Disclimer: Del clásico inmortal del gran J.M. Barrie, toda la magia le pertenece a él, yo sólo lo homenajeo con una pequeña historia. Peter Pan es suyo, aunque también de todos, niños y no tan niños.
Sinopsis:
Las historias de Peter Pan, como él mismo, son eternas, pero en este caso nuestro protagonista es otro, o más bien otra. Danielle Garfio vuelve a casa, al Jolly Rogers, a pesar de haber cumplido los 18, y nos demuestra que, si lo deseas de verdad, siempre podremos volver a Nunca Jamás, porque la edad va por dentro, y a pesar de que pasen los años, algunos nunca, jamás, creceremos.
¡Lo prometido es deuda! ^^ ¡Mil gracias otra vez a Ami 142! Gracias a ella puedo publicar el siguiente xD Ahora sí que empieza la historia :P ¡Espero que lo disfrutéis tanto como yo!
Entra en escena el niño que nunca creció… ¡Peter Pan! Sed respetuosos, saludémosle con la reverencia de las hadas, que él no es cualquiera, ¿eh? xD
In a World of My Own
La noche caía mientras Danielle pasaba las horas mirando al techo, queriendo que este empezara a girar hasta que dejase de estar allí y apareciese en un lugar de verdad. Porque los lugares de verdad deben estar movidos por la magia, y aquel cutre piso de estudiantes, cargado de la energía perezosa que deja la rutina, tenía de todo menos magia.
Y no diré más de ella y su rutina, pues todo la conocemos bien, es la misma que la de cualquiera. Sería absurdo perder más tinta en ello. Tal como la dejamos, Danielle permanece con la mirada perdida, con todas las luces del piso apagadas, tanta oscuridad había que a veces se preguntaba si tenía los ojos abiertos o cerrados.
En su mente, huía desesperadamente de la realidad en la que vivía. Ante sus ojos, como en una pantalla de cine que tanto gustaba a sus amigos, se veía a sí misma en otro lugar, uno que la hacía feliz. El jardín de su casa de la infancia. Todos tenemos un lugar así, ya sabéis, ese lugar que de pequeños os parecía cargado de posibilidades, infinito a su manera, donde vivíais vuestras propias aventuras. Pues bien, el de Danielle no era otro que su jardín.
Recordaba, sumida en sus meditaciones, la ocasión en la que había visto salir de entre las plantas de uno de los bancales de su jardín a un rojo cangrejo. Recordaba, además, que en esa ocasión no estaba sola, contaba con sus primos a su lado. Aquello fue algo insólito, por supuesto, ya que para una mente adulta es imposible que hubiera cangrejo alguno en las plantas de un jardín español al sureste de la península, pero en aquel momento a Danielle le pareció normal. No mucho antes del momento actual en el que nos encontramos, Danielle había tenido el valor de comentárselo a sus padres, por supuesto la tomaron por loca. "Seguro que lo soñaste, cielo", le dijo su madre sin apartar la mirada de las ollas. Entonces recurrió a sus primos, los que estaban con ella en aquella aventura. Ambos rieron y lo tomaron a broma al principio, pero cuando ella insistió empezaron a preocuparse, ¿se había vuelto loca su prima?
"¿Se había vuelto loca su prima?", se preguntó con amargura la joven. De modo que no le quedó más remedio que creerse que fue un sueño. Sin embargo lo recordaba tan real… ¿No os ha pasado nunca algo así? Cuando recordáis algún suceso extraordinario de vuestra infancia, y como no le veis sentido, os convencéis de que fue un sueño que tuvisteis. Es extraño, pero a nadie le gusta volver a recordarlo, y así es como la infancia cae en el olvido, tomada por algo menos que un sueño difuso y lejano, lleno de lagunas y borrones. Somos nosotros los que creamos las lagunas y los borrones, cuando damos algo por imposible y lo eliminamos convencidos de que no ha pasado. Esto a Danielle la asustaba.
"Yo no quiero olvidar…", se decía, "Por eso es que no puedo crecer", comprendía después, con la más amarga convicción. Por eso, cuando recordaba algo de su infancia, por muy absurdo o incoherente que pareciera, lo guardaba como un tesoro en su memoria, convencida que era en estos recuerdos donde se escondía la magia que había perdido. "Tal vez así", pensaba sin mucha credibilidad, "vuelva a querer dibujar… Incluso podría hacer una exposición con esos capítulos incoherentes...", pensó con media sonrisa amarga, "cuando tenga la técnica necesaria…", suspiró. Oh, como añoraba dibujar en su niñez, cuando la técnica no importaba a nadie y todo lo que hacía le parecía una obra de arte a sus familiares. Ahora, éstos se veían obligados a torcer el gesto y mentirle diciendo que sus trabajos estaban muy bien. Aunque nunca los miraban dos veces. Pensar en esto la hizo tremendamente infeliz en ese momento, notando esa conocida punzada en el corazón que tenía por nombre "Decepción".
Se colocó bocabajo en el sofá y gimoteó, esforzándose por permanecer fuerte, o al menos, intentar aparentarlo. Con gran esfuerzo, se levantó y marchó para su habitación, supuestamente para coger material para empezar algún trabajo, pero entonces ocurrió algo que la desconcertó, a pesar de su visión menos rígida en cuanto a incongruencias que la de los adultos de verdad.
Había una sombra extraña. Ah, no, su propia sombra. La miró preguntándose que es lo que le había llamado la atención segundos antes, pero no vio nada excepcional. Volvió la vista al frente, con el corazón latiéndole con fuerza por el susto anterior. Sin querer, iba mirando a su sombra, que caminaba a su lado, por el rabillo de ojo. ¿Se movía más lenta de lo que lo hacía ella? "Tal vez esté cansada… por eso no está tan atenta a mis movimientos como siempre", pensó, dejando constancia de lo verdaderamente infantil que era su mente. Dejó de prestarle atención para pasar a la cocina con andar lánguido y aburrido, a hacerse un triste lomo de cerdo a la plancha, sin aceite, puesto que en su piso hacía un par de semanas que no tenían y todas se acusaban las unas a las otras de que tenían que haberlo comprado pero no lo hicieron. Danielle pensó en comprarlo ella para que no hubiera más discusiones, pero se le acabó olvidando.
Encendió el fuego de la cocina de gas con una cerilla y sacó la sartén del armario armando un gran estruendo, mientras tarareaba con apatía una vieja canción que nadie parecía conocer.
-…¡y el muerto, al armario! –terminó la estrofa, girando su lomo con un utensilio de cocina de metal.
En esto estaba cuando vio de refilón un brillo pasar a su lado, entre ella y una ventana. Parpadeó un par de veces y siguió cocinando, echándole más sal de la cuenta a la comida, como siempre. Entonces vio el brillo otra vez. Frunció el ceño y miró a su reflejo en el cristal de la ventana, junto a ella. Miró el utensilio que estaba usando y entendió que el brillo era un reflejo de la luz que recibía éste por la lámpara. Se rio de su estupidez y dejó el utensilio para llevarse el plato con la carne ya puesta. Volvió a ver el brillo, acompañado de un sonido de tintineo de campanitas, o de llaves.
Al pensar en llaves cayó en la cuenta de que tal vez estuviera alguien tratando de abrir la puerta. Dejó el plato y salió al pasillo, cuando vio que el brillo se metía por el pasillo a toda velocidad hasta su habitación. Ya no había duda, aquel brillo era algo vivo. Danielle corrió hasta su habitación siguiendo aquella lucecita impertinente, y nada más entrar se abrió la ventana de golpe, como si una ventisca entrara en el piso a saludar. Nuestra protagonista sólo pudo cubrirse la cara con el brazo, en un acto reflejo, y cuando nada le golpeó, fue destapándose poco a poco...
-¡Aquí, Peter! –escuchó una voz femenina desde la terraza, que estaba contigua a su habitación.
Danielle se quedó de piedra, incapaz de mover un músculo, pero observándolo todo con el corazón en un puño. Por la puerta de cristal que hacía de ventana para su habitación, y que no era otra que la puerta que daba a la terraza, entró una niña en camisón blanco. La niña dejó de hablar con alguien que estaba tras ella cuando vio a Danielle en medio de la habitación.
-Wendy. –dijo Danielle mirando a la niña con los ojos muy abiertos. No sabía porque la conocía, pero la conocía, de una de aquellas lagunas que ella intentaba rescatar. La niña se llevó una mano a la boca cuando la reconoció.
-¡Peter, Peter! –empezó a llamarlo dando saltitos y moviendo nerviosa su largo camisón. -¡Mira donde se ha colado Campanilla! –sonrió al mirar a la joven de bucles negros, como quien lleva mucho tiempo sin ver a un amigo y casi ni le reconoce.
Pronto entró por la misma puerta una figura que hizo que el corazón de Danielle se detuviera por completo. La figura la miró extrañado y luego con los ojos más abiertos cada vez. El brillo que perseguía la joven revoloteó alrededor de la silueta, que no era más que un niño.
-¡Caracolas! –exclamó, una expresión tan inocente y anticuada que lo hacía aún más aniñado.
-Eres Danielle, ¿verdad?- continuó la reconocida como Wendy. –Peter, es ella ¿verdad?-preguntó con la ilusión marcada en sus ojos grandes.
Pronto, el asombro del tal Peter fue convirtiéndose en enfado.
-Has crecido. –dijo tajante, como quien reconoce un crimen horrible. Incluso pareció más mayor al decir esto.
Danielle se sintió terriblemente culpable de pronto, empezando a olvida el lugar en el que se encontraba y las malditas leyes de la lógica. No entendía nada y de pronto lo entendía todo. Si te parabas a pensarlo con una mente en periodo de madurez, no tenía sentido, sería peligroso, podría volverte loco.
-Lo siento, Peter. –susurró bajando la cabeza apesadumbrada. Los recuerdos de sueños imposibles de su jardín habían llegado todos a la vez, como si nunca se hubieran ido, como si volviera a tener ocho años. Hubo un silencio incómodo en la sala, se respiraba confusión.
-Oh, vamos, Peter, no seas tan duro con ella… -dijo Wendy conciliadora, con voz melosa. Pero el pelirrojo no apartaba la vista de la joven morena que tenía frente a él.
-Eso lo dices porque tú también crecerás. –le espeto el insolente niño, Wendy tuvo que callar.
Danielle la miró extrañada, si tenía que crecer, ¿por qué no lo había hecho ya? Wendy se marchó de Nunca Jamás hacía mucho, mucho tiempo… ¿no? ¡¿Pero cuando fue eso? La morena se llevó las manos a la cabeza, confusa. Los fantasmas de su añorada niñez habían acudido a ella, llenándolo todo con su confusión y recuerdos que habían dejado de existir. O eso creía Danielle. Pero entendió que esos recuerdos no desaparecían, se almacenaban en alguna parte a la que los adultos no tenían acceso si no era por sus propios hijos. ¿Por qué creéis que los adultos tienen hijos? Es para volver a ser niños, la única forma de no crecer.
Pero Danielle no tenía hijos, no habría podido recordar de no ser porque nunca había querido olvidar, siempre había luchado contra el olvido. Y no era una batalla fácil.
Cuando la puerta a estos recuerdos terminó de abrirse de par en par, le vino a la joven la brisa del mar, los crujidos de un viejo barco bergantín, los quejidos y juramentos de los marineros, las batallas en las que ella siempre quedaba en medio. Y frente a todos los recuerdos, los ojos castaños de Peter Pan.
El mismo que tenía delante. Su compañero de aventura durante su niñez, el que había sido su mejor amigo. Ahora él la miraba con rencor, como si ya no fuese nada suyo, como si fuese su verdadera enemiga –algo que nunca pareció ver cuando realmente eran verdaderos enemigos, pues todo era un juego para el niño-.
Su respiración empezó a entrecortarse. ¡Peter y Wendy! ¡Peter y Wendy estaban allí, en su habitación de su piso de estudiantes…! Eso no tenía sentido.
Pero la hizo más feliz de lo que nada podría haberla hecho.
-Bueno, Wendy, ya hemos encontrado a Campanilla. Campanita, volvamos a casa. –exigió el muchacho, como quien está muy acostumbrado a dar órdenes. Y es que así era. No por nada era el capitán de los niños perdidos… Y lo había sido desde siempre.
Danielle sonreía a pesar del enfado del chico. Campanita tintineó con impaciencia
revoloteando sobre sus cabezas; era la primera que quería largarse.
Peter no quería volver a mirar a la joven de bucles negros, pero los ojos del azul más claro de Danielle lo escrutaban con una sonrisa que había recuperado su chispa de siempre.
-Vamos, Pan, ¿Qué forma es esa de tratar a una dama? ¿Acaso el tiempo también pasa por ti? Pareces haberte vuelto huraño. –Danielle se sintió de maravilla al volver a tratar a Peter como siempre había hecho. Y este cambio de actitud también se dejó ver en el niño, que le devolvió una mirada con un brillo divertido.
-¡De eso nada! –exclamó el muchacho pelirrojo, poniéndose en pie de pronto y encarándola, aunque como muy bien sabían ambos, no se enfrentaba a ella de verdad, sólo le seguía el juego. –Te puedo demostrar el daño que hace el tiempo cuando lo dejas actuar. –le desafió, poniéndose en posición de ataque.
-¡Ja! ¡Ahora soy más grande que tú, muchacho! –se burló ella, liberando finalmente la niña que era en realidad.
-¡Pues el tamaño no le sirvió de nada a Garfio contra mí! –espetó el niño, tan engreído como siempre. Aquel nombre dejó a Danielle de piedra. ¡Garfio!
La joven se llevó una mano a la boca. Wendy se dio cuenta del error de Peter al mencionarlo, y lo reprendió con la mirada. Peter se rio, quitándole importancia, pero el daño estaba hecho.
-Garfio… -susurró Danielle, sentándose en la cama para calmarse. –Él… ¿lo mataste, Peter?
Los ojos del niño rieron orgullosos. Peter podía ser muy cruel, tan cruel como sólo un niño puede serlo.
-¿Mataste… a mi padre?
¡CHAN CHAAAAAANN! Ya sé que lo sabíais por la sinopsis xD Pero ¿a que queda bien? *Se protege para que no le arrojen cosas* Bueno, bueno, Danielle se reencuentra con Peter y Wendy… pero hay cosas que no cuadran e_é ¿por qué se iría de Nunca Jamás? Más respuestas y cosas importantes… en el próximo episodio ^^ ¡Un review aunque sea y sigo! ¡Los necesito! ¡Es el sustento de toda escritora! xD
¡Muchas gracias por leerme! *-*
