En el centro de un vasto y flamante terreno, situado en el punto cartográfico más céntrico que jamás hubo existido, se alzaban los majestuosos dominios de Sylverland. De sus tierras brotaba una característica vegetación que, durante todo el año, teñía el paisaje de nostálgicos amarillos, ocres y anaranjados.
Cuentan las leyendas, los bardos y los trovadores que esta misma tierra, una vez fue la más virgen de la historia de la humanidad. Y brillaban en ella un sinfín de verdes, cobres y cobaltos. Esperanza eterna al alcance de los campesinos que la labraban día a día con sus propias manos.
Pero, desde que la malvada reina Sue se hizo con el poder, el ambiente se tiñó de malicia y la propia naturaleza decidió vestirse de otoño perpetuo.
Dicen que su tiranía no tardó en instaurarse más de quince soles. Y que su lóbrego castillo emergió de la nada. Pues lo que un día fue conocido como el Monte Anhelo, a la mañana siguiente estaba recompuesto de hastío, piedras y torres que se alzaban, estrepitosas, clamando al cielo lo que nunca debió ser robado a la madre naturaleza.
Y allí estaba ella, como cada mediodía, postrada en su lúgubre trono, regalando improperios a cualquier pobre alma que se le cruzase o mandase a llamar. Ese día era el turno del desventurado bufón de la corte, Finn.
— ¡Baila! ¡He dicho que bailes, mentecato! — demandaba su majestad.
—Es lo que hago, mi señora. Disculpe si no cuento con más virtud que esta que demuestro.
—¿Virtud?¡¿Cómo te atreves a llamarlo virtud? ¡Guardias! ¡Córtenle las piernas!. Así será más divertido.
—Pero, mi señora. Yo…
En el preciso instante en que los guardias agarraron al pobre muchacho de los brazos, arrastrándolo contra su voluntad hacia el centro de la sala, la vidente de la corte hizo acto de presencia. Y todos los presentes desviaron sus curiosas miradas hacia la puerta, incluida la mismísima reina.
— ¿Qué formas son esas de invadir mi corte?—preguntó Sue, aunque observándola con cierta curiosidad.
Eran muchas las veces que le había advertido sobre la política de interrupciones en la sala del trono. No vendrás a menos que traigas una profecía útil para mi reino.Y, aún así ¡te harás anunciar! De lo contrario te cortaré la cabeza y la colocaré en el centro de mi sala de trofeos. Y la chica, que nunca fue muy avispada, se había mantenido siempre obediente. Más por miedo que por lealtad.
—Señora, oh, mi señora. — Se postró de rodillas ante ella, dedicándole una pomposa reverencia. — Vengo en calidad de oráculo. No es mi afán el profanar su habitáculo. Ni siquiera el de crear gran espectáculo.
—¡Sugar!¡Deja de rimar!. Me pones nerviosa. ¿Qué quieres? ¡Suéltalo de una vez!
—Lo he visto, mi señora. Lo que tanto tiempo lleva buscando. ¡La respuesta a su pregunta que tanto ansía!. El futuro de su reino.
Conforme hablaba, la joven vidente danzaba alrededor del trono, dando pasos cortos y de puntillas, guiada por una melodía invisible que, a ojos de Sue, la hacían asemejarse a una de esas molestas ninfas que (relataban) corretean al atardecer por los bosques del meridiano.
En ese mismo instante, Quinn, la más destacada miembro de la casa Fabrais, oriunda de las cálidas y mágicas tierras del sur, se encontraba en la almena más alta del castillo, con la mirada perdida en el horizonte.
Su semblante permanecía siempre serio y formal, agraciada muestra de su sensatez, herencia de su renombrada estirpe de rectos hechiceros. Así como sus rubios cabellos y sus preciosos ojos miel.
Emitió un ligero suspiro y se llevó ambas manos al regazo. Se acomodó y dejó que sus mejores recuerdos le asaltasen. Memorias de la vida que tan pronto le fue arrebatada cuando, con tan sólo quince años de edad, la malvada reina Sue la arrancase de los brazos de su familia para enclaustrarla en aquella abominable rutina.
Aguanta, hija. Es por nuestro bien, le decía su padre, las cosas son así, y es nuestro deber como familia noble que somos. Debes partir a servir al reino, nos guste o no. Pero su madre sólo lloraba. Y a Quinn se le encogió tanto el corazón, que hasta se olvidó de cómo debían sonar sus propios latidos. Se le anudó la garganta y estuvo días y días sin hablarle a nadie que no fuese ella misma. Hasta que finalmente comprendió que aquél era el precio a pagar por ser hija única, heredera absoluta de la casa Fabrais.
Sólo el primogénito de cada familia noble era reclutado y forzado a ofrecer sus servicios a la reina. Y todo a cambio de un tratado de paz territorial en el que Sue se comprometía a no atacar de forma directa los terrenos de quienes le hubiesen cedido a sus miembros más virtuosos.
Burdas mentiras, pensó Quinn, esclavos es lo que somos.
Se mordió el labio inferior y sus ojos se desviaron hacia dos diminutas figuras que transitaban el bosque en la lejanía. Eran Brittany y Santana, sus exigidas compañeras de fatigas. Siempre tomadas de la mano. Tan distintas pero tan cercanas. Las únicas con las que, voluntariamente, compartiría cualquier minuto de su preciado y derrochado tiempo.
La primera pertenecía a la mística casa Percival. Algunos contaban que Brittany albergaba tal ternura e inocencia que, quién se atreviese a mirarla directamente a los ojos durante más de tres suspiros, se las veía de frente con toda la bondad del mismísimo universo, concentrada en el pequeño espacio que ocupaba su azul iris.
Y, si te sumerges en sus ojos, su alma te atrapa. Y nunca más volverás a concebir maldad, cantaban los trovadores de su tierra natal, ubicada a quince soles de viaje en dirección sureste.
Pero cualquiera que conociese un poco a su eterna acompañante, sabía que aquello no eran más que fábulas. Pues, si había una persona en aquél reino que contase con una maldad equiparable a la de la cruenta reina Sue, esa era Santana de Lauper. Hábil bruja. De intenciones tan oscuras como directas. Perteneciente a las áridas tierras del noroeste. Y ésta era la persona que más tiempo había pasado mirando directamente a los inocentes ojos de Brittany Percival.
La familia de Santana fue expulsada de los dominios que poblaban, viéndose obligados a subsistir en una pequeña isla ubicada mucho más allá de los terrenos pantanosos del Río Rojo. El motivo fue una disputa entre casas en la que su oscura magia acabó con la vida de dos inocentes.
Santana y Brittany fueron traídas a Sylverland el mismo día en que trasladaron a Quinn. Y desde entonces, señaladas por sus distinguidas habilidades mágicas, tan complementarias entre sí, se vieron obligadas a pasar juntas el resto del tiempo que permaneciesen confinadas en aquél castillo. Haciendo lo que la reina Sue les demandaba. Respondiendo por el bienestar de sus familias bajo penas que iban más allá de la simple tortura física.
— Entonces habla, Sugar. ¿Quién es? ¿Quién cuenta con la mayor valentía del reino y, por tanto, merece dominar cada porción de la apestosa tierra que lo rodea?. — inquirió su majestad.
Y estaba tan segura de que la respuesta sería su propio nombre, que hasta las piezas frontales de su dentadura habían comenzado a brillar.
—Rachel, mi señora. De la casa Berrian.
—¿De la casa Berrian? — Sus ojos se clavaron en los de la desdichada vidente, atravesándola como si de espadas se tratasen. — ¡¿Cómo te atreves, maldita?. ¡Guardias! ¡Apresadla! Sacadla de aquí o el único futuro que va a adivinar a partir de ahora es el de sus propios huesos, ¡reducidos a cenizas!. ¡Quitadla de mi vista!.
Los guardias acataron la orden y apartaron a Sugar, en volandas, hasta dejarla caer a los pies del bufón Finn; que, estupefacto y amenazado a punta de lanza, había presenciado toda la escena desde un rincón de la sala.
—¡Se acabó! Mandad llamar a las brujas. — pidió Sue, alzando la voz y recibiendo como primera respuesta el eco de sus estridentes palabras, que se colaban por todos los recovecos de la alta bóveda que ornaba la estancia.
—¿Con qué motivo, mi señora? — cuestionó el guardia más cercano a su posición.
—Con el motivo de venir en dos segundos. ¡Y sin rechistar! O mataré con mis propias manos a todos los magos del sur y a los exiliados de esa apestosa isla envenenada del Río Rojo.
Y, en menos de lo que un gallo tarda en anunciar la llegada del día, Quinn, Brittany y Santana fueron convocadas ante la reina Sue.
Y allí recibieron la misión más importante que se les hubiera encomendado jamás, siendo declaradas tres de los cuatro pilares clave que sustentan esta historia.
