Capítulo uno.
La princesa observaba en silencio por una pequeña ventana de la nave que la llevaba de regreso a el planeta Vegeta, a Altace, su hogar.
Habían pasado cinco largos años desde que se marchó a un planeta lejano a recibir formación para la misión más importante de su vida, gobernar el reino de Altace. Por extraño que pudiera parecer, la princesa Videl no ardía en deseos de volver a casa. Añoraba a su madre, el palacio, el paisaje y las gentes, pero un escalofrío recorría su cuerpo al pensar en lo que deparaba heredar la corona.
El planeta Vegeta estaba dividido en dos reinos claramente diferenciados, Vegeta y Altace. Si bien era el planeta nativo de los Saiyajins, una raza semejante a ellos, los Alteanum, antiguamente repartidos en sencillos asentamientos, habían adquirido fuerza a lo largo de los últimos siglos. Había habido cruentas guerras entre los dos reinos, pues los territoriales y orgullosos Saiyajins no estaban ni mucho menos dispuestos a compartir su tierra. Pero gracias a los esfuerzos de los actuales reyes de estos reinos, Vegeta y Althea, aconsejados de sabios compañeros, habían conseguido llegar a un acuerdo de paz entre ambos reinos. Acuerdo que se sellaría muy pronto.
-Princesa… -llamó tímidamente una de las damas de Videl. Salió de su ensimismamiento y vio la tierna cara de Marron, cuyo pelo dorado caía sobre sus hombros, y sus ojos azules la miraban con infinita amabilidad. –Estamos a punto de aterrizar, el Comandante nos ha pedido que nos preparemos.
Y con esas palabras, Videl supo que definitivamente era inevitable.
-¡No puedo esperar más para ver a todos! –gritó Bra, la otra dama de compañía de Videl. Era la hija menor del Rey Vegeta y la Reina Bulma, y era un calco de su madre, sólo que la melena de la joven caía hasta su cintura.
Videl se enderezó en su asiento y sus damas la imitaron. El planeta Vegeta se veía cada vez más nítido, hasta que la nave paró en seco. Unos criados abrieron las compuertas de la nave.
La princesa se cubrió con una capa, impidiendo que se la viera lo máximo posible. Nadie podía verla hasta su ceremonia de presentación, tres días más tarde.
Un pequeño séquito la esperaba en la pista y la condujeron a un carruaje, que rápidamente emprendió el camino al palacio.
En el fondo, Videl echaba de menos su hogar, el lustre de su reino, la amabilidad de su gente. Era una niña cuando lo abandonó, y ahora volvía como una mujer dispuesta a asumir el verdadero papel que tenía asignado en esta vida.
Algunos transeúntes se quedaban observando el carruaje, sin poder imaginarse que era su princesa la que iba dentro, observándolos a través del cortinaje.
El palacio de Altace relucía tanto como lo recordaba, e incluso se llegó a sentir impresionada ante la inmensidad del edificio y sus fastuosos jardines, en los cuales se entremezclaba el aroma de los cientos tipos de flores que los poblaban. Bajó del carruaje después de sus damas, ellas siempre un paso por detrás de su princesa, las tres ocultas bajo las capuchas de sus capas entraron a palacio. Las guardianas de la puerta no alcanzaron a ver el rostro de la joven, pero abrieron los portones sobrecogidas al ver como una de sus acompañantes mostraban la medalla con el símbolo real: una rosa atravesada por dos espadas.
Las puertas se cerraron tras ellas. Marron y Bra bajaron sus capuchas. Videl las imitó segundos después, aspirando el aire de su hogar, recordando cada detalle de los frescos de la gran bóveda del recibidor.
-¡Alteza! –Sheira, la jefa de organización de la Casa Real de Altace se apresuró al encuentro de las tres muchachas, e hizo una profunda reverencia al alcanzarlas. Videl respondió con una inclinación de cabeza. -¡Esperábamos impacientes vuestra llegada! Vuestra madre está en la sala del trono, reunida con el Consejo. Pero seguro que no le importará la interrupción.
-Gracias, Sheira. Te echaba de menos –respondió abrazando a la mujer, la cual la había visto crecer y había soportado más de una trastada durante la infancia de la princesa. La confianza y el cariño resultaban obvios. –Por favor, descansad, yo iré a ver a mi madre –dijo dirigiéndose a sus damas.
-Te prepararemos una bañera de sales para que te relajes tras el viaje –contestó Marron.
Videl caminó por el palacio con calma, bebiendo de cada rincón, y a su memoria volvían multitud de anécdotas y de momentos vividos.
Llegó a dos grandes puertas con grabados de soles, lunas y estrellas, y tiró de uno de los goznes. Las recordaba mucho más pesadas, pero también era una cría la última vez que tocó esas puertas.
Asomó tímidamente la cabeza. Su madre, la Reina Althea, estaba de pie frente a una mesa redonda, hablando con solemnidad a los que allí había sentados. Reconoció a cada una de las personas que asistían a la reunión, pero pronto su mirada se fijó en la espléndida mujer, de larga cabellera azabache y ojos de color esmeralda. Videl era un vivo retrato de su madre, sólo que la joven tenía unos suaves ojos azules.
-Amigos, ruego que me disculpéis, pues acaba de aparecer la persona por la que estamos hoy aquí reunidos. –la Reina abandonó su posición para dirigirse con premura a la puerta, donde su hija, ya totalmente dentro de la sala, la esperaba con los brazos abiertos.
-¡Madre! –exclamó con lágrimas de emoción en sus ojos al volver a sentir la calidez del esbelto cuerpo de su madre, que la apretaba contra ella como si no volvieran a separarse más.
-Mi pequeña… -respondió. –Bueno, ya no tan pequeña. Eres toda una mujer. ¡Qué hermosa eres!
-Alteza, nos complace tenerla de vuelta después de tantos años –dijo Krillin, uno de los consejeros de la Reina y padre de su querida Marron.
-Gracias, Krillin. Marron ha sido una estupenda dama y mejor amiga aún, sin su asistencia no habría podido sobrevivir fuera de casa ni un mes. Seguro que os espera en su habitación.
-Creo que podemos dar por concluida la reunión, ya habíamos tratado los temas más importantes antes de la llegada de la princesa –sentenció Althea. Los asistentes se dispersaron, no sin antes congratularse por la vuelta de la princesa.
Madre e hija abandonaron la sala abrazadas, sumidas en una total felicidad.
-Apenas puedo creer que haya vuelto a casa. ¡Han pasado cinco años, que se dice pronto!
-¿Lo recuerdas todo tal y como estaba? Sheira se ha esmerado en que todo fuera así.
-¡Sí! Esta es la alfombra en la que derramé la jarra de vino que tanto te gustaba y yo me empeñé en servirte –dijo señalando la alfombra que pisaban.
-Y la mancha aún está.
Entraron juntas a la habitación de Videl, la cual estaba ansiosa por tomar ese baño que Marron había mencionado.
-¡Majestad! –exclamaron las damas al ver a la Reina, e hicieron una profunda reverencia.
-Me alegro de volver a veros. Gracias por todo lo que habéis hecho por mi hija, y al fin y al cabo por Altace. Sé de buena tinta que vuestras familias están ansiosas por saber de vosotras, yo me ocuparé del baño de Videl.
Las dos jóvenes sonrieron y abandonaron la estancia, nerviosas por los inminentes reencuentros.
El agua de la pequeña piscina estaba tibia e invadida por la espuma de las sales, que desprendían un ligero olor afrutado. Videl se desvistió y se fue introduciendo en el agua lentamente. Suspiró al notar el cosquilleo de las sales y se sumergió. Althea ocupó un diván que había junto a la piscina. Videl apareció en el borde de la piscina donde estaba su madre, que acariciaba el agua mientras yacía en el diván.
-Cuéntame… ¿Has conocido gente interesante allí?
-No demasiada. No tenía tiempo con la Academia y los entrenamientos. No podíamos relacionarnos con nadie en horario de trabajo, cualquier distracción era sancionada.
-Oh… -exclamó algo sorprendida Althea.
-Pero Bra y Marron han sido excelentes compañeras. Bra no dejaba de llorar cuando partimos hace cinco años, y Marron apenas hablaba, sólo sonreía, aunque siempre se la veía tan triste… Pero no tardamos en hacernos amigas. Solo nos teníamos las unas a las otras.
Althea miró a su hija apesadumbrada. ¿Se habría sentido sola durante aquellos años? Aislada de su mundo, su familia, su hogar… Pero era un precio a pagar para ser la mujer que debería ser ahora, digna heredera de su reino.
-Ahora comienza tu nueva vida, hija mía. Vas a conocer a tanta gente interesante, y a comenzar tu camino hacia el trono. Eres la pieza clave que faltaba para conseguir la paz en este planeta.
Videl ladeó la cabeza y la posó sobre sus brazos, intentando que su madre no captara la desazón que le provocaban sus palabras. La sola idea de pensar que su vida estaba dictada desde hacía años la hundía. Habría soportado una y mil veces más la soledad y la dureza de los últimos cinco años que enfrentarse a la vida encorsetada que le esperaba de regreso a casa.
Salió de la piscina y se puso un albornoz de seda. Luego se sentó junto a su madre en el diván, dándole la espalda. La mujer tomó un peine y empezó a cepillarle el cabello chorreante.
-Eres el orgullo de nuestro reino. Todos los Alteanum esperaban con impaciencia tu regreso. Los rumores sobre tu vuelta empezaron hace semanas, pero estoy segura que no se esperaban lo que verán de ti. Mañana será tu presentación oficial al pueblo, y tienes que brillar. Muy pronto, tú serás su guía.
-¿Mañana? –preguntó de repente.
-Sí, mañana al atardecer. Luego celebraremos una cena oficial con los miembros del Consejo y sus familias. Pero será dentro de tres días cuando comience de verdad tu futuro. Recibiremos a la Familia Real de Vegeta, y entonces podrás volver a verle.
Mientras su madre seguía con lo que tenía intención de que fuera un discurso alentador para su hija, ella no pronunció ninguna palabra más mientras su mirada se volvía cada vez más perdida.
Freetalk: Mi primer UA. La verdad es que la idea de esta historia viene de otra que tengo en mente, crossover con Sailor Moon, desde hace siglos, pero la idea fue evolucionando a lo que leéis ahora. Además, LDVG y su fanfiction "El príncipe Gohan" me han inspirado para terminar de lanzarme a escribir una historia principesca. ¡Espero que os guste!
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