El músico aún podía recordar con exactitud aquel día en el que había descubierto por accidente los secretos de sus queridos compañeros.
Brook era un esqueleto madrugador, después de tantos años en la oscuridad amaba el sol y la luz más que nadie así que, aquella espléndida mañana, como hacía habitualmente, salió del camarote de los hombres armado con su violín y su bastón.
Aún quedaba media hora para poder despertar a la tripulación sin morir aplastado por una tonelada de almohadas lanzadas con violencia (aunque él ya estaba muerto) por lo que el esqueleto se dispuso a entrenar con su espada; como sabía que cuando Luffy y los demás estuvieran despiertos preferiría mil veces jugar con ellos, siempre aprovechaba para practicar cuando no hubiera nadie presente. No era el único, había visto a Sanji estirar en la cocina después de recoger los platos de la cena, cuando sus señoritas ya se hubiesen acostado y también sabía que Usopp le había robado algunas de las pesas más pequeñas de Zoro (que probablemente usaría para su boca) para no perder la musculatura que había conseguido durante dos años, y las usaba cuando nadie requería su ayuda o una buena historia.
Todos hacían lo posible para continuar haciéndose fuertes. Por sus sueños y por el de su capitán.
Tras practicar sus estocadas y sus ágiles pasos durante un rato, Brook pensó que ya era hora de entrenar su otro truquito. Gracias a la habilidad de la Yomi Yomi no mi, el esqueleto podía separarse de su cuerpo y convertirse en un terrorífico espíritu.
Ese poder les había salvado en la isla Gyojin y no debía subestimarlo, el problema era que no había tenido demasiadas oportunidades para practicarlo; cuando lo usaba, su inútil cuerpo se quedaba atrás desprotegido y, estando solo, no era lo más inteligente que podía hacer si no quería volver a despertarse en la funda de una guitarra como le había ocurrido la primera vez que lo había conseguido y había sido secuestrado de nuevo por su representante. Y eso no era lo peor que le podrían haber hecho. Pero esta vez era diferente, estaba en el lion-chan, en su hogar y Brook sabía que pasase lo que pasase estaría a salvo allí y podría explorar sin peligro las posibilidades que le daba esa extraña habilidad.
Así que se sentó cómodamente en uno de los asientos de la cubierta y dejó que su alma volara libre por el barco.
Una bruma de color verde salió de su mandíbula. Reprimiendo un escalofrío al ver su esquelético cuerpo desmadejado sobre la silla comprobó por millonésima vez que su alma seguía aferrada a él por un hilo verde y nebuloso. Luego se elevó hacia el cielo comprobando la resistencia de ese fino hilo que le ataba a la vida.
Fue al mirar de nuevo hacia el barco cuando los vio.
Con un chillido de pánico bajó y ocultó su espíritu tras las barandillas del segundo piso de la cubierta.
El navío no estaba tan vacío como aparentaba. Ni tan tranquilo. Un montón de personas estaban tranquilamente sobre la cubierta del león.
Fantasmas.
Sí, fantasmas de verdad.
