Hola de nuevo :)
Aquí me tenéis de nuevo, escapando del calor en los pocos minutos en los que no me monopoliza para poneros un nuevo capi.
Para los que hayan leído la Carmilla original, decir que no he seguido el texto, ni es una copia, sino coger la idea general y poner nuevos personajes, a partir de ahí ya lo hago mío y las cosas sucederán según quieran los propios personajes, les doy libertad en eso xD
Un mensaje personal: para cuando lo leas, no seré demasiado sutil porque si no, no lo pillarás, va dedicado a ti y lo sabes xD
Espero que os guste.
CAPÍTULO 2
He de decir que la ausencia de mi madre en mi crianza había afectado, en cierta manera, mi desarrollo. No faltaron figuras maternales a mi alrededor, mi padre se encargó de ello, la Señora Lucas, a la que siempre había llamado Granny, fue lo más parecido a una madre que pude tener. Todavía recuerdo su llegada al castillo, yo era una niña y mi padre decidió que él solo no podría hacerse cargo de mi educación.
Granny vino acompañada de su nieta, quien sería, a partir de aquel momento, mi compañera de juegos y lo más parecido a una amiga que tuve durante mi infancia. Su nombre era Ruby. Recuerdo que solía desobedecer a su abuela prácticamente en todo y aquello despertaba mi admiración, ya que yo siempre había sido incapaz de enfrentarme a mi padre. Aunque, la peculiaridad que más me asombraba de Ruby era su eterna fascinación por las esotéricas criaturas de la noche. Solía venir a mi cuarto tras la medianoche, escondida entre las sombras para contarme todo tipo de historias que, entonces, se me antojaban completamente inverosímiles, sobre seres malditos que habitan en la oscuridad y se alimentan de la sangre de los inocentes o sobre bestias lobunas que aullaban a la luna.
Estos últimos eran sus favoritos. A veces, todavía creo verla apoyada en el alféizar de mi ventana, mirando extasiada al horizonte, pensando que los lobos estaban fuera, esperándola. Era una cría soñadora, igual que yo podría haberlo sido, quizás, si mi vida hubiera sido de otra manera, si la locura de mi madre y el abandono de mi padre no me hubieran hecho madurar antes de tiempo.
Junto con Granny, una joven doncella, de nombre Belle, trabajaba como mi institutriz. Era una mujer un tanto misteriosa, que nunca había querido contarnos nada sobre su pasado. En los casi ocho años que había pasado con ella lo único que conocía de su vida era su manía a tomar el té en la misma taza y cierta tendencia a hablar sola por los corredores de la casa.
Así que, como veis, no faltó en mi educación la presencia femenina y, sin embargo, esta no debió ser suficiente ya que yo jamás sentí la más mínima inclinación por las vestimentas de una dama. Corsés, faldas y complejos e incómodos vestidos quedaron completamente vetados de mi vestidor. Quizás fuese por contar tan solo con mi padre, a pesar de su marcada ausencia y su carácter taciturno, o simplemente era mi manera de ser. Así que mi padre, quien me consentía mis pequeños caprichos para compensar la falta de una madre en mi vida, me dejaba moverme con libertad ataviada con mis pantalones de montar, botas oscuras, camisas holgadas y, la que era mi prenda preferida, una chaqueta roja que me había traído de uno de sus viajes al extranjero.
Fue en un día de tantos otros, en el que me encontraba dando un paseo por las tierras que rodeaban mi desierto castillo, cuando escuché el ruido de cascos. El trote de los corceles pronto se tornó en un galope frenético que amenazaba la estabilidad de la carroza que se acercaba, como poseída por mil demonios hasta mí. Comencé a gritar, tratando de alertar a algunos de los hombres que trabajaban para mi padre. Aunque nadie pudo hacer nada. La calesa volcó, como era de esperar.
Corrí, adentrándome en la nube de polvo que había provocado, para encontrarme con el más perturbador de los rostros durmientes. Era ella. Lo supe al instante, a pesar de que hiciera más de doce años que aquella visión había poblado mis noches. No me cabía la mejor duda. Sus hermosas facciones, su cabello negro ondulando sobre su rostro, no mentían.
Me pregunté quién sería aquella hermosa desconocida que había sido anunciada en mi infancia, como si de una predestinación se tratara, aunque no tuve tiempo de buscar respuesta, pues percibí un hilo de sangre que recorría su frente.
Sin pensarlo, la tomé entre mis brazos, asombrándome de lo liviano de su peso, para llevarla a mis propios aposentos. Ignoré las preguntas y miradas inquisitivas de cuantos me cruzaba. Una vez en mi habitación, la deposité con delicadeza en mi cama y cerré la puerta, quedándome a solas con mi bella desconocida.
Ahora que sabía que estaba viva y sin peligro, pues su corazón latía con normalidad y su respiración era tranquila, me permití observarla con mayor detenimiento. Realmente, era muy hermosa. Su cabello negro enmarcaba su rostro creando ondas alrededor de su rostro oliváceo. Todavía no los había visto, pero tenía la certeza de que sus ojos eran marrones, tan oscuros como la noche. Y, a diferencia de mí, ella sí que parecía gustar de las prendas más femeninas que incluían los apretados corsés. Aquellas prendas hacían maravillas con la figura de la mujer. Me temo que debí perderme en la contemplación de su cuerpo, pues lo siguiente que recuerdo es un carraspeo que llamó mi atención y unos ojos marrones (lo sabía) mirándome fijamente.
- ¿Qué hago aquí? ¿Y mi carruaje?- Me dijo, aunque no parecía demasiado alarmada dada la situación.
- Tranquila, estáis bien. La calesa en la que viajaba sufrió un percance y la traje a mi alcoba para que descansara.
- ¿Los que viajaban conmigo están bien?
No sabía qué contestarle a aquello. Había estado tan preocupada por salvarla a ella que apenas pensé que hubiera alguien más en aquella carroza accidentada.
- No estoy demasiado segura. Mas, no temas, bajaré a preguntarle a mi padre. Él podrá darte todos los detalles.
Me alcé de mi asiento en el borde de la cama, extrañando al instante la proximidad con su cuerpo. Pero, antes de que pudiera dar un paso, una mano me impidió cualquier movimiento.
- Espera, no te marches. No quiero quedarme sola.
- Me quedaré pues. – Respondí sonriente- Mi padre no tardará en venir, de todos modos.
- Has sido muy amable trayéndome a tu alcoba.
- Era lo mínimo que podía hacer.
Su mano se deslizó, acariciando suavemente mi rostro, despejándolo de los bucles dorados que se interponían entre mis ojos y ella.
- ¿No es curioso? –Me dijo.
- ¿El qué?- Las palabras salían de mis labios empujadas por la costumbre, ya que todo mi ser estaba realmente perdido en la contemplación de sus ojos.
- Me tomarás por loca, pero hace muchos años, cuando era apenas una niña, soñé contigo tal y como eres ahora, es decir, una adulta.
- Sí que es extraño- Admití recuperándome del sopor en el que su piel me sumergía. – Pues yo tuve el mismo sueño contigo. Lo recuerdo bien. He visto tu rostro cada noche desde entonces.
- Yo también.
Me permití la libertad de acariciarla de la misma manera en la que ella me acariciaba a mí, recorriendo las facciones de su rostro con mi dedo índice, como si quisiera dibujar sus líneas. Aquello era algo distinto a todo cuanto había conocido en mi solitaria vida. Sus labios me llamaban con una intensa atracción que me era cada vez más difícil resistir. Mis ojos se veían obligados a dividir sus atenciones entre los profundos orbes oscuros de mi invitada y sus rojos y suculentos labios. Había, además, una nueva esencia que impregnaba el ambiente, embriagándome con aquel perfume dulce y ácido a la vez, similar al de una manzana, que sumía más si cabe en la ensoñación de aquel momento.
Sentí mi rostro acercarse al suyo, su respiración sobre mi piel, su calor sobre mí. Tengo la certeza de que la hubiera besado si unos pasos y la voz de mi padre no me hubieran alertado lo suficiente como para saltar de la cama y alejarme de ella.
- Emma- Dijo mi padre antes de desviar su atención hacia mi hermosa desconocida. – Oh, señorita, me alegra que haya despertado. Me temo que tengo malas noticias. La mujer que viajaba con usted, su madre, se veía en la necesidad de partir con urgencia y no pudiéndola llevarla consigo debido a su inconsciencia por el golpe, la ha dejado a nuestro cuidado hasta que pueda mandar a buscarla. Para lo que pasarán, me dijo, al menos unos meses.
- Oh, pero no querría ser una molestia. –Dijo mi preciosa morena.
- Sandeces. Estaré encantada de cuidarte. La vida en este pueblo es demasiado solitaria. Hay pocas personas de mi edad y menos todavía que se atrevan a venir al castillo de los Swan. Yo soy Emma.
Tendí mi mano para que ella me diera la suya y volver a sentir así su piel.
- Mi nombre es Regina.
Gracias por leer :)
