Capítulo dos

Lo primero que notó al querer abrir los ojos fue la cegadora luz que se colaba por la ventana y que bañaba su adormilado rostro, advirtiéndole de que la noche había quedado atrás hacía demasiado tiempo. Lo segundo fue un intenso dolor que recorría todo su cuerpo y que se intensificaba en el costado. Recordó la pelea del día anterior y cómo la había machacado hasta dejarla casi muerta. ¿Estoy viva?

También reparó en las vendas que cubrían las zonas que habían sufrido el mayor daño. Alguien la había vendado, llevado a una modesta habitación de paredes blancas y colocado sobre una mullida cama con sábanas de tacto agradable.

Por un momento creyó que se trataba de un sueño, que tal vez hubiera regresado a su hogar y que el doctor Kotetsu la estuviese cuidando mientras su familia esperaba ansiosa a que se pusiera bien del todo. Pero su familia ya no existía, al igual que su hogar y que el médico. Aunque su hija sí que estaba viva.

¿Qué habrá sido de ella? ¿Dónde puede estar? Soi-Fong, ignorando por un momento los pinchazos que sentía cada vez que movía un solo músculo, consiguió incorporarse y bajar de la cama. La cabeza le daba vueltas y a punto estuvo de caer al suelo, de no ser por que acertó a sujetarse de la cama y avanzar unos metros sin dejar de apoyarse en ella. Pero su excursión no duró mucho más.

Al estar la puerta de la habitación abierta, un joven que pasaba por el pasillo echó un vistazo a la convaleciente y observó horrorizado la locura que estaba cometiendo.

- ¡Eh, eh, eh! Espera, espera – el chico parecía bastante agobiado - ¿A dónde crees que vas? Todavía no te has recuperado del todo. Tienes que volver a la cama.

Pero cuando intentó acercársele, Soi-Fong rehuyó del contacto, con evidente desconfianza.

- Tranquila, no voy a hacerte daño – le aseguró el chico – Sólo vengo a ayudar. Me llamo Hanataro, por cierto. ¿Cómo te llamas tú?

- Me llamo… Soi. – no quiso añadir su apellido, por si ello le traía problemas. - ¿Dónde estoy? ¿Qué es este lugar?

- Ahora mismo te encuentras en una de las dependencias de la enfermería que dispone la Residencia Imperial. Pero – añadió con un tono más autoritario – ahora mismo donde deberías estar es tumbada en la cama y descansando. Tus heridas no han terminado de sanar. Tienes varias lesiones serias y una muñeca casi rota.

- ¿Residencia Imperial? – preguntó confusa, ignorando en parte la petición del enfermero. -¿Estoy en Palacio?

- Claro que no, qué disparate. – Comentó Hanataro, mientras buscaba nuevas medicinas para calmar el creciente dolor físico de Soi-Fong – El Palacio es para el Emperador, su familia directa y todos los consejeros y ministros que gobiernan el reino junto con el Emperador. En la Residencia Imperial, o Residencias, porque hay varias, viven los nobles de las casas mayores que guardan parentesco con la línea sucesoria. Luego hay palacetes, castillos o mansiones para el resto de nobles – explicó con detalle – poseen un gran lujo, desde luego, pero las Residencias Imperiales son más prestigiosas y están mejor atendidas.

- Entonces, ¿yo estoy en una de esas... Residencias? ¿Por qué? – inquirió todavía más confusa, antes de ingerir el medicamento que el joven le proporcionaba junto con un vaso de agua. El dolor se había vuelto ahora insoportable.

- ¿Por qué? No tengo la menor idea. Pero debes haber causado una muy buena impresión a alguien de arriba, ¿no crees? Estos cuidados no los recibe cualquiera, y menos una prisionera de guerra. Has tenido muchísima suerte, créeme.

Soi-Fong recordó entonces a la misteriosa mujer que evitó que fuese asesinada la noche anterior. ¿Habría ella ordenado expresamente que la trataran con tanta delicadeza? Algo más captó su atención.

- ¿Dónde está Isane, la que iba conmigo?

- ¿La chica alta del pelo lila? – Soi-Fong asintió – Ah, ella está bien, se despertó esta mañana. También estamos cuidando de ella, no te preocupes. Más tarde podrás verla. Ahora, recuéstate, vamos. – Añadió en tono conciliador.

A regañadientes, la chica accedió. Con las pastillas, el dolor empezaba a amainar y el cansancio se hacía presente. Antes de marcharse, el joven preguntó si deseaba algo antes de marcharse.

- Hanataro – lo llamó suavemente. Él se giró hacia ella. – Gracias.

- No hay de qué, Soi – respondió con una sonrisa – Descansa.

Y salió por la puerta, dejándola de nuevo a solas.


- Ha sido una mañana bastante ajetreada, ¿no os parece, señora Shihouin? – comentó de soslayo un hombre de pelo blanco largo mientras tomaba asiento a su lado.

- Ministro Ukitake, me alegro de veros- le saludó cortésmente su interlocutora - ¿Os encontráis mejor?

El ministro se encogió de hombros.

- Mejor, sí. Gracias. Aunque no recuperado del todo. Parece que esta pulmonía no acabe nunca.

La sala de reuniones se iba llenando poco a poco. Tras la pausa del almuerzo, los grandes señores y miembros del gobierno volvían a reunirse para aclarar los pormenores de la reciente invasión y destrucción de la ciudad de Nuang. Acabar con los traidores al Emperador no resultó en absoluto difícil y las pérdidas de soldados eran mínimas. Durante la sesión anterior se había aclarado el reparto de botín correspondiente a cada noble, dependiendo de su posición y de su contribución al ejército real. Ahora se disponían a discutir cuándo acometer el ataque a la próxima ciudad rebelde. Aunque ya no quedasen muchas más en el mapa.

- No acude el Emperador, por lo que veo. –observó la mujer. A quien sí que había divisado desde lejos era a Omaeda, con quien no cruzó palabra durante toda la mañana ni tampoco oyó que comentase nada sobre el incidente con los esclavos. Sonrió para sí.

- En efecto, mi señora – confirmó Ukitake. – El Emperador no acude desde hace tiempo a las reuniones del consejo. Últimamente, se dedica a dictar órdenes a sus humildes siervos, siempre dispuestos a complacer sus deseos.

- Estoy segura de que algunos están mucho más dispuestos que otros – masculló mientras seguía con la vista al secretario privado Sasakibe, que acababa de entrar por la puerta principal con paso ligero.

Ukitake, con su habitual perspicacia, adivinó los pensamientos de la mujer, pero prefirió no contestar a eso. Sería el cuento de nunca acabar.

- Y vuestro escurridizo amigo, ¿en qué anda metido esta vez?- se interesó repentinamente el hombre de pelo blanco, cambiando completamente de tema.

- No tengo la menor idea. Supongo que a punto de descubrir algo nuevo y sorprendente en ese laboratorio suyo que tiene – aventuró de forma distraída.

Lo cierto es que llevaba varios días ya sin ver a su amigo, sin tener ocasión se compartir con él sus impresiones acerca del escabroso asunto de la guerra. Y es que no todos los miembros del consejo eran partidarios de la masacre que se llevaba a cabo desde hacía unos meses a unos territorios acusados "convenientemente", en opinión de ella, de alta traición. Sin embargo, bien se guardaba ella de divulgar su teoría personal en público. Antes se debía investigar un poco.

- Quizás vaya luego a hacerle una visita, tendré que contarle todo lo que se está perdiendo, por supuesto.- decidió finalmente.

- Una idea excelente, mi señora.- aprobó con entusiasmo el ministro. – Tened la bondad de transmitirle un saludo de mi parte a Urahara cuando lo veáis.

-Será un placer, señor ministro - aceptó de buen grado, justo antes de las puertas se cerraran ruidosamente y diera comienzo la sesión vespertina de la larga reunión.


Después de bañarse con esmero, eliminando toda la suciedad y el hedor que despedía después de pasarse varias semanas sin que su piel entrara en contacto con el agua, se vistió con ropas nuevas pero muy modestas y holgadas, capaces de ocultar bajo ellas los vendajes, y pudo finalmente llenar el enorme vacío que tenía en su estómago.

Acababa de terminar de comer cuando un sirviente le comunicó que podía visitar a su amiga, si se daba prisa, pues las puertas de la enfermería se cerrarían al caer la noche. Soi-Fong debía quedarse allí un día más, hasta que se recuperase del todo, o casi, al menos. Se guardó un trozo de pan dentro de una manga y salió corriendo en busca de Isane.

La joven la esperaba sentada sobre un banco de piedra gris ubicado en uno de los laterales del patio porticado. Las plantas y los setos que allí crecían estaban cuidados con verdadero esmero, igual que la hierba que cubría casi toda la superficie y la fuente de mármol blanco conformada por tres pisos circulares colocada justo en el centro, a la que se podía acceder por unos senderos de piedrecitas, para así evitar estropear el césped.

El olor a jazmín y a dama de noche cuando oscurecía era embriagador e invitaba siempre a detenerse unos instantes a disfrutar de ese pequeño paraíso

El reencuentro fue emocionante, más para Isane que para Soi-Fong, a decir verdad. Durante el tiempo que ella había estado en cama, a Isane le habían estado haciendo muchísimas preguntas, pero todas ellas de forma muy amable y considerada. Supieron por ello que su hermana menor, Kiyone, se encontraba allí también, y había entrado al servicio de un ministro real. Era diligente y se esforzaba en hacer bien su trabajo, por lo que se había ganado el respeto de los demás miembros del servicio.

Pensaron que, tratándose ella su hermana, también sería alguien útil y provechoso, cosa que no tardaron en confirmar. Y no sólo eso, sino que le habían ofrecido la posibilidad de ayudar como enfermera a los pacientes en la casa de curas.

Tendría que ver muchas heridas y huesos rotos, pero eso era lo que había estado haciendo desde siempre. Le aseguraron que sería bien tratada y que, en sus ratos libres, podría ir a visitar a su hermana menor.

- ¿No es fantástico? – exclamó visiblemente excitada ante la visión de su nuevo y repentino futuro.

Soi-Fong no supo qué decir. Por un lado se alegraba de que Isane se lo tomase todo tan bien, y que su hermana aún siguiera con vida era prácticamente un milagro, ya que desde que la capturaron hacía ya seis semanas, no se había vuelto a saber de ella ni de ningún otro ciudadano de Pin-Yang.

Pero por otro… le resultaba desconcertante que en tan poquísimo tiempo hubiera pasado del miedo y la angustia extrema ante su situación al estado de aparente felicidad que se reflejaba en sus ojos de color similar a su pelo. Ya había oído hablar de ese trastorno que hacía que las personas se sintieran atraídas por sus captores hasta el punto de enamorarse de ellos.

- Claro está, tendré que cambiar de residencia y de señor– continuó más para sí misma que para su amiga.- Me instalarán en las dependencias de la casa de curas, y estaré al servicio de la gran Unohana, la doctora más eminente y brillante del mundo ¿has oído hablar de ella, Soi-Fong? ¡Seguro que sí!

Lo cierto es que no le sonaba ese nombre para nada, pero no quiso estropear la momentánea euforia de Isane.

- Espera, espera… ¿Significa eso que te vas? – Isane asintió enérgicamente con la cabeza - ¿Cuándo?

- Mañana mismo – le confirmó entusiasmada.- Vendrán a recogerme por la mañana.

- ¿Y qué pasará conmigo? – preguntó inquieta Soi-Fong.

- Pues… la verdad es que no lo sé – admitió finalmente a su amiga – no llegaron a mencionar qué planes tenían para ti. Sinceramente espero que te quedes aquí.

- ¿Y eso por qué?

- He oído que la residencia Shihouin es uno de los mejores lugares en el que un sirviente podría llegar a parar – explicó Isane con aire confidente – si consigues caerle en gracia, puede que te permita entrar a su servicio. Puede que ahora no te resulte una idea atractiva, pero ya verás cómo luego lo agradeces.

- Espera, ¿qué es Shihouin?- Soi-Fong estaba desconcertada.

Isane rio sorprendida ante la pregunta tan absurda que acababa de hacerle.

- ¿Cómo que "qué" es? ¡Querrás decir "quién" es! – Seguía sin dar crédito a la ignorancia de su compañera – La señora Shihouin es la heredera de una de las casas nobles más antiguas y prestigiosas del reino. Se dice que incluso podría llegar a ser emperatriz. Y es en su residencia donde nos encontramos ahora. ¿No lo sabías?

Soi-Fong recordó entonces a la misteriosa mujer que le había salvado la vida la noche anterior. "Así que esa era ella, y ahora estoy en su casa, bien cuidada y atendida por sus siervos, pero ¿por qué?" Supuso que tendría que preguntárselo directamente.

Al cabo de un rato un guarda les advirtió que la hora de la visita había concluido, y que ambas debían regresar a sus respectivas habitaciones. Isane la abrazó con demasiada fuerza, recordándole a Soi-Fong porqué debía guardar cama un día más. Pero se lo perdonó. Cuando ella abandonara la enfermería, Isane ya no estaría más allí.

- Soi-Fong, gracias por salvarme la vida. - Confesó – Cuídate mucho.

- Tú también, Isane – correspondió con un amago de sonrisa – Avísame si tienes problemas, ¿de acuerdo?

- No te preocupes por eso, seguro que estaré bien.- Se separó del abrazo, se levantó y justo antes de irse se giró hacia su amiga y le dijo en voz baja – Nos vemos pronto.

Soi-Fong asintió con la cabeza, mientras veía cómo se alejaba. Pronto estaría de nuevo en la habitación blanca, medicada y descansando sobre una mullida cama. Ya averiguaría lo que le deparaba el destino al día siguiente.

Y emprendió el camino de regreso a la enfermería, sin percatarse de que dos pisos más arriba, unos ojos ambarinos la observaban con atención.

La reunión había sido larga y tediosa, pero, por suerte, finalizó un poco antes de lo previsto, oportunidad que Yoruichi aprovechó para escabullirse entre la multitud congregada sin tener que pararse a conversar con nadie y llegar a su residencia cuanto antes.

Iba de camino a sus aposentos cuando, al atravesar el pasillo que comunicaba al patio, divisó a las dos nuevas huéspedes. Decidió que podía perder unos minutos observando el hermoso jardín bañado por las últimas luces de la tarde.

Desde esa distancia no podía oír lo que decían, pero no le hizo falta en absoluto.

A juzgar por el estado de excitación de Isane y la notable incomprensión de su amiga, supo que estaban hablando del inminente traslado de la primera.

Esa misma mañana, Yoruichi había acordado con Unohana que la Casa de Curas sería un lugar muchísimo más apropiado que su residencia, ejerciendo de pinche de cocina o de doncella, tal vez. Yoruichi no necesitaba más sirvientes, pero los enfermeros vocacionales eran siempre bienvenidos, como le hizo saber Unohana. Así quedó el tema de Isane zanjado.

Pero, ¿qué pasaba con la otra? Sinceramente, no había decidido aún qué podía hacer con ella. Sólo tenía dos cosas claras en mente: que debía permanecer en su casa y que sacaría el mayor partido posible de esa luchadora potencial que había intuido en ella la noche anterior.

Y esas dos cosas las conseguiría, costara lo que costase.


Hola a todos, muchas gracias por los comentarios. Voy a retomar la historia que dejé inacabada la vez anterior y a continuar con esta hasta donde me sea posible, y, aunque espero que consiga actualizar con suficiente frecuencia, no prometo nada =)

Saludos! =)