Para encontrar una puesta de sol en una tormenta


Y dice así:

La segunda vez que sucede sigue sin ser intencionado. No es un accidente propiamente dicho, a decir verdad, pero es inocente en toda su expresión y él podría jurarlo por muchas de sus preciadas posesiones. Sí, de verdad que sí (aunque Chin podría haberlo dejado pasar la primera vez, lo miraría con curiosidad por esta segunda).

Lo único en lo que Danny está pensando, con sinceridad, es que no debe dejar a Steve estar solo durante mucho tiempo.

No, después de lo que pasó dos días atrás. No con lo que sabe de él desde que se conocieron. El tipo tiene un complejo de culpa del tamaño de Oahu. No, aún más grande. Danny sospecha que entre los dos de ellos y sus problemas podrían, con seguridad, hundir Hawái y alguna que otra isla en el Pacífico. Y no está contando a Chin y a Kono porque eso, eso sería espectacular a gran escala.

Sabe lo duro que es perder a un amigo —el funeral de Meka es solo una memoria cercana y afilada en el fondo de su cabeza— pero no puede imaginar lo que es tener tus manos llenas de su sangre —sí puede, aunque no sea de igual manera, porque la ausencia de Grace se siente en sus huesos desde aquel fatídico septiembre— y es peor la soledad para combatir todo lo que arrastra en la memoria que una visita inesperada. No importa qué tan buen amigo Nick Taylor haya sido antes de ser su traición. Con su muerte su recuerdo se torna agridulce para siempre porque no hay redención posible en un cadáver y se hunde profundamente en las raíces, lo amargo que es toda la situación.

Danny sabe que es muy posible que una parte de Steve se haya ido con él.

Aún así solo cuando se presenta en casa McGarrett y ve la cara de Steve, es que él se convence que tomó la decisión correcta. Es todo sombras y líneas tensas, distancia y dolor ardiendo bajo la superficie. Estoico en su pesar, obviamente, porque solo eso es aceptable y lógico y Danny quiere abrazarlo y decirle que ya pasará, aunque es una mentira floja en el mejor de los casos.

No lo hace, desde luego, porque no sería bienvenido.

—¿Te importa si paso un momento?

Puede ver el titubeo y, para ser franco, le sorprende cuando lo deja entrar sin mucho argumento.

—Se acaban de ir los contratistas que envió la gobernadora —le dice Steve, en tibia explicación—. Creí que se habían olvidado algo.

La casa se ve mejor que la última vez que estuvo allí, lo que es decir poco porque fue cuando estaba bajo ataque y todo estaba oscuro, pero Danny agradece que hayan borrado los signos más obvios de la devastación que dejó la última misión. Hay trabajo que hacer todavía pero no parece tan urgente y los hombres que envió la gobernadora aprovecharon bien el tiempo.

A decir verdad, todo lo que puede pensar que ese lugar ha sido testigo de otra muerte, que todavía se ve oscura y manchada y corroída, y lo triste que es que Steve esté viviendo allí.

—¿Harán más arreglos mañana?

No se puede borrar los fantasmas que están llenando poco a poco la casa, fantasmas pesados y perturbadores, recuerdos oscurecidos en paredes ya lúgubres, pero Danny quisiera poder. No desea ver más sombras en los ojos de Steve sumándose a las tantas que ya había en ellos cuando lo conoció. Quiere ayudar, aún cuando no pueda hacer demasiado. Se le ocurre que distraerlo será más fácil, más sutil, que pedirle que se quedase en un hotel o arrastrarlo fuera de ese lugar contra su voluntad.

Si llegase a sospechar lo que está sugiriendo, lo que está pensando en hacer, va a poner los talones en el suelo y cruzarse de brazos en su mejor imitación de un niño de cinco años. Porque Steven McGarrett es así de infantil y testarudo y tiene que hacer todo a su manera porque es la mejor manera. Y, estúpidamente, le funciona. Por eso es tan frustrante lidiar con él.

Steve sigue sus movimientos con ojos de halcón, esperando.

—¿Te estás ofreciendo a venir a ayudarme? —le pregunta, bebiendo un sorbo de cerveza. Steve se negó a tomar algo para sus heridas, y Danny espera que el alcohol ayude, al menos, con el olvido—. No te tenía como un hombre que trabaja en la casa.

Levanta una ceja en respuesta porque «qué demonios».

—Hasta puedo cocinar.

No es un experto, pero puede hacerlo.

Eso le vale una sonrisa.

Siempre le sorprende lo mucho que cambia la cara de Steve cuando sonríe. No con la fácil y afable sonrisa que ofrece a cualquiera, pero cuando sonríe de verdad. Parece alguien muy relajado en todo aspecto, pero su apariencia es siempre calculada y deliberada (apostaría que siempre está en control consigo mismo). Mantiene a la gente a distancia con una máscara cordial y temperamento asequible, algo que Danny nunca pudo hacer, pero que reconoce sin dificultad alguna, por experiencia.

—Eso tengo que verlo para creerlo, Danno.

No empuja para quedarse solo tan duro cuando se trata de Danny, eso es cierto. A tan poco tiempo de conocerse, se siente honrado con esos permisos. La mayor parte del tiempo... Cuando no está ocupado recordándose por qué le agrada pasar tiempo con él para empezar.

Refunfuña por puro teatro mientras va a la cocina —Steve le pisa los talones— y luego terminan discutiendo lo que van a comer, sobre lo que él puede preparar sin salir de la casa y otras tonterías. Es normal. Se siente normal en sus días poco normales, llenos de secuestros y explosiones y la locura que es Five-0. No deja de sentirse de ese modo ni siquiera cuando la comida se acaba y la noche los alcanza con toda su fuerza.

—Quién habría dicho que no eras un inútil en la cocina —Pero su sonrisa le quita todo el calor a sus palabras. También hay suavidad en su mirada.

—Tengo tres hermanos, Steven. Soy el mayor. Tenía que aprender a sobrevivir de algún modo cuando mi ma estaba ocupada con alguno —explica, sonriendo al pensar en los rostros de sus hermanos pequeños que ya no lo son—. ¿Por qué estás sonriéndome?

Steve se echa hacia atrás, su expresión abierta y clara como el agua cristalina.

—Trato de imaginarte con tus hermanos —dice, con esa sonrisa que siempre le da cuando está muy convencido de que se saldrá con la suya—. Apuesto que fuiste un hermano celoso.

Es peor que Matty.

—Mi hermana llegó cuando tenía tres años —responde, alzando los hombros. No recuerda mucho de esa época temprana, la verdad—. Elegí el nombre de mi hermano. Y no estaba celoso de ninguno.

Los ojos de Steve tienen un brillo muy diferente, familiar a la vez. Diversión, muy posiblemente. —Estoy seguro que sí lo estabas.

Resiste el impulso de poner los ojos en blanco, y sonríe un poco cuando ve que la línea de los hombros de Steve no es tan rígida como en un principio.

—Gracias por estar aquí, Danny —murmura, con finalidad.

Suena dolido, exhausto y él entiende, porque son palabras difíciles de decir. En especial para alguien que se esfuerza tanto para no mostrar pena alguna. No tiene que agradecerle, pero no se lo dice. Con el tiempo, espera, a McGarrett no le será tan difícil reconocer que necesita ayuda.

Ni tampoco le costará tanto aceptarla.

—Era tu amigo. Hiciste lo mismo por mí.

Steve no opina igual.

Por un breve momento puede ver malestar, inquietud y tanta amargura en la cara de Steve que tiene que apartar la mirada. A Steve no le gusta mostrar debilidad y si la muestra, Danny debe fingir que no la ve.

Así, el momento pasa.

—Me hubiera gustado conocer a Meka. Odiaste a Nick desde que lo viste.

Danny parpadea, un poco avergonzado en el recordatorio.

—Era tu amigo y te importaba —dice, con cuidado. Estira la mano para apretar el hombro de Steve con la fuerza suficiente para llamar su atención y sostiene sus ojos con la mirada para que sepa que quiere decir cada palabra—. Sin importar cómo terminó, está bien lamentar que lo perdiste. Está bien hacer duelo por eso.

Ladea el rostro cuando no puede descifrar la cara con la que Steve lo está mirando. Y eso es decir algo porque para todo su estoicismo, tiene una pésima cara de póquer. Sus hombros se desploman un poco pero no sabe si es aceptación a lo que acaba de escuchar o porque ya no puede luchar contra el peso que está sintiendo.

Danny empieza a juntar los trastos y llevarlos a la cocina para darle algo de espacio.

—Mira, es tarde... ¿Necesitas algo antes que me vaya? —Se obliga a preguntar, cuando el silencio es demasiado sofocante.

—Estoy bien —La pausa se extiende más de lo necesario, más de lo esperado, después de esa primera respuesta—. No tienes que irte.

Danny vacila antes de responder.

Debería decirle que sí, que tiene que irse. Rachel le pidió que pase a buscar a Grace temprano porque tiene que salir con Stan a una reunión importante y aunque está bastante seguro que su hija estará contenta de pasar a saludarlo al día siguiente y que es una gran distracción para pensamientos opacos, no está seguro si dejar solo a Steve sea buena idea.

No cuando parece... necesitar compañía.

—Mañana tienes que ir a buscar a Grace, ¿no? Es tu fin de semana. Puedes quedarte hasta que tengas que ir por ella, me levanto temprano de todos modos.

Algún pensamiento debe aparecer en su cara porque la expresión de Steve se endurece, como lamentando haber abierto la boca para empezar. Es eso, más que otra cosa, lo que hace que Danny se decida.

—El hecho que sepas mis horarios francamente es perturbador —responde, tras un breve silencio y se gana otra sonrisa nimia. No es una mentira total, pero no es verdad tampoco. Ya sospechaba que Steve tenía alguna faceta controladora—. ¿No te importa?

—Tengo habitaciones, Danny. Mary usaba una antes de mudarse —Steve no lo está mirando, lo que grita su incomodidad más que la tirantez en sus frases—. Mi hermana y yo crecimos en esta casa, ya sabes.

Sí, lo sabe. No quiere empezar a hablar de todas las ramificaciones que implica eso porque no podría parar. Incluso los problemas de Steve tienen problemas.

—No dijiste eso la última vez que pasé la noche aquí —lo acusa a medias. Su cerebro no hace conexión instantánea, en realidad. Está más cansado de lo que supone.

Steve sabe a lo que se refiere, no obstante. —No estaba pensando en eso la última vez que pasaste la noche aquí.

Danny no le pregunta en qué estaba pensando.

No es ajeno, no por completo, a la mirada de Steve. En el trabajo, en el campo y fuera de él, es una constante. Cree que es curiosidad, por una parte, pero a veces piensa que es... porque lo encuentra ridículo, porque tiene algo en su cara o porque su pelo es un desastre. O las tres cosas juntas. Lo primero no sería una sorpresa considerando que Steve tiene problemas con sus corbatas y con su elección de vestimenta en general y lo demás simplemente inflama su compulsión por mirarse para ver si está bien peinado.

No está seguro si puede preguntar porque, además, no sabe si quiere una respuesta. O no sabe cuál es la respuesta que prefiere, más bien.

—Necesito algo de ruido.

Steve levanta una ceja.

—Para dormir —clarifica.

—¿La televisión estará bien? Funcionó la última vez que te quedaste.

Le da a la pregunta la consideración que merece. —¿Puedes dormir con la televisión encendida?

Steve se encoge de hombros, como si no importara su opinión en la materia.

...

Es la amistad más extraña que Danny ha tenido en su vida.

.


.

Danny se despierta en la madrugada, desde luego que sí, aunque le cuesta encontrar una razón inmediata. El sonido de la televisión se perdió en algún punto, rápidamente ignorado, y la penumbra reina en la sala. No debería sorprenderle porque sus problemas de sueño y noches de insomnio se remontan años en el pasado y tienen tantas causas que son difíciles de recapitular. Nunca tuvo buenas noches de descanso gracias a secuelas que se quedaban con él tras muchas horas de trabajo, menos aún desde que se mudó a Hawái por los caprichos de la mujer que amaba y tuvo que dejar todo atrás. La mujer que ama. Amó.

De acuerdo, la verdad es que ya no está seguro cómo se siente.

Una parte de su corazón siempre tendrá el nombre de Rachel, sin importar lo magullada y rota que pueda estar; es la parte que jamás pudo negarle cosas. Ni siquiera cuando ella le dijo que ya no estaba funcionando y «lo siento, de verdad, pero necesito el divorcio, Daniel».

El sofá de Steve sigue siendo más cómodo que el que está en su miserable departamento y, aunque no debería, se sorprende con la presencia de Steve a su lado. ¿Él se había quedado dormido otra vez sin pretenderlo? Recuerda que se sentaron juntos como la última vez y que el silencio cómodo los envolvió. Es un vestigio de la vez anterior, el contacto de sus brazos y los pies rozándose sobre la mesa ratona que no deberían usar de apoyo. A Danny le duele el cuello, también, y se da cuenta, no sin asombro, que esa es la razón por la que se despertó.

Ojalá pudiese culpar al océano y a las olas, a las pesadillas que lo siguen desde el trabajo o incluso a su anhelo por regresar a un tiempo que se sentía más feliz. Cualquiera de esos tópicos lo haría todo más fácil, le darían espacio para no pensar en por qué está cómodo con dormir al lado de su jefe.

Suspira.

La tensión repentina en el cuerpo de Steve le dice que, a diferencia de la última vez, no está dormido. A Danny no le sorprende que la pérdida y el duelo lo mantengan despierto, pero no puede atreverse a preguntarle si quiere irse. No puede ver su rostro en la oscuridad.

—¿Estás incómodo? —pregunta Steve. Suena despierto y alerta, casi como si estuviera preparándose para recibir un ataque.

Hay muchas formas de responder a eso.

Sinceramente.

Danny se masajea el cuello.

—Por supuesto que estoy incómodo. Tu clavícula no es una almohada muy cómoda, Steven.

El rumor de la risa vibra muy cerca de su oreja, lejanamente a la vez, y Danny agradece a la oscuridad. Sabe que su cara estaría tomando color si hubiese alguna luz encendida y Steve pudiese verlo.

Hay un movimiento… ondulante y Danny se sienta, alejándose, para dejar que Steve se acomode en el sillón tragándose las preguntas y las respuestas otra vez. Espera que se levante y se vaya, porque eso es lo que debe hacer. Steve siendo Steve, no hace lo que Danny espera, y de repente un par de brazos fuertes lo están arrastrando hacia un lado y él se deja ir porque está agotado y medio dormido y no quiere irse ni quiere que Steve se vaya. Es tan necesitado el pensamiento que lo odia cada vez que se le aparece, aunque al mismo tiempo… no.

Se pregunta si Steve está tan cansado como él de que las personas se vayan.

—¿Mejor? —le pregunta, suena lejano pese a estar tan cerca. Los latidos bajo su oreja son mejor arrullo de lo que espera.

—Mmm-hm —Un bostezo le roba las palabras por un momento y está lo suficientemente cansado para no pensar en los por qué—. Lamento que hayas perdido un amigo, babe.

Steve se queda muy quieto. Luego, se relaja en lentitud calmada. No le responde de inmediato pero Danny siente una presión contra sus brazos.

—Gracias.