y una camisa que seguramente le quedaría grande, ambos eran negros, no se habían parado a pensar en el diseño. Cuando se puso la ropa lo verificó, la camisa le quedaba grande y hacía descubrir su hombro cosa que le resultaba realmente incomodo, intentó cubrirlo mientras se dirigí a la puerta, le costó abrirla del todo, era pesada, lo primero que vio fue una fuente de luz que la cegó durante unos segundos, se había acostumbrado a la oscuridad de su celda. La luz entraba de unas rendijas que hacían de ventanas, las paredes que constituían la siguiente sala en la que estaban eran del mismo estado que el de las de la habitación en la que había despertado, la diferencia de esa sala es que era un largo pasillo en el que alternando había unas puertas con distintos nombres, el pasillo era ancho, pero solitario, a medida que avanzaba descubría puertas abiertas de par en par. Kathleen empezó a leer entre susurros los nombres que encontraba mientras sus piernas empezaban a tomar de nuevo fuerza, poco a poco iba separándose de la pared y empezaba a andar sola, pero antes de poder alejarse totalmente de la pared, un movimiento extraño le llamó la atención por el rabillo del ojo, pero al girar el rostro, lo único que encontró, fue una puerta más. Ni si quiera se molestó en leer la inscripción de la puerta, simplemente siguió su camino, es cierto que se sentía observada, pero así se había sentido desde que había pisado ese lugar.

Empezó a escuchar más bullicio, en la distancia, y descubrió que estaba más cerca de ese bullicio del que había pensado, habían muchos seres reunidos, muchos con forma antropomórfica, como ella, y otros simplemente le resultaron tenebrosos y dejó de mirarlos al instante. El techo era muy alto, y en la pared de enfrente, descubrió un tablón de corcho medio roto lo suficientemente grande como para superarle en tamaño a ella, en las demás paredes había más puertas, con más inscripciones, lo único que cambiaba en aquellas puertas era el hecho de que en sus inscripciones no había nombres, sino lugares, por ejemplo: Sala de tiro con arco.

Un empujón hizo que cayera al suelo, se llevó la mano al hombro, poniendo una mueca de dolor, se había raspados las rodillas, pero era lo de menos. Reconoció la capucha de los tres hombres que se habían hecho paso por encima de ella y habían tenido la consideración de "apartarla amablemente". Tenían las mismas capuchas que los hombres que la habían traído. Muchos ojos se fijaron en ellos, otros tantos, en ella.

Los tres hombros se giraron, dando cara a la muchedumbre que tenían delante.

- Silencio – todo rastro de pequeños susurros que habían quedado en la sala desapareció con una simple palabra pronunciaba por la voz más áspera que Kathleen había escuchado en su vida – Todos sabéis que hacéis aquí, habéis sido invocados para un nuevo torneo realizado por la Liga de Leyendas, así que no gastaré saliva en explicaros las normas del torneo, porque como todos sabéis, no hay ninguna. Una vez en el campo de batalla, lo único en lo que pensaréis es en una palabra, según como reaccionen vuestros cuerpos, así de bien os irá. La palabra es: sobrevivir. La primera fase del torneo consistirá en un cinco contra cinco, y el lugar de la batalla será "La Grieta del Invocador" – el hombre sacó una escuchimizada mano de la capa y mostró un pergamino bastante ancho – aquí, los nombres de los integrantes de cada grupo. Esta lista estará aquí no más que cinco horas, quien no la visualice entonces, irá al campo de batalla sumido en una total ignorancia. Desde este momento, campeones, tenéis tres días para preparar vuestra estrategia.

Pasó el pergamino a los dos hombres que lo acompañaban, al abrirlo Kathleen se fijó en que el pergamino no era sólo bastante ancho, sino también lo suficientemente largo. Colgaron el pergamino a lo ancho y los tres abandonaron la sala, a pesar de eso, la sala siguió sumida en un silencio atroz. Kathleen se avergonzó del hecho de que siguiese sentada tras la caída, pero pronto olvidó cualquier tipo de vergüenza y se levantó, algunos ya se habían acercado a las listas. ¿Estaría su nombre allí?

¿Realmente estaba metida ella en ese lio? Sintió presión en su cabeza a cada paso que daba, hasta que paró por el simple hecho de que le sorprendió una raspada voz que gritaba furiosa, al alzar la mirada supo que ese hombre no podía ser ignorado por nadie, ni nada. Era grande, muy grande. Gordo y con una espalda ancha, brazos musculados, su piel desde esa posición parecía grasienta, mojada, y no exageraba si decía que desde aquella posición ya podía oler aquel brebaje que llevaba bajo el brazo que caía de la comisura de su labio, ese alcohol era muy fuerte. Su barrigón y su frondosa barba pelirroja era lo que más resaltaba en su apariencia. Kathleen tuvo un pequeño flash en su cabeza, había oído hablar de él. Gragas. No un borracho cualquiera, con actitud suficientemente impetuosa, era normal que el olor de ese alcohol hubiese llegado a sus narices, poseía algo que sólo poseía él, su propia esencia. ¿Cuándo había oído hablar de él? El vacio en su cabeza se hizo más denso en ese momento, frunció el ceño y se concentró en las palabras de aquel borracho.

- ¡¿No os parece suficiente?! ¡No, claro que no! No es suficiente con un maldito hamster en mi grupo, también tenéis que añadir carnaza fresca. Si he accedido a venir aquí, no es para que me dispongan de un maldito grupo así de pésimo.

Kathleen lo supo, supo que el distintivo "carnaza fresca" era suyo. No lo supo por el hecho de que pensase que ella era carnaza fresca. Sino porque aquel gordo hombre estuvo escrutando la sala durante segundos hasta por fin clavar su mirada a ella y dirigirse con pasos directos hacia su posición.