Somos algo más
Todos los personajes pertenecen a Cassandra Clare. Escribo sin ánimo de lucro.
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Sed lex, dura lex. La ley es dura pero es la ley. Eso es lo que dice la Clave, el Consejo e incluso los Cazadores de Sombras más antiguos. Si no fuera por la Ley, ella no se habría visto obligada a alejarse de la persona a la que amaba más que a nada en este mundo. No tendría que haberse visto en una encrucijada entre mantener a una familia unida y a salvo o ser desterrada.
Emma observó a los niños que permanecían recluidos en la biblioteca desde hacía unas dos horas. Un grupo de demonios había decidido campar a sus anchas por la ciudad, causando muchos estragos. Tantos que había sido necesario avisar a Cazadores de otros institutos aunque aún tardarían un poco en llegar para ayudarles. La joven miró con preocupación a través de la ventana desde la que podía ver las columnas de humo a las que habían quedado reducidos algunos edificios de la urbe. Mark, Julian, Diana, Cristina y Diego andaban patrullando por la ciudad, intentando controlar a los demonios más virulentos. Ella había sido la primera que había estado lista para combatir pero alguien tenía que quedarse con los niños. Emma había sido la escogida. Tras lo ocurrido con Malcolm, nadie estaba dispuesto a dejarlos solos, ni siquiera a Livia y Tiberius.
─Deberíais habernos dejado ir a ayudar, Emma – replicó Livvy, molesta – Ya no somos unos niños, podemos cuidarnos solos. Además, Julian no debería haber ido a luchar sin ti.
─Julian lo hará bien sin mí, Livvy. Me ha tocado a mí guardar el instituto y eso es lo que pienso hacer – Emma cambió el peso de una pierna a la otra, sin dejar de sostener a Cortana en las manos. Los disturbios se estaban desarrollando en zonas más y más próximas al instituto, en un avance imparable de los demonios.
─Mi hermano no está bien sin ti – esta vez fue Dru la que habló.
─¿Cómo?
─Desde que estás con Mark, Julian no es el mismo – dijo Livvy, a lo que Drusilla asintió.
─No, Julian está bien. Todo está bien – contestó Emma tratando de no sacar a la luz unos sentimientos que llevaba cerca de dos meses enterrando. Mark era un buen chico y estaba haciéndole un enorme favor, por Julian. Nunca permitiría que nada malo le pasase a Julian y, aunque estaba siendo muy dura, estaba convencida de que lo que sentía por su parabatai al final se adormecería en el fondo de su corazón.
─Está distraído, falla en los entrenamientos, se le olvidan las cosas y el otro día quemó las tortitas – Dijo Ty situándose junto a su hermana gemela – Esos errores pueden pasarle factura en la batalla.
─Ty tiene razón y estamos muy preocupados por él… Emma, habla con él sobre lo que sea que tengáis que hablar. Hazlo por nosotros.
Emma iba a responder pero un cambio en la corriente de aire la hizo ponerse en alerta.
─Han abierto un portal, espero que sean los refuerzos – dijo la joven antes de salir de la estancia y salir corriendo escaleras abajo hacia el Santuario.
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Los niños fueron tras ella y allí pudieron ver a una decena de Cazadores encabezados por Magnus, Jace y Clary. La pelirroja se acercó a Emma y le cogió las manos en cuanto esta hubo guardado a Cortana en la funda que llevaba bien aferrada a la espalda.
─Ya hemos llegado. Solo dinos dónde tenemos que acudir.
Emma se disponía a hablar con Clary cuando se oyó un fuerte estruendo en las puertas del instituto. Todos los allí presentes sacaron los cuchillos serafines y corrieron hacia la puerta principal del instituto donde se estaba desarrollando una batalla campal. Los cinco cazadores del Instituto de los Ángeles respiraron aliviados al ver cómo llegaban los refuerzos y les ayudaban a mantener alejados a los demonios que les estaban acechando y les habían perseguido desde la ciudad.
Emma desenvainó a Cortana y se situó junto a Cristina que estaba luchando con valentía. Estaba cubierta de polvo, ceniza y estaba cubierta de sudor. Su cabello siempre impoluto, sujeto con dos trenzas estaba enmarañado y cubierto de icor.
─La ciudad está en una situación crítica, hay demasiados demonios – dijo Cristina a su amiga mientras resoplaba. Lanzó un cuchillo que se clavó en uno de los múltiples ojos de un demonio al que Emma le rebanó la cabeza con su preciada espada.
─Debería haber ido a luchar con vosotros.
─Alguien se tenía que quedar con los niños. Diana sacó el papel con tu nombre, Emma.
─¿Dónde está Julian? – preguntó Emma tras hacer caer a otro demonio que se había abalanzado sobre ella y sobre su amiga. Miró a su alrededor, las escaleras del instituto empezaban a estar cubiertos de espesa sangre de demonio mezclada con la sangre roja que manaba de las heridas que algunos de los contendientes habían sufrido. Entrevió a Julian peleando con un demonio cerca de la puerta de entrada, intentando hacer que se alejase. Era un demonio más grande que el resto, Emma no recordaba haber visto ninguno como aquel y, por la furia con que atacaba a su parabatai, parecía mucho más fuerte que los demás. A sabiendas de que Cristina sabría apañárselas fue subiendo las escaleras del instituto, dejando un sendero de cuerpos demoníacos desmembrados a su paso.
Julian la vio llegar por el rabillo del ojo y lanzó un cuchillo contra aquel demonio que lo apartó como si le hubiera lanzado una hoja de papel. Emma enarboló a Cortana y se colocó junto a su compañero que estaba desenvainando dos cuchillos más que portaba en el cinturón de armas colgado en torno a la cintura. El demonio era de un color indeterminado aunque Emma lo habría definido como nauseabundo. A su paso, dejaba una estela de fluido viscoso que quemaba todo cuanto tocaba. Su cuerpo era grande y sus brazos estaban terminados en forma de hoz. De no haber sido por su extraordinaria fuerza y resistencia se le podría haber confundido con un demonio mantid.
El chico saltó hacia adelante con los cuchillos en alto en un intento de cortarle uno de los brazos. Emma, a su vez, se dirigió hacia el otro brazo con la misma intención. Si conseguían acabar con aquellas peligrosas extremidades tendrían la batalla ganada. El demonio se movió hacia un lado esquivando a ambos Cazadores, que le permitieron ni un segundo para descansar. Uno de los brazos bajó con la fuerza de un látigo sobre Emma que tuvo que saltar hacia atrás para evitar que la tocase aunque no puedo moverse lo suficientemente rápido como para que no le produjese un rasguño en la mejilla. La joven se llevó una mano a la mejilla y, al retirarla, vio la sangre entre los dedos. Julian se colocó frente a ella con uno de los cuchillos en alto mientras que el otro acababa de lanzarlo y había conseguido clavarse en la dura piel de aquel ser. La hoja de adamas siseaba dentro del cuerpo del demonio, que no cesaba de emitir profundos alaridos. Emma saltó hacia delante nuevamente para golpearle con la espada pero el demonio en un ataque a la desesperada alzó uno de sus poderosos brazos y lo descargó con todas sus fuerzas contra ella. La chica abrió los ojos al máximo presa del horror, sabía que no tenía escapatoria.
Cortana se le cayó de las manos.
─¡Julian!
Su parabatai cayó de rodillas con el brazo de aquel monstruo incrustado en el costado. Durante unos segundos, la mente de Emma permaneció embotada hasta que Julian alzó la cabeza para mirarla.
─Acaba con él, Emma…
El demonio retiró la hoz del cuerpo de Julian y el chico cayó hacia un lado, como un muñeco de trapo. El demonio volvió a levantar el brazo para acabar con el Cazador que se había interpuesto entre él y su presa pero, en esta ocasión, su brazo fue cortado. Emma volvió a arremeter contra él con la rabia explotando en su pecho y los ojos llenos de lágrimas. Hundió la espada con todas sus fuerzas y, al retirarla, dejó que el icor abandonase lentamente el cuerpo del demonio.
Bajó a Cortana. La dejó en el suelo y se dejó caer de rodillas junto al cuerpo de Julian. Allí donde miraba lo único que podía ver era sangre, mucha sangre. Mucha más sangre que la que había visto cuando Diego le disparó a Jules una flecha envenenada. La herida era muy profunda y parecía muy grave…
─Julian…
Le sostuvo el rostro entre las manos. El chico entreabrió los ojos e intentó sonreír aunque solo consiguió que un hilo de sangre saliese de entre sus labios.
─Dios mío…
Emma buscó su estela. Arrancó el traje de combate de su parabatai con las manos y empezó a dibujar un iratze tras otro en su cuerpo, sin que ninguno de ellos surtiese efecto. La sangre seguía abandonando el cuerpo de Julian a un ritmo endemoniado.
─Emma…
Ella le cogió el rostro entre las manos, le apartó los suaves rizos de la frente empapada de sudor.
─No hables, Julian, no hables – murmuró con voz trémula. Tenía que conservar todas las fuerzas que le quedasen. Intentó dibujar una nueva runa curativa que desapareció sin más de la piel del chico – ¿Por qué no funciona? – gritó Emma fuera de sí.
─No era… un… demonio… cualquiera…
─No hables, tienes que guardar fuerzas. Tienes que curarte – gimió Emma acariciando las mejillas de él con las manos.
─Emma, no... – gimió con un intento de sonrisa.
─No vas a morir… No te puedes morir… Debería haber ido contigo a la ciudad– la desesperación invadió a Emma y apoyó la frente sobre la de su parabatai mientras las lágrimas caían sobre el rostro ensangrentado del muchacho – Debería haber estado contigo… Debería estar contigo…
─Te…
Emma negó con la cabeza.
─Esto no es una despedida…
─No vas… a poder… cerrar… la herida…
─Claro que sí… No somos unos parabatai cualquiera… Somos algo más – buscó entre los bolsillos de Julian la estela del muchacho. Se colocó a horcajadas sobre su regazo y apartó los restos del traje de combate de su amigo. El chico gimió al sentir como la tela se separaba de la piel herida. Emma se quitó la chaqueta del traje de combate y utilizó la camiseta que de tirantes que llevaba debajo para taponar la herida de Jules. El joven tosió y escupió un poco de sangre. Sus ojos empezaron a vagar perdidos y Emma volvió a sostenerle el rostro con la mano libre – Julian… Mírame, por favor… Mírame – suplicó. Julian cerró los ojos e intentó abrirlos de nuevo para buscar el rostro de Emma. El pelo de la chica se había escapado de la coleta en la que había estado sujeto y, parte de la melena estaba cayendo sobre el rostro del joven. Alzó la mano con dificultad y cogió un mechón de cabello rubio entre los dedos.
─Tu cabello… no es solo dorado: es ámbar y león… y caramelo… y trigo… y miel.
─Idiota… Eso me lo dijiste el día que bailamos juntos – Emma acabó de soltarse el pelo y el resto de cabello rubio cayó ocultando los rostros de ambos – Sé que te gusta que lleve el pelo suelto... – gimió ella al ver que Julian perdía las fuerzas a gran velocidad. La batalla seguía a su alrededor pero no importaba. Él esbozó una pequeña sonrisa triste y cansada mientras jugaba con un mechón de pelo. Si lo último que iba a ver antes de morir era el rostro de Emma y lo último que iba a tocar era su pelo, podía morir en paz. Emma presionó su camiseta contra el costado de Julian.
─Dime que… me amas…, Emma. Aunque… no sea cierto – y el corazón de Emma estalló en pedazos. Negó con la cabeza mientras las lágrimas corrían por sus mejillas. Apoyó la frente contra la de Julian y lo miró a los ojos.
─¿No sabes que nunca miento? – acercó su rostro al de su parabatai y, oculta tras la cortina de cabello dorado, le robó un beso en los labios. Los ojos de Julian se abrieron de par en par pero solo apreció a ver muy cerca de él, los ojos cerrados de Emma. Los cerró también para sentir el roce de su boca contra la suya. Aquel contacto nada tenía que ver con los arranques pasionales que había experimentado con ella, era más dulce, era distinto, era como tocar el cielo con los dedos. Sintió que las fuerzas lo abandonaban y perdió el sentido.
*.*.*
Emma sostenía a Cortana entre las manos. Sentada en las escaleras del instituto tenía la mirada clavada en el océano. La batalla había terminado pero el dolor no había hecho más que empezar. Algunos de los Cazadores habían fallecido y muchos habían resultado heridos. Entre ellos, Julian. Dejó la espada a un lado, replegó las rodillas y hundió el rostro entre ellas. Todavía tenía en las manos la sangre de su parabatai.
─Emma – la voz suave de Livvy la hizo girarse. Ésta estaba asomada a la puerta del instituto y detrás de ella podía ver a Ty, Dru y Tavvy.
─Chicos… – dijo Emma con la voz rota. Se levantó y se aproximó hacia ellos, los niños la miraron con la angustia pintada en la mirada, llevaba la piel y los pantalones cubiertos de sangre. Livvy fue la primera en arrojarse a sus brazos, le siguieron todos los demás aunque Ty se mantuvo a un lado.
─¿Se curará, Emma? – gimió Tavvy.
─Clary nos ha dicho que Magnus está con él, intentando curarle, ¿podrá? – preguntó Ty mientras movía los dedos sin cesar – Podrá, ¿verdad? – Emma lo miró sin saber qué responder. Julian había perdido el sentido entre sus brazos, tras el que podría ser el último beso que compartirían.
─Tu iratze lo hará, Emma – dijo Dru. Todos se giraron a mirarla.
─¿Qué quieres decir?
─Apenas puede verle cuándo le subieron a la habitación pero un iratze brillaba con mucha fuerza en su pecho. Pensaba que se lo habías hecho tú – Emma se llevó una mano a los labios y cerró los ojos.
─Se curará, Julian es muy fuerte – murmuró con un nudo en la garganta.
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─¿Todavía estás aquí? – preguntó Magnus al salir de la habitación de Julian en la que había pasado gran parte del día empleando magia para eliminar del cuerpo del joven los restos del veneno demoníaco que corría por sus venas. Estaba a punto de anochecer y, gran parte de los que se encontraban en el instituto, habían decidido retirarse a sus habitaciones para descansar. Todavía quedaban demonios por exterminar. Sin embargo, Emma permanecía sentada frente a la puerta de la habitación de Jules. Alzó la cabeza para mirar a Magnus, el brujo tenía aspecto de estar exhausto. Emma había oído que habían tenido que llamar a Alec para que le ayudase.
─¿Puedo estar con él? – susurró Emma, también estaba cansada pero no podría cerrar los ojos antes de ver a Julian.
─Puedes. Está débil y no ha recuperado la conciencia pero tengo esperanzas. Señorita Carstairs, no sé cómo lo has hecho pero le has salvado la vida a tu parabatai de nuevo de forma sorprendente. Ningún Cazador hubiera sobrevivido a semejante herida y, sin embargo, Julian Blackthorn lo ha conseguido. Dibújale de nuevo una runa, le hará bien. Ahora necesita mucho descanso y cuidados – el brujo le dio la espalda para marcharse.
─Magnus, gracias.
─No me debes nada. Yo solo he eliminado el veneno de demonio. Tú le has salvado la vida. El amor puede ser nuestra mayor debilidad pero también es lo que nos hace increíblemente fuertes – Emma desvió la mirada – Sí, sé reconocer el amor cuando lo veo.
─Entre Julian y yo…
─Hay mucho más de lo que mostráis por razones obvias. Ahora bien, no pierdas una oportunidad así por una ley estúpida. ¿Cómo dice los Blackthorn? – inquirió Magnus.
─Una mala ley, no es ley – el brujo le guiñó un ojo y se alejó por el pasillo en busca de Alec.
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Emma entró con sigilo en la habitación de su parabatai. Las últimas luces del atardecer entraban por las ventanas y acariciaban la piel de Julian con suavidad. Estaba cubierto con una sábana hasta la cintura y tenía el pecho cubierto de vendas. La joven se aproximó a la cama, se sentó en el borde de la misma y cogió la mano de su compañero entre las suyas.
Algo muy suave le acariciaba, le hacía cosquillas. Y, aunque le dolía absolutamente todo el cuerpo, aquella caricia lo hacía todo un poco más llevadero. Entreabrió los ojos, el cuarto estaba oscuro, era noche cerrada. Estaba en su habitación, en su cama. Y, aquello que le estaba acariciando la mejilla era el cabello de Emma, que tenía la cabeza apoyada en su pecho mientras trazaba lentos círculos sobre la piel desnuda de su hombro.
─¿Estoy… muerto? – la joven dio un respingo y se incorporó con mucha rapidez. Dio un suave toque a la luz mágica que había sobre la mesilla de noche y un tenue resplandor inundó la habitación. Emma sintió que el corazón volvía a latirle tras horas y horas de angustia.
─No, Julian, no. Estás vivo – susurró ella. Le tomó el rostro con una mano para ayudarle a centrar la mira y el joven sonrió – Qué susto me has dado… – Emma hundió el rostro en su hombro y un par de lágrimas rezagadas cayeron de sus ojos.
─Pensé que iba a morir – dijo él en voz baja apoyando la mejilla sobre la cabeza de Emma. Sintió que la chica se estremecía contra él. Movió con cuidado el brazo que menos le dolía y colocó los dedos bajo la barbilla de Emma para hacerle levantar la cabeza. Vio el reflejo de una lágrima sobre la mejilla de la chica y la secó con los dedos. Hundió los dedos en el espeso cabello de Emma y la aproximó a él.
─No deberíamos, todavía estás convaleciente… Necesitas descansar – susurró Emma aunque tampoco se alejó del rostro de Jules.
─Emma, lo que pasó ayer… Fue lo que me salvó la vida. Lo sé.
─Yo también lo sé.
─No me dijiste que me amabas…
─Tenía mucho miedo, Julian.
─Ya no me llamas Jules.
─Te llamo Jules cuando te quiero, te llamo Julian cuando te amo – él abrió los ojos sorprendido. Emma esbozó una pequeña sonrisa y acercó su boca a la de él – Te amo, Julian Blackthorn.
Acarició los nudillos del joven con los dedos para terminar depositando un suave beso. Recorrió con la otra mano el pecho desnudo del muchacho, ascendió por su cuello y acarició la mejilla izquierda con ternura. De repente, recordó lo que le había pedido Magnus y cogió la estela de Jules que estaba encima de la mesilla, colocó la punta sobre la piel cubierta de Marcas del hombro de Julian y dibujó un iratze.
Julian se tensó ante el contacto de la estela sobre su piel e inspiró hondo al sentir como toda la fuerza de la runa dibujada por su parabatai recorría por su cuerpo. No le hizo falta abrir los ojos para saber que aquella runa era mucho más poderosa que cualquiera de las que llevaba escritas en su cuerpo. Al igual que la noche anterior, sintió que el cabello de Emma acariciaba su rostro antes sentir los labios de ella sobre los suyos.
