...Y bien. La idea era subir esto el martes, pero, como ese día tengo una prueba bien fea, seguro se me olvida hacerlo. Así que subo hoy el segundo capítulo. Espero sea de su agrado.


Capítulo 2: El oso

La mañana le encontró acurrucado en medio de un campo de hierba oso. Aquella extraña sensación de la noche pasada había desaparecido, aunque se sentía algo pesado. Se levantó, desperezándose un poco y dejando que el sol le llenara. Había algo extraño: el sol no le estaba abrigando como antes. A lo mejor era eso del invierno, quién sabe.

Entonces fue cuando le vio. Enfrente de sí, unos ojos negros estaban escrutándole, semiocultos tras los altos tallos. Se quedó inmóvil, hipnotizado por esa penetrante mirada. Eran dos espejos negros, brillantes, insondables. Era imposible no sentirse fascinado por ellos. La criatura parpadeó antes de hablar.

— ¿Quién eres?

Era una voz grave, algo rasposa, pero que no sonaba amenazante. Era más bien, una voz salvaje. Una voz que sonaba como a bosque, como a río de aguas agitadas. Confundido, miró hacia atrás. No había nadie más en ese sitio; sólo el dueño de las orbes oscuras y él mismo.

— ¿Estás… hablándome a mí?

Se asustó cuando escuchó su propia voz, un susurro gastado, como si viniera de muy lejos. Era la primera vez que se oía hablar, y se sintió torpe a causa de su mala pronunciación, tan diferente al resto de las personas, tan diferente incluso al sonido tranquilizador de la de su interlocutor. Se acercó con cuidado a las plantas, descubriendo que quien le había hablado no era más ni menos que un osezno blanco. Le chocó un poco, pues los pocos osos que había conseguido ver en esa región tenían un pelaje castaño rojizo, o derechamente negro. No ese tono níveo, con zonas aquí y allá suavemente doradas por el sol. No esos ojos llenos de sabiduría oculta. No esa voz hablando en la lengua de los humanos.

— Sí, a ti— respondió entonces, ladeando un poco la cabeza— ¿Quién eres?

Dudó. ¿Que quién era? Nunca lo había conseguido aclarar. Era sólo un ser libre que vagaba en esas tierras. No era más que una sombra. Una esencia. Explicarle eso a un oso no tenía mucho sentido. Él era este lugar. ¿Cómo llamaban las personas a este lugar?

— Kanata— murmuró temeroso. ¿Qué más podría haberle dicho? No lo sabía.

— Ya veo. En ese caso, soy Kermodei.

El oso se sentó, levantando su hocico hacia el cielo. El chico le imitó. Estaba de un azul celeste profundo, límpido, casi sin nubes surcando su calma.

— ¿Qué quieres decir con "en ese caso"?— preguntó, casi como si pensara en voz alta.

— Me diste el nombre de estas tierras. Te di el nombre de mi raza.

— Oh.

Así que esa respuesta no era lo que aquel misterioso animal quería. Un nombre… ¿Algo así como los que tenían aquellos humanos? ¿Qué nombre podría tener él? Hizo memorias, las aldeas, las conversaciones. Nombres de barcos, de negocios familiares, de niños siendo llamados por sus madres para ir a cenar.

— La verdad, eres el primero en preguntarme si tengo un nombre… y no, no lo tengo. Pero necesito uno, ¿verdad?

— Las personas suelen llamarse por sus nombres, sí.

— ¿Qué te parece "Matthew Williams"?— aventuró, solo por decir algo.

— Suena bonito— comentó brevemente— Kumajirou.

No supo si fue su imaginación, pero le dio la impresión que sonreía. Bah, qué tonto. Los osos no podían sonreír, ¿verdad?

— Nunca había escuchado un nombre así.

— Significa "oso blanco"; no le des tantas vueltas.

Una sensación extraña se asentó en él. ¿Era eso lo que los humanos llamaban felicidad? Porque, por apenas unos segundos, había podido percibir el mismo cosquilleo de la noche anterior, cuando lo del beso. Ese chico era felicidad. Si hubiese servido de algo sonreír, lo habría hecho. Sin embargo, se conformó con recargarse sobre la espalda del oso, rodeándolo con sus brazos y apretando su mejilla contra el espeso pelaje de su cuello.

— Eres cálido— agregó, riendo un poco ante semejante estupidez que había dicho.

— Tú también lo eres. Aunque de una forma diferente a los humanos.

— ¿Eso crees?

— No lo creo. Lo sé.

Se quedaron en silencio, escuchando el suave rumor del viento, de las hierbas oso meciéndose; sintiendo el aroma a tierra húmeda y flores; sintiendo la luz del sol bañándoles. Sólo entonces, Matthew se convenció que realmente estaba vivo.


Y... fin, por ahora. La cosa avanza lentito, tanto que hasta a mí me enoja un poco xD

Un poco de datos extra totalmente innecesarios~

*Kanata es una palabra iroquesa, de donde se cree provino el nombre de Canadá. Kermodei, en tanto, proviene de Ursus americanus kermodei, nombre científico de una subespecie del oso negro que habita la Columbia Británica. Por un asunto de genes recesivos, estos "osos negros" son, en realidad, blancos (ah, las paradojas de la vida). Los osos kermode son también llamados osos espíritu y forman parte de la mitología del lugar.

*Cuando mencioné a los barcos, no fue porque sí. El barco de John Cabot (un explorador italiano que descubrió parte del territorio norteamericano, siendo el primer europeo en llegar allí después del asunto "vikingos") se llamaba Matthew.

Ahora me retiro *hace una reverencia*