Capitulo 2.
Cuando Dean despertó la mañana siguiente, lo hizo más o menos como siempre: desorientado. Le costó un minuto ubicarse y dejar de preguntarse qué mierda de motel habían escogido esa vez que tenia corrientes de aire y una decoración tan rupestre. Cuando ya se medio despertó del todo y recordó que estaban en mitad de un bosque, se dio cuenta de que tenía un peso extra en las piernas… Sam. Se froto los ojos con la mano y bostezo, mirando a su hermano que, sabe dios como, había conseguido acurrucarse y apoyar su cabeza en las piernas del mayor.
- Qué bien duermen algunos, joder… - gruño cuando al moverse le crujió el cuello. – Sammy… despierta… - le sacudió suavemente el hombro. -Venga, princesa, a levantarse.
- Cinco minutitos más… - gruño el otro, acurrucándose más. Dean rio, divertido.
- ¡Hay que joderse! ¡Sammy! ¡Despierta hombre! – grito. Sam dio un respingo y se sentó de golpe, muy recto y con los ojos medio cerrados.
- Joder, tío… - protesto el pequeño bostezando. - ¡Que bruto eres! Casi me dejas sordo.
- ¡Y tú casi me aplastas las piernas! No me las siento… ay… - Dean se removió, incomodo, tratando de levantarse, pero un tirón en el brazo le recordó que estaba aun esposado a su hermano. – Tío… tenemos que hacer algo con estas esposas… empiezan a ser un coñazo. – Sam se rebusco en los pantalones.
- Pues como no tengas tu algún clip…
- Yo pensaba usar una de tus horquillas para el pelo, Samantha…
- Tarado…
- Perra… busquemos algo para abrirlas… algún alambre habrá por aquí tirado, digo yo… - en ese momento el estomago de los dos rugió fuertemente, haciendo que los hermanos intercambiaran una mirada. – Y luego buscaremos algo para desayunar… estoy hambriento…
Tuvieron suerte y consiguieron encontrar algo con lo que forzar las esposas. Un viejo trozo de cable que andaba por ahí tirado y con el que tropezó Dean, haciéndole caer a los dos. Anduvieron gran parte de la mañana, dando rodeos a propósito para despistar a cualquiera que quisiera seguirles la pista, siempre lejos de la carretera. No pararon hasta ver un viejo bar, el típico en el que solo paran los camioneros, a las afueras de un pequeño pueblo. El lugar tenía aspecto antiguo, pero el olor a comida recién hecha pudo más que cualquier otra cosa y los chicos se acabaron acercando.
Al entrar, Sam inspecciono el local, preocupado por encontrarse a algún policía. Pero el sitio estaba lleno de tipos con pinta de duros, tal vez moteros y camioneros de paso y algún que otro adolescente con pinta de perdido. Dentro de la barra, una pareja servía a toda prisa bebidas y platos con comida. Detrás se podía ver la cocina, donde un tipo enorme y con bigote le daba vueltas a unas hamburguesas en la parrilla. El estomago de Sam rugió con tanta fuerza, que el pequeño estaba seguro de que lo habrían oído todos. Dios… que hambre…
Dean, que se había separado un momento de su hermano, volvio de la barra sonriendo.
- ¡Tío! ¡Ya tenemos comida!
- ¿Qué? ¿Cómo…? – Dean le enseño un cartel de "Se necesita personal" que había cogido de la entrada. – Este… ¿vamos a trabajar aquí? – el mayor arqueo las cejas.
- Por una miseria de sueldo, tres comidas al día y una cutre habitación para dormir. – Sam le miro, parpadeando y con la boca abierta. – Lo sé, es una mierda, pero hasta que recuperemos nuestras cosas, esto es lo que hay.
- Er… no, si es genial… bueno… ¿y qué tenemos que hacer? – Dean volvió a sonreír.
- Ahora, desayunar. Luego, ya veremos.
Sam bufo molesto mientras fregaba una montaña de platos y vasos a toda velocidad. Sabía que tenía que estar agradecido por haber tenido la suerte de que les dieran comida, trabajo y techo así por las buenas, pero… odiaba fregar platos. Miro hacia la barra y vio a los dueños del lugar, los Dobson. Habían resultado ser una pareja muy agradable. Sam pensaba que o eran unos chiflados o demasiado confiados para su propia seguridad. Porque no era normal la facilidad con la que les habían dado trabajo y cobijo. Bueno… Dean les había contado una historia sobre si estaban haciendo un viaje en autobús por todo el país y que les habían robado todo el equipaje, dinero y tarjetas incluidos y que solo querían reunir lo suficiente para poder volver a casa sin que sus padres se enteraran de lo ocurrido.
Por increíble que le pareciera, la pareja se trago la mentira y se mostraron muy felices de que hubieran solicitado el empleo. Por lo visto, su camarero habitual había tenido que salir de la ciudad por un pariente enfermo y tardaría un par de semanas en volver y ellos se encontraban desbordados por el trabajo. A los Winchester les vino de perlas. Dos semanas era tiempo suficiente para reunir algo de dinero y estar bien escondidos del FBI.
Lo que más gracia hizo a Sam fue la elección de apellido de su hermano. Rudd, como el batería de AC/DC. Muy Dean, la verdad. Y hablando de su hermano… Sam le vio corriendo de una mesa a otra llevando platos de comida, haciendo malabarismos con las bandejas. No pudo evitar sonreír. Ver a su hermano trabajando en algo que no fuera la cacería era divertido. Lástima que el móvil estuviera en el coche…
Lo que jamás dejaba de asombrar a Sam era la facilidad con la que su hermano se adaptaba a cualquier situación. Daba igual que fuera una cacería, que tuvieran que trabajar en un plató de cine de becarios, que estuvieran en prisión… lo que fuera. Enseguida conocía a todo el mundo y parecía que siempre hubiera estado allí. Por supuesto, esta no iba a ser la excepción. Dean enseguida trabo amistad con los dueños y con Pete, el cocinero.
Lo vio acercarse a la barra, riendo por algo que le habían dicho unas chicas de la mesa del fondo y soltar unos platos sucios, para llevarse otra comanda.
- ¡Ey, Sammy! ¿Cómo lo llevas?
- Esto parece que no se acaba nunca, tío. – el otro rio.
- ¡Ya solo quedan dos mesas! ¡Animo! – Sam le vio irse con la comida y puso los ojos en blanco. ¿Cómo hacia para divertirse tanto en una situación como en la que estaban?
- Así que… os robaron, ¿no Samuel? – Sam hizo una mueca. A Pete le había dado por llamarle Samuel, a pesar de que le pequeño le pidió varias veces que le dijera solo Sam. A la quinta dejo de insistir.
- Si. Ha sido todo un fastidio. Ya estábamos a la mitad de nuestro viaje. – el cocinero frunció el ceño.
- ¿Y por qué no habéis ido a la poli? – el pequeño carraspeo nervioso. Todas las preguntas que no hacían los dueños, las hacia el cocinero. Genial.
- Porque… veras… no queremos que lo sepan nuestros padres. No estuvieron muy de acuerdo con el viajecito y si se enteran de que nos han robado, nos echaran la bronca del siglo.
- Uhm…
- Es que nuestro padre es muy severo… - se excuso. Al menos eso no era una mentira del todo. John había sido muy severo, sin duda alguna.
- ¿Y decís que sois hermanos? – pregunto el cocinero, mientras cortaba cebollas para las hamburguesas.
- Si.
- Uhm… - Pete saco dos hamburguesas de la parrilla y las coloco en unos panecillos.
- En serio. – Sam no sabía porque estaba justificándose ante ese hombre. Tal vez se le había pegado eso de su hermano…
- Uhm… - el cocinero termino con las hamburguesas y las puso en una bolsa de papel.
- De verdad.
- Si tú lo dices… - murmuro, mientras colocaba la bolsa cerca de donde estaba Sam. – Esto es para vuestra cena. Espero que os gusten.
- Gracias. – Sam se quedo algo mosqueado por el asunto. Dean entro en ese momento con un trapo sucio sobre el hombro y el delantal aun puesto. Se puso a su lado y le empujo con un golpe de cadera.
- ¡Venga, cariño! ¡Que quiero cenar y dormir en esa cama que tenemos a medias! – Sam se llevo una mano a la cara y negó en silencio. Si Pete se creía algo raro antes, ahora ya debía estar más que seguro. El no podía saber que Dean adoraba fastidiarle con sus estúpidas bromitas de tratarle como a una chica delante de todo el mundo. Y encima había tenido que decir lo de la cama… Dean arqueo las cejas, interrogante. - ¿Qué?
- Nada. Anda, friega, a ver si nos vamos ya.
A las dos de la madrugada los chicos se dejaron caer en la cama, agotados y doloridos. Había sido un día tremendamente largo para los dos.
- Buff… tío… estoy molido…
- Yeah… yo también… pero… al menos ya tenemos algo de pasta. – sonrió Dean, enseñando un puñado de billetes.
- ¿Y eso? ¿Has pedido un adelanto? – pregunto Sam, sorprendido.
- Nop. Son las propinas de la mesa de las chicas. – Sam bufo, reprimiendo una carcajada y se sentó en la cama para quitarse los zapatos.
- A lo mejor deberíamos llamar a Bobby… o tal vez robar un par de carteras, ¿no? Sería más rápido que esto. – Dean le imito.
- Rápido y estúpido. Créeme, Henriksen está esperando ese movimiento por nuestra parte. Una alerta de robos inusual y lo tendremos aquí en menos que canta un gallo. Y no podemos poner a Bobby en peligro de que le arresten por ayudarnos. Te lo dije anoche. Es mejor mantener el perfil bajo una temporada y no llamar la atención. – el mayor se quito los vaqueros y la camisa y miro su ropa con el ceño fruncido. – Creo que ya se en que nos vamos a gastar las propinas…
- ¿En qué? – pregunto el pequeño, metiéndose en la cama y tapándose con las mantas. Ya casi se le cerraban los ojos.
- Compraremos algo de ropa mañana para poder cambiarnos. Esta ya apesta y está sucia de barro.
- Me parece bien… - Dean se volvió hacia su hermano. Este estaba ya prácticamente dormido. El mayor suspiro y se echo a su lado, bajo las mantas.
- Buenas noches, Sammy.
Continuara...
