Sherlock bufó, sacudiéndose el pelo mojado con una mano mientras observaba el paraguas ruinoso con la otra. ¿Qué clase de persona llevaba un paraguas agujereado? Lo había tomado "prestado" de un viandante y ni siquiera le era útil. Otra persona diría que tenía mala suerte. Pero él no creía en la suerte. Se refugió debajo de un portal, pensando en qué hacer a continuación. Podría devolverle el paraguas a su legítimo propietario. No tenía nada mejor que hacer, al fin y al cabo. Se encaminó bajo la fría lluvia, desistiendo en el uso del paraguas y únicamente protegido por su largo abrigo negro y su bufanda, de un tono azul marino. No le gustaba la lluvia. Era un incordio. Cruzó la calle, entrando sin miramientos en un café que lucía la señal de "abierto". Se sentó en una de las mesas próximas a la ventana.
Molly Hooper ya había terminado las clases. Se puso el uniforme de camarera con un suspiro. Las batas de química eran mucho más cómodas. Cogió el bloc de notas, dirigiéndose al cliente que acababa de entrar. Se sorprendió a sí misma observándole con más atención de lo normal. Tenía algo. Tal vez eran los rizos despreocupados de aquel color negro azabache que caían a los lados, mojados, o tal vez los pómulos que remarcaban el perfil anguloso de su rostro. O incluso aquel abrigo, que no se había molestado en quitarse y que le hacía más mayor de lo que seguramente era. O puede que su mirada atenta, casi felina, que parecía examinar y registrar cada detalle a su alrededor, cada mota de polvo. O el conjunto de todo aquello. Tragó saliva inconscientemente, acercándose a la mesa. Estaba llamando la atención, ahí parada, y estaba segura de que él ya se había percatado de su mirada indiscreta. Carraspeó, mirándose los zapatos.
-Buenos días... ¿q-qué desea? -lo dijo en un tono de voz increíblemente bajo. Estaba nerviosa y no sabía por qué. Él la ponía nerviosa.
-Un café. Solo.
Molly hizo un par de garabatos inestables en su libreta, abriendo ligeramente los ojos al oírle e intentando no mostrar más sorpresa que aquel ligero gesto. Su voz. Tenía una voz grave, y era extraño, y aun así le gustaba sin saber por qué. Se dio la vuelta, dirigiéndose a las cocinas. Un café. Solo.
Sherlock suspiró, ligeramente exasperado, una vez se fue la camarera. Se levantó discretamente, sacando de su bolsillo un par de monedas y dejándolas sobre la mesa. Depositó también el paraguas, al lado de las monedas, de manera que no pudiese pasar desapercibido, y salió de la cafetería, dejándose mojar de nuevo por la gris llovizna de Londres.
El café quemaba, ardía al contacto con su piel, pero por una vez le resultó agradable. Caminó hacia la mesa, procurando no derramar nada y estaba tan concentrada que no se dio cuenta de que estaba vacía hasta que llegó hasta ella. Miró a su alrededor, confusa. Se había ido sin siquiera esperar a su café. Sintió una leve punzada de decepción, pese a no tener motivo. Pero se había dejado el paraguas. Y había pagado el café. El café solo, que le devolvía la mirada desde la taza, negro y ondulante. Como sus rizos. Molly frunció el ceño, sacudiendo la cabeza. Debería sentirse molesta, en vez de comparar los rizos de aquel desconocido con un café. Al fin y al cabo, por muy guapo que fuese, se había ido y la había molestado para nada. Estaba perdiendo el tiempo. Se dio la vuelta, enfadada consigo misma y con el café ya frío en la mano, y no obstante cogió el paraguas y lo guardó. Por si acaso. Tal vez le veía de nuevo.
