Suspiró cansada de intentar dormir, había hecho lo que sea para descansar: contar hasta el 100, tomar sangre tibia, incluso tomó un baño caliente y se había puesto el mejor de sus camisones.
Acostada en la cama, Gelda miraba con frustración por ser derrotada por su insomnio. Y eso era a causa de no ver a Zeldris en más de una semana.
- Iré a un entrenamiento extremo con mis hermanos, no volveré dentro de cinco días. - Esas habían sido las palabras de su demonio.
No podía creer lo dependiente que se había hecho a él. Era lo único que podía pensar y de alguna forma la hacía sentir viva. Pero sonrió al recordar como Zeldris también se había hecho aficionado a ella.
Intentó arroparse entre sus sábanas de seda, pues podía sentir como el viento helado acariciaba su piel expuesta. Pensó en levantarse y cerrar la ventana de su balcón, pero esa idea quedó descartada al tener mucha flojera como para moverse.
Estaba tan concentrada en intentar dormir que no sintió una presencia acercase hasta su cama.
- Zeldris... - Susurró Gelda con cariño, al recordar que él odia el frío.
- ¿Sí, Gelda? - Se asustó por la repentina voz familiar, sentándose algo inquieta hasta que ve a la persona que le había respondido.
- ¡Zeldris! - Exclamó suavemente Gelda con alegría.
Era Zeldris con su usual ropa, con cuidado de no hacer ruido tomó asiento junto a ella.
La vampiro se acerca hacia a él para envolverlo en un abrazo, que él corresponde. Su rostro queda entre sus pechos, pero a ella no le importa porque le encanta apoyar su cabeza sobre la de él.
- Te extrañé... - Murmuró Gelda con cariño. - Tardaste más de lo que habías dicho.
Dejaron de abrazarse para mirarse a los ojos y es cuando notó que tenía moretones en su rostro y cortes en su pecho, haciendo que se preocupara. - El entrenamiento duró cinco días, la recuperación duró más de lo que yo esperaba.
Sin decir nada, Gelda acarició el pecho de Zeldris con cuidado. Él se estremeció ante el tacto suave de su piel con la áspera de él.
- No me gusta verte así... Ten más cuidado, por favor. - Susurró preocupada por su estado, aunque para él, esas heridas graves no eran pues se curarían pronto.
- Mi padre... Él me reconoció. - Dijo Zeldris con orgullo, mientras acariciaba los cabellos claros de Gelda. - Me sentí tan orgulloso.
Ver así de feliz a su amado, la hizo sentirse alegre. Alejó su mano de su pecho, para poder apoyar su espalda con el respaldo de la cama. Ella jaló suavemente a Zeldris hacía con ella.
Captando lo que ella quería hacer se quitó con cuidado los guantes metálicos junto a su espada, dejándolos en el suelo. Sin ningún peso de más, él se acuesta su cabeza en su regazo.
- Sabes... Si descubren que estás aquí, estarás en muchos problemas. - Comentó Gelda, mientras sus manos acariciaban sus cabellos oscuros.
Le encantaba acariciar sus cabellos. A pesar de su apariencia, eran muy suaves. Zeldris disfrutaba ser tocado de esa manera, lo relajaba.
- No te preocupes, todos están dormidos. Incluso desaparecería antes de que me identificaran... Pero me sorprende que tú estés despierta, ¿algo te molesta? - Preguntó Zeldris serio, provocando una pequeña risa en Gelda. Adoraba verlo en ese modo.
- No, ya nada me molesta. - Le contestó con una sonrisa. - Ahora que estás aquí, nada me molesta.
Gelda inclinó su cabeza, lo suficiente para plantar un beso en su mejilla. Zeldris sonríe ante la dulce acción de su amada.
- Te amo... - Susurró Gelda
- Lo sé... - Dijo Zeldris.
Ver esa sonrisa en Gelda, hace que valga la pena realizar los entrenamientos con Meliodas, y de ser un cruel y despiadado verdugo. Se convertiría en el malo de muchos, para que ella y él pudieran vivir sin ninguna preocupación.
Y nuevamente, Gelda lo volvió a besar pero ahora en los labios. Antes de que ella se separara, Zeldris la atrapó con su mano, aplazando más el tiempo del beso. Cuando sintió que le faltaba el aire, la dejó ir.
Observó con detalle la cara de su amante, jadeaba por la falta de aire, sus ojos brillaban de deseo, y sus labios se veían rojizos junto a unos lindos colmillos. Zeldris respiró profundo para controlarse ante la hermosa imagen que le regalaba Gelda.
- Zeldris... - Susurró la vampiro con necesidad de atención, despertando al instinto del demonio.
Zeldris se levantó de su regazo, solo para arrinconarla contra el respaldo de la cama. Sus labios buscaron los suyos para unirlos en un beso suave pero rítmico.
Las manos de Gelda viajaron a su pecho, sintiendo lo musculoso que era.
Se separaron lentamente, observándose con deseo. Gelda rodeó su cabeza con sus brazos para volver a besarse, esta vez, Zeldris mordió ligeramente sus labios provocando que ella jadeara y así poder explorar su boca.
Gelda no dejaba de temblar, sentía que se desvanecería entre sus brazos. Empezó a soltar pequeños gemidos de placer, cuando sintió a Zeldris tocaba su cintura para atraerla.
Al sentir la piel fría del Zeldris a través de su ropa le erizaba la piel. Amaba la manera que la tocaba, acariciando firmemente pero con suavidad.
Abandonó su boca para seguir con su cuello. Dio un par de besos antes de empezar a mordisquear suavemente su cuello. La vampiro gimió varías veces el nombre de Zeldris.
Gelda empezó a perder el sentido, se sentía tan bien, pero debía terminar sino no podría parar.
- Zeldris... - Murmuró Gelda con esfuerzo. Quería continuar, pero era demasiado peligroso seguir así. -Debemos parar...
- Lo sé... - Contestó Zeldris con cierta molestia, su instinto le alentaba continuar, pero si no quería que nadie los descubrirán, debían parar.
- Yo... - No sabía que decir, su mente era un caos de sensaciones.
Zeldris sonrió con tristeza para darle un beso casto. - No digas nada... Fue mi culpa.
- Zeldris... - Dijo Gelda antes de abrazarlo, apoyando su cabeza en su hombro.
Al sentir a la vampiro relajarse en su hombro, Zeldris sonrió mientras la acariciaba la espalda. Deseaba que esto durara para siempre.
Si quería que ella estuviera bien, debía hacer lo que esté a su alcance. - Debo de ser más fuerte... - Susurró para sí mismo.
- Perdón, ¿dijiste algo? - Preguntó la vampiro con somnolencia.
- Nada importante... Ya debo de irme. Si mis hermanos descubren que no estoy allá antes del amanecer, se enojarán. - Murmuró Zeldris para evitar quitarle el sueño a Gelda.
Con cuidado, se separó de la chica y la acostó en su cama. Ella lo miró con tristeza, pero no debía ser tan infantil al retenerlo aquí con ella.
- Ve a casa con cuidado... Y no te lastimes mucho, que no me gusta verte herido... - Susurró Gelda, quedándose dormida al encontrar paz en su mente.
Zeldris tomó la sábana para cubrirla. Acarició su pacífico rostro con su mano, su pulgar jugó un poco con su mejilla antes de besarla en la frente.
Tomó sus pertenencias, evitando hacer cualquier ruido posible. Caminó hasta el balcón, dio una última mirada antes de cerrar la ventana y salió volando hacia el clan.
