Prólogo

¿Por qué a mí?

Lo ha preguntado durante varias horas, una y otra vez: una por cada salto del vehículo inservible, otra por cada sollozo a su alrededor, una más por sus propios jadeos vacilantes. Su mente, que solía ser un almacén de bondad, se hundía en un maremoto de angustia representado con diligencia en cuatro palabras repetitivas:

¿Por qué a mí?

No había salida. De haberla, la habrían encontrado ya. En la espesa negrura lo único que se podía hacer era mantener la cabeza gacha, no pensar en el presente y rezar. Ella hizo lo primero, pues su sentido de la vista resultaría inútil de todos modos, jugó con sus dedos para distraerse y, sin dirigirse a nadie en particular, levantó la misma plegaria ridícula que recitaban los demás, interrumpida de vez en cuando por gritos ahogados.

¿Por qué a mí? Repitió una vez dicho el amén, palpando el hematoma negruzco que se extendía desde su ceja hasta la base de su ojo izquierdo, a juego con el labio roto que apenas comenzaba a sanar. Ardía, pero no impidió que bendijera el alma del hombre que la lastimó. A comparación de los horrores que presenció durante su huida, un par de golpes en el rostro se consideraban actos de misericordia.

Era lógico: las heridas creaban dolor, el dolor invocaba recuerdos y ellos llevaban a las lágrimas. Quería llorar, pero era como si su llanto se hubiese agotado hace días, frente a blasfemias que aún le costaba digerir. Sus voces, sus rostros, el cristal de una vitrina rompiéndose. Niños, mujeres y ancianos que huyeron del pandemónium sólo para caer como moscas un par de horas después.

Tantas víctimas. Tantos muertos. Tantos inocentes que no volverían nunca más. Marco, uno de sus amigos más queridos, era uno de ellos.

¿Por qué a él?

Detuvo en seco el jugueteo de sus manos, pues cuando se permitía llegar hasta ese punto no había distracción que la protegiera de lo que habría de venir: mientras su llanto sin lágrimas creaba un eco mudo contra las paredes del camión, la parte más oscura de su ser preguntó en silencio si todas aquellas desgracias, todo aquel sufrimiento, realmente valían la pena. Meditó un segundo, planteó las posibilidades en un instante y, sin ninguna duda, asintió en la oscuridad. Sí, cada herida había valido la pena.

Divagó; no tenía más posesión que sus recuerdos. Visualizó el difuso rostro de la persona a la que solía llamar 'padre', añoró a su amiga Sasha, pensó en sí misma y en lo que a partir de ese momento debía hacer.

Su cuerpo temblaba, pero en el fondo ya no sentía temor. Sentimientos como el miedo estuvieron a su lado desde el instante en que la puerta de su hogar fue derribada, incrustándose en su interior como un parásito. No tenía miedo. Toda ella era miedo, y ninguna palabra tranquilizadora lo iba a evitar.

Fue entonces cuando, sin previo aviso, los gimoteos a su alrededor se apagaron de golpe. Las madres llorando a sus hijos muertos, los padres saboreando el odio, todos callaron ante la voz que ordenó a gritos que las puertas traseras del camión se abriesen de par en par; una docena de rostros fueron cegados por la luz e incluso ella necesitó parpadear un par de veces para recuperar la vista.

Ninguno sintió el momento en que el camión se detuvo, ni el instante en que una silueta robusta cortó la claridad. Estaba envuelta en un elegante uniforme militar, igual que sus peores pesadillas.

—¡Despierten, basuras judías! ¡Es hora de bajar!

Su puño golpeó el costado del vehículo como quien se impacienta ante los actos de un animal, pero los presos estaban tan ocupados lamentándose que apenas se atrevieron a respirar en respuesta. Ahora, con la luz exterior, podía verlos mejor: muchos se encontraban en condiciones más deplorables que la suya, con el rostro hinchado al punto de la deformidad o las ropas hechas jirones luego de horas y horas de malos tratos. No había ancianos o niños. Suspiró y se sintió afortunada.

Él volvió a insistir, con fuerza, provocándole una breve sordera cada que su puño castigaba el metal, abollándolo. Lo observó de arriba abajo y notó su juventud sobre el hecho de que su pecho portaba más de una medalla. De hecho, su corte miliar y su semblante hosco despertaron memorias del día de su captura, cuando ese soldado la apartó de las manos de los hombres que la acorralaron en las calles y que, de no haber sido detenidos, le habrían hecho mucho más.

Recordó todas aquellas manos lujuriosas intentando arrancar sus ropas y el alivio que sintió cuando el hombre rubio rodeó sus hombros. Le ofreció un café, vendó sus heridas y le prometió que todo estaría bien.

Y sin embargo, aquella era la primera vez que veía luz en tres días .

Debo creerle. Tragó hondo y, dudando, se abrió paso entre los presos que se amontonaban como ganado; el espacio era sofocante, tanto que le habría sido imposible atravesarlo sin hacer uso de su pequeña estatura. No me hará daño.

La maraña humana la impregnó con su olor a sangre, sudor y desechos frescos. Cuando llegó al final, lo primero que buscó fueron los ojos de su captor, azules como los suyos, pero que se desviaron con vergüenza cuando la reflejaron como un espejo; le ofreció una de sus manos en silencio y le ayudó a bajar.

—Camina —le ordenó cuando descendió del vehículo en un salto, señalando el sendero que seguían otros prisioneros como ella—, no tenemos tiempo que perder.

Su tacto era brusco, fuerte, pero el tono de su voz era sumamente gentil, a pesar del emblema de calavera bordado en su uniforme. Ella abrió sus labios para responder, pero ningún sonido salió de entre ellos, ni siquiera las tan anheladas 'gracias' que había formulado en su cabeza. Al final se conformó con asentir y abandonar por completo su mano.

—¿Vieron? ¡Ustedes, holgazanes, deberían seguir su ejemplo!

Ni el más amable de aquellos hombres podía ser de fiar.

Sus botas sucias resonaban contra el sendero de grava suelta, rompiendo el silencio que había reinado súbitamente sobre otros cien ecos distintos. Miró hacia atrás, hacia su punto de partida y descubrió que su grupo no había sido el único. Había más de seis camiones estacionados uno al lado del otro y por cada uno había una docena de soldados bajando su famélica carga. De hecho, el mismo panorama se extendía en todas direcciones, sólo interrumpido por la sombra de barracones lejanos y el interminable alambrado de púas. El resto era tierra, grava y masas humanas.

—¿Puedes verla? —preguntó la voz de uno de los oficiales a su izquierda, a la distancia suficiente para que su voz llegara a ella convertida en un murmullo—. ¡Es una diosa!

—No tenemos de esas a menudo —afirmó una voz distinta a la anterior, desde el mismo sitio—. Te apuesto mi cena a que es mía antes del anochecer.

—¡Trato hecho! —incluso desde tan lejos era más que obvio que el primer hombre trataba de contener una carcajada—. ¡Morir de hambre valdrá la pena cuando te vea suplicando al comandante por piedad! Sabes que le gusta guardarse las mejores para él.

—¡Ese bastardo tiene tantas mujeres que podría armar su propio burdel! —respondió indignada la otra voz—. Que sepa que ésta nos pertenece.

Sus mejillas automáticamente se tiñeron de rojo. Las miradas lascivas de los guardias se clavaban en su espalda, en su rostro y en sus pechos, los susurros se convirtieron poco a poco en frases claras y completas.

—¿Qué dices? —preguntó otra voz desconocida desde otra dirección—. ¿Nos turnamos?

—No veo porque no.

Se abrazó a sí misma. Ya no eran susurros, sino gritos los que se extendían a su paso como lo hacía la alfombra roja ante una celebridad, más obscenos al pasar los segundos; en el fondo se preguntó si eran sus rasgos arios o el hecho de que no era judía lo que atraía cual imán la atención de los hombres que resguardaban el campo de trabajo de Dachau.

Dachau. Incluso el nombre en sus pensamientos sabía a bilis.

Alemania, 12 de Noviembre de 1938. A cinco años de que Adolf Hitler tomara la cancillería alemana en nombre del Partido Nacionalsocialista y a tres días de que la primera de muchas revueltas civiles a favor de la supremacía racial invadiera las calles de Múnich. Fue en el transcurso de la kristallnacht, la Noche de los Cristales Rotos, en que Christa Renz fue apresada por las fuerzas autoritarias de su propia patria.

¿De qué era culpable, más que de mantener la cordura cuando todo a su alrededor comenzó a decaer? Como fue dicho antes, ella era aria, de ojos azules y largo cabello rubio que llegaba a la mitad de su espalda y resplandecía con la luz del sol. Una legítima ciudadana del Imperio Alemán según los estándares del gobierno. Eso, por supuesto, no le impidió a los radicales derribar la puerta tras la que ocultaba a un niño judío.

Debió haber imaginado que las cosas terminarían así: un día los israelitas despertaron para descubrir que ya no eran admitidos en las piscinas, los teatros y el transporte público, luego vino el toque de queda y por último, la deportación.

—¡Viejo del demonio!

Giró la mirada rápidamente, dejando que se perdiera entre la andrajosa multitud: había hombres, mujeres y ancianos, todos con la cabeza afeitada, rodeados de guardias, perros entrenados y torres de vigilancia a lo largo del alambrado. Un SS de cabello negro y aspecto burlón arrastró a uno de los viejos fuera del camión en que llegó, usando la culata de su arma para golpearlo en la nuca.

Eso era a lo que los alemanes llamaban deportación.

—¡Camina! —gritó el soldado, pero su víctima tenía ambas piernas rotas, cayó de rodillas y despertó la ira del verdugo—. ¡Maldito cerdo!

Su mente se nubló. Pensó en correr, en auxiliarlo, pero antes de mover un músculo el soldado rubio le dio alcance, tomó su brazo con fuerza y la obligó a continuar. A sus espaldas, el viejo gritaba.

—No lo escuches —murmuró a su oído cuando otro de los guardias gritó improperios. Hasta entonces no se había percatado de su cercanía o del rechinido de sus propios dientes—. Recuerda porque estás aquí y sigue caminando.

Cerró sus ojos un momento, escuchó la agonía en la voz del hombre y, con un nudo de culpa atorado en la garganta, continuó su camino a la larga formación. Él tenía razón, fue el impulso de defender lo indefendible lo que la había arrastrado a esa prisión. Su costumbre de poner al resto del mundo como prioridad le había negado todos sus privilegios raciales.

Sasha la había comparado con una diosa durante su última tarde juntas, luego de que convenciera al señor Braus de que había sido ella y no su glotona hija la que devoró las piezas de pan destinadas a ser la cena de tres noches. Con eso la comparó, con una divinidad que vigilaba a sus siervos desde un paraíso de cristal en el cielo; Christa se había ruborizado como nunca, mientras que Sasha había atinado a reír.

Nunca hubiesen imaginado lo que sucedería. Jamás habrían creído que sus hogares arderían al anochecer.

Y, desde luego, el último pensamiento de su amiga resultó no estar en lo cierto. No era una diosa. No se preocupó por salvar vidas mientras corría y mucho menos se detuvo a escuchar las plegarias de los moribundos sobre los que saltó para ponerse a salvo. No, había cometido muchos pecados en el transcurso de una noche.

Otro grito ensordecedor invadió la quietud. Miró hacía atrás, la imagen del anciano sangrante se congeló en su mente y sólo le tomó un par de segundos reconocerlo como el profesor jubilado del barrio que siempre le regalaba golosinas cuando la sorprendía jugando en su pórtico.

—¡Reza, basura judía! —incitó su verdugo entre risas, rodeándolo—. ¡Pide a dios que te saque de aquí!

Su mano se cerró sobre su otrora camisa blanca, ahora llena de tierra, sangre y más suciedad; buscó en sus nudillos el valor que sus músculos necesitaban para detener sus temblores. En sus ojos se reflejaba aquel brillo audaz que aparecía cuando la necesidad de expiar sus pecados crecía tanto que apenas la podía contener. Observó las tropas a su alrededor con nervios de acero, analizó al soldado que la llevaba del brazo y vio en su descuido una oportunidad.

¿Qué pasaría si, de pronto, arrebatara su arma?

Obviamente la matarían, había demasiados soldados, torres y perros para pensar lo contrario pero... ¿Y si les daba a los prisioneros los segundos necesarios para hacer lo mismo? ¿Y si les daba tiempo para, tan siquiera, correr? Era una apuesta de todo o nada, una que tenía todas las de perder.

—Así es como son las cosas aquí —murmuró el soldado rubio de pronto, sin mirarla—, si sabes cómo comportarte, todo estará bien.

Los gritos anunciaron su llegada a la formación: los prisioneros veteranos la flanqueaban como una procesión fúnebre. Miró de nuevo al hombre, a su cintura, donde el arma se balanceaba al ritmo de su andar, prestó atención a su rostro y encontró en él la ausencia que su arriesgado plan necesitaba. Ahora le hacía falta el valor.

Debo hacerlo. Se dijo, respirando con lentitud, guardando la calma.

Buscó a izquierda y derecha la mirada indiscreta de un testigo inoportuno: no encontró nada. Deslizó su mano en dirección a la Luger y el corazón casi se le sale del pecho cuando su dedo índice rozó el metal. Era tan frío como los ojos de un partidario nazi. Rodeó el mango con sus dedos, vio su propia vida pasar frente a sus ojos y pudo comprobar con pesar que aquel sería el final.

Entonces, cuando parecía haberse familiarizado con el arma, un extraño silbido cortó el viento.

—¿Qué...?

La voz de Reiner parecía incrédula, pero ella no podía escucharla ya. Los prisioneros corrieron hacia la formación en busca de refugio, el uniforme de los soldados que rodeaban al viejo goteaba sangre y trozos pequeños de materia gris y ella misma apenas pudo contener un grito de horror. El cuerpo del anciano se balanceó antes de caer de espaldas, sin vida y con la mitad del cráneo hecho puré.

Retrocedió. Sus dientes castañeaban, sus rodillas cedieron y la hicieron caer, fue cuestión de tiempo para que la expresión decidida con la que moldeaba sus planes se deformara hasta convertirse en un cuadro de pánico.

¿Qué ha pasado? ¿Qué diablos había pasado?

—¿Qué haces? —el soldado rubio se acuclilló a su lado, tomándola del brazo nuevamente–. Anda, levántate, debemos seguir.

Pero no lo escuchó, no podía oír nada que no fuera su aliento y el latido frenético de su propio corazón. De hecho, era como si la estela de la bala hubiese cerrado las gargantas de los presentes, envolviendo el campo entero en un misericordioso silencio.

Quizá, de haber reaccionado a tiempo, Christa habría detectado la sombra desconocida con el arma humeante en su mano, envuelta en ropas más negras que la oscuridad; hubiese visto como se acercaba al cadáver con andar felino, haciendo que el soldado que torturó al viejo se pusiera rígido y tensara su brazo en el aire.

¡Heil Hitler! —gritó, pero la presencia apenas y se molestó en mirarlo con el rabillo del ojo y corresponder el saludo de mala gana.

Era otra cosa lo que le había llevado hasta ahí, algo mucho más importante. Analizó la multitud maloliente, buscó entre ella hasta que sus ojos marrones se detuvieron sobre su objetivo, su presa; sonrió y saboreó el poder en sus labios.

Ahí estas.

Tanto los reclusos ordinarios como los kapos se apartaron gimoteando a su paso, los hombres bajo su mando agacharon la cabeza y el soldado que acompañaba a la pequeña figura se tensó, mirándole con el ceño fruncido; ese rencor fue lo que le hizo disfrutar la distancia que los separaba como un paseo por el parque. Por su parte, Christa no demostró haberle sentido. No reaccionó cuando estuvo a un par de metros de ella, no dijo palabra alguna en el momento en que su brazo rodeó su cintura y apenas dio señales de vida cuando la obligó a ponerse en pie. El cañón de su arma rozó su sien y el escalofrío que sintió a través de su cuerpo fue el mejor de toda su vida.

Christa se paralizó, su respiración se detuvo y sus ojos se abrieron como un par de enormes platos. Algo húmedo recorrió su oreja de abajo hacia arriba, un músculo alargado y flexible que parecía ser una lengua humana. Sentía el aliento del ente desconocido sobre su cuello, pero lo que más le angustiaba era el tacto del metal que hacía pequeños círculos desde su sien a su mejilla; casi podía oler la pólvora de su último disparo.

—Mira que prisioneros tan interesantes capturaste esta vez, Reiner —la mano sobre su cintura se deslizó a su vientre, acariciándolo en un movimiento casi surreal—, tener las agallas de robarle el arma a un miembro de las SS no es algo que se vea muy a menudo.

Su voz era ronca, potente y maliciosa como ninguna que hubiese escuchado antes, tan ambigua que era difícil saber si provenía de un hombre o de una mujer. Sus ojos se clavaron desesperados en los del soldado de nombre Reiner, y ellos reflejaron exactamente lo mismo que los suyos: desesperación.

—¿De qué diablos hablas...?

Hubo murmullos en la multitud, algunos curiosos y otros burlones, pero todos parecían discutir la misma cuestión. Christa sintió la risa de la persona a sus espaldas. Reiner se ruborizó.

—¡¿De qué hablas?! —repitió exasperado, poniéndose en pie y sacudiendo el polvo de su impecable uniforme negro. Tras él, el resto de los custodios volvían a sus labores, mirando la situación con el rabillo del ojo—. Es sólo una chica, no veo cómo...

—No lo ves porque eres estúpido, y eso explicaría perfectamente el porqué te atreves a hablarle así al comandante de tu tropa —la pistola abandonó su mejilla para señalarlo a él, a Reiner, más como un gesto que como una amenaza. Christa, aliviada, liberó el aliento que estuvo conteniendo—. Anda, ve tu cinturón. Te sorprenderá lo que una mujer puede hacerle a tu mente.

El lugar al que apuntaba era obvio: la funda en su cintura.

No. No podía ser cierto. Bajó la mirada, observando la gran mano enguantada que se aferraba a su cuerpo como una garra. Incluso ella notó a primera vista como, en su intento por tomar el arma, ésta había quedado a medio camino fuera de su sitio original. Escuchó a Reiner balbuceando cosas inentendibles y supo de inmediato que él también lo había notado.

—¿Cuándo fue que...?

—¿Qué? ¿Qué una niña logró engañar a mi segundo al mando?

Risas ahogadas recorrieron las filas de los soldados e incluso un kapo valiente se atrevió a reír; un par de medallas no servían de nada cuando se era ridiculizado de esa manera.

—¿Sabes lo que necesitas para prestar más atención?

La mano en su vientre ascendió, deslizándose sobre su estómago, rozando sus pechos con las puntas de sus dedos hasta que la tentación fue demasiada: estrujó uno de ellos con fuerza, lo deformó, lo moldeó y lo apretó tan bruscamente que arrancó de los labios de su poseedora un quejido. Por un momento, la inocencia de Christa la llevó a pensar que el objetivo de todo aquello era desprenderlo de su cuerpo.

¿Por qué a mí? Preguntó a sí misma cuándo el dolor fue sustituido por las caricias obscenas de un par de pulgares. A su alrededor, algunos de los guardias asintieron en aprobación.

—¡Déjala...!

—Ven a quitármela, si te atreves.

Su jugueteo se detuvo y sus dos manos se aferraron a su cintura como vigas de hierro. Reiner dio un paso al frente, temblando, a punto de llevar su mano a la Luger en su cintura pero, luego de unos segundos que parecieron una eternidad, se paralizó.

Él le prometió que todo estaría bien, pero en tiempos como esos, donde el alivio y el dolor podían coexistir, las promesas eran tan frágiles como una vitrina rota.

—Le recomiendo ser más precavido, teniente Braun.

Entonces, mucho antes de que el hombre tuviera oportunidad de buscar su mirada, la sombra de voz mordaz la tomó del brazo, halándola y obligándola a caminar. A su alrededor, el pequeño público que presenció la disputa comenzó a dispersarse.

Sentía nauseas, pero no tuvo más opción que seguir las gigantescas zancadas equivalentes a tres de sus pasos. Se atrevió a mirarle, hacia arriba por lo alto que era, y notó que a pesar de portar un uniforme masculino —consistente de un largo abrigo que le llegaba hasta las rodillas—, su cuerpo era demasiado esbelto para ser el de un hombre; incluso su cabello era tan largo que estaba recogido en una coleta baja de color castaño. Parpadeó un par de veces y borró aquel pensamiento de su cabeza. Por supuesto que debía tratarse de un varón, ningún nazi en sus cabales habría cedido el liderazgo a una chica.

Debe ser muy fuerte para que le permitan servir viéndose así. Pensó, en un breve segundo de cordura roto por el dolor en sus pechos y el recuerdo de los hombres acorralándola en aquel callejón. Sus manos temblaron y pronto la confusión fue devorada por el miedo.

Su vista se nubló. Las lágrimas vencieron su compostura y resbalaron por sus mejillas como si fueran un tobogán. Tenía miedo, mucho más del que tuvo cuando se encontraba abrigada por la oscuridad absoluta del camión de prisioneros. El ladrido de los perros, las sombras de las torres, todo parecía mucho más real.

—No tengo la más remota idea de lo que pretendías hacer, pero no lo intentes de nuevo —dijo el dueño de aquella voz mirando al frente. Alejándola cada vez más del lugar donde los presos eran formados y contados—. La próxima vez, puede que no esté de humor para pasarlo por alto.

Un miedo anormal llevó un doloroso nudo desde su pecho a su garganta, obligándola a emitir como respuesta el sonido que golpeó sus tímpanos como una sentencia de muerte: un sollozo, uno tan fuerte que pudo escucharlo sobre el escándalo de los perros y soldados.

Voy a morir. Su cuerpo temblaba como loco. No hay escape, no hay nada que pueda hacer.

No deseaba llamar su atención, pero cuando el desconocido se detuvo frente a ella supo que era demasiado tarde. Cerró sus ojos, escuchando atentamente los pequeños sonidos producidos por las medallas y el roce del uniforme del oficial al girarse, listo para encararla. Estaba tan cerca de su rostro que podía sentir su respiración y su calor.

—Mírame.

Su mano cubierta en cuero levantó su barbilla con cuidado, como si estuviese hecha de un material tan frágil que cualquier roce indebido la pudiese romper, rozó su mejilla con su dedo pulgar y esperó por una reacción. Quizá fue su respiración acompasada o la mano que se posó protectoramente en su hombro, lo que la incitó a obedecer, encontrándose por primera vez con esos ojos marrones tan diferentes a los suyos. El comandante sonrió y su gesto despertó en ella recuerdos de sus años felices en la ciudad.

—Bien hecho.

Sin darse cuenta, dejó de llorar. Su mano brusca se dedicó a limpiar los ríos secos que las lágrimas habían dejado en sus mejillas, haciendo énfasis en la marca negruzca que recorría desde la base de su ojo hasta su ceja, acariciándola con delicadeza

—No te preocupes, esto sanará.

Miró su rostro, y éste resultó ser muy diferente a lo que imaginaba: alargado, joven, con simpáticas pecas que se extendían a lo ancho de sus pómulos. Su pecho estaba lleno de medallas de muchas índoles, pero la comprensión que encontró en sus gestos despertó en su interior la necesidad de devolver la sonrisa.

Sin embargo, esa tranquilidad resultó ser tan frágil como las promesas de los soldados y la vitrina de una tienda judía.

—¡Ymir! —Reiner les dio alcance, jadeando, y de inmediato el semblante tranquilizador frente a ella adquirió esa fría máscara que fue capaz de disparar contra un anciano indefenso—. ¿Qué le harás?

Sus ojos volvieron a encontrarse momentáneamente, pero ese color marrón había perdido todo brillo de comprensión; cuando vio la esvástica sujeta a su brazo izquierdo, Christa comprendió que, sin haber dicho ni una sola palabra, su destino había sido sellado, para bien o para mal.

Ymir sonrió de oreja a oreja.

—Lo que el Reich desee.