El grupo de chicos seguían asombrados por la estatua. Era exactamente igual a Eren. El pelo, la nariz, la boca, absolutamente todo. Mikasa se acercó para comprobarlo. Al tocar el trozo de piedra sintió como si realmente tocara al castaño.
-Eres tú, Eren. Este chico eres tú.
-Eso es imposible.-El muchacho se quedó en seco un momento.-Pero… deberíais ver eso.
El grupo miró hacia donde estaba señalando el chico y encontraron una sala en la que estaban docenas de estatuas. Pero eso no era lo más sorprendente. Lo que realmente era asombroso era que las estatuas eran las de ciertos chicos.
-Mira Reiner. Eres tú. El de la lanza.-Apuntó Berthold.
Los chicos contemplaron una estatua en la que un joven estaba vestido con una túnica y portaba una lanza que tenía enrollada una serpiente. Las facciones de la estatua eran idénticas a las de Reiner. Al igual que en la otra estatua en esta había una inscripción: Apolo, Dios del Sol.
-Pues la verdad es que me gusta.-El rubio debió la mirada.-Aunque no tanto como la de Christa.
Cerca de ahí estaba la estatua de una hermosa joven en la sus brazos se alzaban al aire y mantenía una sonrisa tan brillante que enamoraría a cualquiera con solo mirarla. La inscripción de esta majestuosa estatua decía: Hera, Diosa de la fertilidad.
La muchacha se sonrojó al instante en el que captó el significado de la última palabra. Nunca se le ocurrió que si al final era una diosa como le solían decir todos, lo sería de eso.
-¿Porqué no nos dejamos de tonterías y nos centramos de una vez?-Dijo cierto castaño con el que Eren solía enfadarse.-Parece que a nadie le importa que hace unos pocos minutos estábamos en la cima de una montaña.
El comandante del cuerpo de exploración se acercó a Jean con la actitud que siempre solía portar.
-Primero, estábamos en la cima de un monte. Segundo, nos encargaremos del problema de dónde diablos estamos cuando nos interese, lo que queremos ahora es recopilar información de este lugar. No olvides la misión por la hemos estado viajando un año, soldado. ¿Qué puedes decirnos Hanji?-Preguntó Erwin a la investigadora dejando a Jean callado.
-No mucho. La piedra de las estatuas no es rara pero no deja de ser interesante. Yo diría que es marfil, pero el que lo hizo fue o es un gran maestro en esta técnica de escultura. No creo que la gente de la iglesia de los muros pudiera explicar algo de esto. Es decir, tenemos frente a nosotros un total se sesenta estatuas y por lo menos siete tienen la apariencia de nuestros conocidos.
-Mientras tanto, el grupo de exploradores contemplaba una estatua que en esta ocasión coincidía a Berthold y en esta el sujeto tenía una pose en la él estaba corriendo. La inscripción decía: Hermes, Dios de los viajeros.
-Yo esperaba otra cosa. Tú eres de la guerra, Eren. Reiner del Sol y Christa de los embarazos. Ymir, ¿qué decía en la tuya?-Preguntó el alto a la morena.
La chica decía con su actitud que no quería responder pero al final accedió a responder a la pregunta de Berthold.
-…Decía…Afrodita, Diosa del Amor…
Los presentes se esforzaron todo lo que pudieron para soportar la risa que quería estallar. Por suerte el abrazo que le dio Historia a Ymir reprimió las ganas que tenía ella en ese momento de meterles la gracia donde no brillaba el sol.
-He visto que el final del pasillo termina en un gran salón, mejor avanzamos.-Informó Levi.
El grupo de viajeros se apresuró a adentrarse aún más en ese extraño lugar pero entonces Eren vio que su amigo se había quedado parado frente a una de esas estatuas.
-Armin, mejor sigamos…
El castaño se quedó callado al contemplar con mejor perspectiva aquella estatua. Era ella, esa malnacida a la que había derrotado y encerrado en una prisión de cristal hace ya tres años. Annie. Pero en esta ocasión ella tenía un semblante hermoso que le hacía parecer una verdadera mujer. Alzaba una lanza con una fuerza con la que cualquiera diría que lo que estaba reclamando era su libertad.
-Armin. Armin. ¡Armin!
Sin embargo el rubio no contestaba, lo único que hizo fue poner la mano sobre la mejilla de la estatua.
-Armin, es un trozo de piedra sin vida, no es Annie.
El estratega reaccionó y se apartó de la estatua y se aproximó a seguir al grupo sin dirigirle la palabra a su amigo. Eren lanzó una última mirada a la estatua y vio la inscripción de esta: Artemisa, Diosa de la Noche.
Cuando el grupo de viajeros surcaba el enorme pasillo que estaba decorado con más tipos de estatuas pudieron comprobar con claridad donde estaban. Por una ventana se podía ver una ciudad construida con marfil y oro. Pero lo más sorprendente de todo era el hecho de que el propio suelo de esta eran nubes. Una ciudad que se levantaba en las nubes. Como uno de esos cuentos que nos contaban nuestros padres para que nos vayamos a dormir. Parecía un sueño. Demasiado maravilloso para ser real, pero así era…real.
-¡Es mágico!-Exclamó Sasha como una niña pequeña que veía por primera vez la luna.
Cuando dejaron de contemplar el hermoso paisaje, el grupo de viajeros siguió su camino. Había tantas preguntas: ¿Era real lo que estaban viendo sus ojos? Y si lo era, ¿cuál era la razón de que ellos estuvieran allí?
Cuando llegaron a la puerta que daba paso a una enorme sala el grupo de titanes cambiantes no tuvo ningún problema en pasar pero en cuanto Mikasa trató de cruzar se generó una especie de red luminosa que hizo retroceder a la mestiza.
-¿Qué es esto?-Preguntó Eren mientras intentaba romper la red en vano.
-Dejádlo, buscaremos otra salida, vosotros buscar algopor esta habitación.-Oredenó Levi mientras guiaba el resto del grupo.
Cuando Eren dio un buen vistazo a aquel lugar vió que se trataba de una inmensa bóveda que al igual que el resto de la residencia estaba pintada de blanco y tenía detalles de artefactos dorados, pero lo más emblemático de aquel lugar era sin duda las esplendorosas escarelar que daban lugar a un hermoso trono. Los chicos se acercaron poco a poco al trono pero por desgracia cuando llegaron vieron que estaba vacío.
-Nunca creí que llegaríais tan lejos y mucho menos creí que llegaríais hasta aquí.
-¿Quién ha dicho eso?-Preguntó Reiner.
-Llevo muchos tiempo esperando a alguien con vuestra fuerza.-Empezó a hablar una voz que provenía de la nada.-¿Qué clase de persona se arrastra hacia su tumba en busca de esperanza?
Eren no pudo encontrar el origen de aquella voz pero de alguna manera sintió la necesidad de responder a es pregunta.
-Unas personas que están desesperadas.
Como si del mismo creados se tratase, una figura barbuda bajo flotando del techo. Aquel hombre parecía un anciano debido a la barba y melena albina que tenía. Sin embargo tenía una complexión atlética digna de un hombre de treinta años. Sus ropas solo costaban de una pequeña túnica que le tapaba hasta las rodilla. Aquel sujeto se acercó al grupo de jóvenes y los empezó a examinar mientras estos se ponían en guardia. Eren le reconocío al instante, era la visión del hombre que había visto durante su viaje pero...¿Había sido realmente solo una visión?
-Los que me han visto suelen tener miedo. En vosotros veo determinación.-Sentenció el anciano.-Vuestro metal me ofende ocultarlo de mi vista.
Como si de la orden de un superior se tratase, los chicos titán guardaron sus espadas en sus equipos. Eren dió un paso al frente y se dispuso a hablar con el anciano. Había salido a buscar respuestas y por su madre que las obtendría y si tenía que obtenerlas de ese anciano lo haría aunque tuviese que ser por la fuerza.
-Los titanes amenazan con destruir nuestro mundo. Hemos venido aquí a buscar el poder para derrotarlos. Salvar a nuestro pueblo, salvar a nuestras familias.
-¡Qué nobleza suprema, Cazador Sagrado, hijo del titán!
A Eren le sorprendió que ese hombre conociera el verdadero significado de su nombre.
-Te equivocas significa hijo del fuego, protector de los inocentes.
-¿Y acaso tu pueblo sabe cuántos inocentes habéis matado tú y tus amigos?-Le habló el anciano esta vez a todo el grupo.-¿Fueron cientos los que murieron?
Los chicos agacharon las cabezas y asintieron. En ese momento unos relámpagos rodearon sus cuerpos y los levantaron causándoles un dolor inmenso a los cinco. Eren podía sentir como todo su cuerpo se comprimía. De alguna manera ese sujeto sabía que mentían y la mentira no se la tomo demasiado bien.
-¡Está bien, fueron miles!-Gritó Eren a causa del dolor.
-¿Y cuando morían qué sentíais? ¿Pena, horror, poder?
Los chicos no le respondieron a ese hombre y trataron de usar las pocas fuerzas disponibles para alcanzar sus espadas.
-¡Nada! ¡No sentíamos nada! ¡No es un crimen mayor que el acto en sí pues al morir esas personas se pudo salvar la vida de muchísimas otras!-Contestó Eren con las pocas fuerzas que le quedaban.
Finalmente el anciano hizo un gesto con su mano y los chicos cayeron al suelo agotados.
-No puedo mataros, sería un desperdicio de talento y fuerza. Además, ¿qué dirían de mí, Zeus Dios supremo? Si además de dejar que mueran también los mato. Estáis aquí hijos míos, y estáis con vuestro padre ahora.
