Defy the stars / Desafío a los cielos
Por Strange and intoxicating -rsa-
Traducción de Maru de Kusanagi

NdT: Pido disculpas por la tardanza en la nueva entrega. No lo he abandonado.


Capítulo 2

"Ignis, Ig, por favor. ¿Qué carajo te ha dado? ¿Qué les pasó a tus manos?"

Ignis no podía formular frases coherentes; en lugar de eso, se quedó con Noctis en el suelo, semi envuelto con las sabanas. Se negó a permitir que el otro se alejara un momento de su lado, o que siquiera se pusiera los pantalones, aunque estaba seguro de que a futuro iba a escuchar quejas al respecto.

No importaba, porque Noctis estaba allí, Noctis estaba vivo. Noctis estaba entero y respirando, y era tan bello que hizo que una parte de Ignis muriera y reviviera.

Y su amante sabía que algo malo pasaba, porque habría sido imposible para el otro no verlo escrito en el rostro de Ignis. ¿Cómo explicárselo? ¿Cómo podía hablar sobre Altissia, de la boda falsa, de la muerte de Dama Lunafreya? ¿Cómo se suponía que iba a explicarle sobre Ardyn, quien lo había enceguecido, y luego, al final, se había apoderado de algo tan precioso? ¿Cómo se suponía que iba a contarle a Noctis sobre el Mundo de la Noche Eterna (1)?

¿Cómo se suponía que iba a explicar las heridas en las palmas de sus manos?

¿Las de su corazón?

"Noctis… Yo… ha sido la Santalita."

Noctis parpadeó y se estiró para tomarle las manos. "¿Qué quieres decir con "la Santalita"? Es una piedra, Ig. ¿Qué inventas?". Ignis conocía ese tono de voz, como se quebraba lentamente y ligeramente cedía a la magia que era invisible para todos, menos aquellos de sangre Caelum. Sus hombros se curvaron hacia delante lo suficiente como para ver la nuca de su amante.

Ignis se estiró y posó una mano sobre la unión de los cabellos y la columna. "Noctis, harías bien en recordar de que los dos sabemos que eso es una farsa."

Noctis flaqueó otra vez, y se inclinó levemente hacia delante. "No te acerques a esa cosa, Ignis. Lo digo en serio. No es algo bueno."

Ah, Noctis. Dulce e ingenuo Noctis.

No tenía idea de la verdad que sus palabras ocultaban. No tenía idea de que la Santalita se lo tragaría por completo, le robaría diez años de sus vidas, se llevaría el sol, la luna y a las estrellas del mundo de Ignis. Un vil y engañoso Rey de Lucis… su corona le había sido robada. Un hombre obligado a caminar con los cadentes dentro de su alma, tirando de los hilos para hacer una vez más el papel de títere.

La Santalita…

Debió haberse destruido, esa obscuridad que eran la magia y Bahamut. Era maligna, distorsionada. El Anillo de los Lucii – no le costó mucho a Ignis darse cuenta de que había algo dentro de ese anillo, que exudaba un terrorífico y venenoso aire de magia de sangre.

Y, si destruían el Cristal… Eos moriría, sería la cascara vacía de lo que una vez fue el cuerno de la abundancia de los sueños.

"No quiero acercármele" admitió Ignis al fin, manteniendo los dedos en ese sitio, ese pequeño espacio que le daba una tremenda paz. Era algo a lo que se habían acostumbrado durante los viajes. Noctis, sin dudas, no lo sabía.

Él todavía debía sufrir el dolor de los Pactos con los Sidereos… y, si fuera por Ignis, nunca los afrontaría.

Había otras formas, debía haber otras mejores.

Durante los años de silencio, de la luz menguante, Ignis había llevado a Aranea o a Iris con él en sus excursiones por el Mundo de la Noche Eterna. Los tres juntos eran excelentes cazadores, pero Ignis sabía que no se comparaban a los cuatro cuando habían estado juntos… antes. Era difícil estar cerca de Gladio y Prompto después de que Noctis entrara en el Cristal, nunca lo hablaron, pero el consejero sabía que se auto culpaban de la desaparición del príncipe.

Habían deseado culpar a Ardyn, y lo hicieron, pero era su propia responsabilidad el protegerle… y habían fallado.

Y, así, Ignis se halló en compañía de Aranea e Iris más que seguido, explorando los sitios que hacían a sus ojos muertos llorar. Visitaron cada Tumba Real, en busca de lo que esperaban les acercara a hallar la verdad de lo que le sucedió a Noctis, donde podrían encontrarlo… de si serían capaces de traerlo a casa.

Fue en la Torre de Costlemark donde hallaron la información clave que tanto desearon, así como un boceto de quien había sido el primer Rey de Lucis.

El verdadero Rey, el que fue olvidado por el tiempo y las guerras de linajes.

Ignis no podría verlo, pero Aranea sí, y sus palabras fueron más que suficientes para asentar los hechos, para al fin hacer que todo encajara.

"Sí, es ese extraño canciller."

Más investigaban la Torre Costlemark, más comprendían sobre el Azote, sobre lo que hacía – sobre qué debía causar.

Lo que Noctis querría hacer.

Sobre lo que hizo.

"Ignis, por favor. Sólo mírame. Dime qué pasa."

Ignis miró a los ojos azules de Noctis, y se veían iguales a los de esa última noche juntos. Se habían reservado un cuarto para los dos en el Leville… un regalo de despedida, porque ambos sabían que algo pasaría al día siguiente, a pesar de que nunca lo mencionaron. Había algo en el aire, una niebla impenetrable de la que Ignis no podía huir… y había yacido junto a Noctis sobre las más finas sabanas que habían usado desde que comenzaron su viaje hacia Altissia.

Se habían sentido como en casa.

Ignis dejó su mano deslizarse sobre Noctis y luego por las sabanas, dejando que sus dedos se aferraran al fino y suave material. Las sintió en los callos de sus yemas, las cicatrices de sus palmas, e Ignis no podía mentir.

No podía hacerlo.

"Noctis… ¿te ha hablado tu padre sobre la Santalita?" Ambos sabían que el Rey había tratado, pero el consejero no estaba seguro de cuánto había oído Noctis en realidad.

Podía rodearse de lujos, podía leer textos que Ignis le dejara dentro de cilindros azules que contenían un mundo que Noctis jamás deseó, pero, debajo de todo eso, el príncipe seguía siendo un muchacho asustado. Seguía buscando la razón de su existencia, intentaba mantenerse alejado de la aterradora melodía del Cristal, que era como un canto de sirena.

"Esto… algo. Sí."

Ignis asintió, y sintió a Noctis moverse en el piso, más cerca de él. "¿Te habló sobre el Rey Olvidado?"

Noctis negó con la cabeza. "Eh, no que yo recuerde. Pero, lo que sea, te tiene muy preocupado, Ig". Estiró las manos y las apoyó sobre los hombros de Ignis. "No puede ser algo tan grave."

"Sin embargo, estás bastante equivocado". Ignis conocía la historia del Rey Olvidado, sólo se había tomado un tiempo en atar cabos.

"Una vez, existió un Rey. Fue bendecido con el Anillo de Lucii, con la promesa de la Santalita. Era de origen humilde, pero dentro llevaba la sangre del Rey de Solheim."

"¿Qué onda con la clase de historia-?"

Ignis llevó los dedos a los labios de Noctis. "Shhh. Déjame… sólo déjame hablar, por favor."

La boca del príncipe hizo un mohín, pero se lo concedió.

"El Rey tuvo una reina y un hijo, bendecidos por los sidéreos. Debía ser el sanador de Eos, amparado por el linaje de los oráculos de Tenebrae, y debía purificar el Azote. Podía tomar las almas contaminadas y curarles su mal."

Los libros sobre él fueron difíciles de encontrar y mucho más el transcribirlos, en especial porque Ignis estaba ciego y debía confiar el trabajo a otros. Sin embargo, las gujas estuvieron dispuestos a ayudarle, confiando en que lo que encontrara pudiera ser capaz de curar el azote y devolver el sol al cielo. Era la posibilidad de restaurar a Noctis en su trono, de sacarlo del Cristal.

"Si fue tan importante, no hay manera de que le hayamos olvidado."

Ignis cerró los ojos y alzó la mano para acomodarse los lentes. "Los Seis le abandonaron. Su sangre fue declarada impura, su alma ensuciada por la magia que usó y los cadentes que había recibido dentro suyo."

Seguía siendo extraño tener la vista, la Santalita sabía que cada momento, cada momento insoportable de esos diez años vividos, habían sido verdaderos. Ignis todavía podía recordar el agudo dolor del fuego en su piel. Sin embargo, abrir los ojos para ver a Noctis, era como volver a casa.

"El Rey fue aprisionado en la Isla de Angelgard, mantenido oculto por la vergüenza, dado que no podían matarle. La corrupción de su alma era demasiado inconmensurable." Ignis intentó descubrir qué fue de su familia, del niño que se mencionaba, pero no había registros. No estaba seguro de si fue que el linaje Caelum borró su pecado de la historia oficial, o de si fue el mismo Ardyn. "Estuvo allí por un milenio, oyendo nada más que sus propios gritos y el rumor del mar."

Cuando lo planteaba de esa manera, casi hacia a Ardyn personaje que despertaba empatía, un hombre de bien y moral. Sin embargo, Ignis sabía que nada normal o bueno había en ese hombre, no era más que un monstruo. Nada podía purificar la suciedad de su alma. Quizás, alguna vez, en el pasado, Ardyn Lucis Caelum fue un rey recto, un rey justo, uno amoroso. Pero el tiempo se había llevado eso, así como la Santalita.

"En la Torre Costlemark hay una llave a una biblioteca en lo más profundo de la mazmorra, pasando Jabberwock. Atravesamos túneles mortíferos, pasamos cadentes, y la hallamos. Hice que Iris y Aranea cargaran los libros de regreso con nosotros, y cualquier cosa que sirviera para explicar lo que podía haber sucedido… en qué nos equivocamos." Ignis apartó la mirada de Noctis, cuyo rostro se arrugaba por la confusión.

"¿Quién es Aranea? ¿La Torre Costlemark? ¿E Iris? Ig… cuando dijiste que se trataba de un Augurio de los Cielos… ¿Qué quisiste decir?"

Ignis no se volvió a verlo, hasta que su amante le tomó de la barbilla y le hizo mirar al frente.

"¿Siquiera eres Ignis?"

"No seas tonto-"

"¡Tú no te escuchas, maldita sea!" gritó Noctis, mientras lo sujetaba y lo traía cerca, uniendo sus labios de manera aplastante. No era un beso de amor o pasión, sino algo entre miedo y pánico.

Noctis se separó. "¿Eres Ignis? ¿Qué te hizo la Santalita? Ignis, carajo-"

Se oyó el ruido de algo caer junto a la puerta, y Noctis se apartó de él, y para correr hacia la cama. La puerta estaba cerrada, pero, si Regis estaba al otro lado, sólo significaba que le tomaría uno o dos minutos para ingresar, sin importar la comprometedora situación en la que estaba Noctis, con las sabanas apenas tapando algo de su cuerpo.

El latido de la magia comenzaba a retorcer el estómago de Ignis: era así como se sentía el anillo cuando se encontraba demasiado cerca, la manera en que trataba de atraerlo a su abrazo, aceitoso como petróleo y sangre de cadente. Noctis sólo una vez le hablo de los susurros y la atracción de su magia… deseaba entregarle a Noctis su poder. Lo deseaba a él.

"Noctis, soy yo. Por favor, no temas. Sabes que nunca te mentiría, querido. No hay motivo para temer". No de Ignis. ¿Y, en cambio, del anillo?

Eso era malévolo, sin importar lo que dijese Bahamut. No había nada sagrado en su poder.

"Entonces, ¿quién intenta irrumpir en mi cuarto?"

Ignis temblorosamente se puso de pie, así no era como deseaba que fueran las cosas. Deseaba abrazar a Noctis, y jamás volver a dejarlo ir. Anhelaba este momento, lo deseó cientos de veces bajo millones de estrellas, gritó su furia a los cielos, a los dioses que no escuchaban.

Le habían otorgado su segunda oportunidad, y no podía perderla.

No poda perderlo.

No de nuevo.

"Tu padre, sin dudas. Me marché de forma bastante abrupta. No cabe duda de que debe tener preguntas." Ignis cruzó el desorden de sabanas en el suelo, y fue hacia la puerta. Iba a ser mejor enfrentar al rey fuera de las habitaciones de Noctis, el permitirle a Noct un tiempo para arreglarse.

"No tengo los pantalones."

Ignis casi podría haber gritado por como la voz de Noctis se alzó en ese momento, y cuan normal, simple y humano había sonado. De no haber sido por los incesantes llamados a la puerta, habría sido feliz de pasar la mañana acurrucado junto al príncipe. Sólo deseaba abrazarlo, sentir el latido de su corazón contra el suyo. Deseaba que el rey les diera más tiempo…

"Me ocuparé de tu padre. Por favor, ponte algo decente, para que no piense que abusé de ti."

"Ig… vas a tener que explicarte a ti". Era casi cómico como los roles se habían cambiado. Sin embargo, Ignis sabía, mientras abría lentamente la puerta a la sala principal, que tendría que explicárselo a Noctis. Simplemente, no sabía cómo.

"Amor, ponte la ropa. Yo hablaré con tu padre". El consejero estuvo tentando en decirle al rey que se largara, en que le permitiera un tiempo con Noctis, ya que apenas había disfrutado unos momentos a su lado. Lo precisaba, en la manera en que un hombre abandonado en el desierto anhela la frescura del agua. Era un hombre, desfalleciendo de sed… y Noctis era la única cosa que lo podía saciar. Solamente con la oportunidad de mirarlo, de observarlo… de poder explicarle todo esto…

Noctis alzó las sabanas a su cintura, la seda negra le recordaba a Ignis al cielo nocturno sobre ellos durante todas aquellas noches en Lucis. Asintió, ligeramente, mientras Ignis abría la puerta y salía afuera, recibido por los rostros del rey Regis y de Clarus.

"Su majestad", comenzó a decir Ignis, pero Regis le calló.

"Lo siento, Ignis. Si pudiese, te permitiría la oportunidad de reunirte con Noctis. Desconozco cuanto tiempo ha pasado desde que hayas visto a mi hijo –", Ignis se aguantó una mueca al oír esas palabras, y deseó que no se le haya notado en la cara, "-pero hay cosas que deben hacerse. Cuando la Santalita otorga un Augurio, debemos registrarlo. De otro modo…"

"Le aseguro que no lo olvidaré". Sería difícil hacerlo, tras haber vivido en la obscuridad por diez años…

"Y te creo. Sin embargo, Ignis, debemos saber qué te ha revelado el Cristal. Eres el único que presencio el Amanecer, y la destrucción del Maldito."

Ignis miró a Clarus, cuya boca era una línea severa, y la mano jugueteaba como si nada con la espada. El visitante había puesto a los dos en alerta, eso lo podía recordar. Los salones habían sido un hervidero ante la idea de lo que pasaría después del viaje del embajador a la Ciudadela. Ahora era casi absurdo como Ignis podía recordar con claridad cómo se veía Noctis entre las sabanas, cómo se ondeaban contra su mejilla, y, sin embargo, era tan difícil recordar otras escenas anteriores a ese momento, o después. Sólo Noctis había sido lo importante… hasta ese momento, hasta ahora.

La perpetuidad del linaje. Dama Lunafreya. La contaminación del Anillo y cómo latiría dentro del cristal, manteniendo a Noctis en su interior.

"Regis, deberíamos darles un poco de tiempo. Sabes lo que el poder de la Santalita puede hacer."

Ignis miró al padre de Gladio, al hombre que había ayudado a forjar la mejor lanza para él cuando fue su turno en aprender a proteger al príncipe. Estos dos hombres, quienes habían sido más que su Rey y su Escudo, ahora se veían muy distantes. Gladio ahora era el Escudo, y Noctis…

Noctis era su rey.

Ignis tenía preguntas, muchas. ¿Lo que había visto era real? Podía recordad cada nervio ardiendo. Podía sentir la sangre en su mano, las cenizas sobre el cuerpo de Noctis… sus labios fríos…

Fue cuidadoso en no permitir que los sentimientos que lo embargaban no le hicieran derrumbarse al suelo delante del Rey y de su Escudo. Estuvo cerca, y apenas logró vencer ese deseo. A pesar de desear que el rey no lo notase, tuvo la seguridad de que Clarus sí lo hizo, dado que fue rápido en tomarle un brazo para mantenerlo de pie.

"Regis, creo que sería mejor dejarlo descansar. Tú mismo yaciste en la cama durante días luego de que-"

Pero Ignis le interrumpió. "Su majestad, tiene razón". A pesar de desear ese tiempo, ese precioso momento para sentir la calidez de Noctis… simplemente, no quedaba tiempo.

Lo que ahora importaba no era lo que Ignis necesitara, lo que anhelara. Lo que precisaban era tiempo, y el que poseían era escaso. Era cuestión de días para que ellos partieran de Insomnia por primera vez hasta la noche de la firma del tratado. Era… todo demasiado rápido. Era demasiado.

La puerta detrás de ellos crujió, e Ignis fue cuidadoso al volverse a mirar a Noctis. No vestía los pijamas, sino unos jeans y una camiseta de alguna de esas terribles bandas que tanto le gustaban. No había llevado ninguna de ellas en el viaje, y supuso que todas quedaron en el departamento del príncipe.

Los pequeños detalles siempre fueron lo que hicieron que Ignis lo amase. Incluso su horrenda colección de camisetas. Siempre fue Noctis, y siempre sería Noctis.

"¿Va a explicarme alguien que es lo que está pasando?"

Ignis no pudo mirarlo, no en ese momento. En cambio, se volvió a ver al cuarto, desde el candelabro a la suave alfombra negra. Pero ese cuarto no era más que fantasmas del pasado.

Si cerraba los ojos, podía ver al príncipe sentado en el sofá, con una pierna sobre el apoya brazos y el celular en la mano. Podía verlo junto a la mesita de al lado, golpeteando la mesa con el lápiz, mientras aprendía a escribir. Podía ver miles de escenas de su infancia juntos en ese cuarto, e Ignis fue lo bastante cuerdo en darse cuenta de que lo que sucedía era, sin dudas, influenciado por la sensación de angustia en su estómago.

"Es mejor que nos permitas un momento con Ignis, Noctis."

"No lo abandonaré."

"Noctis…", intentó decir Ignis, pero fue interrumpido. La sensación ascendía por su estómago, haciéndolo caer. Podía sentirlo como si fuera un hechizo de veneno. No, no era veneno. Se sentía más como el momento en que fue traído de regreso, tironeado por la magia, tironeado por la Santalita.

"Noctis, será mejor si no vienes con nosotros-", comenzó a decir el rey Regis, pero fue incapaz de proseguir, ya que las rodillas de Ignis al fin cedieron.

Pudo oírlo en los oídos, contra la piel, en los parpados, en la voz de Noctis cuando gritó su nombre.

Algo en su cabeza, algo…

Que se reía.


1 World of Ruin en la traducción al inglés.