Disclaimer: NADA ME PERTENECE. Los personajes son de Stephanie Meyer y la historia es de la escritora Leona Lee.

CAPITULO 1

Isabella se despertó al sonar una alarma, y se incorporó asustada. No se iba a acostumbrar nunca a aquel sonido, e inmediatamente miró hacia la cama para asegurarse de que Edward estaba bien.

—Lo siento, guapa— le dijo una enfermera con tono alegre, antes de salir de la habitación tras comprobar las máquinas.

Isabella se levantó de la silla y se estiró. Se había vuelto a quedar dormida. Las enfermeras ya no la despertaban cuando terminaba el horario de visitas. Desde el accidente de Edward, Isabella había pasado casi todas las noches en el hospital, mientras él permanecía en coma.

¿Ya habían pasado dos meses desde el accidente? Se preguntó Isabella a la vez que contemplaba el amanecer por la ventana. No podía creer todo lo que había sucedido en los últimos meses. Desde que empezó a trabajar para Edward Cullen en EAC Enterprises, su vida había sido un verdadero torbellino emocional.

Cuando aceptó las prácticas, supo que iba a trabajar con uno de los mejores empresarios del negocio de la logística, pero nunca pensó que se iba a enamorar de él. Se había alejado de él dos veces, y en ambas ocasiones acabó regresando a su lado. Sacudiendo la cabeza, observó la figura inerte sobre la cama. Aún no podía creer el poder que aquel hombre ejercía sobre ella, pero, tal y como le decía noche tras noche, mientras velaba su sueño, lo amaba. Sólo esperaba poder decirle cuánto una vez que estuviera consciente.

Aunque lo sacaron del coma inducido, aún no se había despertado, y cada día que pasaba los médicos eran menos optimistas, pero Isabella se negaba a aceptar que no despertaría nunca. Edward era un luchador. Un luchador apasionado y obstinado que debía despertarse pronto, porque lo necesitaban. Desesperadamente.

A los 24 años, la experiencia de Isabella no estaba a la altura de los más de diez años de diferencia que existían entre ellos, y menos con su educación conservadora, pero eso no le impidió disfrutar de todo lo que Edward le ofrecía, y el sexo era fantástico. En cuestión de semanas, había pasado de ser virgen a tomar parte en actividades voyeristas que podrían haber causado un accidente si el chofer de la limusina le hubiese prestado más atención a ella que a la carretera.

Todas las noches, Isabella revivía sus escapadas sexuales, a menudo en nuevos escenarios, que hacían que se despertara jadeando. Esperaba no hablar en sueños, ya que no quería que las enfermeras supieran qué soñaba.

Aunque no todo era sexo. La pasión y motivación de Edward no tenían parangón en la industria en la que construyó su negocio prácticamente de la nada, para acabar convirtiéndose en uno de los solteros más ricos y codiciados de San José. Y ella había aprendido mucho bajo su tutela, asimilando con rapidez todo lo que le enseñaba y manteniendo satisfechos a clientes y proveedores con unos márgenes de beneficio cada vez mayores.

Pero al mismo tiempo, muchas cosas habían salido mal. No creía que alguien acusado de espionaje debiera quedar impune. Si Isabella no hubiese estado en el lugar oportuno en el momento adecuado, nunca habrían averiguado que Marcus, uno de los empleados de más confianza de Edward, era el responsable de la filtración de información.

Furioso por la traición y movido por un fuerte deseo de destruir a su rival, Edward había logrado organizar un plan para acabar con Dimitri Vulturi, antiguo amigo suyo, y con todos los miembros del equipo de compras de la costa este de EAC Enterprises. La fiscalía de Nueva Jersey se interesó por varios contratos de importación de Vulturi, que al final condujeron a su arresto, mientras que el resto de sus clientes se pasó a EAC Enterprises.

Según Sam, el jefe de seguridad de EAC Enterprises, el accidente que dejó a Edward en coma no fue tal, ya que alguien le había cortado los frenos. Y aunque Dimitri ya estaba en la cárcel cuando ocurrió el accidente, era posible que él mismo hubiese dado la orden; él u otros varios posibles sospechosos, ya que los arrestos afectaron a muchas personas que vieron cómo de repente se quedaban sin sus ingresos extra.

Al haber nacido y crecido en la parte central de California, para Isabella los mafiosos y sicarios eran un invento de Hollywood, y no algo real. Todavía no podía creerse la enorme lista de gente que deseaba ver a Edward muerto, o, al menos, fuera del negocio.

La vibración del móvil la pilló por sorpresa, lo sacó del bolsillo y lo apagó. Suspirando, recogió sus cosas, besó a Edward y se dirigió al coche. Había empezado a dejar ropa limpia en la oficina y, entre el gimnasio de la empresa, donde se duchaba, y las cafeterías del trabajo y del hospital, donde reponía fuerzas, podían pasar varios días sin que pasara por su casa.

Al llegar a la décima planta, Isabella aceptó gustosa el café que le ofrecía Lauren, la recepcionista, que estaba sentada en su escritorio. Las tres horas de diferencia entre San José y Nueva York, la obligaban a pasarse las mañanas corriendo de aquí para allá.

Sonrió al ver su ropa colgada en bolsas de la tintorería. El personal de apoyo de Edward se había deshecho en atenciones hacia Isabella cuando ésta regresó al trabajo, y se había hecho cargo de casi todo.

Cuando Isabella estaba revisando su mail, vio una solicitud para una videoconferencia. Tras abrir la ventana, sonrió a Embry en su pantalla, y continuó degustando el café. Al ser uno de los pocos empleados que quedaban en la oficina de Nueva York, Embry había redoblado sus esfuerzos y, con la ayuda de su equipo y de Isabella, había conseguido que todos los nuevos contratos se firmaran.

Seguían teniendo algún que otro problema con los sindicatos y las autoridades portuarias de Nueva Jersey y Nueva York, ya que a muchos de sus miembros no les agradaba la atención que estaban recibiendo por parte de la policía. Pero los trabajadores estaban entusiasmados con la posibilidad de una promoción, y continuaban esforzándose sin apenas contratiempos. Salvo por uno. Edward Cullen continuaba en coma.

—Buenos días, Embry. ¿Cómo vamos con la aprobación aduanera para el último flete de Rusia?

—Todos los productos han sido liberados esta mañana, y en estos momentos están siendo cargados en camiones. Saldrán a mediodía.

—Estupendo. ¿Ha habido algún problema?

—Ninguno. Aunque es más económico venir a Nueva Jersey, la autorización y aprobación parecen ser menos complicadas en Nueva York.

—Haz lo que creas oportuno. Me gustaría arreglar las cosas con los trabajadores portuarios de Nueva Jersey.

—Sí, siguen enfadados. Nos va a llevar un tiempo.

Cuando Isabella y Embry estaban revisando la lista de clientes y cualquier posible contingencia, Sam entró en la oficina acompañado de un hombre con un maletín. Haciendo gestos para que se sentaran, Isabella terminó con la vídeo llamada antes de volverse hacia ellos. Se levantó y caminó alrededor del escritorio, mientras Sam le presentaba a Garrett Williams, el investigador encargado del accidente de Edward.

—¿Café? —Ofreció Isabella dirigiéndose hacia la puerta.

—No, gracias— fue la rápida respuesta de Sam —Pero es mejor que cierres la puerta— Isabella hizo lo que le pedía y regresó a su escritorio.

—¿Qué ha averiguado?

—Está claro que la trama de Vulturi se extiende más allá de lo que nos imaginábamos en un principio— comenzó Garrett.

Isabella escuchó con atención los detalles de la investigación sobre Dimitri Vulturi, que abarcaba más de una década.

Por lo que el investigador pudo averiguar, Vulturi estaba involucrado en la importación de mercancías ilegales, como alcohol y drogas, y hasta en la trata de blancas. Basándose en unos documentos hallados en posesión de Marcus, sabían que el plan era implicar a EAC Enterprises con la intención de destruir no sólo la reputación de Edward, sino también todo su imperio.

Isabella tuvo que hacer un esfuerzo para mantener la boca cerrada al ver todas las pruebas que le iban presentando. Cuando Garrett terminó, Isabella cogió su café y dio un sorbo para humedecerse la boca antes de hablar.

—¿Se sabe algo más del accidente? —consiguió preguntar.

—Sí y no— respondió Sam. —Según hemos averiguado, los frenos del coche no fueron manipulados por nadie de la zona, y no hemos podido encontrar ningún rastro que nos conduzca a alguien en particular. Tenemos oídos en Nueva York y Nueva Jersey, pero, hasta ahora no ha habido suerte. He reforzado las medidas de seguridad para Edward y para todos los miembros de la organización, tú incluida, y he vuelto a llevar a cabo una verificación de antecedentes para todo el personal de EAC. Si hay otro topo, está bien escondido.

Isabella tragó con dificultad. Aunque entendía la necesidad de una mayor seguridad, volvió a cuestionarse su decisión de regresar y ayudar a que el negocio saliera adelante. Si su familia supiese el peligro que estaba corriendo, la hubieran obligado a regresar a casa de inmediato. Tampoco se lo había contado a sus mejores amigas, porque Sam le había pedido que lo mantuviera en secreto hasta que supieran quiénes estaban involucrados.

Era la primera vez que les ocultaba algo, y en esos momentos necesitaba más que nunca de su amistad. Aunque sabía que estaba haciendo lo correcto, no hubiera estado de más tener un poco de apoyo moral.

Tras ponerse de pie, Isabella acompañó a los dos hombres hasta la puerta.

—Por favor, mantenedme informada de todo lo que averigüéis.

—Por supuesto— Sam le apretó el brazo cariñosamente antes de encaminarse hacia el ascensor con el investigador. No dejaba de sorprenderle las responsabilidades que Isabella asumía sin quejarse. No tuvo que haber sido fácil volver al trabajo después de las acusaciones vertidas contra ella. Sin duda era una mujer muy especial, para dar ese paso y mantener la calma.

Aunque EAC Enterprises podía salir adelante sin ella, su colaboración suponía que apenas hubiese problemas durante el día a día. Edward estaría encantado de comprobar lo bien que todo estaba saliendo.