Título: Amor a primera deducción
Resumen: Sherlock tiene que huir que su reino, siendo el príncipe, porque su hermano, el rey, quiere casarse con él, en aquel otro reino conoce en las fiestas del palacio a un príncipe muy interesante: John Watson. El príncipe John no cree en el amor a primera vista, pero si en el amor a primera deducción. ¿Deducción? Eso mismo.
Aviso: Este fanfic participa en el Rally "The game is on!" del foro I am sherlocked, para el equipo "El sabueso de Baskerville"
Advertencia: Bueno, ninguna más que amor más que fraternal, no correspondido, por parte de Mycroft a Sherlock
Notas: Le dio las gracias a mí adorada beta somegirluniverse (que se creó una cuenta nueva hace poco por Wattpad) por poder corregirme este fanfic. Los personajes no son míos, la historia si y espero que la disfruten. Esta historia, está basada en el cuento "Piel de asno"pero claro con algunas ideas mías, y una adaptación algo distinta xD
Aclaración: Colorín coloradoes una expresión que se usa al menos en argentina para decir que el cuento termino
Amor a primera deducción
Colorín colorado…
En la fiesta, muchas personas que no eran del agrado de John Watson asistieron, y él, como buen anfitrión, saludó a todos y a cada uno. Giró la cabeza para buscar a ese chico que lo había cautivado en la anterior fiesta organizada en el castillo, hace menos de un mes que lo había visto y quería reencontrarlo, razón por la cual pidió a sus padres que organizaran otra reunión de gran importancia, para poder cruzarse con él otra vez y que éste ser tan bello pudiese volver a leerlo como si fuese una hoja de aquel libro.
Desde que lo vio le pareció atractivo, algo lo impulsó a acercarse y hablarle. Ese día ya estaba desanimado al no encontrarlo allí. Hasta que, al momento de bailar, se retiró unos segundos al baño y allí encontró lo que buscaba: aquel hombre estaba sentado en el reluciente piso de marfil del baño mientras leía un libro, esta vez uno relacionado con la magia negra. Quizás debió sentir miedo, las personas que se metían en eso eran peligrosas, pero sin embargo, el joven príncipe no se sintió horrorizado, por el contrario, se interesó más todavía por el hombre que sabía que era especial desde el momento en que abrió su boca y supo casi todo de su vida.
— Esto es tonto, es peor que el otro libro. — dijo, pareciendo ofendido.
— No deberías leer cosas así. — dijo con una sonrisa divertida.
— Es tonto pensar que esto es real.
— Yo no me meto en eso, creo que tiene prácticas que son peligrosas.
— Me gusta el peligro, y sé muy bien que a ti también, sino no te pasarías días y días entrenando esgrima, tu posición recta y los callos en tus manos te delatan.
— Eres un genio.
— Lo soy, pero prefiero el término brillante, así como me llamaste muchas veces.
— Sabes que podrías terminar en la cárcel o en algún lugar todavía peor.
— Sólo los príncipes idiotas me mandarían a la cárcel por eso, y tú eres idiota pero no tanto como los demás.
— De nuevo, tomaré eso como un cumplido.
Sherlock sonrió y John también lo hizo, pensando que había válido la pena por verlo sonreír. Nadie le había hablado así ni revelado sus verdades, mucho menos comportado tan arrogante como Sherlock lo había hecho, y se sorprendió pensando que no le molestaba tanto como creía que le iba a molestar encontrarse con un presumido como él.
— Nunca nadie en su sano juicio me dirigiría la palabra así.
— Yo no estoy en mi sano juicio.
Una risa sincera salió de las entrañas de John y extendió su mano.
— ¿Bailarías conmigo esta pieza?
Bien, es cierto, un baño, por más limpio que esté, no era un lugar muy romántico ni una muy buena lista para bailar el vals, pero era el único lugar en donde podrían y nadie los miraría raro.
Empezaron con su extraño baile acercándose lo más que podían, Sherlock tenía las manos en el hombro de John dejando que éste lo tomara de la cintura. Ambos eran príncipes y tenían muy en claro como se bailaba cada canción. Se detuvieron un momento para mirarse a los ojos, pero luego volvieron a balancearse, al no tener palabras que pronunciar.
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Después de ese noche tan singular, y aunque la acción se desarrolló en un ambiente poco romántico, se las arregló para que el momento fuese extremadamente íntimo.
John empezó a necesitar de él, se había enamorado, lo sabía, lo sentía. Parecía imposible, sólo se habían relacionado dos veces y ni siquiera habían sido períodos muy largos de tiempo. No sabía nada de él, ni siquiera como se llamaba.
No, no fue amor a primera vista. Si bien es cierto que desde que lo vio quedó completamente cautivado por sus pómulos afilados, piel de porcelana, formados bucles negros sobre su cabeza y sus ojos en los que reflejaba toda una galaxia, no fue amor a primera vista, eso había sido atracción. Más bien, fue amor a primera deducción, porque desde que escuchó a aquél hombre supo que era brillante, que tenía una habilidad increíble que pocos apreciaban y un intelecto que todos envidiaban.
Ofrecieron al príncipe una colación campestre, que él aceptó; luego se puso a recorrer los gallineros y todos los rincones.
Caminando de un lugar a otro, se encontró pronto en un callejón oscuro y sombrío, pero él siempre había sido un hombre valiente así que se adentró más, y al fondo pudo ver una puerta.
La curiosidad picó fuerte en su interior, más todavía cuando logró divisar en la ventana una figura de un caballero bastante atractivo, alto y con el cabello carbón y ondulado. Pensó esperanzado que sería el chico que vio en su fiesta, y le preguntó a algunos campesinos que vivían por allí:
— A ese hombre que vive ahí, le dicen «Piel De Asno», por el traje de piel de burro que lleva puesto. Es un hombre sucio y mugriento al que por pena le dieron trabajo, para que cuidase los corderos y pavos, y que de vez en cuando dejan que prepare sopa o alguna otra cosa, sólo cuando ven que está limpio, lo que sucede pocas veces. — contestó el campesino a John.
Él, nada satisfecho con la respuesta, se dio cuenta de que aquellas personas no sabían mucho de más que eso que le contaron y que era inútil seguir preguntando. Volvió a su castillo, completamente arrepentido por no haber tocado la puerta de aquel pequeño y humilde hogar.
Ese hombre se había vuelto una necesidad, necesitaba estar con él, sentirlo, bailar una pieza de vals, tomar su mano, acariciar sus salvajes rulos en su cabeza o simplemente estar callado a su lado, esperando a que le hable o le insulte inclusive. Lo buscó por todo, todo el reino, John estaba tan enfermo...
Sintió que moría por no poder compartir con él sus días. Renunció a casarse con Mary, no era justo ni para él ni para ella. Mary no lo tomó muy bien y sus padres menos, pero pareció por un momento que la dama estaba más tranquila. Para ella también debió ser difícil estar a punto casarse obligadamente con alguien que no amaba.
Pasaron unos días, todos en el reino estaban ocupados. Su madre, muy afligida, fue con su hijo para preguntarle qué era lo que le pasaba, lo que quisiera podría obtenerlo. John, sin saber por qué, pidió una torta, pero no cualquiera...
— Quiero un pastel hecho por «Piel De Asno», madre.
— ¿Quién? — curiosa, preguntó su progenitora.
— Un caballero, mugriento, a quien todos rechazan por ser asqueroso, quiero que me haga un pastel. — dijo, muy seguro de sus palabras.
Su madre se quedó sorprendida, pero a los dos minutos volvió a dirigirle la palabra.
— Por supuesto hijo, lo que tú desees, no importa que tan extraño me parezca.
Por supuesto la orden fue dada inmediatamente.
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Cuando la noticia llegó a los oídos de Sherlock, éste no podía creerlo. Hacerle un… ¿Pastel? ¿Era una broma? Quería que «Piel De Asno» le hiciera comida, ¿por qué el más asqueroso campesino, por qué no cualquier otra persona? Era claro que John no sabía que el llamado «Piel De Asno» era él, y tampoco quería que se enterase de aquello.
Los misterios le fascinaban y John Watson, era todo un misterio.
Al llegar a su hogar se sacó su horrible traje para cocinar con mucha dedicación y esfuerzo, un pastel. Hasta que consiguió la perfecta (después de muchos intentos fallidos y algunos pequeños incendios) pero sin querer, o a propósito, quién sabe, se le cayó un anillo que tenía desde muy temprana edad y todavía entraba en sus delicados y largos dedos, dentro del pastel que una vez horneado, entregó a un señor para que se lo llevara a John. Decidió comportarse de manera amable y preguntó por la salud del príncipe, pero el maleducado no contestó ninguna cosa y marchó directamente al palacio al tener en sus manos la delicia preparada por Sherlock.
El príncipe arrancó el pastel de las manos de aquel hombre al ver que traía el dulce preparado por «Piel De Asno» y se la devoró con entusiasmo, casi se ahoga con el anillo en uno de los pedazos y, gracias a Dios, logro sacárselo directamente de la boca. Pensó que era el más bello anillo que había visto y no precisamente por sus piedras preciosas incrustadas, más bien, por lo fino que sería el dedo que ocupaba tan valioso anillo.
Dejó de comer con desesperación la torta y besó un millón de veces el anillo en sus manos mientras que los doctores y sus padres veían la escena extrañados. Los médicos se pusieron a hablar entre sí sobre que la enfermedad del rubio podía ser psicológica, preocupando todavía más a su madre. John se paró de la cama, animado, casi saltando y le dijo a su madre que estaba perfecto, sacó a todos los doctores de su cuarto y escondió el anillo debajo de su almohada.
Desde ese día, cada vez que se siente sólo y siente que nadie lo mira, saca aquel anillo.
La fiebre volvió a él cuando no se atrevió a contarle a sus padres nada de eso, ¿llamar al hombre que hizo el pastel? Se burlarían de él. Aún así pensó que podría soportar las burlas si ese tal «Piel De Asno» es aquel hombre que había visto por la ventana, y que había visto en las fiestas del palacio...
Los doctores volvieron, pero esta vez ya sabían que era lo que el príncipe tenía.
— Señor, señora, su hijo tiene mal de amores. — le comentó un médico a los reyes, quienes lo miraron sorprendido.
La madre, preocupada, fue la primera en ir a preguntarle a su adorado hijo quién le ponía de esa forma, él no quería hablar, se negaba a decirle.
— Hijo mío, con tal de que esta fiebre de los mil demonios se te pase, te traeremos cualquiera sea la mujer que ames. Aunque sea la más vil de las esclavas.
John se mordió el labio, nada dispuestos a revelarles la identidad ni a decir que era un hombre. Sacó de debajo de la cama un anillo y les mostró.
— Me casaré con quien sea que le quede este anillo.
— Pero hijo mío, ese anillo es demasiado grande para ser de una dama. — dijo su madre, horrorizada.
John sólo miro a otro lado, y después de unos minutos de silencio sus padres salieron de la habitación, dispuestos a hacerlo todo para poder curar a su hijo.
Empezaron a buscar a quien había perdido al anillo, citaron en el enorme palacio a todas las mujeres del reino e incluso a algunas princesas de los reinos vecinos. Empezaron por las princesas, luego las duquesas, Marquesas y baronesas. Al no entrarle a ninguna el anillo, se lo probaron a las camareras pero no tuvieron suerte. Algunas damas tenían dedos demasiados gruesos, por lo que al probarse el anillo casi lo rompen, y a John le costaba mucho no alterarse con esa situación. El anillo no podía romperse.
Campesinas, sirvientas, y todas las mujeres se probaron el dichoso anillo, pero a ninguna le quedaba. John ya sabía que era una completa pérdida de tiempo, pero dejó que sus padres lo hicieran, les dio el gusto. Tímidamente y reuniendo coraje, John se atrevió a decir.
— ¿Porque no traen a quien hizo el pastel? Después de todo el anillo estaba ahí.
El rey negó rápidamente, puesto que quien había hecho el postre era un hombre horrible y mugriento según todos. Pero su madre, quien haría que lo que sea por verlo mejorar, ordenó a que lo llamaran.
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Unos hombres de cuerpo robusto y espaldas anchas, tocaron una y otra vez a la puerta de Sherlock, quien giró los ojos y espero a que la visita no fuera tan aburrida como las que había recibido hasta ahora. Terminó de leer la carta que Gregory le había enviado, la cual decía que todo por el reino estaba tranquilo y Mycroft no había dejado de buscarlo, pero que sus esfuerzos eran mucho menos intensos comparados con los de las primeras dos semanas.
Abrió la puerta dispuesto a cerrarla de nuevo en la cara de quienes lo visitaban, pero aquellos hombres obviamente habían venido del palacio. ¿Por qué? Sherlock nunca se había preocupado por si su pastel estaba delicioso o no pero esas no eran circunstancias normales, esta vez el gran Sherlock Holmes estaba enamorado.
Le dijeron, burlándose y entre risotadas, que debía ir con ellos porque la reina así lo había ordenado, y que sería para casarlo con el príncipe John.
La idea no le molestaba a Sherlock, para él casarse era algo horrible, eran ataduras, pero no le importaba tener atarse toda una vida al noble John Watson.
Al llegar, los reyes lo miraron de arriba a abajo. Sherlock estaba acostumbrado del todo a sentirse así, a sentirse observado con asco, extrañeza o incluso que con solo verlo lo juzguen, y eso es precisamente lo que los reyes hacían: juzgarlo.
Sin embargo, el rey le ordenó poner la mano y él obedeció, porque aunque no le gustaba seguir órdenes era lo que ahora le convenía. El anillo entró fácilmente en sus pálidas y delicadas manos, y vaya que todo el mundo se sorprendió, más todavía cuando la piel del burro cayó por sus hombros y terminó en el piso, haciendo que todos pudieran ver al verdadero hombre detrás del disfraz tan horrible. Nadie se atrevería a decir que es un cochino horroroso nunca más, no después de ver que su príncipe, John, cayó rendido a sus pies y estrechó en sus brazos sus rodillas, logrando que el joven Sherlock se sonrojara como nunca en su vida lo había hecho. Mientras que los padres de John, los mismísimos reyes, lo abrazaron con fuerza (después de estar discutiendo en voz baja lo que sería mejor para su hijo) y pedirle que se casara con su hijo. Él agradeció, y entonces las puertas del castillo se abrieron de manera abrupta. Sherlock conocía muy bien a Gregory, sabía que iría a buscarlo. Lo recibió con una sonrisa y John pareció tan celoso que Sherlock se divirtió con sólo ver su cara.
Fue entonces cuando Greg le contó a todos la verdad: Los padres del rubio estaban encantados al saber que «Piel De Asno» era en realidad un noble príncipe, pero eso John no le importó mucho, de hecho.
Holmes tenía tanto apuro por casarse con el príncipe (seguro sólo para celebrar una atrevida noche de bodas, solos en una cama doble) que casi no dio tiempo a que se organicen bien los preparativos para la boda.
— Deberías pedirle permiso a tu hermano. — dijo Greg.
— No. — lo miró como si hubiese dicho una barbaridad — No seas idiota Gavin, me da igual si ese gordo me da su permiso o no. Además, vine porque mi propio hermano se quería casar conmigo. ¡Seguro no me dejará!
— Algo me dice que si... — dijo con una sonrisa — y soy Greg, no Gavin, por quinta vez.
— No me interesa. Gavin, es obvio que me dirá... — lo miró fijamente — No puede ser.
— Y recién te das cuenta. — dijo burlón.
— ¿Con mi hermano? — algo alterado. — Entonces si tenías motivos egoístas para sacarme del reino.
— No lo tomes así...
— Y no hagas de esto un drama, hermanito — dijo pícaro, un pelirrojo entrando al castillo. — príncipe Watson.
John se quedó mirándolo sin entender, ni quien era él ni que hacía ahí, ni por qué Sherlock estaba tan alterado. Él no se había metido en la conversación porque estaba ocupado tratando de entenderla. Logró enterarse de por qué su prometido estaba alterado, cuando vio como Gregory y Mycroft se besaban con pasión.
Y colorín colorado, este cuento ha terminado.
