Capítulo 2
En un universo completamente diferente al de su hermano, Sans se dijo que iba a esperar una hora más antes de salir en búsqueda de él. Media hora más tarde, salió de su casa en dirección a Muffets. Lo que sea que Papyrus estuviera haciendo, ya había tenido oportunidad de sobra para satisfacerse. Sin importar lo que hubiera pasado entre ellos, todavía debía volver a casa en algún momento.
Entró en el café de la mujer araña, preparándose para el tufo sobrecogedor de los dulces que invadía el lugar y era la razón por la que prefería evitarlo. Sólo lo hacía precisamente para sacar a su hermano cuando caía en una especie de coma dulce por tanta miel ingerida o para pagar su cuenta al final de mes. No era que a él mismo le disgustara todo lo dulce, pero sus sensibles huecos nasales sólo podían soportar tanto antes de que se sintiera empalagado. Papyrus desde luego estaba lejos de saber algo sobre eso. No todos los esqueletos podían contar con sus altos estándares, después de todo.
En el interior Muffet se estaba deslizando sobre sus patines, sirviéndole a los comensales los platos que llevaba divididos entre sus ocho brazos. Ni bien escuchó la pequeña campana que acompañó la entrada de Sans, la mujer levantó la vista y le hizo una ligera inclinación de cabeza en reconocimiento antes de patinar hacia una siguiente mesa. Era la hora de cenar por lo que no era ninguna sorpresa encontrarla ocupada. Prácticamente todos los asientos ya estaban ocupados, pero ninguno de ellos por alguien llevando el distintivo suéter naranja que buscaba.
-Disculpa –dijo, acercándose a un musculoso monstruo conejo en la mesa más cercana. Conocía su nombre y lo había encontrado en más de una ocasión riéndole los chistes malos a su hermano-. ¿Has visto a Papyrus?
-¿Mmm? –preguntó el monstruo, la boca llena con un pastel de frambuesa. Tenía algunas migajas atrapadas en los bigotes que Sans no se atrevía a apuntar, incluso si quería-. No, no lo hemos visto en toda la tarde. Ya decíamos que nos parecía raro que no viniera para ser el alma de la fiesta aquí. El lugar ha estado algo aburrido sin él.
Sans se reservó de hacer cualquier comentario al respecto y se retiró tras agradecerle la información. Su siguiente parada fue la única posada del pueblo, atendida por una monstruo lagarto y una monstruo gato. Si a final de cuentas Papyrus había decidido pasar la noche afuera, su apuesta más segura era ese lugar. Pero Bratty negó la cabeza al preguntarle y la pequeña Catty le pasó al lado, afirmando que le habría gustado verlo ahí porque el señor Papyrus siempre tenía caramelos de miel encima para darle. ¿Tenía él acaso dulces? Sans dijo que lo lamentaba, pero no, y se retiró con otro gracias.
El cielo mágico sobre su cabeza se había tornado de un tono más oscuro y no pasaría mucho tiempo hasta que se apagara del todo. La luz que ellos recibían sólo era tan intensa como la que el suelo bajo el cual estaban la estaba recibiendo, de modo que la noche ya estaba cayendo tanto afuera como adentro.
Sans sacó su celular e intentó llamar de nuevo a su hermano, pero el mismo tono de antes le hizo saber que era imposible conectar la llamada. La mano comenzó a temblarle por la irritación. ¿Cómo se le ocurría a Papyrus apagar su teléfono? Entendía que tal vez necesitara tiempo a solas, hasta podía aceptar que no quisiera pasar por casa de momento, pero semejante desconsideración era del todo inaceptable. Un mensaje, una nota… algo debería haberle dejado para hacerle saber que estaba bien.
Sólo porque hubiera rechazado sus avances de esa tarde no quería decir que hubiera dejado de preocuparse por él. Si eso era lo que pensaba, pues ya se encargaría de rectificar ese error.
El problema era que no podría rectificar mucho ahora si el blanco de sus lecciones no iba a estar cerca para escucharlas. Esta movida suya de mantenerse desaparecido no podía durar mucho tiempo, imaginaba. Tal vez se había quedado a dormir en la casa de un amigo y la batería simplemente se le había muerto. Papyrus era un monstruo popular, después de todo, y no sería la primera vez que su pereza permitiera semejante irresponsabilidad. En todo caso, tenía que aparecer tarde o temprano.
Sans volvió a su casa, adonde nadie lo esperaba, y controló una vez más que nada se hubiera movido de la habitación de Papyrus desde esa mañana, cuando había entrado para arrastrarlo a cumplir su horario. Si Papyrus fuera a mudarse, por lo menos alguno de sus libros debería haberse llevado, ¿no? Pero eso era ridículo. Su hermano no iba a ser tan necio para llevar a cabo un cambio tan grande sólo por una pequeñez como aquella. O al menos eso esperaba.
Al día siguiente volvería a verlo y para entonces serían capaces de tratar el asunto con calma. Quizá decidir olvidarse de todo al respecto, pretender que no había pasado. Incluso si no le gustaba mentir, podía hacerlo si eso significaba que iban a dejar ese mal trago detrás de ellos. Cuando Papyrus volviera podrían empezar a recuperar el ritmo normal de sus vidas.
Un pequeño tropiezo no tenía por qué significar el fin de nada.
En retrospectiva, a lo mejor Sans debería haberlo visto venir. Papyrus siempre era el primero en recordarle qué magnífico monstruo era, en afirmarle que estaba mejorando sus tacos con cada preparación, en que cualquier monstruo sería afortunado de contarse entre sus amigos, en ayudarle y brindarle apoyo cuando lo necesitaba…
Había asumido que simplemente era una de esas raras ocasiones en que su hermano veía las cosas con una mayor claridad que él, pero quizá había habido alguna otra señal en estos esos gestos que se le habían escapado interpretar y, tal vez, de haberlo hecho, podría haber prevenido las peores consecuencias.
Había empezado por un pequeño incidente: de pronto Sans se dio cuenta de que no tenía encima su guía para citas y decidió volver a casa para buscarla. Era un libro pequeño, pero todavía era capaz de salirse de su bolsillo y eso podía resultar de lo más inconveniente. ¡Qué horrible predicamento sería ese si alguien lo invitaba a una cita espontáneamente y él desconociera el protocolo apropiado! ¡Parecería un total novato! Lo que no sería nada más que la verdad, pero aun así, no era cuestión de ser tan obvio al respecto.
Al entrar a casa Papyrus acababa de sacar la guía de entre los cojines del sofá y estaba leyendo el título.
-¡Oh, ahí está! –dijo Sans, adelantándose con la mano extendida-. Justo venía a por eso. ¡Gracias, hermano! Dámelo y así podré volver con Alphys para nuestra lección de él.
Pero Papyrus no se lo alcanzó.
-Preparándote para un buen día, ¿eh? –dijo, su mismo tono casual de siempre-. ¿Esto es sólo por si acaso o tienes en mente algún monstruo en especial con el cual usarlo?
Sans se puso celeste en el rostro, pero suprimió la imagen mental de Napstatton en ese mismo instante. El DJ mecánico era una estrella en el subsuelo y esas eran sólo sus fantasías privadas. Por fortuna su hermano todavía estaba concentrado en el libro en sí para poner la más mínima atención a lo que estaba pasando con él.
-Por si acaso –respondió con firmeza-. Ahora devuélvemelo.
-¿Eh? Ah, sí, claro –dijo Papyrus acercándoselo, pero cuando Sans estaba a punto de tomarlo lo alejó de nuevo-. ¿Alguna vez has pensado en nosotros saliendo?
-¿Qué? –preguntó Sans, definitivamente confundido.
-Heh, sí, no tiene mucha gracia ese chiste, ¿no? –Papyrus volvió a extender su mano, pero esta vez Sans no hizo ademán de agarrarlo de inmediato.
-Ese ha sido un terrible intento de gracia –dijo Sans y le quitó el libro rápidamente-. Por dios, ¿a quién se le podría ocurrir? Somos hermanos. Sería la cosa más ridícula del mundo.
-Por supuesto, heh –Papyrus emitió su usual risa perezosa y se levantó del sofá, pasando de él para dirigirse a la puerta-. Bueno, ya me toca ir a Grillby.
-Papyrus –dijo Sans, incapaz de contenerse una sonrisa nerviosa-. No me digas que en serio esa es una idea que has tenido en mente. Porque de verdad es una absoluta locura.
Sans no sabía bien qué esperaba. Probablemente que su hermano sólo se riera para decirle que sí, qué estupidez y que ni siquiera él sabía cómo pudo pensarlo por un segundo, para que los dos finalmente pudieran desecharlo como un gracioso lapsus del que nunca volverían a hablar de nuevo. Esa sin duda que habría sido una reacción preferible. Sólo una broma sin gracia, como casi todas las que su hermano le hacía. Estaba preparado para soltar esa carcajada catártica en cualquier momento, pero el silencio se alargó hasta que la mueca en su rostro se sintió incómoda y Sans deseó no haber abierto la boca.
Papyrus sólo volvió la cabeza lo suficiente para mirarlo y una leve sonrisa en el rostro que debería haberlo calmado, que no debería ser diferente a ninguna de las otras que le podía ver a lo largo del día, pero lo era y no lo hacía. Resultó desagradable y todavía más incómoda.
-Sí, desde luego que es una locura. Me toca trabajar ahora, Sans. Nos vemos.
-Tú nunca quieres ir a trabajar…
Pero el comentario de Sans quedó en el aire sin que nadie le pusiera atención. Papyrus ya se había retirado de casa, dejándolo confuso con su guía para citas y una revelación que preferiría nunca haber descubierto.
Sólo pensar en ello era vergonzoso para Papyrus. Así que desde luego que era el recuerdo constante que tenía que venir a visitarlo mientras intentaba dormir en un universo completamente diferente, acomodado en el sofá de sus versiones alternas. Debería haberse esforzado más por hacerle creer a Sans que era simplemente una broma. Debería haber sido una estúpida broma.
Pero ese libro… ese inocente libro le había traído de golpe una avalancha de realidad para la que no estaba preparado. Sans era un adulto, un esqueleto más que deseable. Podía imaginar a cualquier otro monstruo queriendo salir con él o a Sans queriendo eventualmente salir con alguien. Encontrando una pareja con la que querer formar una vida propia. Lejos de la casa adonde había crecido. Lejos de su holgazán hermano mayor.
Todo eso formaba parte de convertirse en un monstruo responsable e independiente. Iba a ser sencillamente inevitable que acabara pasando o que Sans demostrara deseos de que sucediera, acabara encontrando esa pareja o no. Lo sabía y, sin embargo, al parecer necesitaba de ese título para que consiguiera procesarlo del todo.
Entonces se le ocurrió esa idea. Esa brillante idea que le hacía desear golpearse el cráneo por haberla soltado. Salir juntos… ellos dos, aparte de cualquier otro monstruo, humano o criatura en el universo. De pronto no se le ocurrió ninguna razón por la que no podían siquiera darle una oportunidad. Incluso si era un desastre al final al menos ya no habría necesidad de preguntarse al respecto.
La respuesta de Sans no era nada menos de lo que podría haber imaginado por su cuenta. Trató de tomárselo a la ligera, como veía que su hermano intentaba hacer, pero no podía. De lo único de lo que quería reírse era de su propia ingenuidad, de lo estúpido que había sido, para seguidamente enterrarse en algún lado para morir de la vergüenza. Siquiera ver a Sans a la cara por más tiempo sobrepasaba lo que podía soportar en ese momento, pero todavía tenía que decirle algo para tratar de calmarle y comunicarle que no era la gran cosa.
Luego se había ido a dormir al único lugar adonde sabía que estaría solo, no porque lo necesitara sino porque era una manera inocua de pasar las horas hasta que tuviera que volver. Lo siguiente de lo que se enteraba que debía pelear con otro Sans, que en realidad era otro él, para acabar siendo hospedado por otro Papyrus, que en realidad era otra versión de su hermano.
Desde aquel encuentro, no había podido hablar con el Sans rojo para averiguar si él tenía al menos una idea de qué era lo que había provocado su viaje interdimensional. El resto de la tarde se la había pasado recibiendo el tour especial por Snowdin a cargo del Papyrus también rojo, el cual admitía que había sido útil al permitirle conocer las diferencias puntuales entre sus universos.
Parecía que era tal como se lo había imaginado: era en esencia el mismo universo, sólo que los papeles estaban revertidos y todos llevaban la misma estética oscura. En el camino no le costó darse cuenta de que las miradas solían evitar encontrarse con la del Papyrus nativo mientras se clavaban con un patente desagrado al caer sobre él o el esqueleto más bajo.
Era difícil tomárselo personal cuando todos parecían tener una expresión de pocos amigos permanente, pero de todos modos conseguía su objetivo de ponerlo incómodo. Había un ambiente opresivo en el aire que le hacía difícil imaginar cómo habían conseguido sobrevivir siquiera. ¿Tal vez sus almas estaban compuestas de otra manera y eran menos susceptibles a emociones negativas?
Era una interesante pregunta que hacerse, y de no ser porque tenía otras necesidades más apremiantes le interesaría investigar un poco más al respecto, pero tal como estaban las cosas se sentía como lo que era: un alien recién llegado a un nuevo planeta, conociendo las nuevas y extrañas costumbres.
Cuando llegaron a la casa, sin embargo, la sensación adquirió un tinte todavía más perturbador. Podría haber sido exactamente la misma residencia, con el mismo televisor, la misma mesa, la misma escalera hacia las mismas habitaciones. Incluso si el Papyrus de negro se tomó su tiempo para hacerle saber que nunca, jamás, bajo ninguna circunstancia debería entrar a su habitación, él estaba seguro de que incluso el interior sería similar al de su hermano.
-Voy a tener que proveerte con alguna ropa –comentó el esqueleto con la grieta, mirándolo críticamente-. Una cosa es ser inusualmente amable con un vagabundo, pero el colmo ya es permitirte lucir como uno en mi presencia. Si vas a acompañarme para poder brindarte un ejemplo de lo que es ser un monstruo responsable con trabajo, vamos a tener que cambiar eso. Lo que me recuerda, ¿cuál es el nombre con el que debería llamarte? Personalmente no tengo problema con Bolsa de basura, pero tal vez sea demasiado obvio y siempre soy uno por la originalidad.
Papyrus estaba a punto de afirmar que le daba lo mismo, cuando Sans intervino.
-Se llama Rus.
Papyrus elevó una cuenca en su dirección, pero se encogió de hombros.
-Lo que él dijo.
-¿De verdad? Vaya, un nombre apropiado. Con razón acabaste en las calles –El otro Papyrus volvió a tomarlo del hombro, conduciéndolo de vuelta al piso inferior-. ¡Ahora toca la cocina, otro de los lugares donde el Terrible Papyrus ejerce su dominio absoluto! Encontrarás, Rus, que has tenido la mayor suerte posible al ser recibido aquí, el hogar del mejor chef de todo el subsuelo. ¡No volverás a pasar hambre y en cambio serás deleitado más allá de lo que podrías imaginar! ¡Quizá deberías empezar a agradecerme de rodillas ahora antes de que haga explotar tu mandíbula del gusto!
Papyrus no pudo evitar una sonrisa. Excepto por la analogía violenta, ese mismo discurso podría haberlo escuchado de su Sans.
-A lo mejor más tarde –dijo, dejándose guiar-. Seguro que será inolvidable. Los rumores también hablaban de una habilidad sin par en la cocina, pero me negaba a creerlo. ¿Un guerrero tan poderoso y tan buen cocinero? Parece demasiado bueno para ser verdad.
Hacía tiempo que debería haberse detenido con la charla lisonjera, pero le divertía demasiado conseguir que la imponente versión de sí mismo elevara su magia hasta el rostro y diera la impresión de ser tomado con la guardia baja. Estaba claro que cual fuera el trato que le dieran los otros monstruos desde que se volviera un guardia real no incluía el simplemente cantarle alabanzas. Hasta el cumplido más inofensivo probaba tener un gran impacto para él.
Si el paseo que diera tenía que servirle como muestra, diría más bien que la gente iba por la contemplación a distancia. No lluvias de besos mañaneros para ese esqueleto. Su Sans estaría decepcionado de saber que ese podía ser su destino después de cumplir su sueño.
-Oh, bueno, ¡pero es verdad! –afirmó el otro Papyrus, reponiéndose tan pronto como le era posible, disimulando el color que todavía le quedaba-. Y tendrás ocasión de comprobarlo esta noche para que le digas a todas tus fuentes que es todavía mucho mejor de lo que imaginaban, Rus.
-Estarán muy impresionados –dijo Papyrus.
-¡Por supuesto! De hecho, ¡no debería hacerte esperar más! Mi crueldad no es tal que privaría del mayor placer que un vagabundo sin suerte como tú podría tener. Toma asiento y prepárate para ser deslumbrado más allá de tus sueños culinarios más locos.
-Heh heh, lo que tú digas.
Se dejó caer en el sofá y vio al otro esqueleto dirigirse a la cocina a paso decidido.
-¿Te parece gracioso acaso, señor sonrisas?
El otro Sans continuaba con el mismo gesto irritado desde que su hermano apareciera a interrumpir su pelea. Apenas había pronunciado la menor palabra, pero eso no quería decir que no iba a darse el gusto dirigiéndole la mirada más fea posible cada vez que creía que no lo estaba mirando.
De verdad que no comprendía su actitud. Quizá los primeros minutos, por no haber conseguido esa experiencia que quería tendría sentido, pero incluso si se tratara de eso esperaría que ya se le hubiera pasado para entonces.
Decidió que no iba a tomar la carnada. El sujeto podía estar molesto con él si le daba la gana, pero él no iba a contribuir al fuego. Con suerte sólo necesitaría un poco más de tiempo antes de que el capricho se le pasara.
-Escucha, amigo, no sé cómo será tu hermano de donde vienes, pero mi Papyrus no es tan ingenuo como parece –Papyrus apenas levantó la cabeza para reconocer su comentario. El otro Sans tenía una mueca sardónica mientras continuaba-. Él sólo te está dejando quedarte aquí porque pareces un tipo lo bastante inofensivo que está muy contento en lamerle las botas.
-Parece una descripción acertada –dijo, embolsándose las manos-. Es un sujeto tan genial, ¿no? Se merece algo de reconocimiento cuando pueda tenerlo.
-¿Hasta cuándo con el maldito acto?
-Vaya, eso es triste. ¿Sabe tu hermano que tienes tan mala opinión de él?
Papyrus sospechó que tal vez había cruzado una línea cuando el otro Sans le agarró del frente de su suéter y al alzar la vista vio a una cuenca iluminarse en rojo.
-No me parece gracioso, viejo. Ya debes tener a tu hermano esperándote en casa, ¿y encima andas buscando al mío?
"Este tipo está loco", pensó Papyrus.
-¿De qué diantres estás hablando ahora? –preguntó, presintiendo ya que no le iba a gustar la respuesta.
Pero antes de que Sans tuviera oportunidad de aclarar su duda, la voz del otro Papyrus volvió a hacerlos saltar en sus lugares.
-¡Sans! ¿Qué estás haciendo con nuestro invitado?
Sans le soltó en el acto.
-¡Yo no recuerdo haber invitado a este tipo! -gritó de vuelta, girándose hacia la entrada de la cocina, adonde el otro Papyrus se erguía con la mano en la cadera y un cucharón de madera en la mano.
-¡Qué gracioso! –replicó el alto esqueleto, volviéndose a la cocina- ¡Yo no recuerdo haberte dado permiso para vivir aquí tampoco!
-¡Ja! ¡Esa estuvo buena! –continuó gritando Sans, yendo tras él-. ¡Como si tú tuvieras una idea de qué hacer sin mí!
-¡Disfrutar de un día sin pelear con un holgazán para que haga su maldito trabajo, para empezar!
Papyrus se estaba pregunta adónde había venido a parar. ¿Era así como se trataban esos dos a diario? ¿Era así como incluso entre familia se trataban? Jamás en la vida podría verse gritándole algo así a su hermano. La explicación acerca de sus almas teniendo una composición diferente a la suya ya no era suficiente. Esos monstruos estaban jodidos, esa era la única conclusión posible. A lo mejor todo el universo estaba jodido.
Curiosamente, una vez Sans desapareció en el interior de la cocina, los gritos se detuvieron, aunque todavía podía oír el murmullo de sus voces si les ponía especial atención. No quería hacer eso, de modo que prefirió mirar para cualquier otra parte en la habitación y sus cuencas acabaron cayendo en un espacio cerca del televisor. Un espacio completamente limpio.
Ellos no tenían una zapatilla sucia cubierta de notas.
De alguna manera esa fue la mayor ofensa que su ánimo podía soportar. Extrañó a su Sans como no lo había hecho desde que llegara. Tenía que encontrar la manera de volver a casa, pronto.
La cena fue tan incómoda como se veía venir. El Papyrus de ese mundo no estaba concentrado en perfeccionar sus tacos, sino en crear el plato de pasta con la salsa más picante que se podía concebir. Incluso como esqueleto, su lengua conjurada pareció quemársele hasta el alma con el primer bocado y tuvo que llenarse con vaso tras vaso para conseguir bajar en algo el picor. Desde luego que esto no generó más que risas por parte del otro Sans mientras el cocinero sonreía satisfecho.
-Es de verdad impactante, ¿verdad? Undyne, quien me introdujo en las artes culinarias, dice que si no sientes que te vas a partir el alma en cada mordida entonces no vale la pena en lo absoluto.
-Misión cumplida –tosió Papyrus.
El picante estaba en todas partes. Lo volvía a sentir cada vez que cerraba la boca. Hasta respirar picaba.
-Dios, qué debilucho –dijo Sans, haciendo un espectáculo de tomar un gran bocado sin ningún problema.
Papyrus tuvo que mirarlo con las cuencas abiertas a más no poder. Pobre. Su sentido del gusto debía haberse desintegrado hacía tiempo si su hermano cocinaba con la misma frecuencia que el suyo.
-Sans, no seas puerco, límpiate –dijo el otro Papyrus sin mirarlo.
-¿Ah? –Sans se pasó unos dedos por su mentón y se los vio manchados con la salsa-. Heh, gracias, jefe.
El esqueleto más bajo se chupó los dígitos, sacó su lengua roja y recogió el sobrante, mostrándole luego su trabajo a su hermano, el cual sólo respondió con una leve mueca de asco.
-¿Los ves, Rus? –dijo el otro Papyrus-. Esto es lo que pasa cuando no se tiene ningún sentido de la disciplina. Uno pensaría que al estar relacionado conmigo y tenerme cerca serían más que suficiente para motivar a alguien a suplir esas obvias carencias, pero no hubo caso. Si quieres de verdad ser alguien en esta vida vas a tener que mucho de tu propia parte. Que este bastardo sudoroso te sirva de ejemplo de la peor clase que podrías ser.
-Oh, vamos –No pudo evitar decir Papyrus, luego de llenarse de nuevo su vaso-. Estoy seguro de que él hace lo que puede.
Demoró lo que tardara en acabarlo para darse cuenta de que la mirada de los dos monstruos estaba posada en él, los dos igualmente sin expresión. Luego de mirarse entre sí, como para confirmar que eso de verdad había pasado, el Papyrus en negro tosió y bajó la cabeza, sin agregar nada más.
Oh, bueno, esa fue una sorpresa. Al parecer todavía les quedaba un poco de vergüenza.
-Oye, oye –dijo Sans, volviendo al gesto de desagrado que podía todavía esbozar con su sonrisa permanente-. No sé si lo has notado, viejo, pero ya estoy un poquito grande para que vagabundos de la calle sin gracia me anden defendiendo. ¿Tan patético me has visto acaso?
-No –dijo Papyrus, confundido-, sólo estaba diciendo algo que me parecía necesitaba ser dicho.
-Pues nadie ha pedido tu jodida opinión, ¿lo has entendido?
-¿Pueden callarse los dos y sólo comer? –intervino el otro Papyrus-. Aunque sería un placer decir que mi comida puede generar discordias y odios, no es eso para lo que la cociné esta noche.
Sans pareció desinflarse en su silla, soltando un largo resoplido.
-Disculpa, jefe -masculló antes de continuar con su plato.
A Papyrus le estaba dando una jaqueca tratando de entender qué acababa de suceder, así que oficialmente tiró la toalla. No era su asunto. Nada de eso era su asunto. Él ni siquiera pertenecía al mismo universo. ¿Qué sabía él? Nada.
-Sí, disculpa –dijo, llevándose más de la pasta a la boca.
Por un milagroso segundo se había olvidado del picante, pero este volvió a resurgir con la misma fuerza del principio, quemándole el pecho. Esta vez, cuando corrió el fregadero a llenarse la boca de agua, al menos los dos hermanos se reservaron comentario.
Tras la cena, el Papyrus nativo le pasó una manta que olía a viejo almacenaje y una almohada para que se pusiera cómodo en el sofá. Antes de subir por las escaleras, Sans le dijo al pasar que tampoco se pusiera tan cómodo porque ese no iba a ser un arreglo duradero. Papyrus le respondió que eso esperaba.
Así que ahí estaba ahora, sin sueño por primera vez en un largo tiempo, con sólo el recuerdo de su última y más vergonzosa conversación con su hermano como única compañía. Había miles de maneras mejores en la que podría haberse revelado, miles de maneras en las que podría haberse evitado la revelación, y lo malo de ser un monstruo relativamente listo era que su mente no iba a dejar de explorar cada una de ellas. ¡En algo tenía que entretenerse!
En su celular se marcaba apenas el inicio de la medianoche cuando escuchó a una puerta en el segundo piso abriéndose. Un rápido vistazo le confirmó que era la puerta del cuarto al final del pasillo antes de adquirir pose de dormido, cerrando las cuencas. Pareció que sus instintos estaban en lo correcto porque pudo escuchar los pasos del otro Sans detenerse por un segundo, seguramente para asegurarse de que no estaba despierto, antes de seguir hasta la puerta de su hermano y tocar tres veces.
Apenas unos segundos más tarde, esa puerta también se abrió para permitirle el paso y cerrarse de nuevo.
Claro, debía ser la hora para la lectura nocturna. A pesar de todo, Papyrus tuvo que reconocer que se sentía aliviado de que al menos esa parte pudiera mantenerse constante entre los universos. Esa siempre había ido la mejor parte de su día a día, cuando podía finalmente relajarse con su hermano y verlo acobijado (vivo) y feliz después de escuchar que el cachorrito se había vuelto a reunir con su familia.
Se preguntó cuál era la clase de libros usaban en ese universo. ¿Quizá, en lugar de un cuento infantil con ilustraciones, esta versión se iba a ir a dormir con fantasías de horror? ¿O tal vez una historia de guerra con muchas conquistas sangrientas para animar la "maldad" o lo que fuera que valoraran ahí? Viendo que no iba a conseguir descansar en un futuro próximo, pensó que no perdía nada satisfaciendo su curiosidad por esa ocasión.
Papyrus se puso sus zapatillas a fin de amortiguar cualquier sonido, antes de tomar un atajo hacia arriba, evitándose a las delatoras escaleras. Se acercó hasta la puerta cubierta de letreros advirtiendo a cualquier intruso de que lo mejor era mantenerse lo más lejos posible y comprobó que, en efecto, la puerta era tan delgada como en su universo. Podía escuchar las voces de los dos esqueletos en el interior, pero le tomó un poco de concentración discernir exactamente lo que decían.
-Pa-papyrus… de verdad no tienes que hacer esto…
-Oh, pero quiero… -Hubo un sonido como de dos cosas chocándose, luego algo húmedo. Apenas consiguió captar las siguientes palabras de Papyrus, pronunciadas de por sí en un susurro-. Necesito compensarte por lo de la cena.
-¿Esa estupidez? Oh, vamos, sabes que no me tomo nada de eso en serio. Me conozco el guión desde hace un buen rato. Está bien.
-¿De verdad?
-Por supuesto.
-Oh, bueno, entonces supongo que esto no será necesario, nyeh.
Unos pasos se escucharon, alejándose de su punto de escucha.
-O-oye, no puedes dejar a un esqueleto colgado así…
Una risa que no podía ser de nadie más que de Papyrus salió desde el interior.
-No te preocupes, hermano, sólo estaba buscando el accesorio ideal. No queremos que nuestro invitado acabe escuchando, ¿verdad? –El sonido de los resortes en una cama moviéndose de golpe y otra vez algo seco, duro, frotándose entre sí.
A Papyrus le tomó todavía unos segundos relacionarlo con un posible origen y cuando lo hizo, de pronto fue como si lo estuviera en frente de sus ojos aunque todavía había una pared entre ellos: el sonido de unos dientes chocando en la versión esqueletal de un beso. Ni bien tomó consciencia de ese hecho, el otro Papyrus emitió un silencioso nyehehe mientras le llegaban unos murmullos ahogados de parte del otro Sans.
-Qué impaciente que eres, hermano –dijo el otro Papyrus con una voz que de pronto le pareció demasiado similar a la suya.
Fue entonces en ese momento que decidió que no le importaba escuchar más. No le importaba averiguar nada. De hecho, si pudiera desaveriguar lo recién averiguado, eso estaría estupendo. Pero hasta que tuviera acceso a esa magia o tecnología, tomó un atajo de vuelta hacia abajo, se acurrucó bajo la manta y cerró las cuencas.
Si tenía mucha, mucha suerte, mañana podría convencer a su mente de que había sido sólo un sueño.
