Me tardé, pero subí el segundo capítulo. Continuamos con las Aventuras de Annie, o mejor dicho Anne Gabrielle Edelmira del Carmen Cresta.
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Capítulo 2: Este Cuerpo No Es Mío
No, no era un día normal.
Como una práctica distinta a todas las cosechas que recordaba, salimos los tres juntos hacia las calles, Asher se abrió paso por el alfeizar de la ventana, pero eso no era nada de extraño, mamá quiso que nos reuniéramos como una familia feliz.
Sé que las últimas interacciones con Asher no fueron de las mejores, no sé qué me llevó a llevarle la contraria cuando todo el tiempo estuvimos hablando acerca de él, de su futuro en la jornada y en un par de momentos se me cruzó por la cabeza que yo debiera comportarme como un simple pilar para él. Sé que no soy el fundamental, pero de todas maneras soy su hermana.
Mamá no nos reprimió por ninguna atrocidad a sus chakras. Por el contrario, nos reunió para un elocuente almuerzo en que juro, nos veíamos como los protagonistas de un comercial de banco, de esos que se transmiten a los distritos aún cuando no tengamos de esos aquí. Asher mantenía su rostro atrofiado por el entusiasmo y mamá intentaba aplacarlo un poco, pero no había caso. Yo y mi imperturbable semblante no nos introdujimos mucho en la charla, me entretuve con la narración de Asher de la última ceremonia en la Academia. Ceremonia a la que no fui invitada por ya no formar parte de ella.
Mamá se contuvo y también consintió la algarabía en la voz de Asher como un día muy especial, incluso se puso unos pantalones negros hoy, a diferencia de todo el excentricismo que día a día caracteriza su ropa. Pantalones negros y blusa blanca, no parecía ella misma y eso por alguna culpable razón, me agradó.
Luego de unas cuadras de caminata con la familia feliz, me encuentro con Lacey a poca distancia de la plaza principal. Lleva un vestido coral con tirantes enrollados y una pequeña concha en su collar.
- ¿Siempre tan temática? –le sugiero, esperando una respuesta despreocupada.
- Puede ser. Nos transmitirán con mejor rating si nos vestimos tradicionales, al Capitolio le agradan esas cosas –aclara con una sonrisa. Casi no parece día de Cosecha. Le pongo punto final a mis intenciones, pero de todas formas siempre adquirimos en mejor rating, somos el Cuatro.
- Sí, claro.
Lacey me guiña un ojo y también lo hace cuando pasamos por un lado de un grupo de chicas de nuestra escuela. No comprendo por completo la relación de amor y odio entre ellas y mi confidente, pero sé que puede defenderse sola, dentro de poco sabré la calidad sospechosa de ese guiño.
Le echo una mirada rápida a las que ocupan el collar con la W grabada. "Academia Windsor". Los instructores nos obsequian una cuando hemos cumplido ya cinco años de entrenamiento. Yo la obtuve, pero debí quitármela cuando me expulsaron. De todas formas apretaba mucho el cuello, y es antiestética. Tampoco me gusta la forma en que pretenden llevar el reflector encima al usar una de esas. Brillan como si fueran de plástico.
- ¿Viste cómo me miró Virginia?
- Como si su padre se lo permitiera –comento, escudriñando en una risilla. La mitad del distrito sabe acerca de las poco éticas maneras en que el padre de Virginia Hollin la entrena para que tenga las estrellitas doradas en la Academia.
- Mejor que se guarde esas miraditas para cuando se anime a salir del nido, sólo le queda un año para después de hoy –dictamina Lacey.
Virginia Hollin lleva el pendiente respectivo. De hecho, es una de las favoritas de Tempest, cuando ya era pequeña el instructor se empeñaba en entrenarla por su cuenta. Se habla siempre de un adolescente al que apadrina Tempest o cualquiera de los otros expertos, poniendo énfasis en el niño que reluce por su talento para las armas o la supervivencia. Asher es uno de esos, ya saben por qué el mojigato persistió tanto hoy en la mañana para que le traspasara el recado a mi hermano.
- ¿Has conversado con Asher?
- ¿Por qué lo preguntas? –reflejo, más que nada proporcionándome tiempo para formular mi respuesta.
- Pues porque todos hablan de eso –me narra Lacey imitando la voz chismosa que ambas sabemos que disfruta. No importa si es mi próximo-a-ser-voluntario hermano. Observo el cemento antes de que Lacey reaccione-. ¿Annie?
Lo siguiente lo hago pensando en que mi compañera se conforme. Por alguna razón no me llama la atención traer el tema a discusión.
- Será voluntario –confieso secamente.
- ¿Y qué sucederá con Amorel? ¿Acaso irán juntos a la Arena? ¿Como enamorados? He escuchado tantas cosas…
- No te apresures.
Lacey es muy buena para tergiversar las palabras de la gente, aún cuando lo haga sin malas intenciones. No es un buen rasgo eso de plantear como resumen express lo primero que se le venga a la mente. Soy yo quien tiene que acallar los rumores que crea después. Me han dicho que soy así también, pero no a tal nivel como Lacey.
Siento mi responsabilidad aclarar la situación con lo más cuerdo que se me ocurra.
- Ellos han hablado mucho últimamente sobre eso, pero no sé cuales serán los planes de ella –luego de reflexionarlo digo lo siguiente-. Desde luego será una gran ventaja que vayan ambos, el Capitolio los adorará al saber que son amantes o algo parecido. Les gustan todas esas cosas mórbidas.
Puntualizo. Es extraño hablar de Asher de esa forma, pero Lacey no filtra lo que no comprende por completo, un rasgo extraño y poco predecible en ella. Eso es más un juego de palabras para mantenerla ocupada por un rato. Al menos hasta yo misma saber qué pasará con Amorel y Asher, y si lo que escuché esta mañana es verídico.
- ¿Vas a despedirte de tu madre? –inquiere Lacey cuando ya nos aproximamos a la fila de identificación. La implementaron ya hace unos años cuando se dieron cuenta de que había niños tránsfugos.
- No, no importa. La veré después del gran show de Asher.
Lacey reprime una sonrisa espontánea.
- Necesito ver qué hará. Los tributos deben acallar a los Patrocinadores desde el nido. O sea, desde aquí –asegura imitando un acento especializado que intento no satisfacer. El ambiente de cosecha ya se ha apoderado de mí, y ahora que lo pienso, es extraño visualizar a Asher con el cartelito de tributo delante.
- Sí, claro.
Nos formamos hasta que la fila se encoge. La agente de la paz toma mi dedo y hago lo posible por no quejarme cuando lo pincha con su aguja electrónica (¿cómo es eso?). Lacey suelta una risita por detrás, pero cuando es su turno no hace menos escándalo que yo, o al menos no logra disimularlo. Normalmente mi reacción a su inexperticia en el arte del estoicismo hubiera sido más notable, pero el contexto no me lo permite.
- Seríamos pésimas tributos –puntualizo.
- Al menos tú has tenido algo de práctica, yo sería un gatito entre leones.
Sí, he tenido práctica, pero por alguna razón me quitaron de la cinta transportadora que nos lleva a ser "aptos" para los Juegos. No hay muchas razones por lo que haya ocurrido. Estoy en el mismo nivel que Lacey, incluso ella me rebasa en pruebas físicas de resistencia o velocidad. Sostiene que es un hazmerreír, pero muchas personas lo hacen también.
- Creo que no va al caso –sugiero y entramos en nuestras secciones.
Busco a Asher con la mirada entre los chicos de un año más que yo. Los de dieciocho, por alguna razón, parecen mucho más maduros y desarrollados que los de una sección más abajo. Muchos llevan musculosas con los brazos al aire libre. Otros muestran el pendiente de la Academia Windsor, y algunos perdidos por allí, la muñequera del Centro Lugano, una escuela de capacitación especial para hombres. Cada año se lleva a cabo una contienda entre los mejores participantes varones de ambas escuelas. Las habladurías son que los instructores del Centro Lugano ejercen más presión sobre sus estudiantes, y por eso son prácticamente invencibles, pero los rumores se invalidan con la lucha decisiva.
Mi hermano quedó segundo este año, pero el chico de los Lugano tuvo que retirarse. Los rumores se esparcen muy rápido aquí, pero los detalles no son agradables.
Encuentro a Asher adelante en su sección, el cabello oscuro y revuelto me lo revela conversando con Darnell, uno de sus amigos.
Intento sacarme a Asher de la cabeza como puedo, por alguna razón me sale hasta en la sopa. En la escuela hay noticias de él porque tuvo una de las mejores calificaciones o participó en el desastre del siglo y todos los cómplices son demasiado cobardes como para compartir la culpa. No me sorprendería que tuviera un registro criminal, pero de todas formas se sacaría de encima toda infamia con sus palabras, o sus acciones. Hay chicas que lo embadurnan con la más indecente adoración. Una de ellas es Lacey.
No lo está mirando ahora, pero sé que piensa en Asher. Y yo tampoco puedo evitarlo, y hoy es de las peores circunstancias pues es imposible invalidar su protagonismo.
El área se llena de a poco. Entran Astrea y Maris, las gemelas amigas de Lacey que de a poco se me han ido acercando también. Es extraño, cada vez que las veo una se halla sonriendo y la otra en una mueca completamente opuesta, como si se pusieran de acuerdo para contrastar en sus emociones y no verse tan equivalentes. Si tuviera una gemela lo haría. Maris sonríe saliendo de la regla diaria, pero se ve deslumbrante con su vestido amarillo y el cabello oscuro recogido en un tomate sobre la cabeza.
- Buenas –saluda Maris mientras se coloca a mi lado. Su hermana se queda al otro.
Ya no hay vuelta atrás. Los Agentes de la Paz se alinean en los costados de cada una de las áreas mientras un silencio sepulcral se cierne sobre nosotros. Parece cosecha de distrito menor, pero no podemos evitarlo. Sólo se enciende un poco el ambiente cuando pone un zapato en el escenario el alcalde y nos sumerge en su idealista discurso.
Una ola quiebra en algún lado y quedo en trance mientras mis oídos repelen las palabras poco emotivas. Ese hombre siempre ha sido un poco robótico. Miro hacia ambos lados, a las casas, las tiendas ya completamente hipnotizadas por el acontecimiento: el único momento del año en que no hay movimiento en el Distrito Cuatro. Pareciera como que todos los días a cierta hora reina un aroma a euforia, o al menos la felicidad ambigua de los pescadores que pretenden acabar más rápido con su trabajo, pero siempre existe sonido menos en estos quince minutos antes de escoger a los adolescentes noticia del año.
Me fijo en los perfiles de la gente cerca de mí. Se mantienen todos en la línea de la inexpresión, volteados hacia el alcalde o escudriñando a sus lados nerviosos e incómodos como yo lo hago. Enmudecidos por el sonido del silencio y las palabras del alcalde que desde luego no le hace competencia.
Puede que sea un momento apacible, como la calma antes de la tormenta. Puede que aquí la cosecha no afecte mucho a las personas, por los voluntarios y todo ese jaleo de la competencia con los otros distritos Profesionales, pero es inevitable sentir algo de tensión, como si lo crudo de la situación no pudiera ser aplacado con nada.
El alcalde finalmente acaba con el Tratado de Traición que desde luego no ayuda para alegrarme. "Traidor ayer, traidor hoy, traidor mañana", eso es lo que nos dicen prácticamente.
- ¿Cómo está Landon? –le pregunto a Maris, algo así como para romper el silencio entre las cuatro. Landon es el tercer trillizo, el objeto extraño entre Maris y Astrea. Un par de veces lo he oído decir que aun cuando cuatro hubieran sido multitud, mataría por tener un hermano varón. Yo sólo le tengo piedad a la madre, siendo soltera y el padre perdido entre los transeúntes individualistas.
Pregunto porque Landon es algo aprensivo cuando se trata de la cosecha. Quizá no tiene muchas agallas, pero es comprensible todo eso, los otros chicos dirían que piensa y teme como una chica, pero cuando hablamos de este asunto, creo que todas las delicadeces tienen su fundamento y tomarlo con ironía no ayuda a nadie.
- Está bien, un poco nervioso en la mañana, pero Astrea se ocupó de que nada le entrara en la cabeza hasta después de la una, y la casa quedó bastante limpia. Mamá tuvo que trabajar media jornada –explica Maris, ya apoderándose de un semblante menos remilgado.
- Que bueno –asumo en el instante que el micrófono es amplificado de nuevo. Enmudezco cuando Leela Minogue sube al escenario.
Como siempre sorprende, sólo que esta vez cambia el outfit a algo menos extravagante que el año pasado, aún recuerdo el vestido verde musgo con el que todas soñamos después. Hoy lleva una falda negra y cortísima (¿quizá un short?) que brilla bajo las luces naturales. Tacones de casi veinte centímetros y un top verde esmeralda con un pequeño englobado por sobre la falda. Lo peculiar es el cabello, como siempre, que le llega hasta los tobillos. La larga melena rubia platino que esta vez lleva tomada en una trenza espiga, de esas que nunca he podido hacer. La estructura arquitectónica se arrastra tras ella como una cola de sirena.
- Wow –suelto sin remedio.
- Qué cabello.
Lacey se acaricia al parecer por instinto las puntas de su pelo, que es hasta los hombros. Es lindo y tiene distintos tonos que me agradan, pero como a todos los otros ejemplares, lo eclipsa la quinta extremidad de Leela.
- Buen día Distrito Cuatro, creo que anunciaron lluvia en la mañana, será mejor apresurarse.
Ah, también es poco complaciente, no como los escoltas de las otras cosechas que he visto en la pantalla. Ellos les dan miles de vueltas a las cosas y para cuando arriba el segundo de elegir a los somnolientos adolescentes, ya es el día siguiente. Quizá por eso Leela me pseudo-agrada. No seré hipócrita y diré lo contrario. Todo ciudadano de distrito le guarda algún grado de rencor a los Capitolinos, sobre todo si se ganan la vida extrayendo papeles al azar de una tómbola. Apuesto a que les hacen un curso para eso. Todo lo demás son fiestas y presentaciones públicas que disfrutan más que esforzarse por parecer felices.
La mujer –y la cola/serpiente- se acerca a la gran esfera de vidrio contenedora de los nombres masculinos de entre doce y dieciocho años. Es el momento en que recuerdo a Asher, debe de encontrarse preparando su salida triunfal. Veo movimiento en la sección de dieciocho. De todas formas no puede haber otro voluntario que no sea el elegido, va contra las reglas y representa un enorme desprestigio hacia la academia respectiva.
Su mano enguantada de blanco se desliza por las papeletas omnipresentes hasta que escoge una, que de todas formas sabe que no tendrá ningún remesón en el individuo respectivo.
- Baldomerus Hyde –resuena la voz grave, acompañada por otro quiebre de olas en la orilla más cercana. No vuela ni una mosca en todo el distrito.
No conozco al tal Baldomerus Hyde, y tampoco sale a escena. Ni idea de su edad ni capacidad, pero no es él en el que me concentro, sólo espero el grito de Asher, el que suena con agonía luego.
- ¡Soy Voluntario!
Mis interiores se estremecen en primera instancia, puedo visualizar a mi hermano ya bajo la denominación de tributo representante, en el tren, en el carruaje, en las entrevistas, entrenando, con su alianza. Pero en primer lugar, me lo imagino subiendo los escalones al escenario, cosa que no sucede y me percato de que todo lo anterior no lleva mucho respaldo pues la voz que se cuela en mis oídos no es ni siquiera característica de la que escucho todos los días en la mañana.
No es Asher el que grita, ni el que se interpone en la sección de dieciocho, sino que es otro chico, un chico pelirrojo, al que he visto antes.
- ¿Cuál es tu nombre cariño? –comienza Leela, apresurándose al parecer pues no le imprime mucha emoción a la pregunta.
El chico carraspea antes de contestar. Sí sé de quién se trata, obviamente.
- Darnell Salander –repone inclinando levemente la cabeza. Le echo una mirada rápida el sector adyacente, donde veo el cabello de Asher conflagrado por el viento. Tengo el impulso de llamarlo, pero la escena adelante me llama algo más la atención.
¿Qué hace Darnell ahí? Él es amigo de Asher, desde siempre, desde los cinco años si no me equivoco. Salen a veces en el mismo barco a pescar, van a la Academia Windsor juntos, incluso en un par de ocasiones en que mezclaban géneros para probar nuevas técnicas de aprendizaje, tuve que enfrentarme a él con el arpón. Es un as del arpón, pero escuché a Asher decir que es algo tosco y torpe.
Es el Darnell que yo también he conocido, incluso cuando me haya hablado unas tres veces en su vida.
Las preguntas dan vueltas mi cabeza, la mayoría destinadas a Asher y el resto a su extraña amistad que de un momento a otro ha decidido tomar el puesto de mi hermano.
¿Qué diablos estará pensando Tempest en este momento?
La situación continúa haciendo eco en mi mente hasta que Lacey me pega un codazo y me saca de mi trance, veo que Astrea y Maris también me observan con rostros interrogantes. Miro al suelo y nuevamente al escenario, después a Asher.
- ¿Qué sucede? No nos contaste nada de esto –reclama Lacey, ya completamente fuera del trance melancólico de antes. Sus ojos se abren como pelotas de pool y una de sus manos zarandea mi hombro.
- Te lo diría si supiera –repongo enfadada, ¿qué tipo de pregunta es esa?
- ¿Estás diciéndome que este es un verdadero cambio de libreto? ¿Que no lo sabías?
Asiento.
- Por los mares. ¿Qué estará pensando Asher en este momento? ¿Y Amorel? –el rostro de Lacey se contrae en una mueca irritada y desesperada, desesperada por saber qué sucede. En la práctica está graficando en su cara todo lo que siento en este instante. Las gemelas no varían en su expresión, es una de las pocas veces que las observo reflejando la misma emoción. Como dos gotas de agua.
El silencio embarga la plaza principal, creo que esto nadie se lo esperaba. Vuelvo a pensar en Tempest y en el peligro de suicidio en las tinieblas de la noche venidera. Puedo visualizarlo perdiéndolo todo luego de que su alumno estrella fuera destronado inmoralmente por un conocido, con lo poco teatral que es el instructor.
- Creo que es hora de seguir –procede Leela-. Démosle un aplauso a nuestro prolijo voluntario.
El aplauso es recíproco, pero suena confundido, no es coordinado ni fuerte como otras veces, aunque sí hay ciertos grupos masculinos que vitorean al chico en escena. Él mismo mantiene un semblante sepulcral.
- Hora de nuestro tributo femenino. –Leela repite el mismo procedimiento mientras se aleja de Darnell.
- ¿Qué va a suceder ahora? Te imaginas a Amorel yendo con Darnell en lugar de Asher. ¿Qué pensará tu hermano? ¿Tener que ver a su mejor amigo y a su novia luchando a muerte? ¿A quién escogerá? –Lacey se despista con las preguntas más inéditas mientras toda la parafernalia ocurre a manos de Leela en escena. Darnell sigue impertérrito como una piedra tallada. No me volteo a callar a Lacey, pues continúa amplificando todo lo que se pasar por mi mente-. ¿Ha pasado algo así antes? Creo que por los trigésimos…
- ¡Anne Gabrielle Cresta!
Durante un segundo retardado continúo escuchando a la voz cantarina a mi lado, pero esta se detiene cuando el familiar nombre se esparce como vapor por los presentes.
Lacey me contempla con los ojos como platos. Astrea y Maris hacen honor nuevamente de su similitud y las otras chicas a mi alrededor no varían en sus expresiones de pobre concordancia. Imagino mi rostro, pero no tengo el tiempo como para visualizarlo frente a un espejo. Otras cosas se difunden por mi cabeza en ese instante.
¡Amorel!
Ella es la voluntaria, ella debería gritar en este instante que el puesto le pertenece. Que ha entrenado toda su vida para ello. Yo no debo expropiar su honor, su premio, no alguien a la que inhibieron de sus actividades en la Academia hace años.
- Amorel –susurro intranquila, lo que luego se convierte en genuina desesperación-. Amorel. ¿Amorel?
Todo a mi alrededor se empaña, no pongo atención a Lacey, que como en todas sus malditas vidas transmite hasta por los codos. Maris se calla, pero Astrea le sigue el juego a Lacey, quien aporta también con tanteos en mi hombro y brazo derecho. No le pongo atención, pero sí me la quito de encima, la voz chirriante no me ayuda, hay sólo una persona que quiero ver en este momento. Tiene dieciocho años y es la andante de mi hermano, debiera hacerse presente y no la veo por ninguna parte.
Pasan veinte segundos, luego treinta, y los chismorreos guturales se prolongan cada vez con menor prestancia.
Amorel no grita, no habla. Por fin distingo una de las frases de Lacey, la que se cuela por mi filtro defensor.
- Annie… Amorel no ha gritado…
- ¡Ya lo sé! ¿Qué crees que soy sorda?
Por un instante sólo quiero quitármelos a todos de encima y hacerme un ovillo, que nadie me note. La nota desesperada se expande por mi cuerpo y siento que comienzo a temblar. Todos me observan. Aun cuando no me sea posible distinguir a todos los rostros intrusos, sé que todos me observan como a una atracción de museo.
Ya el tiempo transcurrido traduce de las reglas implícitas que debo avanzar y tomar mi lugar como tributo. Pero no estoy lista… No puedo ser un tributo. No puedo ir a los Juegos del Hambre. Tengo planes, aunque no los haya establecido aún. ¡Este es el destino de Asher!
Asher se me viene a la mente mientras camino mecánicamente hacia adelante. Está implantado en nosotros... saben. Eso de poner un pie tras otro para disminuir la distancia entre nosotros y otro lugar, pero la acción me sienta ajena.
En el instante en que me alzo por entre los demás percibo la humedad en los párpados.
- ¡Bienvenida a nuestra tributo femenina! –chilla Leela, no puedo evitar relacionarla con Lacey, quien yace debajo entre la multitud ordinaria que no debe apañárselas como yo-. Anne Gabrielle Cresta.
Es extraño escuchar ese nombre, ya que nunca lo uso. Supongo que mamá me introdujo con esa denominación al nacer, pero nunca he sentido el nombre Gabrielle como mío, desde pequeña que me llaman Annie. Siempre lo he preferido sobre el otro, y ahora me han condenado mediante un nombre que no tiene mucho sentido para mí.
Debería llevar todo el sentido del mundo. Hace cinco minutos había dentro de esa bola de cristal seis papeles con las palabras "Anne Gabrielle Cresta" escritos.
Ahora hay sólo cinco.
La primera lágrima baja por mis mejillas. No puedo evitarlo. Esa revolucionaria solivianta al resto hasta que en mi rostro corren sin parar. Miro hacia abajo, no me es posible levantar la vista para enterarme de como los presentes digieren mi condena. Por primera vez observo a Darnell, quien ha cambiado un poco la orientación de sus cejas. Algo que sea. Un rasgo de reconocimiento es lo que me deja peor.
Amorel no se hace presente antes, durante ni después mi triunfal puesta en escena.
El melodrama me acompaña hasta las puertas del Edificio de justicia. Me colocan al inicio de la fila india, delante de Darnell, de Leela y de los mentores que no me empeño en mirar. Una ola quiebra en la distancia, dictaminando el inicio de mi nueva era como figura pública. La confusión no me deja tranquila, pero la certeza de mi condición no es algo que pueda ignorar fácilmente.
Los colores cálidos de la fría habitación me envuelven durante los minutos que permanezco sola. "Esperando a mis seres queridos".
Se nota muy poco concurrida. Desconozco el destino de este lugar. Los sillones opulentos contrastan con las terminaciones minimalistas, pero incluso con ello, se ve muy agradable. Es como una habitación de ensueño, donde podría llevarse a cabo toda una historia de acción, drama y desamor. Imagino los cambios de clima visibles por la única ventana acompañando las frases introductorias.
"Y entonces, deslizándose junto con las hojas del terrible otoño que vino a caer, Edelmira entró en la habitación para distinguir a la pareja prohibida en su acto de consumación.
No fue prolongado el tiempo de catarsis, pues la chica recurrió a su instinto salvaje […]".
Podría dedicarme a continuar con la historia de Edelmira, pero un agente de la Paz irrumpe en el cuarto indemne mientras las nubes de vapor se disipan y dejan a mi protagonista en el olvido.
- Tienes tres minutos para hablar con cada ser querido.
Me asombra la emotividad que le pone. En serio, voy a llorar.
Las lágrimas se inhibieron hace tres minutos cuando por un instante olvidé lo que pasaba. Los sillones se volvieron más dignos de curiosidad. Lo importante ahora es no llorar en frente de mamá, o de Asher. Puede que vaya prácticamente a la guerra, pero no quiero llorar en frente de ellos.
Me pregunto a quien visitará Asher primero, ¿a Darnell o a mí?
Tengo la respuesta cuando se abre la puerta, descubriendo a Lacey y Astrea detrás. Me sorprende no distinguir a Maris, no porque suponga que debe venir a despedirse, sino porque estoy acostumbrada a verlas juntas casi siempre.
Le doy un abrazo espontáneo a Lacey y rompo a llorar.
Buen intento.
En medio del contacto con mi amiga y luchando los sollozos de ambas, escucho un estruendo afuera.
Escucho voces interpuestas y poco entendibles. Una discusión acalorada que poco me dice de la situación y ciertos reclamos desaforados de una voz mayor. Algo se rompe, quizá un florero o una columna de mármol. Luego otro grito femenino y después lo que me hiela la sangre. Un disparo me sacude de toda emoción anterior.
- ¡¿Qué fue eso?! –grito mientras me desencajo de Lacey y corro hacia la puerta más cercana. La única que hay en la habitación además de una que está clausurada.
No tengo que pelear con mi amiga pues ella también sigue el sonido hasta abrir la puerta sin la antelación de que habría un Agente de la Paz al otro lado dispuesto a hacer todo lo posible para cerrarnos el paso.
- Señorita Cresta, debe quedarse dentro de la habitación de despedidas.
No tengo otra opción que dejar de luchar, pero en el intertanto logro distinguir a mi hermano horrorizado, que observa hacia el sector que la puerta me bloquea. No hay nadie más, y temo por él hasta que un Agente lo toma del brazo y lo guía hacia un costado. No hay disparo que lo preceda, al menos en los siguientes segundos. Respiro aliviada hasta que la fuerza del Agente finalmente nos arroja a mí y a Lacey hacia dentro de la habitación.
Nos miramos confundidas. No comprendo que pasa. ¿Qué hago aquí? ¿Por qué me eligieron para los juegos cuando Amorel era la destinada a ellos? ¿Y a quién le acaban de disparar a quemarropa?
El silencio se extiende por lo que parece ser todo el Edificio de Justicia. No se mueve ni un dedo.
